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La sensibilidad de las víctimas

El lector Domingo Ortega Criado de Getafe, Madrid, se siente molesto por la fotografía usada para ilustrar la exhumación de una fosa común de la Guerra Civil en Málaga, y lo expresa de este modo:

“Por mi parte, como familiar de un detenido desaparecido y asesinado durante la Guerra Civil, agradecería que el tipo de fotografías no se utilizara. Encontrarnos con los posibles restos de nuestro abuelo ilustrando un artículo nos da un vuelco en el corazón y duele profundamente. Entiendo que en muchos casos es noticia, pero en muchos otros sé que podríais evitarlo. Sé que entenderéis, por la sensibilidad con la que tratáis todos los temas, qué puede significar para muchas víctimas toparse con los restos de quienes nunca debieron estar ahí. Gracias por vuestra comprensión.”

La foto usada muestra varios esqueletos humanos excavados con técnica arqueológica, exactamente como aparecieron: en conexión anatómica completa que permite visualizar las posturas exactas en que los cadáveres recibieron sepultura. Puede distinguirse con facilidad que algunos cuerpos fueron enterrados boca abajo unos sobre otros, mientras que los tres más a la izquierda yacen boca arriba. La imagen puede resultar fuerte para algunos, al mostrar en toda su crudeza el contenido de una fosa común.

La queja también entronca con que desde épocas relativamente recientes se considera como una parte imprescindible del proceso de aceptación de una desdicha el conceder poder a las víctimas o a los perjudicados para establecer los términos en los que se trata su desgracia. Y así tanto los términos utilizados como las imágenes pueden estar sujetas a controversia.

Preguntada al respecto la dirección de eldiario.es responde el subdirector Iñigo Sáenz de Ugarte:

“En primer lugar, lamento muchísimo que el lector se haya sentido afectado por esa foto. Supongo que sabrá que informar sobre ese tema, como sobre cualquier otro, exige utilizar imágenes. Colocar una foto en una noticia no es una opción, sino una obligación. En relación a algunos temas, existe el riesgo de que esa foto pueda suponer un trauma para las personas implicadas en ese hecho. De ahí que los periodistas deban ser muy sensibles a la hora de elegir la foto. No vale cualquier foto, y la clave consiste en estar seguro de que esa imagen aporta una información imprescindible sin la cual la información está incompleta. Por otro lado, las víctimas de hechos violentos no pueden imponer al resto de la sociedad la censura de las imágenes que a ellos les causan dolor.“

En la historia se han llegado a dar casos extremos, como la publicación de imágenes o nombres de víctimas de actos de violencia antes de que los familiares fuesen informados. O publicar imágenes de enorme dureza, como las fotografías de Irene Villa tras el atentado del que fue víctima. En cuanto a la terminología una determinada palabra a veces puede ser considerada como ofensiva por los afectados, que desean ejercer cierto control sobre las palabras con las que la sociedad los designa. Dado que la selección de las palabras puede ser un acto político, es comprensible.

Pero la sociedad también tiene el derecho, e incluso la necesidad, de informarse, y para ello es necesario que las palabras tengan cierto grado de contenido común que haga posible la comunicación, y que las imágenes que ayudan y mejoran la comprensión se hagan públicas. Si bien puede entenderse que una imagen de una persona amada en situación de víctima puedan resultar violentas para sus conocidos o amigos, si no se produce este tipo de violación de intimidad y el interés informativo es elevado parece que la necesidad de saber superaría en este caso a la posible violencia moral. El hecho de que en las fotos no haya elementos identificativos de ningún tipo aboga por esta interpretación; no es posible conocer la identidad de los fallecidos de la imagen, de modo que mal podemos considerar que una familia o persona concreta resultan perjudicadas.

El fin último del periodismo es dar información. Por supuesto que además el periodista debe ser un ‘buen ciudadano’, cumpliendo en la medida de lo posible con los deseos e intereses de los afectados, en especial de las víctimas por un deber elemental de justicia. Es por ello que el asunto de la sensibilidad de afectados y allegados se debe tener en consideración a la hora de efectuar un juicio sobre si publicar o no una información, de usar o no una imagen o una palabra. Pero en última instancia, y en ausencia de un daño patente, evidente e individual, el interés informativo pesa. Y así es como debe ser.

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Una cuestión de firma

El socio Días de Bohemia de Antequera, Málaga, expresa sus dudas con respecto a un artículo publicado bajo la firma de eldiario.es, preguntando:

“Si este artículo no es un editorial, debería aparecer con la firma correspondiente de la persona que lo escribe o de la agencia de noticias de donde procede. ¿O es un editorial?”

Por editorial se entiende un artículo de opinión publicado bajo la responsabilidad del director que expresa una opinión colectiva de la cabecera en su conjunto. Sus valoraciones y análisis, por tanto, no son personales, sino institucionales; en muchos países y épocas los editoriales periodísticos han gozado de amplia lectura e influencia en la política y la sociedad. En ese sentido lo más parecido a un editorial que tiene eldiario.es es el blog colectivo Zona Crítica, en el sentido de que expresa un punto de vista colectivo. Sin embargo los posts de Zona Crítica llevan sus correspondientes firmas, y por tanto no son ‘editoriales’ en el sentido clásico. eldiario.es carece de un editorial tradicional, por lo que el artículo citado no es una opinión colectiva de la cabecera. Es un artículo sin firma; algo bastante habitual.

