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Desconexión

Joan Dolç, 1990.

Tengo un amigo que ha dejado de ver las noticias, de leerlas y de escucharlas. Al parecer hubo alguna que lo saturó, no me ha querido decir cuál. Según dice, fue como ese bocado que se niega ya a pasar por la garganta y te hace apartar el plato para no tener que vomitar. Ha desenchufado el televisor, si ve un periódico en la barra del bar se va a la otra punta, casi nunca entra en Internet —la batería del móvil le dura ahora una eternidad—, y si a alguien se le ocurre hablar de la actualidad, lo deja con la palabra en la boca. Es algo que ya había hecho alguna vez, aunque no de un modo tan radical. En una época en que para ir a la oficina tenía que recorrer varios quilómetros, acostumbraba a encender la radio nada más poner en marcha el coche. Llegaba al trabajo galvanizado por los noticiarios, rebosante de bilis, enemistado con el mundo y con la vida en general. Entonces hizo una primera prueba. Empezó a hacer el trayecto en silencio, enfrascado en sus pensamientos, que a esas horas de la mañana, si no había tenido una mala noche, eran claros y diáfanos, como trazados con escuadra y cartabón. Recuerda que empezó a pensar en asuntos que antes le eran indiferentes, y a ver cosas que le pasaban desapercibidas. El experimento no duró mucho. A las pocas semanas recayó, y enseguida perdió la calma que le había procurado aquel ejercicio de abstinencia.

Ahora dice que es definitivo. Que no quiere seguir pendiente de asuntos que, o no son reales, o no le importan, o están fuera de su capacidad de control. Nos convencen, dice, de que tenemos esa capacidad, pero es mentira, una ilusión. Como el copiloto que no se fía del conductor, vamos pisando con fuerza unos pedales imaginarios que no hacen nada, o como el que va cagado de miedo arriba del avión, tratamos de mantenerlo en el aire sujetándolo de los brazos del asiento. Esfuerzos inútiles que se pierden en el vacío. Los que nos venden el camelo tampoco controlan nada, asegura. Viven dentro del cuento que ellos mismos cuentan, que siempre es falso en mayor o menor medida, selectivo y tramposo. Se han especializado en jibarizar ciertos aspectos de la realidad o al revés, en «hacer suflés con un gramo de mierda», dice. Y no distingue entre los que actúan conscientemente al servicio de su amo y los que actúan de buena fe. Cree que la pócima que fabrican es la misma. «Información se ha convertido en sinónimo de uniformización», sentencia. Por suerte, piensa él, su influencia es menor de la que imaginan. Hay una masa inmensa —a la que se ha sumado— que vive feliz fuera de su alcance.

Cuando estoy a punto de insinuarle que está haciendo una apología de la ignorancia, me dice, mientras me dirige una mirada preventiva, que «eso que llaman estar informado no es sabiduría, sino simple alineación con el pensamiento dominante. El imbécil no dejará de serlo por leer más periódicos, simplemente será un imbécil puesto al día». Confieso que me he mosqueado un poco al oír eso. «Los medios no producen más que ruido que ciega y ensordece a los que viven pendientes de él», prosigue su razonamiento. «Son como esa contaminación lumínica que nos aísla del cosmos y no nos deja percibir la verdadera dimensión de nuestra existencia, porque nos impide ver el inmenso vacío que nos rodea. Cuando dejas de prestarles atención, de repente entiendes al que miraba por la ventana mientras tú escrutabas ansiosamente el periódico a él le resultaba indiferente. Entiendes por qué todo lo que creías saber gracias a aquellas lecturas obsesivas no te aportaba ninguna ventaja en el manejo de la vida cotidiana, ni te libraba de los peligros que la acechan, ni te ponía a salvo de las fuerzas que la gobiernan. De hecho, a menudo ese otro te llevaba la delantera, porque, mientras tú estabas mirando la realidad en un espejo deformante, él la estaba mirando cara a cara», concluye.

Mi amigo sigue leyendo, pero solo le interesan los géneros literarios. Nada de monografías que pretenden explicar el presente y todavía menos de los que tratan de explicar el futuro. A los que van de profetas les tiene una inquina especial, pues «cierran la salida a un presente que otros ya se encargan de convertir en una ratonera». Y, sobre todo, escucha mucha música. Dice haber descubierto que en cualquier cantata de Bach o bolero de Agustín Lara, o en cualquiera de los cuentos de Chejov, Kafka o Buzzati hay más verdad que en esos medios que supuestamente se encargan de contárnosla. «Lo que he hecho ha sido como meter a un genio marrullero en la botella y taparla…, como escapar de una muchedumbre que te arrastra arriba y abajo, atrapado en un carnaval tumultuoso que no acaba nunca», zigzaguea intentando encontrar una metáfora acertada. Cuando trato de contradecirle se enroca, dice que no se pierde nada, más bien al contrario, y que si le interesa profundizar en algún tema específico, para eso ya están los libros o, como último recurso, los medios especializados. Los periódicos generalistas, lo que queda de ellos, me dice, solo sirven ya para calentar los cascos al personal. Si insisto, me espeta que soy tan burro como un tal Evgueni Fiodorich, y que menos mal que ya no existen los manicomios, porque si no, tiene claro que yo acabaría recluyéndolo a él en el pabellón número seis. No sé de qué me habla.

Creo que está perdiendo la chaveta, pero su expresión inusualmente beatífica me desconcierta, y lo cierto es que me ha hecho sospechar que el periodismo tiene graves problemas que no se solucionan con el muro de pago. Aparte de eso, estoy preocupado por mi amigo y espero que esto sea una locura pasajera, porque siempre ha sido faro y guía de todos los que gozamos de su amistad, un tipo sensato, con criterios sólidos sobre todo lo que parece ser relevante. En cuanto pasen estas fiestas interminables iré a ver cómo le va.

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