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El arte de titular

Poner un título a una noticia es un arte, no una ciencia; no existen métodos o recetas que funcionen siempre. No hay algoritmos matemáticos a los que se pueda encomendar la tarea. Una de las reglas es sencilla: conseguir que cuanta más gente se sienta atraída por la información, mejor; que los lectores quieran leer la historia.

El titular tiene, en consecuencia, un tanto de marketing, de 'vender' la noticia. Pero al mismo tiempo se supone que el papel del titular es traducir en una única y concisa frase la esencia de la historia que se cuenta. Y como toda traducción, es imperfecta; a veces más traición que traducción.

La combinación de resumen, marketing y ese quién sabe qué que le da a los titulares un gancho especial es tan complicada que la buena titulación se considera una de las más elevadas capacidades de redacción y síntesis en cualquier diario o revista. En muchos medios anglosajones, se reserva a editores especializados, o a los periodistas de mayor nivel y experiencia. Siempre es un asunto delicado, complejo y al que se dedica gran cantidad de atención y talento. Los periodistas que lo dominan son admirados y respetados en la profesión.

En ocasiones, y con un poco de ayuda del lenguaje y sus triquiñuelas, el titular puede pasar a la categoría de leyenda, como el famoso 'Headless Body on Topless Bar' (cuerpo sin cabeza en bar de semidesnudos) que publicó en 1983 el New York Post, cuyo autor acaba de ser recientemente despedido.

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Mejoras: de los enlaces

Quizá debido al puente el Defensor ha recibido pocas quejas esta semana, de modo que por propia iniciativa dedica este espacio a abrir un debate sobre posibles mejoras del periódico. En este caso a denunciar la manifiestamente mejorable política de uso del hipertexto, y en especial de los enlaces, que demuestran tanto el propio diseño como los periodistas de eldiario.es.

Este medio tiene una vocación fundacional plenamente en línea: jamás ha querido ser otra cosa que lo que es, un medio digital. Y sin embargo modificar mínimamente algunas de sus características y de sus usos habituales podrían convertirlo en un medio en hipertexto mucho más sofisticado y útil para el lector.

Uno de las cuestiones que convendría arreglar se refiere a la escasa visibilidad de los enlaces en los textos. En algunas secciones como Actualidad, Desalambre, Andalucía, Catalunya Plural, DiarioNorte, Galicia, Comunitat Valenciana, e incluso en los blogs el diseño apenas permite ver los enlaces. El ‘ancla’ o etiqueta que sirve de punto de partida aparece en color azul pero sin subrayar cuando no ha sido activado; el subrayado sólo aparece al pasar el cursor por encima. A causa de esto según cómo esté regulada la pantalla del lector los vínculos apenas se ven. Y un enlace invisible es como si no estuviera.

Otras secciones con diseño propio, como Diario Turing o VerTele tienen otras soluciones que hacen que este elemento resulte mucho más visible: colores diferentes o conservación del subrayado, o incluso ambas. Probablemente no por casualidad también son las secciones en las que este recurso es más usado para complementar, ampliar o reforzar los textos.

Es natural que la poca visibilidad complique un problema que ya viene de suyo, como es el que las agencias de prensa proporcionan sus textos sin enlaces. Acostumbradas a trabajar para medios escritos sin posibilidad de hipertexto, las agencias no utilizan este recurso utilísimo. Las noticias de actualidad que aparecen firmadas por agencias es por tanto normal que carezcan de enlaces, uno de los elementos que hace que un producto en la Red tienda a ‘oler a tinta’, pues recuerda a los periódicos de papel.

Sin embargo en los reportajes propios de los periodistas de eldiario.es los enlaces se deberían utilizar mucho más. Su presencia es un servicio que se le hace al lector; al seleccionar puntos de ampliación de la información, o al proporcionar el vinculo directo con el origen de la afirmación que se está realizando este elemento hipertextual no sólo hace más fiable y completa la información: también proporciona al lector un mayor grado de control sobre su lectura, ya que es él quien decide hasta dónde llega.

Pero ante todo el enlace es un servicio complementario que el periodista presta al lector de valor creciente en estos tiempos de sobreabundancia informativa. Al identificar aquellos puntos de la propia información que puedan generar dudas o que puedan servir como punto de partida para conocer más sobre el tema tratado y seleccionar aquellas páginas web mejor dotadas y más veraces para satisfacer esta curiosidad el periodista ofrece un grado de selección de información y de control al lector que no está al alcance de ningún otro soporte. Al enlazar el periodista separa el grano de la paja y proporciona una puerta a información de calidad y veracidad contrastada por su criterio profesional.
 