Y sin embargo para un periodista la firma es fundamental. Firmar un artículo no es una cuestión secundaria, y no sólo por la egolatría, ese combustible que mantiene funcionando a las redacciones. Se trata de un aspecto vital de la biografía de un profesional, porque permite identificar su trabajo y crear un hueco diferenciado con respecto a otros compañeros y competidores. Tampoco es sólo una cuestión de etiquetado, porque en la firma hay una evaluación de calidad. En las redacciones la convención es simple: se firman aquellas noticias en las que el periodista ha aportado información de cosecha propia. Las noticias que vienen de agencia se firman con el nombre de la empresa correspondiente, o ‘Agencias’ si son varias; y las que tienen su origen en comunicados, fuentes oficiales públicas u otros conductos se firman con el nombre del periódico. La cuestión es tan importante que la firma se considera como el principal capital de un periodista. La cuestión tiene incluso repercusiones legales, ya que con su firma el profesional se responsabilidad personalmente de la información publicada frente a denuncias o rectificaciones; en caso de que surgiese un problema con una noticia sin firma los responsables serían, por este orden, el director del medio y el editor.

Incluso la ley reconoce la importancia de la firma, al establecer (artículo 14 de la Ley de Propiedad Intelectual) el derecho a que el autor decida si la obra aparece bajo su nombre, o no. Los diarios que cuentan con estatutos de redacción frecuentemente incluyen la prohibición de que el medio obligue a firmar una información con la que el periodista no está de acuerdo (cláusula de conciencia), muchas veces ofreciendo al profesional la opción de abandonar la empresa con una jugosa indemnización si se le intenta forzar. La modificación no pactada de un texto puede también acogerse a este derecho. En la mayor parte de las ocasiones la ausencia de firma se debe simplemente a una necesidad de discreción por parte del autor, que por la razón que sea no desea ser identificado públicamente; es común, por ejemplo, que no se firmen o se empleen seudónimos cuando hay cláusulas de exclusividad en los contratos y se desea publicar en otro medio.

Como medida de la importancia de la firma se puede citar que a veces se usa como medio de protesta; la retirada o ‘huelga’ de firmas es una medida para expresar una protesta de los periodistas contra la dirección del medio de modo menos drástico que una cesación del trabajo. La costumbre está muy arraigada en la prensa anglosajona y también se ha usado en España, desgraciadamente con mucha frecuencia en estos últimos años. Porque se entiende que de alguna manera al negarse a firmar sus artículos los periodistas ‘castigan’ a sus superiores, siquiera de modo simbólico, ya que se entiende que para renunciar a la firma hay que tener alguna buena razón. No es el caso esta vez.

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Los que tienen que corregir

Errar es humano; perdonar, divino, dice un viejo refrán. Los medios, como cualquier empresa humana, cometen errores. No es una novedad, ni se les debe tener muy en cuenta, dentro de ciertos límites; un periódico que yerre más que acierta no tendrá mucho futuro. Lo que sí define el carácter de un medio es el modo como se enfrenta a los errores que de seguro cometerá. Tratamos este tema en este inicio de año, época propicia para los nuevos comienzos y las mejores intenciones, y porque el asunto preocupa al socio Ricardo Galli, que en un comentario a una columna anterior expresa su discrepancia con el modo como eldiario.es acepta y/o corrige los errores:

“Por ejemplo, en el primer enlace, el titular ("...que se alimentaban de comida caducada") persiste y no coincide con el cuerpo de la noticia. Se ha editado sin reconocer el error, ni fe de erratas ni retractación.
Por otro lado, en otros casos la desinformación (sensacionalista) fue creada por los periodistas de la casa, y aunque luego modificada (como el caso anterior, pero incluso el titular) no hubo ningún reconocimiento del error. Simplemente se cambió por la "bajini" cuando la mayoría de lectores ya había leído la información errónea.”

En el caso concreto que señala se trata de la información original de EFE que dio origen a todo el problema tal y como se analizó en la columna ‘ Cuando las historias son demasiado buenas para ser verdad’, y que en efecto permanece tal cual en la página web de eldiario.es. Y el socio tiene razón; ni en este medio ni en general en Internet existe un modo estándar de corregir los errores cometidos.

No es que los medios tradicionales lo hagan mejor; la costumbre en los periódicos es incluir una Fe de Erratas en alguna parte, normalmente de las páginas editoriales, en el tamaño y fuente más reducida posible y sin más que un reconocimiento del error, y en algún caso una solicitud de perdón, pero nunca un análisis de lo ocurrido o algún tipo de reparación del posible daño. De hecho la austera Fe de Erratas del periódico de papel, de tan pautada, puede convertirse en algunos casos en un chiste en sí misma. Sólo en algunos casos, casi siempre por imperativo legal, se publican rectificaciones en forma de artículos con toda su parafernalia, y mucho menos en la posición y preeminencia original. En prensa se aplica un viejo adagio de la aviación, que dice que la maniobra más difícil es la vuelta en redondo, porque depende del tamaño del ego del piloto. Ni aviadores ni periodistas suelen estar mal dotados a este respecto.

El mayor peligro de los errores en los medios más allá de lo obvio es que se perpetúen en las hemerotecas, ya que es práctica periodística común examinar el archivo de las noticias antiguas a la hora de elaborar productos derivados (obituarios, reportajes, análisis, anuarios) o bien de preparar, por ejemplo, entrevistas; por este mecanismo la información errónea se puede acabar extendiendo en el tiempo. Así en los departamentos de comunicación es común que un afectado por un error solicite no sólo la corrección, sino la introducción de una nota en el archivo con vistas a evitar su propagación. Las noticias erróneas deberían pues anotarse con el error, so pena de repetirlo.

