Salir a correr por la ciudad: cómo evitar los problemas que causa la contaminación
Salir a correr es, en principio, una de las decisiones más saludables que una persona puede tomar. El problema es que hacerlo en una ciudad con tráfico denso puede convertir el ejercicio en un riesgo para la salud. Al correr, la ventilación pulmonar se multiplica por cinco o seis respecto al reposo, lo que significa que el corredor inhala mucho más aire y, por tanto, mucho más de lo que contamina ese aire.
El problema del aire en las ciudades españolas
Según Ecologistas en Acción, dos tercios de la población española respira aire contaminado por encima de los nuevos límites de las directivas europeas. El ozono troposférico es el contaminante más extendido y el más vinculado al cambio climático, con la peor situación registrada en la ciudad de Madrid. El dióxido de nitrógeno (NO2), emitido principalmente por el tráfico rodado, afecta especialmente a las grandes áreas urbanas. Y las partículas finas PM 2.5, las más peligrosas para la salud por su capacidad de penetrar hasta los alvéolos pulmonares, siguen superando los umbrales recomendados por la OMS en la mayor parte del territorio.
El verano es la peor estación para el ozono. La radiación solar activa la reacción química que convierte los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles en ozono troposférico. Durante las olas de calor de 2025 se registraron numerosas superaciones del umbral de ozono en Madrid. Por el contrario, el invierno favorece la contaminación por partículas debido a las inversiones térmicas y el aumento de emisiones por calefacción (especialmente leña o carbón), que quedan atrapadas a nivel del suelo.
Por qué correr significa respirar más contaminantes
Un paseante que camina por una calle contaminada inhala unos 10-15 litros de aire por minuto. Sin embargo, un corredor a un trote moderado puede llegar a 60-80 litros por minuto. Esa diferencia no solo quiere decir que pasa más aire por los pulmones, sino que hay más superficie de depósito en los bronquios y, sobre todo, más carga de partículas que llegan a los alvéolos. El corredor está multiplicando por cinco la dosis de contaminantes que sufre el peatón.
Las consecuencias a corto plazo incluyen irritación de los bronquios, reducción del rendimiento respiratorio, tos e inflamación de las vías aéreas. A largo plazo, la exposición crónica a NO2 y partículas finas se asocia a mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, enfermedad pulmonar obstructiva crónica y mayor incidencia de infecciones respiratorias. Las personas con asma, alergias o enfermedades cardiovasculares son especialmente vulnerables.
Las zonas de mayor riesgo de contaminación en las ciudades
La distribución de la contaminación en las ciudades sigue el mapa de carreteras. Las concentraciones de NO2 y partículas son máximas junto a las vías de tráfico intenso, en los primeros metros junto a la calzada. A mayor tráfico y menor velocidad (más atasco), mayor concentración de contaminantes.
Por eso, los peores sitios para correr son las avenidas principales con alta densidad de autobuses y camiones, además de los túneles de ventilación o pasos subterráneos, y las intersecciones con semáforos donde los automóviles arrancan y frenan repetidamente.
La receta para minimizar el riesgo es sencilla: alejarse del tráfico y buscar vegetación. Los parques urbanos grandes, aunque no están libres de contaminación procedente de las calles circundantes, registran concentraciones significativamente menores de NO2 y partículas. Los bulevares arbolados tienen mejor calidad de aire que las calles sin vegetación. Los carriles bici y las rutas alejadas del tráfico motorizado son también opciones más seguras. Las zonas residenciales de baja densidad y tráfico moderado son siempre preferibles a las grandes avenidas de la ciudad.
Cuándo salir a correr para evitar la contaminación
La dependencia de la contaminación con el tráfico también determina las peores y mejores horas para salir a correr. Los niveles de NO2 más altos se dan en las horas punta de la mañana (7:00-9:00 horas) y la tarde (17:00-20:00 horas). Un buen momento para correr puede ser a media mañana o a mediodía entre semana, o en cualquier momento del fin de semana. El ozono, en cambio, en verano alcanza su máximo en las horas centrales del día. Por eso en esos meses es mejor salir muy temprano (antes de las 8:00) o al atardecer. Además de evitar este contaminante, la temperatura es más agradable.
Cómo protegerse cuando no hay alternativa
Cuando la ruta, el horario o la temporada no son los ideales, hay medidas que reducen la exposición para los corredores, aunque ninguna elimina completamente el riesgo. Alejarse al menos 10-15 metros de la calzada cuando sea posible reduce la concentración de contaminantes que se inhalan. Respirar por la nariz (siempre que la intensidad del esfuerzo lo permita) filtra mejor las partículas que respirar por la boca. Reducir el ritmo en tramos muy contaminados también disminuye el volumen de aire inhalado por minuto.
Las mascarillas FFP2 o N95 filtran eficazmente las partículas, pero pueden ser incómodas durante el ejercicio intenso y muchos corredores las evitan. Sin embargo, pueden ser recomendables en episodios puntuales de contaminación muy elevada, como la llegada de polvo del Sahara, o episodios de inversión térmica en invierno.
Por último, hay aplicaciones de calidad del aire (IQAir, WAQI, o la app del Ministerio de Sanidad) que permiten consultar los niveles en tiempo real antes de salir. En cualquier caso, la contaminación no debe convertirse en una excusa para no correr. El sedentarismo tiene consecuencias para la salud mucho peores para la mayoría de las personas. Elegir bien el momento y el lugar ayuda a reducir los riesgos.
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