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Cómo se hace un diccionario

Diccionario de la RAE

Ana Bulnes

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Si estás leyendo esto, hay algo que has hecho al menos una vez en la vida (posiblemente muchas): tras toparte con una palabra desconocida y decidir que querías saber qué significaba exactamente, acudiste a un diccionario. Durante mucho tiempo, este fue un volumen grueso y pesado, de muchas páginas, que te permitió poner en práctica una vez más eso que aprendiste en el cole, el orden alfabético. Hace tiempo que es probable que ese diccionario sea una página web o una app en el móvil. Y no solo los lectores de esta revista hemos saciado nuestra curiosidad lingüística de este modo: todos, al menos si fuimos al colegio, hemos pasado, con más o menos placer, las páginas de un diccionario. 

Estas obras —ingentes, colosales, titánicas— que consultamos casi como si fueran algo que nos ha dado la naturaleza suelen tener detrás el trabajo de muchas personas. “Suelen”, porque en algunos casos han sido principalmente solo dos manos y un cerebro los que han dedicado horas y más horas de su vida a seleccionar y a definir. Todos tuvieron sus ayudas, pero si nombres como los de Sebastián de Covarrubias, Julio Casares, María Moliner o Manuel Seco han pasado a la historia es por haber decidido afrontar casi en solitario la creación de un volumen (o varios) en el que aparecen miles de lemas ordenados alfabéticamente.

Conocemos algunas pinceladas sobre sus métodos y procesos de trabajo. De Sebastián de Covarrubias no sabemos demasiado, más allá de lo que podemos deducir directamente de su Tesoro de la lengua castellana o española, publicado en 1611. De Julio Casares se conserva mucha correspondencia, que permite seguir con detalle los altos y los bajos de todos los años que dedicó a elaborar su Diccionario ideológico de la lengua española. De María Moliner son famosas sus fichas y lo que ella misma dijo sobre cómo empezó su obra (“estando yo solita en casa una tarde, cogí un lápiz, una cuartilla, y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve, unos seis meses de trabajo, y la cosa se ha convertido en quince años”). Manuel Seco contó, cuando ya llevaba unos años sumergido en el trabajo, cómo estaba haciendo su Diccionario del español actual en 1979, en un artículo titulado ‘El primer diccionario sincrónico del español: características y estado actual de los trabajos’.

La mayor parte de los diccionarios, sin embargo, son obra de un equipo algo más amplio. El más conocido, el Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE (ahora ya de la ASALE), es el resultado del trabajo del Pleno de los académicos, el Instituto de Lexicografía y una serie de comisiones que, según se explica en la propia web de la Academia, “elaboran las propuestas de adición, supresión o enmienda que posteriormente examinará el Pleno para decidir sobre su aprobación”. El Instituto de Lexicografía, por su parte, “prepara los materiales que se discuten en comisión y documenta las propuestas”. Cuando tanto las comisiones como el Pleno han estudiado las propuestas, estas pasan a consulta de las academias americanas, que “propondrán sus observaciones para que la modificación pueda ser aprobada definitivamente”.

Toda esta explicación posiblemente le siga resultando algo abstracta a cualquiera que no se haya visto nunca dentro de un grupo de personas que está elaborando un diccionario. Por esta razón, lo mejor es darle la palabra a quien sí lo ha hecho. En dimensiones algo más reducidas que las del DLE (aunque no mucho), pero también saliendo del español de España y buscando el de Hispanoamérica, a finales de 2023 se lanzó el Diccionario panhispánico de términos médicos (DPTM), una obra de unos 70 .000 lemas que se puede consultar online de forma gratuita. “Yo digo siempre que, después del léxico general que utilizamos para hablar en el lenguaje común, el lenguaje médico es el lenguaje que más nos afecta, porque todos o hemos estado enfermos o vamos a estarlo o vamos a tener conocimiento de enfermedades», explica Antonio Campos, codirector del Diccionario y académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina de España, en la especialidad de Histología.