En Internet hay varios factores que complican todavía más las cosas. Para empezar la hemeroteca es, en principio, accesible a todos y el paso de las noticias al archivo es automático. En teoría es perfectamente posible simplemente modificar el texto y hacer desaparecer el error, pero en la práctica no es tan sencillo: desde el momento que un contenido se publica en una página web es imposible hacerlo desaparecer (o modificarlo) del todo, ya que otros organismos harán rápidamente copias de ese contenido; estas copias estarán custodiadas por estas otras instancias y no podrán ser modificadas. Los buscadores, por ejemplo, duplican todo aquello que examinan, y hay organizaciones especializadas en guardar registros de la Red como Archive.org. Una vez publicado algo en la Red es imposible ‘despublicarlo’, o modificarlo sin que quede registro de ello. Intentarlo no sólo es inútil; es estúpido. La 'caché' de Google se encargará de destapar la trapacería.

Otra complicación es la existencia de enlaces, que permiten a terceras páginas vincular con los documentos publicados. Si simplemente se hace desaparecer la página con el error los enlaces quedarán ‘colgados’ y darán un Error 404, destapando así la modificación. Para colmo los títulos son especialmente delicados de modificar, ya que en muchos casos están incluidos en el URL; cambiarlos puede incurrir en una penalización por parte de los buscadores, que ven mal que el título y el URL de una página no coincidan.

Sería deseable que hubiese un método estándar de tratamiento de errores en la Red, algo que pudiera satisfacer tanto la necesidad de corregir lo equivocado como la de mantener un registro de lo ocurrido y de no romper los enlaces que puedan haberse creado hacia la página modificada ni estropear su PageRank. Para iniciar una conversación conducente a ello este defensor presenta una propuesta inicial que pudiera servir de base para crear un sistema de este tipo. La corrección debería funcionar más o menos así:

La página publicada con errores debería ser modificada con la información correcta, manteniendo su título y URL originales pero destacando que se trata de una noticia corregida. De ser necesario un análisis o ampliación sobre las razones o consecuencias del error debería enlazarse desde aquí de modo que cualquier lector que encuentre esa información (vía portada, buscador o enlace) encuentre la versión correcta. La versión errónea, sin embargo, debería conservarse con fines de archivo, enlazada automáticamente con la versión corregida pero en otra URL protegida para buscadores, de modo que no dañe al medio pero tampoco contribuya a extender información falsa ni pueda dar lugar a engaño. La generación de una copia enlazada automáticamente se podría incluir como un tipo de publicación dentro de los sistemas de publicación CMS ( content management system, sistema de gestión de contenidos), tal vez sólo al alcance de los editores y niveles superiores de la jerarquía del medio. Una vez estandarizado quizá los buscadores podrían adaptar sus sistemas a su presencia, de nuevo con idea de contener la difusión de información errónea, pero sin intentar borrar de la historia los errores cometidos. Tan sólo corregirlos.

Errar es humano, y por eso no hay actividad más humana que corregir lo errado y aprender para procurar no volver a equivocarse en el futuro. Internet es un inmenso depósito de información que durará muchos años, y que seguirá alimentándose y creciendo; si no creamos mecanismos para que los errores puedan ser reconocidos, corregidos y correctamente archivados acabaremos por no saber qué es verdad y qué es mentira. Ojalá que en este recién estrenado 2014 comencemos a trabajar en ello, porque si alguna certeza existe es que todo aquel que escribe tarde o temprano tendrá que corregir. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para intentar evitarlo, pero será mejor que aprendamos a corregir con diligencia, transparencia y elegancia. Porque todos erraremos, y todos tendremos que corregir.

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El arte del periodista

En ocasiones las preguntas que llegan a este Defensor delatan cierta falta de conocimiento de lo que es el trabajo real del periodista en su día a día; las actividades que conforman la jornada laboral, y también el objetivo y la esencia del trabajo periodístico. Entre las películas de la era clásica de Hollywood y las series de televisión, casi todas pésimas, hay una idea muy equivocada de en qué consiste el arte del periodista, la práctica del oficio más allá de mitologías y de tertulias. En esta última columna del año intentaré describir el oficio periodístico.

El objetivo del periodista es enterarse de las cosas, y contarlas; nada más, y nada menos. Para enterarse de lo que ocurre utiliza una serie de técnicas depuradas y contrastadas por la práctica. La más sencilla es estar en los lugares donde pasan las cosas y contar aquello de lo que ha sido testigo; es la esencia por ejemplo del periodismo de guerra, ir allí para verlo y contarlo. También se utiliza esta técnica en los sucedidos que tienen fecha fija y cita previa, desde juicios a eventos deportivos. Es el periodista como testigo y fuente primaria, cuando su papel es observar y narrar lo mejor posible lo ocurrido.

Pero la mayor parte de las veces la noticia no viene con fecha, lugar y hora, y por tanto el periodista no está allí cuando sucede. Entonces el trabajo es diferente; ya no hay testimonio de primera mano, sino que el profesional debe localizar fuentes de información, obtener de ellas los datos, valorarlos y construir a partir de ellos un relato razonable y comprensible. Aquí el talento para la observación vale de poco: lo que se precisa es capacidad de evaluación, validación y ordenación de información.

Por ejemplo es habitual emplear teletipos procedentes de agencias de noticias narrando historias que el profesional debe reelaborar, ampliando, adaptando o añadiendo información relevante para su mercado local. Los comunicados de empresas o instituciones también se usan como fuentes, aunque tanto éstos como los teletipos se complementan (si hay tiempo) con datos obtenidos por el periodista mediante contacto con fuentes propias.

