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Noches de agosto, noches de vergüenza

"Noche de cristales rotos en agosto" y "Noche de la vergüenza". Estos titulares no se refieren a los disturbios neonazis del fin de semana del pasado 22 de agosto en Heidenau (Sajonia), sino que son los títulos de las noticias sobre pogromos xenófobos que tuvieron lugar hace exactamente 23 años, el 22 de agosto de 1992, en Rostock-Lichtenhagen.

Llamo por teléfono a una amiga activista que lleva muchos años en Berlín y ella, adelantándose a mi pregunta, me dice: “Quieres saber si ha cambiado algo desde entonces, ¿no?"

Exactamente. Llevo pensando unos días en ello. No he olvidado que en 1991, 1992 y 1993 grupos de racistas en Alemania oriental y occidental atacaron campamentos de refugiados. Y que en Solingen (en la Cuenca del Ruhr) y en Mölln (en Schleswig-Holstein) ocho personas fallecieron a raíz de incendios provocados. No he olvidado tampoco mi consternación al recordar que solo muy pocas personas se concentraron entonces en una manifestación de solidaridad en la avenida principal Unter den Linden de Berlín, capital de la Alemania recién reunificada. Recuerdo el fracaso diario de la respuesta de la policía y la justicia después de que neonazis asesinaran a un punk en Magdeburgo y agredieran a otros en distintos lugares de Sajonia-Anhalt y Brandemburgo. Tambien recuerdo los relatos de punks, dueños de puestos de comida de origen turco y vietnamitas sobre el terror diario en muchas ciudades de provincia alrededor de Berlín. Recuerdo exactamente los debates racistas en los parlamentos regionales, en el Bundestag y en los principales medios de comunicación. Incluso cómo se abolió de hecho el derecho fundamental a solicitar asilo, contenido en el artículo 16 de la Constitución alemana. Y qué decir del miserable papel del SPD, cuyos políticos más importantes sobrevivieron a la persecución nazi solamente gracias a haber recibido exilio político en otros países que aún tengo en mi memoria. Ese fue uno de los puntos más bajos de la cultura política en la Alemania de la posguerra.

No obstante, hoy no nos veo en una situación igual. Claro que tiene razón mi amiga, tan furiosa con la policía de Sajonia y el departamento de Interior que, hoy igual que entonces, "subestimaron la situación". Téngase en cuenta que en el pasado agosto los disturbios se han producido en Heidenau. Se trata de una pequeña ciudad cerca de Pirna, donde en los años noventa los Skinhead Sächsische Schweiz cometían acciones violentas de carácter xenófobo, y no muy lejos de Chemnitz y Zwickau, donde actuaba el NSU, la célula terrorista de extrema derecha que con tanto apoyo informal planeaba con toda tranquilidad sus atentados. Y ambos nos preguntamos si aparecerán nuevamente esas imágenes -acompañadas de titulares como “el barco está lleno”- que muestran campamentos abarrotados de familias de refugiados frente a grupos amenazantes de neonazis. Imágenes que abren camino a medidas políticas que permitan reforzar la “Fortaleza Europa”.

También tengo en cuenta que en la primera mitad de 2015 se registraron 202 asaltos xenófobos, casi tantos como los acaecidos durante todo el año anterior. Pero se pueden apreciar cambios. Incluso mi amiga, siempre tan escéptica, relata algunas diferencias importantes con relación a los años 90. Se percibe una clara solidaridad en muchas partes del país y un mayor conocimiento respecto a las circunstancias en los países de origen de los refugiados de Siria y Afganistán. A diferencia de ella, yo sí considero importante que el presidente del partido socialista Alemán (SPD), Sigmar Gabriel, se deje ver en Sajonia, al igual que el ministro presidente de Sajonia, Stanislaw Tillich, y que incluso la canciller Angela Merkel haya visitado el campamento de refugiados en Heidenau.

De repente, justo cuando estoy viendo las imágenes de Heidenau, me llama una amiga desde Paris. Ella está indignada tras ver las imágenes de refugiados de Macedonia y la situación espantosa que existe en ese gran arco que va desde desde Paquistán hasta Mali. Cuando hablamos sobre Alemania, tan solo comenta que la situación en Francia y Gran Bretaña es mucho peor. Y me doy cuenta de que tenemos que hacer algo, en este país y en Europa. Que debemos defender los estándares legales y humanos, empezando por la ayuda material a aquellos que buscan refugio aquí y siguiendo con una nueva política que establezca una situación humana y digna en África, en Oriente Próximo y Oriente Medio, y que sea una política migratoria que merezca ser llamada así y que no se limite a rechazar a todo el que llega de fuera.

Porque al final quien se beneficia de la globalización, como por ejemplo una buena parte de la sociedad alemana, también se tiene que hacer responsable de los problemas que esta conlleva.

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