CRÍTICA

Arte sonoro en la capital de lo clásico

'Último esfuerzo Rural III' (2017) de Bosch & Simons

Hasta 27 de agosto puede visitarse en el Patio Herreriano de Valladolid Espacio. Sonido. Silencios, una exposición en torno al arte sonoro que vuelve mostrar las posibilidades de una práctica estupendamente refractaria a la definición y que reducida a su enunciado más básico sería arte que suena.

Lothar Baumgarten llena el Palacio de Cristal con el sonido del hielo

Lothar Baumgarten llena el Palacio de Cristal con el sonido del hielo

La exposición en el Patio Herreriano coincide con una crisis de varias de las instituciones culturales de la ciudad, hoy por hoy en plena reestructuración. De hecho, el Patio Herreriano está sin dirección desde hace meses. Lo que se propone es una fusión de varias instituciones locales, lo cual puede estar bien o mal. Depende de si el proceso responde a un plan sensato, con un organigrama acorde, se realiza con transparencia y el resultado final es un funcionamiento más ágil. Puestos a ello, sería una buena ocasión para fomentar un debate con el objeto de redefinir, si es que alguna vez se definieron con claridad, los objetivos culturales y sociales de las instituciones.

Hoy por hoy el Patio Herreriano sigue funcionado. Y cada vez sigue siendo un susto volver a ver en el claustro del antiguo monasterio de San Benito el Real (siglos XIV a XVI) la escultura de los reyes eméritos, total y absolutamente fuera de escala (tres metros de altura), de color y de textura. En descargo de los artistas responsables, Antonio López y de los hermanos López-Hernández, parece que se había pensado situar el monumento en un espacio público, pero que eso solo sucederá tras la muerte de los protagonistas. También se dice que alguien temió que fuera a ser vandalizado. De modo que al claustro, que ahí no le va a pasar nada. Aunque le pase a los ojos de los visitantes.

La exposición en sí no es muy grande porque por regla general las piezas tampoco son demasiado voluminosas. Pero sí resulta muy interesante y sirve para aliviarse un poco de la dominancia clásica que ejerce en esta ciudad el Museo Nacional de Escultura, repartido en varios edificios y que, ha de reconocerse, impresiona bastante.

Espacio. Sonido. Silencios se dispone en una sala que parece el antiguo refectorio y en algunos lugares en torno al claustro del edificio. La lista es larga y los nombres muy respetados, alguno incluso moderadamente famoso. Son Óscar Abril Ascaso, María de Alvear, Javier Ariza Pomareta, Ricardo Bellés, José Manuel Berenguer,Bosch & Simons, John Cage, Philip Corner, Nacho Criado, Francisco Felipe,José Iges, Concha Jerez, Tom Johnson, Kepa Landa, Pedro López, José Maldonado, Belma Martín. Baudouin Oosterlinck, José Antonio Orts, Eduardo Polonio, José Antonio Sarmiento, Miguel Ángel, Tolosa, Vacca e Isidoro Valcárcel Medina. Es una gran selección y las piezas, no por pequeñas son menos atractivas e interesantes. Lo que se echa indudablemente en falta son nuevos creadores. Los hay, aunque posiblemente en circuitos que no son los hasta ahora habituales.

La exposición se divide en tres grandes apartados: Silencios habitados, El sonido y sus soportes y Exploración de espacios. En la práctica unos se funden con otros y está bien que así sea. El comisario, José Iges, sin lugar a dudas la persona que más han contribuido al arte sonoro en nuestro país mediante numerosas exposiciones, ha desarrollado una forma de exponer muy interesante y que consiste en mostrar muchos objetos, dibujos sobre todo, que en sí mismos no suenan, pero cuyas referencias al sonido son inmediatas. Esto permite que unas obras sonoras no interfieran con otras, que es uno de los mayores problemas expositivos del arte sonoro .