De hecho los enlaces son el alma de la actual Internet; su diseño en ‘tela de araña’ da nombre al protocolo más usado, la World Wide Web (telaraña mundial), y su estructura proporciona al buscador Google los datos sobre relevancia informativa que hacen que los resultados de nuestras búsquedas sean efectivos. Ya desde su origen conceptual en el Memex de Vannevar Bush los enlaces forman parte de la idea fundacional de Internet, y su utilidad en un entorno de ‘ infoxicación’ es innegable.

Sería por tanto muy recomendable hacer más visibles los enlaces y animar a los periodistas de eldiario.es a usarlos más y mejor para enriquecer sus informaciones. La calidad del medio, y la de la propia Internet, mejorarían con ello. Así como el servicio a los lectores.

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De dineros y músicas

El lector Enrique González, de Madrid, piensa que eldiario.es no mantiene su compromiso con el software y la cultura abiertas al integrar en algunos artículos sistemas de escucha de canciones propietarios. En concreto dice:

“En este post Luis J Menendez impone a los lectores la instalación de un programa propietario (Spotify) para poder seguir la pista de sus recomendaciones musicales. Como no creo que sea un ignorante que no sabe lo que está haciendo, queda en evidencia el descarado ejercicio de periodismo con propósito comercial, en una práctica incuestionablemente contraria a la línea de este diario de promover la comunicación abierta y plural. Dirá seguramente que las pistas que quería compartir estaban en ese servicio, pero podía haber acudido a innumerables opciones abiertas para compartirlas.”

Lo cierto es que la versión de Spotify que ha integrado en el texto el autor se corresponde con un ingreso gratuito al servicio; gratuito en el sentido de que no es necesario pagar por el acceso, aunque por supuesto eso no significa que seas un servicio 'libre' o 'abierto' en el sentido del software open source o los contenidos acogidos a licencias 'copyleft'. De hecho tras escuchar algunas canciones es normal que salte un anuncio, por ejemplo de un automóvil de fabricación española o de un gran almacén de bricolaje, antes de iniciar la siguiente. Otras canciones están en YouTube, un servicio también gratuito para el usuario y también cerrado que a veces asimismo coloca publicidad en sus vídeos.

Lo que hizo Luis J Menéndez fue localizar en varios servicios gratuitos de Internet estas canciones de artistas muy poco conocidos. Al hacerlo no cometió ninguna infracción legal, mientras que si él mismo las hubiese subido a algún sistema de este tipo podría haber cometido un delito, especialmente si la próxima reforma del Código Penal llega a ser aprobada. De haber algún delito aquí lo hubiese cometido quien subió originalmente la canción, nunca el colaborador de eldiario.es o el propio medio.

Preguntada al respecto la dirección del periódico, responde el subdirector Íñigo Sáenz de Ugarte:

“No hay ninguna política al respecto. Supongo que será cosa del colaborador.”

Queda por tanto descartada la idea de algún tipo de acuerdo comercial entre eldiario.es y Spotify o cualquier otro sistema de publicación de música. Se trata simplemente de un enlace integrado en el texto por parte del colaborador, que localizó canciones de los músicos sobre los que deseaba hablar en diversos servicios. La activación de dichos servicios queda a criterio del lector, que puede o no escuchar la música. O puede efectuar su propia búsqueda libremente.

O, en palabras de Íñigo Sáenz de Ugarte:

“¿Cuál es el problema en enlazar? Enlazar es sólo una propuesta al lector. Nadie obliga a pinchar.”

Claramente el lector no lo ve de esta manera: en su opinión el asunto tiene mucha mayor trascendencia, pues opina:

“Si bien se trata de un tema en principio menor, o bien lo atajáis ahora o bien se convierte en una práctica que condiciona y desmejora hasta invisibilizar la visión de comunicación independiente que caracteriza eldiario.es.”