El DPTM no partió de cero, ya que en 2011 se había publicado un primer diccionario de términos médicos, pero solo con el español de España. El siguiente paso lógico era esa ampliación, de acuerdo con la Asociación Latinoamericana de Academias Nacionales de Medicina, España y Portugal (ALANAM), la creación de un diccionario panhispánico “con un lenguaje médico consensuado, que fuese capaz de aunar al servicio de todos los hispanohablantes la medicina y el idioma que compartimos”. Se aprovechó la base de datos anterior, se incorporaron nuevos términos, hubo ampliaciones de definiciones y, por supuesto, junto a los términos usados en España, aparecieron otros usados en distintos países de habla hispana. ¿Un ejemplo? En países como Colombia, Venezuela o México (entre otros), tener un resfriado es tener un quebranto.

El paso a paso

Aunque la decisión del nuevo diccionario se tomó en el año 2012, el comienzo oficial del proyecto fue en noviembre de 2016, explica Cristina González, coordinadora de la Unidad de Terminología Médica de la Real Academia Nacional de Medicina de España. Su papel en todo el proyecto fue “organizar el proceso de trabajo de todas las personas que participan”, un equipo muy grande formado por los filólogos de la Academia, colaboradores médicos y lingüistas como etimólogos o traductores que también colaboraron. Ella, como coordinadora, tiene una perspectiva privilegiada sobre todo el recorrido, una vista de pájaro desde la que puede seguir —y explicarnos— el camino paso a paso. “Lo primero es hacer una planta del diccionario”, es decir, decidir “cómo va a ser su estructura, qué va a contener cada una de las entradas, qué información, cómo se va a ordenar…”, relata. 

Es decir, un poco lo que a pequeña escala hizo aquel día María Moliner solita en casa para su propio proyecto. En el caso del DPTM, por supuesto, participa mucha más gente, un proceso teórico que llevan a cabo los lingüistas con ayuda de los médicos. Una vez que se ha decidido el tipo de diccionario y cuál será su contenido, toca seleccionar los lemas, cada palabra —o, en este caso, también secuencias de palabras— que designan un concepto y constituyen su encabezamiento. Lo de las secuencias de palabras como lema es importante y una de las diferencias de este diccionario con respecto a otros como el DLE. “En un diccionario de uso general, la secuencia cáncer de mama familiar no existiría como lema, cada palabra sería uno distinto”, aclara la coordinadora.

En este paso, además de aprovechar lo que ya incluía el diccionario anterior y la amplia base de datos que tenía elaborada la Academia, se buscó añadir nuevos conceptos. “Para esto, se buscan nomenclaturas internacionales y también por frecuencia de uso en internet, se piden sugerencias a todos los colaboradores de cada una de las disciplinas para que nos digan qué términos nuevos están entrando en la medicina en su ámbito, y estamos atentos a las búsquedas fallidas en el diccionario que ya está publicado”, enumera Cristina González.

Los lemas seleccionados conforman una especie de esqueleto del diccionario. El relleno, esa carne que le da vida, será lo que acompañe a cada lema, eso que el usuario o usuaria se encontrará al buscar un término concreto. Las palabras son diseccionadas e investigadas, se indaga en su origen y pasado, se les buscan hermanas y primos, se intenta explicar quiénes son y dónde viven.

Cristina González explica el proceso de trabajo que se hace con cada uno de esos lemas que han encontrado un hueco en el DPTM. “Tras seleccionarlo, por ejemplo, cáncer de mama familiar, buscamos todos los sinónimos que pudiera tener, así como las siglas más frecuentes. Con todo esto, hacemos un conjunto. Después se busca su etimología (de esto se encarga un especialista en etimologías) y se investiga si tiene más de una acepción, más de un significado diferente en función, por ejemplo, de las especialidades médicas. Dentro de todos los sinónimos, se establece cuál preferimos nosotros, que será siempre el más correcto desde el punto de vista gramatical en español y que no sea un anglicismo. Con todo esto, se elaboran observaciones: por qué se debe usar frente a otro, cuestiones sobre gramática u ortografía, cuestiones sobre el uso de la palabra…”, explica.

