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Crítica

La nueva ‘Street Fighter’ da lo que promete: todo un delirio de colores y homenajes irónicos a los 90

Noah Centinero y Andrew Koji son Ken y Ryu en 'Street Fighter'
15 de octubre de 2026 22:03 h

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Algo tiene que estar pasando con What’s Up?, memorable single de la banda de rock alternativo 4 Non Blondes, para que en lo que llevamos de década ya haya aparecido en cuatro películas distintas. Seguramente podamos culpar a la nostalgia: este tema fue publicado en 1993 y la MTV emitió su videoclip una y otra vez, ganando el peso suficiente (e irritando lo suyo a una parte del público) como para que con el paso de los años se convirtiera en un estandarte noventero. En el imaginario popular, los 90 suenan como What’s Up? Así que, si se quiere mover la nostalgia hacia esa década —algo que el audiovisual hace mucho hoy día, de la saga Jurassic World a Prácticamente magia—, nada mejor que poner a sonar a todo volumen los lamentos de la vocalista Linda Perry.

What’s Up? marcó en 2021 la promoción de Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City —entrega anterior, y mucho peor recibida, a la que llegó hace poco a cines—, y luego volvió a sonar en la película animada de las Tortugas Ninja de 2023, para finalmente reaparecer con apenas meses de diferencia tanto en He-Man y los Masters del Universo como el film que nos ocupa, Street Fighter. Ahora bien, en todos estos casos la canción no se ha limitado a sonar para que saboreemos sin matices su pegadizo estribillo. Siempre que ha irrumpido lo ha hecho con un poso considerable de ironía, que por fuerza ha de ser exógeno a la composición de las 4 Non Blondes. 

Este tema, más allá de que nunca usara las palabras “what’s up” —en su lugar cantan “what’s going on”, pero titularlo así habría movido a confusiones con el clásico homónimo de Marvin Gaye—, no tenía nada de divertido. Hablaba de la angustia existencial, de tristeza y vacío. Pero en Bienvenidos a Raccoon City servía de contrapunto frívolo al horripilante ataque de los infectados, mientras que en otros casos ha subrayado de forma cómica las acciones de los personajes. Y de esto tiene la culpa un alocado remix posterior, en conjunto a un vídeo extremadamente viral de 2010 que por algún motivo ponía al He-Man de la serie de dibujos animados de los 80 a interpretar el tema. 

¿Tenía sentido? No mucho, pero esta es la versión que sonaba en Ninja Turtles: Caos mutante. Y luego el tema volvía a hacerse hueco en el soundtrack de la última película de Masters del Universo en acción real. Aquí sirviendo para, tal y como habíamos visto en aquel vídeo infame, burlarse aún más del He-Man que ahora interpretaba Nicholas Galitzine: suspender la severidad masculina que imponía su musculatura, reconocer lo ridículo de su historia. Que es justo lo que viene a hacer en Street Fighter, enredando aún más la madeja cuando caemos en la cuenta de que, antes de ser sustituido por Galitzine, el gran candidato para ser He-Man había sido Noah Centineo. A quien, en los primeros minutos de Street Fighter, le vemos cantar borracho What’s Up? en un karaoke.

Bienvenidos al circo de los 90

Quedémonos, de entre todo este embrollo musical, con la idea de que gracias a Internet la canción What’s Up? sirve hoy tanto para referenciar los años 90 como para poner en solfa la virilidad hipermusculada de personajes estilo He-Man. Es decir, que What’s Up? concilia tanto nostalgia como ironía, y en contra de lo que pueda parecer no supone una mezcla contradictoria. La nostalgia busca un alivio emocional y sincero, desde luego —por eso hay tantos fans dispuestos a gritar que Hollywood les ha destrozado la infancia si, por ejemplo, Hollywood pone a mujeres a protagonizar un reinicio de Cazafantasmas—, ¿pero qué pasa si esa nostalgia emana de una época marcada por el hastío generacional y la ironía como respuesta totalizante? ¿Una época como los 90?

La nostalgia de los 90 es mucho más difícil de administrar que la de los 80 —de la que ojalá el final de Stranger Things nos haya dejado saciados— por esto mismo, porque apela a unos signos de lo más confusos. Una ambivalencia entre el sarcasmo venenoso y el escapismo romántico —¿qué otra década podría haber empezado con Reservoir Dogs para acabar con Titanic?— que sigue resultando muy provechosa para la industria contemporánea, tan desesperada por regurgitar iconos ante la falta de creatividad. Y por eso se sigue invirtiendo en ella, por eso What’s Up? vuelve una y otra vez y nos permite hacerle los coros sabiendo, interiormente, que todo esto da bastante pena.

Callina Liang es Chun Li en 'Street Fighter'

Ocurre entonces que Noah Centineo, en Street Fighter, interpreta a un luchador llamado Ken, tan musculoso y arrogante como He-Man. Su fijación por Wha’s Up? expone la vulnerabilidad que sus bíceps descomunales quieren ocultar, así como refleja su conflictiva amistad con Ryu (Andrew Koji). Ambos protagonizan otra tentativa del cine por adaptar esta saga de videojuegos de Capcom sin que, por supuesto, ninguno de los artífices del proyecto se preocupe por hacerlo mínimamente en serio. Porque, al hablar de Street Fighter y de los referentes específicos que maneja el film más allá de los memes, es importante enfatizar que a día de hoy estos juegos no le importan a nadie. 