En el mejor de los casos el periodista buscará información que nadie más posee desarrollando y usando una red lo más completa posible de fuentes propias. Aquí la técnica de captación de información es simple en esencia y muy complicada en la práctica: consiste en preguntar a la gente, a quienes pueden saber. La dificultad es doble: hay que saber a quién preguntar y hay que conseguir las respuestas. Simplemente saber a quién dirigirse exige cierto conocimiento: de nada sirve cuestionar a quien no tiene el acceso, el permiso o la voluntad de hablar. Para esto es fundamental el contacto humano, en realidad es para lo que el reportero acude a las ruedas de prensa o los ‘saraos’: por la presencia física personal, para desarrollar relaciones con quien está en su campo e idealmente establezca contactos con alguien que tenga el conocimiento y las ganas de contarlo.

Es importante comprender que a diferencia de un policía o un juez el periodista no tiene derecho a pedir información: sólo cuenta con sus ojos y con su capacidad de convencer a las fuentes de que respondan a sus preguntas. No hay requisitorias, citaciones u órdenes judiciales en periodismo; sólo la capacidad de persuasión del periodista sobre las fuentes. Para ello el contacto personal es vital, como lo es cultivar relaciones de respeto y confianza con las fuentes. Es algo que lleva tiempo y esfuerzo, y que es necesario mantener; típicamente un periodista necesita dedicar horas cada día al cultivo y mantenimiento de sus fuentes, llamando o viéndose con unos o con otros de modo regular.

Este estrecho contacto no sólo es necesario para mantener las puertas abiertas, sino para conocer lo mejor posible a las fuentes. Porque toda fuente, desde el portavoz oficial de un ministerio hasta el anónimo denunciante de irregularidades administrativas que se juega el empleo o hasta la cárcel al dar información son, por definición, fuentes interesadas. Todas tienen una razón para hablar, desde engañar al periodista a modificar la opinión pública, desde perjudicar a un competidor hasta manipular la bolsa o vengarse de un superior o castigar a un rival interno. Para poder usar la información que recibe el periodista debe conocer y tener en cuenta las motivaciones de sus fuentes. Incluso cuando la información denuncia delitos o revela abusos rara vez se hace por amor a la verdad o por deber público. A la hora de evaluarla, comprobarla y jerarquizar su importancia es vital conocer lo más posible a la fuente y sus motivos.

Y todavía no hemos empezado siquiera a escribir más que notas garrapateadas en un bloc. El paso siguiente es verificar la información, para lo cual el periodista recurrirá a otras fuentes diferentes a la original y tratará de convencerlas de que validen los datos recibidos. Típicamente en este proceso el profesional curtido jugará con los datos que ya tiene para intentar extraer aun más información, enfrentando tal vez los testimonios de fuentes distintas y amenazando a partes interesadas con publicar sin contar con sus puntos de vista. Es en este punto en el que a veces, de modo solapado, se hacen trapicheos y cambalaches: por ejemplo una fuente puede ofrecer una noticia nueva a cambio de demorar la publicación de otra que no está del todo armada. Este tipo de negociaciones son vitales para desarrollar relaciones a largo plazo con fuentes importantes, y son mucho más habituales de lo que la mitología de la profesión cuenta (excepto en la serie The Newsroom).

En la teoría del periodismo estadounidense, espejo de la profesión, para que una noticia se publique es necesario que al menos tres fuentes independientes la confirmen, con sus detalles. En la prensa española los requisitos no son tan drásticos; no es tanto una cuestión de números como de tener una razonable certidumbre, lo cual puede conllevar en algunos casos la confirmación de detalles por parte de periodistas más veteranos y con fuentes mejor situadas. Sólo cuando los hechos están claros se pasa a la fase de escritura.

Una vez más, hay diferencias entre la práctica de la prensa estadounidense y la española. Allí es común que haya una división de funciones entre el reporter (periodista que hace el trabajo de calle) y el ‘ editor’ (veterano, mejor conectado, encargado de guiar la investigación). La redacción puede hacerse a dos o a cuatro manos, pero es típicamente el editor quien da la orientación del artículo y sugiere un titular. Luego, en la mesa de redacción, un editor especializado retocará el titular como parte del proceso de edición y corrección, especialmente en los medios de corte más popular. La misión del titular será atraer el mayor número de lectores posible a la noticia sin traicionar su esencia. El nivel es diferente dependiendo del tipo de medio. Varios pares de ojos revisarán tanto el contenido como la forma antes de que la noticia se publique.

En la prensa europea el sistema tiene menos estructura y menos niveles de corrección. Lo normal es que sea el propio escritor quien coloca el titular, aunque pueda ser revisado en edición. En las sucesivas crisis los diarios han recortado en correctores, de modo que ahora el trabajo de la mesa de edición se complica. Porque éste es el siguiente paso: la mesa de edición, donde el periódico se ensambla y edita. Aquí llegan las noticias escritas, con su titular puesto y revisadas; de aquí saldrá ya el diario montado rumbo a las plantas de impresión. La mesa de edición es el centro neurálgico de la redacción y el punto clave de flujo informativo. En radio o televisión existen equivalentes, aunque la ejecución es obviamente diferente. La práctica en medios electrónicos no es tan diferente, excepto en lo que se refiere a la colaboración de técnicos (cámaras, técnicos de sonido). Muchas veces será el mismo periodista el que grabe entrevistas o participe directamente en la elaboración de vídeos.

En los medios digitales se aplica el mismo procedimiento general, con algunas variantes. El trabajo es mucho más estático, con menor contacto personal. En la prensa digital además de las fuentes convencionales hay fuentes en la propia red que son accesibles a través del ordenador. Sin embargo el tratamiento de esas fuentes no es muy diferente al de las humanas: al igual que las de carne y hueso las digitales tienen intereses propios y grados diversos de fiabilidad, y deben ser localizadas y verificadas a tiempo. Las habilidades pueden ser algo diferentes; hay que conocer y manejar bien los buscadores y disponer de una amplia red de sitios web cuyos sesgos y nivel de confianza sean conocidos, pero el trabajo es similar: localizar, evaluar y jerarquizar información, tal vez dando mayor énfasis a la contextualización que hacen posibles los enlaces. Y sin olvidar las posibilidades de la interacción con el lector y del uso de elementos gráficos, ni las manías de Google a la hora de clasificar titulares.

