Susana Hernández, la conductora de EMT València que plantó cara a Rita Barberá, llevó buses a África y quedó seis meses atrapada en un atolón del Pacífico

Hay personas que sin buscar ningún afán de protagonismo más que el sentirse realizadas tienen detrás historias tan llamativas como evocadoras.

Susana Hernández lleva 16 años como conductora de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) de València, pero no es una más de las 1.500 personas empleadas con que cuenta la entidad.

A lo largo de su carrera ha vivido diferentes situaciones y experiencias, desde una bronca con la que fue durante 24 años alcaldesa de València, Rita Barberá, hasta conducir 5.000 kilómetros para llevar un bus cedido por EMT a Mali como transporte escolar.

Hernández recuerda el episodio con la alcaldesa, fallecida en 2016, como si fuera ayer: “Fue en el año 2012, tenía el autobús en la parada de delante de su casa y yo estaba fuera, escuché revuelo y vi que vino hacia al autobús; primero quitó una pegatina de protesta de un sindicato alusiva a su persona en la que ponía 'Rita no paga' y después me preguntó que qué era lo que no pagaba y me dijo que no teníamos vergüenza porque estábamos cobrando 3.300 euros”.

La conductora, lejos de amedrentarse, le dijo que no era cierto que ella tuviera ese sueldo y que si tenía algo que decir que se dirigiera “a los representantes sindicales de la empresa”. La cosa no pasó a mayores y se quedó “en un intercambio de palabras”.

Varios años más tarde, impulsó el proyecto “Solidaridad sobre ruedas' y gracias a la implicación de la EMT, en 2017, junto a otros compañeros de la empresa, recorrieron casi 5.000 kilómetros hasta Mali para entregar un autobús que ya está operando como transporte escolar y de personas enfermas.

Después del éxito de esa donación, se repitió la experiencia en el país africano en 2018 llevando un bus destinado al transporte escolar en las zonas remotas. En esta ocasión el vehículo fue cargado de material quirúrgico dado por el Hospital General de València. Este año el proyecto consistía en trasladar otro autobús a Guinea-Bissau cargado con un tractor y con herramientas agrícolas: “Gracias a estas donaciones podrán pasar de una agricultura de subsistencia a tener excedentes para poder vender en los mercados y mejorar sus condiciones”.

Sin embargo, el proyecto se aplazó y como resultado Susana decidió realizar su labor solidaria en el Pacífico, lo que acabó convirtiéndose en toda una prueba de resistencia y autocontrol, puesto que salió de València a principios del pasado mes de enero con la idea de volver en mayo para ayudar “en la reconstrucción de casas destrozadas por el ciclón Winston en una de las islas no turísticas de Fiji” y acabó atrapada durante seis meses en Funafuti, el atolón de 400 metros de ancho por 15 kilómetros de largo como consecuencia del cierre de fronteras derivado de la pandemia del coronavirus. Esta isla es la capital de Tuvalu, uno de los países más pequeños del mundo.

“Me acogió la mujer del portavoz del parlamento en su casa, en la que vivían otros 14 familiares. Allí es lo normal porque es una cultura muy comunitaria, y mi día a día consistía en aprender costumbres y artesanía local como tejer con hoja de palma o hacer collares con conchas, extraer la leche y aceite virgen del coco, practicar yoga, leer, escribir, cocinar, tocar el ukulele y compartir tiempo con los locales”, explica.

Finalmente, tras muchas cancelaciones, el pasado 16 de septiembre se dió un vuelo especial desde Fiji a Tuvalu con repatriados de Tuvalu que estaban en Fiji y fue su gran oportunidad para salir de la isla: “Pude tomar el vuelo gracias a la implicación del Gobierno de Tuvalu y a las gestiones que hizo con el consulado español en Sydney y Nueva Zelanda; de no ser por las autoridades locales que a última hora aceleraron el proceso y resolvieron mi situación, no hubiera podido salir de Tuvalu probablemente hasta marzo del año que viene”, explica.

Susana hernández llegó por fin el pasado domingo 20 de septiembre a València y aún no ha acabado de asentarse. Asegura que notó mucho “el ruido, el asfalto y la contaminación, es todo muy gris”. Y es que, pese a las ganas que tenía de llegar, ahora afirma que no puede evitar echar de menos la isla.

“Me fui en enero antes de la pandemia y ahora que he vuelto, cuando salgo a la calle noto que hay miedo y desconfianza en la gente y no me acabo de acostumbrar a esta nueva normalidad de mascarillas y distancia social, ha sido un shock”. Quizás por eso, ya prepara nuevos proyectos solidarios con los que llevar algo de esperanza a zonas desfavorecidas.