Este punto de vista entronca con una vieja polémica, una linea de fractura en el mundo 'Open Source'/'Free Software'. En el origen de la filosofía del software libre hay una fuerte corriente ideológica contraria a la idea misma del comercio. El intercambio libre de cultura, para esta visión, es incompatible con la existencia de empresas con ánimo de lucro. Richard Stallman, el mayor defensor de esta interpretación (y ferviente defensor del uso del término y la filosofía Free Software) se hizo famoso el el mundo informático a través de una épica batalla de ingenio al replicar él solo durante más de dos años y en código abierto todo el trabajo de una empresa entera de software (Symbolics) para evitar que monopolizase una parte vital de la investigación con fines comerciales. Éste fue el nacimiento del proyecto GNU para crear un sistema operativo abierto, que muchos años después e fusionaría con el Linux de Linus Torvalds en el hoy extendido GNU Linux. Stallman ha mantenido durante años una férrea oposición a cualquier abuso empresarial en el mundo del software.

Pero hasta guerreros de lo libre tan vehementes como Richard Stallman diferencian entre ' libre' y ' gratis', y el propio Stallman ha declarado más de una vez que el problema no es ganar dinero en sí mismo, sino el modo como se hace. Si el software es verdaderamente libre no hay problema con que una empresa pueda obtener beneficios. El problema es que para hacerlo cierre el código. No se trata de que el mismo comercio sea de alguna manera 'sucio' o negativo, sino de que el procedimiento por el que se lleva a cabo no sea pernicioso para la comunidad. Cerrar el código no, pero ganar dinero sin hacerlo es admisible.

Las claves para evitar problemas y malentendidos, por supuesto, son dos: transparencia y, sobre todo, preservar la voluntariedad. En la Web el enlace representa estas dos cualidades plenamente, incluso en su forma de 'player' empotrado. El propio enlace o su representación indica a dónde lleva, a qué sistema de reproducción está trasladando al lector. Y éste tiene la decisión final de pinchar el enlace o no hacerlo: la decisión es suya. El único detalle que sería necesario cuidar sería informar adecuadamente a los lectores en el caso hipotético de que eldiario.es llegase a algún tipo de acuerdo comercial para privilegiar a un reproductor sobre otro. De momento no es el caso; descanse el lector sabiendo que no hay ningún tipo de 'prostitución intelectual' en este caso.

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Palabras de guerra

En principio el lenguaje es una herramienta de comunicación, y como tal es de vital importancia que las palabras tengan el mismo significado para quien las emite que para quien las recibe; de lo contrario cualquier transmisión de información es imposible. Quien controla el lenguaje en el que pensamos controla de facto el pensamiento; al hacer más o menos difícil pensar una idea facilitamos o dificultamos que las personas la tengan en cuenta o la transmitan. Por eso en el mercado de las ideas no hay arma más poderosa que cambiar el significado mismo de las palabras. Porque quien modifica las palabras modifica la mente de quien las utiliza. Y así el lenguaje como herramienta de sintonía del pensamiento se transforma en arma; en una herramienta de combate y disensión. En herramienta de poder.

Y así determinadas palabras se transforman en identificadores de orientación ideológica, e incluso a veces en arma arrojadiza en sí mismas.

Así sucede en el territorio valenciano con su nombre. Desde finales del franquismo la denominación de la zona se ha convertido en un emblema que identifica la pertenencia a una u otra bandería: según el nombre que elijamos darle a la cosa estamos indicando nuestra preferencia política sobre la cosa. Algunos lectores no están de acuerdo con la denominación escogida por la recién nacida edición asociada, cuyos artífices han optado por denominarse con el término ‘Comunitat Valenciana’. Y así Joan Martínez, que se define como ‘lector asiduo pero no socio’, escribe lo siguiente:

“Uds. dicen creer “en un periodismo riguroso, independiente y también honesto” y obvian en la presentación de su proyecto para el País Valenciano explicar una cuestión tan sensible como la elección del nombre. Desconozco hasta qué punto está usted familiarizado con la batalla simbólica que se desarrolla en el ámbito público-político en Valencia desde el tardofranquismo pero estoy convencido de que no se le escapará que las denominaciones colectivas no son inocentes y suponen, siempre, la toma de partido. ¿Le parece honesto y riguroso presentarse sin hacer mención, no digamos explicar razonablemente, tomarse el tiempo para justificar y reflexionar junto a los lectores, de tal decisión editorial? ¿Le parece independiente optar por una denominación diferente a la de País Valenciano, utilizada ayer por las opciones políticas antifranquistas y hoy por todas las organizaciones progresistas (sindicatos y partidos políticos) pero que casi ha sido prohibida por la actual mayoría absoluta del PP en Valencia y resiste a las repetidas agresiones de la ultraderecha más recalcitrante de España?”

