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‘Disco, Ibiza, Locomía’, un biopic musical contra “el amarillismo” y la “mirada simplista” hacia los años 80

La banda de 'Locomía' en la ficción

Javier Zurro

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El abanico y las hombreras vuelven con fuerza. Lo hacen, como no podía ser de otra forma, gracias a Locomía. La banda de electro pop que epató en la música de baile a finales de los años 80 y principios de los 90 ha sufrido un nuevo bum. Primero, por el documental que estrenó Movistar+ el año pasado y que contó las bambalinas de aquel grupo. Tras las lentejuelas, el brillo y los movimientos de pelvis había una tragedia griega. Una historia de traiciones, déspotas de la industria y un grupo de chavales que arrasaron a costa de que se les privara de su libertad sexual. 

Aquel documental funcionaba casi como un true crime, apoyado en el morbo de los trapos sucios, pero confirmó que había un interés en conocer qué había pasado con Locomía, que había tenido un arco narrativo de auge y caída tan evidente que parecía raro que nadie hubiera querido contar su historia en un biopic musical. Al final ha ocurrido, y bajo el nombre de Disco, Ibiza, Locomía, una de las frases de su mayor éxito, el director Kike Maíllo ha creado una mirada más luminosa. Usando una estructura que recuerda mucho a la de La red social, Maíllo parte del juicio entre Locomía y su productor, José Luis Gil, años después, para ir yendo al pasado y contar los inicios y su ascenso.

Un José Luis Gil que hace las veces de villano y al que interpreta un Alberto Ammann que se nota que se lo pasa pipa con un personaje que le permite lucirse en la comedia, donde normalmente no le dan ese espacio para jugar. Además, a su lado lleva un Sancho Panza como Vito Sanz para dar rienda suelta a los momentos más hilarantes del filme. A Ammann el fenómeno Locomía le pilló en Argentina con ocho o nueve años, pero se acuerda de haberlo bailado. “Allí fueron un bum. Eran muy curiosos, como se dice por acá. Despertaban mucha curiosidad, y también la había por su sexualidad. Hubo, si no recuerdo mal, hasta cierta polémica por si eran gais o no, aunque en aquel momento ni se usaba esa palabra”, cuenta el actor durante un parón de su próximo rodaje.

Ese es uno de los centros del filme, cómo José Luis Gil y la industria les prohibieron decir en público que eran gais o bisexuales. Su sexualidad era un tabú. No querían perder un solo fan por el camino, y la represión y la censura fueron la tónica habitual. Eso en un momento en donde España vendía una imagen de diversión, desenfreno y despiporre sexual tras años de dictadura, pero como dice Ammann, “eso de que los años 80 o principios de los 90 fueran muy liberadores no está tan claro”. “En aquella época era muy duro hablar abiertamente de los deseos sexuales”, añade.

Para el actor “ningún momento social es solo de un color”, y cree que es “un poco simplista y demasiado optimista” ver los 80 como solo un momento de “éxito y plenitud artística”. “En aquella época yo estaba viviendo con mi padre y mi madre en Madrid, y decidieron volver a Argentina por los problemas con la droga y con la heroína que había en España, con niños de 13 y 14 años inyectándose heroína en las calles de Madrid. Entonces eso de que los 80 fueron la panacea yo no me lo creo y además creo que le hace un flaco favor a la historia”, apunta.

Eso de que los 80 fueron la panacea yo no me lo creo y además creo que le hace un flaco favor a la historia

Alberto Ammann Actor

A pesar de todo no quiso convertir a José Luis Gil en un villano: “Aunque lo hubiera sido hubiera intentado defenderlo, pero yo estoy convencido de que no lo es”, avanza Alberto Ammann, que conoció a Gil y se reunió con él cuatro o cinco veces para preparar el filme. “Es un tipo encantador, muy culto, muy informado, conocedor de la producción y del ámbito musical como poca gente, creo yo. Yo le dije, ‘mira José Luis, yo no te voy a imitar a ti, esto es una comedia y yo quiero despendolarme un poco y utilizarte como medio de inspiración para generar un personaje dentro de este código en el que vamos a estar’”. José Luis Gil le dijo que adelante y que él no tenía nada que opinar al respecto. 

Sobre la posición con la banda cree que José Luis Gil defendió su terreno. “Ellos firmaron un contrato y no lo cumplieron. No hay muchas más vueltas. Sí que en el medio hay cosas que uno le puede recriminar al otro, por supuesto, siempre las hay, pero lo que se firma y luego no se cumple trae problemas. Es mejor leer bien lo que se firma”, dice y confiesa que José Luis Gil ha visto la película cuatro veces.

A Ammann le convenció el toque de comedia del filme de Kike Maíllo, porque dentro de la historia de Locomía piensa que cabían muchas formas de abordarlo, y se acuerda del documental al que define como “subido bastante de amarillo, pero aun así muy interesante”. “La intención era hacer una comedia para llegar al drama. Ya está hecho el documental, y repetir eso pero ficcionado creo que hubiera sido un error. Creo que esta película también tiene una intención de poner agua buena en las heridas, en las cicatrices. Relajar un poquito la cosa”.

¿Podrá una película poner paz en Locomía y servir de punto de inflexión? “Pues creo que lo ha logrado, porque se han juntado de nuevo en uno de los estrenos. Al menos la mayor parte del grupo con José Luis y estaban riéndose y hubo abrazos. Yo lo he visto. Me parece que está bien reconciliarse con la vida, y con las experiencias traumáticas que uno haya tenido, porque si no el resentimiento trae problemas de salud”, dice Ammann confirmando que, a veces, la ficción sirve para algo más que para solo entretener.

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