El arte del periodista consiste en construir con estos elementos historias verdaderas y legibles, a ser posible hermosas. Se trata de un oficio como cualquier otro, con sus rutinas y sus peculiaridades, con sus atajos y sus ventajas, no muy diferente del que llevan a cabo otras profesiones. Aunque algo sí que puede decirse sobre sus dificultades: muy pocos de sus practicantes son capaces de ejercerlo produciendo algo que vaya más allá de la mera comunicación de los hechos. Contados son los periodistas que elevan su trabajo a arte, siquiera menor, porque no es un oficio fácil, ni se ejerce en una industria tolerante o feliz. Ojalá que el próximo año traiga un poco de respiro a los trabajadores de la prensa, y a todos los demás. Porque ya nos va haciendo falta a todos un poco de alivio. Feliz sea, pues, 2014.

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Cuando las historias son demasiado buenas para ser verdad

Es una de esas historias que se escriben solas, sobre todo en estos tiempos de crisis y de gente que lo pasa mal. Tres miembros de una familia en Alcalá de Guadaira mueren de repente tras una noche de enfermedad iniciada después de la cena, y resulta que se trata de una familia en mala situación económica que iba tirando como buenamente podía. La primera sospecha es que se alimentaban de comida caducada o a punto de caducar que les regalaban o vendían a bajo precio comercios locales para echarles una mano. El ‘recado’ está implícito, pero inmediatamente se hace explícito en las redes e incluso en la política: la crisis mata, literalmente. Hay sesudos análisis, preocupados editoriales y políticos que gravemente denuncian la intolerable situación.

Y, sin embargo, todos ellos se han adelantado a los acontecimientos, porque aún no se conocen las causas de las muertes. Unos días más tarde salta la sorpresa: los expertos descartan que se trate de una intoxicación alimentaria y se inclinan por un envenenamiento químico con una sustancia todavía desconocida. Los familiares de las víctimas, que habían declarado que era falso que se alimentaran con comida sospechosa, se ven reivindicados. El mensaje político de las muertes se desvanece. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué España entera ha creído durante una semana este triste cuento prenavideño? ¿Hemos olvidado los periodistas las reglas básicas de nuestro oficio?

Quizá los medios hayamos seguido en este caso el viejo y cínico principio de ‘Nunca dejes que la realidad te estropee un buen titular’. En buena parte porque con la mala situación económica de la prensa es demasiado habitual llevar a portada noticias de agencia directamente, sin ninguna comprobación o ampliación independiente. Y porque el mismo origen de la noticia contenía la clave: en el teletipo de EFE que primero comunicó el suceso contiene esta frase: “Fuentes de la investigación han apuntado que los afectados vivían de la recogida de cartones y se alimentaban de comida caducada que les regalaban”. Parece ser el principio del error.

De hecho, la frase genera 1.920 resultados cuando se busca textualmente en Google, lo que indica la extensión del cortapega literal al que los medios se han acostumbrado. No sólo eso; el texto, tal cual, vuelve a aparecer en subsiguientes informaciones basadas en teletipos de EFE que amplían la información inicial del 14 de diciembre, lo que contribuye a extender la especie. El hecho falso sobre la alimentación de la familia afectada se origina aquí.

Sin embargo, cuando las informaciones son realizadas por periodistas propios, el posible consumo de comida caducada queda mucho más matizado y las posibles causas de la intoxicación permanecen abiertas y son varias. En eldiario.es, por ejemplo, la noticia, publicada el 17/12/2013 y firmada por Juan Miguel Baquero, que traslada las declaraciones de la consejera de Salud, Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía, María José Sánchez Rubio, es mucho menos tajante a la hora de achacar el suceso a comida caducada. Para entonces EFE enviaba teletipos donde subrayaba las diferentes posibilidades abiertas para la investigación, quitando importancia al mensaje inicial.

Pero desde el principio el tema, con su sencillo mensaje moral, se había convertido en materia de discusión política como símbolo del efecto de los recortes y de la crisis en general en la población más vulnerable. Generando incluso movilizaciones vecinales y protestas, y el consiguiente toma y daca de ataques y contraataques partidistas. La interpretación más simple, a partir de datos que resultaron falsos, incendió las redes sociales y se propagó con rapidez. Los intentos de los medios con información propia y de las cabezas más serenas por recomendar prudencia no sirvieron para evitar conclusiones que, obviamente, eran apresuradas.

A veces surgen historias que parecen demasiado buenas para ser verdad. Los errores ajenos, la falta de información propia y el endiablado ritmo del ciclo informativo al que los medios se someten conspiran para que se distribuyan informaciones insuficientemente comprobadas. La paciencia y la prudencia, virtudes demasiado lentas para la velocidad del discurso público actual, se arrojan por la borda, y damos pábulo a narraciones que tienen la moraleja correcta, pero están basadas en hechos truchos.

Para evitar errores de este tipo, hay que templar la información, desarrollando tanto la capacidad crítica como la habilidad de investigar con criterios y personal propio las historias antes de lanzarlas. En el actual panorama de la prensa no es fácil que haya medios para hacer esto, así que sólo se puede cultivar el sentido crítico y, tal vez, intentar separar la agenda informativa de la hipervelocidad turboalimentada por las redes sociales para poder añadir un plus de comprobación, análisis y sentido común a las historias. Porque cuando parecen demasiado buenas para ser verdad, es probable que resulten no serlo.