En este caso el nombre es un arma de guerra. Hablar de ‘Reino de Valencia’ significa adscribirse a determinadas opciones de extrema derecha regionalista; optar por País Valencià es alinearse con opciones políticas de izquierda y nacionalistas; el término ‘Países Catalans’ fue perseguido y demonizado como poco menos imperialismo catalán cuando había quien negaba cualquier relación entre catalán y valenciano, mientras que la denominación oficial de Comunidad Valenciana (Comunitat Valenciana en la lengua propia), que nació como un término casi de compromiso para evitar los extremos anteriores, hoy se asocia con el actual gobierno de la Generalitat de Valencia, del Partido Popular, extramadamente combativo con algunas de las anteriores.

El punto de vista de El Diario Comunitat Valenciana ya ha sido expresado por Toni Cuquerella, uno de los periodistas fundadores, en su artículo El País Valencià i l’espiral del silenci (El País Valenciano y la espiral del silencio), en el que dice:

“Els anys de travessia pel desert del concepte País Valencià, encetats per l'ostracisme al que el va enviar el govern socialista, han arribat a patir a la persecució en l'etapa del domini del PP. El País Valencià ha sigut així una víctima arquetípica del que la politóloga alemanya Noelle-Neumann va definir com “l'espiral del silenci”, teoria que explica que els individus adopten les actituds predominants en la societat sobre el que és acceptable, i silencien allò que no ho és.”

(Los años de travesía por el desierto del concepto País Valenciano, iniciados por el ostracismo al que lo envió el gobierno socialista, han llegado hasta la persecución sufrida en la etapa del dominio del PP. El País Valenciano ha sido así víctima arquetípica de lo que la politóloga alemana Noelle-Neumann definió como "la espiral del silencio", teoría que explica que los individuos adoptan las actitudes predominantes en la sociedad sobre lo que es aceptable, y silencian lo que no lo es).

Y añade:

“Convertint-se així la Comunitat Valenciana en el símbol de la crisi i la corrupció espanyoles al New York Times, sent una de les autonomies amb les taxes d'atur i de deute per habitant més altes , oferint icones del balafiament com l'Aeroport de Castelló, s'alça el País Valencià com a proposta alternativa. El complexe d'inferioritat està en vies ara d'atribuir-lo ara a la Comunitat.”

(Convirtiéndose así la Comunidad Valenciana en el símbolo de la crisis y la corrupción españolas en el New York Times, siendo una de las autonomías con las tasas de paro y de deuda por habitante más altas, ofreciendo iconos del despilfarro como el Aeropuerto de Castellón, se alza el País Valenciano como propuesta alternativa. El complejo de inferioridad está en vías de ser atribuido ahora a la Comunidad).

Las palabras pueden convertirse en armas. Pero es habitual que las armas se vuelvan contra quienes primero las usan. El problema de usar el lenguaje como herramienta de guerra es que cuando se vuelven las tornas puedes encontrarte tus propias palabras vueltas lanzas contra ti.

Por otra parte el columnista Julià Álvaro, en su artículo Els fonaments del país (Los fundamentos del país) reconoce que la polémica va para largo:

“El fet que aquest diari, que es reconeix progressista, s'identifique com de la Comunitat Valenciana, com també la polèmica que això ha alçat entre els seus lectors, són bon exemple de fins a quin punt tot està per fer.”

(El hecho de que este diario, que se reconoce progresista, se identifique como de la Comunidad Valenciana, así como la polémica que esto ha levantado entre sus lectores, son buen ejemplo de hasta qué punto todo está por hacer. La herida está abierta).

Preocupado igualmente por las palabras como herramientas de conflicto está el lector Julio Garay, de La Romana, Alicante, que rechaza los nombres con los que los periodistas de eldiario.es designan a veces a las diferentes formaciones políticas:

“Me gustaría hacer un comentario de estilo para eldiario.es: que no se use el adjetivo «popular» para identificar a alguien del PP... Porque significa otra cosa, y no sé yo si este individuo será realmente muy popular. Sería mejor «conservador» (a pesar del disfraz del nombre del PP, que de «popular» tampoco tiene nada). De igual manera me parece poco apropiado que llamen «socialista» a los representantes del PSOE, que de socialistas tienen más bien poco (tanto como de obreros; se podría usar igualmente «el "obrero" Rubalcaba», por ejemplo, que ya sería el colmo de la guasa). «Socialdemócrata» ya les quedaría muy a la izquierda de lo que es el PSOE hoy en día, pero estaría más cerca de la verdad. Ya sé que es menos cómodo redactar así, pero sería bueno no jugar a sus tejemanejes de neolengua.”