Hay bastantes cosas destacables, pero posiblemente la más espectacular fuera el clásico El ojo del silencio (1999) de Jose Antonio Sarmiento, una larga fila de transistores sintonizados en diferentes emisoras que suenan hasta que lentamente se les van acabado las pilas. Está en claustro, un lugar que parece evocar susurros... Probablemente nunca ha estado mejor instalada. Describir cada una no tiene mucho sentido porque realmente es un fluir que va desde transiciones muy matizadas a cambios abruptos. Seguramente la exposición podría estar un poco mejor publicitada pero aquí chocamos con la poca familiaridad de los responsables de comunicación con este tipo de historias.

Y, sin embargo, el esfuerzo trae cuenta porque el arte sonoro es una de las prácticas artísticas contemporáneas que mejor suele ser acogida por todos los públicos. Esto sucede porque frente al estupor que puede producir parte del arte o de la música contemporáneas, el arte sonoro tiene una ventaja enorme. Crea una relación causa efecto o al menos de simultaneidad entre lo que vemos y lo que oímos, tan sencillo como: algo se enciende y algo suena.

Este reconocimiento genera en niños y mayores, especialistas y paseantes un efecto ¡ahá! que, cuando menos permite entender que entendemos algo. Asentadas sobre esa base segura, las personas no solo tienden a apretar un botón o a pegar el oído a un altavoz mínimo, sino que pueden usar la obra según les venga en gana. Esto no es una teórica, sino una constatación muy empírica en múltiples exposiciones en diferentes países.

Posiblemente la primera gran obra de arte sonoro ideada como tal, aunque tampoco llevara ese nombre, fue el pabellón de la empresa Philips en la Expo de Bruselas de 1958. La marca holandesa contrató para mostrar sus logros tecnológicos al gran arquitecto de entonces, el suizo Le Corbusier. Este respondió con una frase ya famosa: "No haré para ustedes un pabellón, sino un poema electrónico y un recipiente para contener ese poema; luz, color, ritmo y sonido unidos en una síntesis orgánica".

Con la ayuda del compositor arquitecto griego Iannis Xenakis y del compositor norteamericano Edgar Varese lo consiguió plenamente usando luces, proyecciones, película o 350 altavoces. Y esto, realmente muy avanzado en todos los aspectos, fue visto y disfrutado por más de 2 millones de personas.

A partir de aquí, con los cambios técnicos en plena aceleración, el arte sonoro comenzó a desarrollarse y a adquirir numerosas formas. Por ejemplo como escultura sonora, proyección audio- visual, proyección sonora aural (espacial), instalación específica, intervención urbana e incluso acciones como performances o conciertos visuales.

En realidad el arte sonoro es solo una forma de las prácticas de ahora mismo y que muchas veces están relacionadas con nuevas tecnologías. De hecho, una obra como el Test Pattern 2 (2010) de Ryoji Ikeda, suele presentarse como arte sonoro , pero también podría presentarse en exposiciones sobre arte lumínico, arte digital, arte óptico, arte geométrico, arte neo-minimal... Aquí hablamos de arte sonoro por una cuestión de acento y de contexto, pero da un poco lo mismo, todas ellas son experiencias plurisensoriales donde participan lo sonoro, lo visual y lo espacial.

El arte sonoro tiene varias virtudes y algún vicio. Factores derivados de que este arte... suena. Esto es fantástico por introducir el tiempo en arte, porque las obras adquieres diversas capas de sentido o sentimiento que pueden potenciarse mutuamente, porque cuando se instalan en exteriores irrumpen en la vida cotidiana, la cambian, hacen ver que no todo tiene que seguir igual todos los días.

Por otra parte, el arte sonoro puede resultar muy molesto para quien lo escucha por razones laborales como el personal de un centro o museo. Pero también para el vecindario cercano a una instalación al aire libre y, curiosamente, para otras obras de arte mudas con las que pueda exhibirse. Aunque ha habido en España muy buenas exposiciones o eventos en torno al arte sonoro , este sigue en un lugar tan ubicuo y transversal como inclasificable. Un lugar de la experiencia que puede ser compartida pero en el fondo es de cada cual.

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