Es decir. En las consolas la saga ha llegado hasta Street Fighter 6 —título que en 2023 obtuvo excelentes críticas—, pero lo ha hecho sin disimular nunca que los amagos de argumento solo sirven para darle rasgos y movimientos molones a cada personaje. Son juegos de lucha, a fin de cuentas, que resulta imposible (e indeseable) llevar al cine desde una preocupación argumental legítima. Una tesitura que en 2026 ya ha afrontado Mortal Kombat II —película que, gracias a que el origen de su fuente coincidía temporalmente con la saga que nos ocupa, también rebosaba nostalgia irónica por los 90—, pero que este film gestiona mejor gracias a acotar a qué quiere jugar exactamente.

La voluntad de juego está presente desde el fichaje de Kito Sakurai como director. Antes de Street Fighter Sakurai había acostumbrado a colaborar con el humorista Eric André —aquí reservándose el papel del presentador del torneo de lucha que estructura Street Fighter—, de modo que es en el terreno de la comedia donde se siente más cómodo, y es ni más ni menos lo que Street Fighter quiere ser. Una comedia estupidísima, repleta de personajes estrafalarios y colorinchis, que a la hora de intentar replicar las mecánicas del videojuego no le importan tanto las máquinas de arcade como… los anteriores acercamientos cinematográficos a Street Fighter. Los de los 90, por supuesto.

De He-Man a Van Damme

La historia de esta Street Fighter se ambienta en 1993 justificando sus elecciones musicales al tiempo que asegura anclaje iconográfico. Dos años antes Street Fighter II, en 1991, había sido un hito de las recreativas, tanto como para en los albores de las adaptaciones de videojuegos —entonces llegaba a cines el film en acción real de Super Mario—, Capcom orquestara dos proyectos distintos a partir de dicho juego: uno japonés, anime, y otro estadounidense con Jean-Claude Van Damme. Ambos títulos tienen un peso determinante en la nueva Street Fighter.

La 'Street Fighter' de los 90 ha sido muy reivindicada con los años

El primero, Street Fighter II: La película, se halla detrás de las escenas de animación que sobrevuelan el metraje como pequeños flashbacks: escenas de animación muy resultonas y sangrientas, que retienen toda la seriedad que le falta al resto de la película. El segundo, Street Fighter: La última batalla, inspira buena parte del apartado visual organizado por Sakurai, en tanto a un circense diseño de producción y al rocambolesco vestuario de los personajes. También hay retazos de su humor desnortado e incluso alguna línea de guion que hace un guiño directo, en lo que no deja de suponer una interesante reconciliación de Capcom con este film de 1994.

Porque Street Fighter: La última batalla, donde un Van Damme en la cúspide de su estrellato encarnaba a Gile —personaje que aquí tiene los rasgos del luchador profesional Cody Rhodes, aunque perdiendo bastante relevancia— había sido considerada en su día como “mala”. Una afrenta a los jugadores, un fracaso de taquilla, un desastre embarazoso. Hoy no es así como se la recuerda, sin embargo, puesto que dentro de este saqueo de las equívocas energías noventeras Sakurai y su equipo han sabido ver lo valioso que era en realidad este film. La atolondrada sabiduría con la que afrontaba un desafío tan absurdo como darle forma de película a unos juegos de lucha y muñequitos.

Es lo que pretende Street Fighter: una adaptación tan respetuosa como burlona, tan cariñosa como distante, aferrada al potencial más lúdico que pueda seguir recabando la ironía para, más de 30 años después, lograr seguir cayendo simpática. En buena medida lo consigue. Street Fighter es casi irresistible desde su generosa cantidad de peleas —todas ellas resueltas con una eficaz gramática que resalta las particularidades de cada luchador— y la sorna con la que se disfraza de entretenimiento para adolescentes onanistas: una escena clave nos presenta el cuerpo de Chun-Li (Callina Liang) a punto de entrar en una sauna para que, al esparcirse el vapor y por obra y gracia del montaje, lo que parecía ser su pecho desnudo pase a ser el de un robusto luchador de sumo. 

Ryu marcándose uno de sus hadoukens

Así se las gasta. Street Fighter nunca deja de reírse de sí misma, pero, a diferencia de la cercana Masters del Universo —subproducto de plantilla Marvel cuyo humor solo obedecía a disimular la incompetencia de todos sus departamentos—, lo hace articulando una estética propia y coherente. Una que deja entrever problemas graves, desde luego. El humor es muy errático, la película es demasiado larga, y además tiene a Jason Momoa con otro insoportable personaje secundario de abominable CGI, recordando a cuando el actor ya dejó herida de muerte Supergirl hace unos meses.

Nada lo bastante nocivo, por suerte, para arruinar el consistente entretenimiento que proporciona Street Fighter, corriendo a unirse a otras sólidas adaptaciones de videojuegos que reclaman su papel de nuevo patrón oro de la industria acechando a los superhéroes. Esta corre, por lo demás, con una interiorización tan concienzuda de los significantes flotantes de la posmodernidad —con una digestión tan mordaz de una década reducida a simulacro—, como para que tanta sobredosis irónica pueda llegar a ser descorazonadora. El camino que va de la ironía a la melancolía, y de la melancolía a la angustia por el vacío vital, suele ser breve. Bien lo sabían las 4 Non Blondes.

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