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El papel del periodista

¿Cuál es el papel del periodista como intermediario informativo? ¿Debe limitarse a trasladar lo que sucede y las declaraciones de las fuentes? ¿O es su deber intervenir cuando esas declaraciones superan lo tolerable? Es normal que en su ejercicio profesional el periodista de a pie acabe interactuando con personas de ideas extremas, e incluso aborrecibles, dado que estas personas forman parte de la noticia más a menudo que el común de los mortales.

Desde delincuentes a políticos, desde empresarios truhanes a buscavidas, lo normal es que las declaraciones de quienes son o están cerca de la noticia sean más que discutibles. Es lo que parece preocupar al lector y socio Pablo Montequi Merchán, que escribe al Defensor en referencia a esta entrevista:

Soy socio de eldiario.es desde octubre [de] 2012, hasta ahora he tenido la convicción [de] que mi dinero estaba siendo bien empleado, sin embargo, desde la publicación de la entrevista linkada tengo una gran decepción con este periódico y me estoy replanteando continuar apoyando el proyecto. Todo el artículo rezuma RACISMO:
• Se basan en generalizaciones que hasta ellos admiten que no son capaces de cuantificar: "los chinos no reinvierten en la sociedad española”, “utilizan compatriotas emigrantes como mano de obra semiesclava”...
• Atribuyen estrategias de fraude fiscal a los chinos exclusivamente, ¿de verdad es necesario ser chino para intentar llegar a un acuerdo con Hacienda o para aprovecharse de la prescripción de delitos?
• Parecen proponer nuevos delitos a tipificar: “contrabando o fraude chino” y “crimen económico chino”. Ya me imagino a un juez dilucidando si el contrabando ha sido chino o no…
Por supuesto, no son ustedes responsables de las declaraciones de unos entrevistados (ojo, sí lo son de decidir publicar su contenido), pero lo menos que le podría pedir a este periódico es que se aleje de los topicazos, las leyendas urbanas y que sea crítico con las afirmaciones hechas por sus entrevistados. Da la sensación [de] que estos podrían haber insinuado que nos comemos a los abuelos chinos dentro del rollito de primavera y ustedes no se lo habrían rebatido...

Para colmo, unos días más tarde se publicó "El peligro amarillo", de Rafael Reig, que provocó una segunda carta de Pablo Montequi:

Vaya semana de topicazos chinos que lleva este periódico... Nos ofendemos (con razón) si alguien dice que somos avaros como catalanes, vagos como andaluces o indecisos como un gallego pero los tópicos chinos hay que aceptarlos. ¿De verdad no se dan cuenta [de] la ignorancia que demuestra?

Consultado el director de eldiario.es, Ignacio Escolar, responde lo siguiente:

Entiendo la queja del lector, no es el único que se ha quejado. En su momento, tras leer la entrevista ya publicada, lo hable con la jefa de Economía, Belén Carreño, que fue quien se ocupó de la supervisión de esta entrevista. Ella misma reconoce que también tuvo sus dudas, pero que le parecía que había que informar sobre el fraude en algunos de los comercios chinos –que existe y no es una invención de los entrevistados–, y que el libro le pareció una buena excusa para ello. El propio periodista que hace la entrevista pregunta a los autores por esa imagen de discurso racista que se puede deducir de su libro, pero es verdad que podría haber sido algo más crítico.

A toro pasado, después de hablarlo con Belén, ambos creemos que nos equivocamos al no exigir que en la entrevista se incidiese en ese aspecto, que nos parece fundamental. Hay varios casos documentados de fraude en el comercio chino, que están siendo investigados judicialmente, pero sin duda no es justo generalizar en todo un colectivo los pecados de algunos de sus miembros.

Belén Carreño, responsable de la sección de Economía de eldiario.es, donde se publicó el artículo, destaca un aspecto interesante respecto a su intención, que no era otra que orientar la información desde el punto de vista del consumo responsable:

El tema de cómo abordar el consumo responsable es una cuestión que ha salido muchas veces en la redacción, sobre todo en la sección de Economía. El consumo responsable no nos parece sólo comprar comercio justo. Es una forma de consumir integral, que incluye pagar impuestos, salarios dignos y los demás añadidos propios. Consumir de forma responsable es, casi siempre, más caro. Es un mensaje que nos gustaría hacer llegar al lector. Lo barato sale caro en derechos laborales, en fraude y en muchos otros asuntos.

Cuando el colaborador me propuso la entrevista, me pareció uno de los enfoques posibles para este asunto. No nos hagamos trampas al solitario. El fraude y no pagar impuestos o pagar mal no sucede sólo en los países en desarrollo. En nuestro país mucha gente te da la nota del bar en una servilleta y en muchos comercios a pie de calle, los que llaman "de conveniencia", los tiques de caja brillan por su ausencia.

Con todo, no voy a negar que, tras leer la entrevista, me quedó el resquemor. ¿Es este un enfoque xenófobo? Parte de la xenofobia nace de que hablamos de inmigrantes, de personas de otra nacionalidad que se vienen a buscar la vida a este país.

Pero no nos olvidemos de que algunos de esos inmigrantes traen consigo costumbres que, desafortunadamente, se practican en sus países de origen. No es culpa de ellos. Ellos no han inventado las reglas del juego. Es el caso de China en tanto en cuanto los derechos laborales están bajo la lupa y la vigilancia en aspectos como el blanqueo o la desviación de capitales aún está en pañales. A nadie se le ocurriría que una denuncia sobre un trato vejatorio o sobre la falta de controles y el escaso pago de impuestos en China (o Bangladesh) fuera racista. Si lo hacen allí, parece no importar tanto. Pero cuando esto sucede aquí, cambia la perspectiva.