Preguntado sobre si existe una norma al respecto, el subdirector de eldiario.es Íñigo Sáenz de Ugarte aclara:

“No tenemos más norma que el criterio periodístico habitual. Cada organización elige un nombre para definirse y lo normal es que te atengas a él, a menos que claramente sea confuso o provoque malentendidos. Es cierto que en el caso de populares para definir a los miembros del PP, podría provocar en teoría que se confunda con la definición de ser popular, pero supongo que, al ser muy conocido el partido, no ha lugar.

El otro ejemplo que da el lector es distinto. Cada uno puede tener su opinión sobre la ideología del PSOE, pero así es como se define. Igualmente, la trayectoria del PSOE es muy conocida, y por tanto nadie va a pensar que el PSOE es más o menos socialista sólo porque tenga ese nombre.”

Las palabras para entendernos frente a las palabras para marcar territorios; el significado frente a la connotación, y la palabra llana contra los intentos deliberados de sabotaje lingüístico como ingeniería política estilo ‘neolengua’. Lo que llamamos rosa con cualquier otro nombre tendría el mismo aroma, escribió Shakespeare, pero no es lo mismo un jugoso filete de ternera que un segmento sangrante de tejido muscular arrancado a una vaca joven, aunque ambos sintagmas designen el mismo objeto. La comunicación transmite datos, y también sensaciones. El problema es cuando ambas transmisiones colisionan.

La palabra como herramienta de comunicación y la palabra como arma de guerra están indisolublemente unidas, y un cierto nivel de ambigüedad es, y seguirá siendo, inevitable. Los talentos de muchos políticos y no pocos asesores de campaña y publicitario, se expresan en esta ambigüedad. La función del periodista no es tanto combatir esta realidad como conocerla y tenerla en cuenta para ser lo más veraz posible. Es necesario que los medios mantengan el mayor nivel de vigilancia ante los intentos de secuestrar términos por parte de grupos interesados. Pero no hasta el punto de hacer ininteligible la comunicación. Porque el lenguaje tiene dos funciones y el único medio que de seguro lo destruirá es hacerlas combatir la una contra la otra. Porque entonces no transmitirá conocimiento ni emoción, y dejaremos de ser humanos.

PD: El Defensor de la Comunidad pide disculpas por las traducciones del valenciano, torpes en el mejor de los casos, incorrectas en el peor; cualquier malentendido es culpa exclusivamente suya.

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El tiempo de la noticia en el ámbito digital

El pasado 3 de octubre Tas Man desde Ibiza se extrañaba de que para entonces aún no hubiese aparecido nada en eldiario.es, y específicamente en Diario Turing, sobre el cierre de Silk Road y la detención de su creador y propietario por parte de las autoridades estadounidenses. " Me cuesta creer que, siendo éste un periódico que no ha mostrado problemas al hablar de bitcoin o la red TOR, aún no haya ni una nota hablando del cierre de la principal página de contrabando de drogas en internet, y que se daba por principal sustento de la moneda digital". Y añadía: " si hay alguna actualización del diario turing, debería ser con un buen resumen de todo lo que ha venido pasando desde ayer, y menos mal que hay redes sociales que si llega a ser por eldiario.es aún no me habría enterado de esto". De hecho Tas Man y el resto de los lectores tuvieron que esperar hasta el 8 de octubre, que fue cuando se publicó el reportaje " El cierre de Silk Road: el gran supermercado de las drogas de internet" firmado por Fran Andrades explicando el cierre y todo lo que supone con gran despliegue gráfico y de enlaces. Para entonces el retraso sobre la acción, que se había producido el 2 de octubre, era de casi una semana. ¿Dejó eldiario.es desamparados a sus lectores al tardar tanto en dar la información?

La pregunta depende esencialmente de una cuestión previa: ¿qué se supone que debe ofrecer un medio de comunicación digital, y cuándo? Y desde este punto de vista es especialmente interesante y tiene repercusiones más amplias. Porque para saber si eldiario.es defraudó a sus lectores hay que saber qué se supone que *es* el diario.es. Si se le juzga como a un medio de ultimísima hora de la nueva hornada digital, o incluso si se  define como un producto con las mismas obligaciones que un periódico diario convencional, la respuesta no puede ser otra que un inequívoco 'Sí; eldiario.es falló'. Pero las cosas no son tan sencillas.