después del léxico general que utilizamos para hablar en el lenguaje común, el lenguaje médico es el lenguaje que más nos afecta, porque todos o hemos estado enfermos o vamos a estarlo

Antonio Campos Codirector del Diccionario y académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina de España

Un ejemplo muy claro de estas observaciones es el término COVID-19. Al entrar en ese lema, tras la completa definición, nomenclaturas y sinónimos, las observaciones nos indican que puede verse también la forma lexicalizada, en minúsculas, covid-19. Son incorrectas la forma con mayúscula inicial: Covid-19 y la grafía sin guion: COVID 19; también nos explican de dónde viene el nombre oficial de la enfermedad, si se usa en masculino o femenino y con qué no debe confundirse. 

La definición

Llegados a este punto, el lema ya está casi listo para pasar a la siguiente fase, la de la definición. Falta ultimar algunos detalles. A cada acepción se le asignará una disciplina y se escoge ya a la persona que se encargará de definirla. Además, pasará también por las codificadoras, que indicarán los códigos que debe tener esa entrada, como el de la clasificación internacional de enfermedades o la fórmula química. Y, ahora ya sí, es el momento de los definidores.

En un diccionario de uso general como el DLE, son los lexicógrafos quienes definen, explica Cristina González, que antes de entrar en la RANME trabajó también en la RAE. En este diccionario, sin embargo, los definidores son médicos. “En este tipo de diccionario nosotros consideramos que es preferible que el concepto lo defina un especialista. Lo que sí hacemos es que al especialista se le dan unas orientaciones, qué es lo que tiene que definir en cada caso”, señala.

Antonio Campos, además de uno de los codirectores del DPTM, fue también uno de los definidores en su disciplina, la histología. “Es muy interesante porque pasa uno muchas horas, horas que son de un gran placer intelectual porque tiene uno que buscar en libros antiguos de dónde procede un término o cómo se ha gestado, cómo se puede explicar con los conceptos actuales. Aunque sea algo hecho en solitario, que es lo que hace el que define, luego se comparte ese término con los demás y es una labor de colaboración cultural, lingüística, científica, social…”, reflexiona.

Porque el camino del lema no acaba en su definición: estas pasan después una adaptación lexicográfica, indica González, “para que tengan un formato coherente con un diccionario, revisamos la gramática y la ortografía, vemos que se entienda correctamente y, a su vez, hay una validación médica”. De aquí nace una segunda definición que pasará dos validaciones más: una revisión por otros especialistas (un fármaco oncológico, por ejemplo, lo definirá un farmacólogo, pero lo revisará también un oncólogo) y otra por todos los académicos y colaboradores, que durante un mes podrán leer y comentar las definiciones que se suben a una plataforma web.

Todo esto desemboca en una tercera definición, que en España se considerará ya definitiva, pero que necesita aún un paso clave en un diccionario panhispánico: la revisión de las academias hispanoamericanas. “Ellas revisan esa definición para ver si los conceptos son coherentes con la medicina en su país y, por último, nos ofrecen otras variantes. Por ejemplo, las lentes de contacto o lentillas en Colombia, Ecuador, México y Paraguay se llaman pupilentes. Tras añadir las variantes y posibles modificaciones, el lema ya vuelve a España y sería la versión definitiva que se publica en la web”, apunta Cristina González.

En todo este viaje que hacen el lema y su definición, suele haber cambios y detalles que se modifican, pero, al igual que es raro que una definición quede intacta desde un primer momento, también lo es que los cambios sean tan profundos que sea necesario repetir todo el proceso.

¿Acaba la tarea con la última definición del último lema? No. “Nuestra intención desde luego es que el diccionario esté vivo y permanentemente actualizado”, indica Cristina González. Antonio Campos, al pensar en su papel como definidor, recuerda las palabras de un antiguo profesor suyo que le decía: “Siempre pudimos hacer más y pudimos hacerlo mejor”. Es un consuelo que cualquier pequeño error (improbable, pero posible) pueda ser corregido o que cualquier imprecisión se pueda aclarar más rápidamente en la web. Los diccionarios de ahora son, en cierto modo, infinitos.

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