El libro, al menos aseguran los dos autores, está bien documentado con pruebas de cómo se organizan, la mayor parte de las veces desde allí, auténticas tramas que actúan aquí. Además, el periodista que hizo la entrevista subrayó la posible crítica xenófoba de su perspectiva.

Lamento si hemos ofendido a todo el colectivo. Cualquier generalización es mala y quizás en ese sentido debimos ser más cautos en el uso del titular. Pero cuando entramos en un comercio con prisas, a las 11 de la noche a comprar un paquete de pasta, a lo mejor nos deberíamos hacer algunas preguntas. La entrevista buscaba que nos las hiciéramos. Además, apenas una semana antes de su publicación, en Italia se habían descubierto unas naves industriales donde ciudadanos chinos eran tratados como esclavos.

Aun lamentando los perjuicios que pudo y puede acarrear la generalización, por otro lado entrecomillada en boca de los autores, el objetivo del artículo no era otro que poner énfasis sobre un servicio que a veces se presta sin las debidas garantías y, sobre todo, sin las suficientes preguntas por parte de los que nos beneficiamos de las facilidades de lo barato disponible a cualquier hora del día. Con todo, he aprendido que, si un artículo me suscita dudas, como en este caso, lo mejor es no publicarlo.

Parece claro que, en el caso de la entrevista, la actitud del periodista debería haber sido más crítica con los entrevistados, quizá destacando todavía más el aroma a generalización y a racismo que podían desprender sus declaraciones. En el segundo caso, y aunque las referencias de Reig son como siempre irónicas, sin duda juegan con los tópicos instalados en el inconsciente español; el hecho de que no tengan intención de hacer menoscabo a la comunidad china, sino que su blanco es claramente la política española, no las hace menos tópicas.

Comunicar implica necesariamente conceptos compartidos (generalizaciones y tópicos, por tanto); carece de sentido usar un lenguaje o ideas que no coinciden con las que hay en la mente del lector. Pero al mismo tiempo sabemos que el lenguaje puede ser una poderosa herramienta de limitación del pensamiento, o al revés, de liberación de ideas y personas. El periodista debe afinar el equilibrio entre actuar como testigo, y, por tanto, contar lo que ocurre y se dice, y actuar como elemento de cambio en su faceta de ciudadano con responsabilidad política personal. Ese equilibrio puede romperse a veces si no se tiene cuidado.

Al mismo tiempo, la función primaria del periodista es transmitir lo que otros dicen, incluso cuando lo que dicen es odioso o rechazable. El deber profesional no consiste en efectuar juicios morales sobre lo que escucha, sino intentar conocer y transmitir los hechos del modo más honesto posible. Debe ser el lector quien con su propia inteligencia y sentido moral califique los dichos o los hechos. Incluyendo aquellos que puedan resultar desagradables, o los puntos de vista que destaquen los rincones menos elegantes (o políticamente correctos) de la realidad. Parece claro que en este caso ese equilibrio entre generalización y tópico no ha sido el adecuado, y que hubiese sido necesaria una mayor petición de explicaciones a los entrevistados, no para ahorrar el compromiso de juzgar a los lectores, sino simplemente para bucear en la verdad de sus declaraciones.

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¿Quién es el dueño del idioma?

La lengua es la herramienta del periodismo, y de la comunicación entre personas. Como tal ha de ser respetada, sobre todo por los profesionales; dominarlo y utilizarlo con el mayor de los respetos y hasta el límite de sus posibilidades es una de las obligaciones del periodista. El problema surge cuando el lenguaje cambia, evoluciona, se modifica. En esas circunstancias, ¿quién es el que manda en el idioma? ¿Quién decide?

La pregunta viene de la lectora María Purificación Calderón Casquero de Salamanca, se refiere a esta información publicada el 3 de diciembre de 2013, y es la siguiente:

"Hola, ¿qué es un "briefing"? Es un anglicismo crudo que muchos lectores no comprenderán. Además, al no estar adaptado al español, ni estar en el diccionario de la RAE, lo correcto es que vaya en cursiva. Gracias.”

Consultada la dirección de eldiario.es responde Iñigo Sáenz de Ugarte lo siguiente:

"Los anglicismos no están prohibidos, pero la norma estándar dice que deben ser sustituidos por el término en español cuando sea posible, que lo es casi siempre. Si es necesario emplearlos, porque hay un matiz que se escapa con la traducción literal al español, deben ir en cursiva.”

Queda por tanto claro que en esta ocasión ha habido un error de edición en la publicación de la noticia, dado que el término no aparece en cursiva como debiera en caso de un barbarismo, en este caso un anglicismo. Aunque investigando un poco más resulta que la palabra en cuestión es más interesante todavía, porque aunque tiene forma de anglicismo resulta que algunas acepciones de 'briefing' no existen en inglés: en algunos aspectos es un invento genuinamente español.

Como explica Wikipedia el término 'briefing' no significa exactamente reunión, sino que tiene un significado particular dentro de algunas disciplinas y profesiones. En el ámbito militar, sobre todo en la aviación, y en el buceo profesional o deportivo el 'briefing' es la reunión formal previa a una misión (o inmersión) que se celebra con un formato específico y contenidos estandarizados. Es de ésta acepción de donde sale el uso que discutimos de 'briefing' como reunión breve y formalizada para transmitir información. Sin duda es un término común en la jerga periodística, especialmente en instituciones multinacionales y multilingües como el Consejo de Europa.