Puesto en contacto con la responsable directa, Marilín Gonzalo, editora de tecnología y jefa de producto de eldiario.es, este defensor le preguntó por el asunto. De su respuesta podemos entresacar algunos párrafos especialmente iluminadores al respecto. Habla Marilín Gonzalo:

"Desde que iniciamos la publicación de Diario Turing definimos un enfoque editorial muy diferente del de otros medios que cubren noticias tecnológicas, [que publican] lo que sucede a cada minuto, normalmente traduciendo noticias publicadas de otros blogs en inglés. Nosotros consideramos que esa oferta informativa está cubierta ya por esos medios y sobre todo por Twitter, donde las alertas de noticias sobre todo en el ámbito tecnológico son casi instantáneas y diversas".

" En Diario Turing no sólo hablaremos de gadgets: no podemos quedarnos con eso cuando la tecnología es algo mucho más grande. La sociedad, la política, los medios y la cultura ya no pueden ser contados sin reconocer la influencia de los avances tecnológicos. Y en el centro de todo ello están las personas: creando, conectándose, descubriendo, copiando, construyendo. Creando sociedad en red.

Decidimos entonces que nuestra línea iría más bien por profundizar sobre esos temas que a menudo llegan a nosotros como un última hora, pero que merecen mejor contextualización y documentación, aunque tardemos algunos días más en publicar sobre ellos. También queremos descubrir nuevos temas o noticias desde un punto de vista tecnológico cuando el público general todavía no conoce mucho de ellas: queremos dar información diferencial.

Esto fue lo que hicimos con Silk Road cuando otros medios en español no habían publicado aún sobre ella como Silk Road: la tienda más popular del barrio dark de la web[publicado el 28/6/2013] .

También lo hemos hecho con otros temas como el de los bitcoins, publicando desde nuestro lanzamiento en febrero una serie de artículos sobre el tema mucho antes que fuera un tema recurrente en publicaciones tecnológicas en español" .

En concreto sobre el tema que nos ocupa Marilín Gonzalo aclara:

" En lo referente a Silk Road, cuando se conoció la detención de Ulbritch, más allá de caer en decir que se había cerrado Silk Road consideramos que era una noticia que merecía algo más de profundidad y por eso encargamos un reportaje más completo que llevaría unos días. En Tecnología en eldiario.es no cubrimos información de última hora sino que intentamos dar información más completa y diferente, que pueda releerse un tiempo después y donde el lector pueda encontrar un enfoque más profundo del tema en cuestión" .

Se trata de un tema interesante que tiene que ver con las relaciones entre la información, los medios digitales y muy particularmente su público. Se trata de saber qué promesas hace el medio a sus potenciales lectores, porque de ellas dependerá que se incumpla parte del contrato tácito entre ellos, o no. En el pasado, en la era pre-internet, la decisión era sencilla: los medios operaban en un ecosistema de ausencia de información, por lo que el valor más importante para decidir la relevancia de una información era el tiempo. Lo más reciente era más importante; lo más antiguo carecía de importancia en función de su tiempo de existencia. La información tenía caducidad, y la más fresca siempre era mejor. El enemigo a batir por parte de los periodistas eran las dificultades de obtener la información y la competencia, que operaba con limitaciones similares. De ahí el valor de las exclusivas y las primicias; ser el primero en dar la información era el triunfo supremo.

Pero entonces nació y creció Internet, y la gente empezó a publicar, y ahora vivimos en un entorno de hiperabundancia de información. Ya no es tan sencillo decidir qué es relevante y qué no lo es, y desde luego el factor tiempo ha pasado a tener mucha menor importancia relativa. Las redes sociales y los muchos sitios que hay en la red dedicados a publicar de manera automática los últimos despachos de agencia han reducido el valor de la información de última hora. Y sobre todo han acabado con el simple criterio de 'más reciente es mejor'.