En 2009 una autoridad indudable en el idioma como el entonces director de la Real Academia Víctor García de la Concha respondía a Fundeu sobre el uso de esta palabra como sinónimo de 'reunión' de esta manera:

"Ahora se dice 'briefing' como sinónimo de 'reunión' y parece que queda bien. ¿O es papanatismo?

-Las lenguas hacen préstamos de otras lenguas de continuo. Pero nosotros distinguimos los extranjerismos necesarios de los innecesarios. Por ejemplo, 'leasing' es algo más que 'arrendamiento', y por eso lo aceptamos, mientras que tenemos que rechazar 'alliance' porque usted puede firmar un pacto, un acuerdo, un convenio e incluso una alianza, pero no una 'alliance'. Otra vez, son modas, en el siglo XIX era el francés."

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La política troll y el periodismo

Aparentemente, 'trolear' se ha puesto de moda en la vida política española. Aunque el nombre nació en Internet, en realidad el 'troleo' (la actividad del troll) es viejo como el mundo: se trata de controlar las conversaciones mediante la disrupción, provocando a los participantes de tal modo que se consiga descolocar su argumentación y forzar una reacción excesiva.

El objetivo puede ser el mero gamberrismo, el placer nihilista de destruir por destruir. Pero en otras ocasiones se persiguen fines más concretos, como hacer quedar mal a un adversario que reacciona en exceso o controlar el objeto y la dirección de la conversación.

En política se ha hecho cada vez más común lanzar declaraciones provocadoras de tal modo que las redes sociales y los medios se incendien con protestas y que otros temas pasen desapercibidos. Algunos políticos se han especializado en esta función de cortina de humo mediante declaraciones incendiarias (Hernando, Aguirre, Wert); otras veces es el propio Gobierno el que lanza proyectos de ley/globos sonda (Ignacio González, ley Wert, Ley de Seguridad Ciudadana).

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El-banco-que-no-debe-ser-nombrado

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Hay nombres que se convierten en símbolos de toda una época; en etiquetas que representan mucho más de lo que en principio nombraban. Hay eras que dejan fantasmas. La actual crisis económica española, y los excesos que la precedieron y causaron, han generado varios de estos nombres malditos, como Bankia. El banco construido por los políticos a partir de los restos mortales de muchas de las cajas de ahorros españolas, un modelo financiero de más de dos siglos de antigüedad, tras causar su quiebra se ha convertido en esa etiqueta que simboliza una era, casi en un tabú. Hasta tal punto que la presencia de su publicidad en eldiario.es causa el rechazo de algunos, no pocos, de sus lectores.

Uno de los últimos en expresar este rechazo de modo abierto ha sido el escritor Manuel Haj-Saleh, también conocido como Otis B. Driftwood, que en su blog ha detallado su reacción ante un anuncio de Bankia. También incluye en su argumento las respuestas de algunos periodistas de eldiario.es como Íñigo Sáenz de Ugarte y Belén Carreño. Merece la pena leer el artículo, del que extracto algunos pasajes especialmente relevantes:

Me he cabreado tanto que he puesto el siguiente tuit, para que vean que también soy capaz de entrar como elefante por cacharrería:  Encontrarme publicidad de Bankia en eldiario.es me toca mucho los cojones, que lo sepan. Y encima esa infame de los planes de pensiones. Otis B. Driftwood (obdriftwood) November 18, 2013

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Una cuestión de atención

La prensa forma parte integrante y fundamental del entramado básico de las democracias occidentales. Los periódicos nacieron como órganos de propaganda partidista, y no dejaron de serlo hasta que gentes como James Gordon Bennett y su New York Herald, y más tarde Joseph Pulitzer y Randolph Hearst con su ‘periodismo amarillo’, demostraron que ser populistas e independientes de las estructuras políticas era más rentable. Sin embargo, los medios nunca han dejado de tener querencias hacia uno u otro lado del espectro ideológico, lo cual es normal y sano siempre que no tuerza el criterio editorial más allá de los límites de la verdad. Claro que esos límites siempre se pueden discutir.

En España la situación política crispada se ha convertido en lo normal, provocando un alineamiento de los medios en dos grandes bandos; un reflejo de la situación política y social. La crisis económica han tensado todavía más las opiniones y también las finanzas de la prensa, lo que ha resultado en que ahora depende más económicamente de las estructuras políticas y la fractura se ha agrandado.

Y lo peor que tiene este tipo de situación cuando se alarga en el tiempo es que genera hábitos que acaban por parecer naturales. Como repartir la atención dedicada a los partidos políticos en función del poder que tienen o de sus expectativas electorales.

Así, desde Berlín, el lector Luis Torres Rodríguez se muestra preocupado por lo que considera un claro sesgo en las coberturas de eldiario.es. Y lo razona así:

No deja de sorprenderme el despliegue informativo que está realizando eldiario.es de la Conferencia Política del PSOE, sobre todo cuando no se realizó lo mismo, por ejemplo, con otros eventos como el Congreso de UPyD del fin de semana pasado o la Asamblea Federal de IU de diciembre de 2012.

Luis Torres piensa, además, que esta visión está superada por los acontecimientos: El panorama político español está cambiando, pero muchos periodistas siguen teniendo una concepción bipartidista de la política, algo que para nada me esperaba de eldiario.es.

Consultado el director de eldiario.es, Ignacio Escolar, explica:

En eldiario.es no creemos que haya que aplicar porcentajes a las coberturas políticas. Como bien sufren en campaña las televisiones públicas, aplicar cuotas a la información según el resultado electoral de los partidos (o sus expectativas en las encuestas) acaba obligando a informar de los políticos, incluso cuando lo que dicen no tiene interés alguno.

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