En ese sentido el pacto tácito del diario convencional, la oferta no explícita pero real al lector de ' mi producto es toda la información reciente que necesitas' ya no es válido. Los medios de internet no tienen por qué cumplir con este precepto. El tiempo ya no es la única fuente de relevancia de la información; el problema se complica. Ahora hay que tomar decisiones sobre cada tema; decisiones que deben basarse en la importancia de cada información, en su disponibilidad en otros medios, en la posibilidad de añadir o no algo de interés a lo ya publicado, en la adecuación de esa noticia particular a los lectores que tiene/desea el medio... En este sentido la Economía de la Atención hace la vida mucho más complicada a los periodistas, porque les obliga a manejar muchos más factores, y por tanto hace mucho más sencillo cometer errores y decepcionar a partes de su público. El pacto entre medio y lector es ahora mucho más fluido, y más susceptible de malentendidos.

Es por eso que ese pacto entre el medio y su público debe ser abierto y explícito, y bien comprendido por ambas partes. De lo contrario habrá problemas, errores y quejas. eldiario.es está en su derecho de cambiar los términos del contrato y de prometer algo diferente a lo habitual: se trata de un medio nuevo que opera en un paisaje radicalmente diferente y tiene por tanto la necesidad de innovar y de romper prejuicios. Pero sus socios y lectores deben ser conscientes de ello, porque en la era de la red la relación entre empresa periodística y lectores es  mucho más bilateral que antes, cuando los medios podían permitirse un 'lo tomas o lo dejas'. Cuanto mejor se entiendan los términos en los que se establece la relación menor será el número de equivocaciones y malentendidos. Cuanto más explícita la promesa menos confusiones y más responsabilidad en mantenerla y no violarla. El tiempo ya no es el criterio, pero los criterios deben ser abiertos, explícitos y deben estar sujetos a discusión.

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Provocación, radicalización y foros

33 Comentarios

Recibe el Defensor un comentario de Javier Vilalta Bautista, de Sant Llorenç d'Hortons, relacionado con el artículo de Rafael Reig titulado ‘El catalanismo realmente existente’. El lector, reconociendo que en eldiario.es “es posible encontrar opiniones desde los dos extremos” y que espera “leer opiniones plurales y distintas a la mía, sobre todo en un tema tan delicado como éste”, encuentra problemas con el texto de Reig. En concreto afirma:

No creo que llamar "cazurros" y "paletos" a personas que no están de acuerdo con uno sea una forma de educación ni que sea la línea habitual del diario. Más allá de esto, y aunque otros lectores le han contestado en los comentarios, no creo que forme parte de la ética periodística hacer un artículo en el que el autor reconoce que desconoce el asunto (dice que no ha dedicado tiempo al tema) y luego ataque desde el desconocimiento a los que no están de acuerdo con él.

Las frases a la que se refiere el lector dicen textualmente:

¿Por qué el catalanismo del que disponemos es tan eclesial, cazurro y hasta imperial, con la lengua como compañera?  [...]  Resumiendo de nuevo: creo que la independencia de Cataluña la deben decidir los catalanes, pero lamento que sólo cuenten para ello con este catalanismo místico, metafísico y trapacero, paleto y grandilocuente.

Respecto a su conocimiento del tema el autor afirma:

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Encuestas online, buenas para nada

Se interesa un lector por la ecuanimidad de las encuestas de eldiario.es, que pone en duda al considerar que en ocasiones la falta de alternativas causa un sesgo automático; no se puede votar por una opción que no existe. Al eliminar algunas de las posibles respuestas el periódico estaría predeterminando cuáles pueden obtener la mayoría y cuáles es imposible que la obtengan, puesto que no aparecen. Se trata de un tipo de manipulación sutil por ausencia, en lugar de por presencia, y es por tanto menos obvia. En muchas ocasiones la falta de algo puede ser tan significativa como su presencia, pero es más complicado darse cuenta. Aunque desde luego aquello que no está no se puede votar. La queja es por tanto completamente relevante.

Pero al mismo tiempo destaca una realidad; lo que aparece en eldiario.es (y en muchos otros medios digitales) no es una encuesta digna de tal nombre, sino poco más que un juego o divertimento, quizá un mecanismo de cohesión para los lectores. En ningún caso se puede considerar como una investigación seria sobre las preferencias de ningún grupo, ni siquiera de sus mismos lectores. Ningún periódico digital debería utilizar los datos de una de estas 'encuestas' para realizar una información, y si alguien lo hace (y se han dado casos en otros medios) debe ser criticado.

Una encuesta no es el acto de preguntar a la gente qué opina, sino un elaborado procedimiento estadístico para evaluar la opinión de de una población (por ejemplo, los ciudadanos españoles) a partir de la opinión de un grupo reducido (llamado muestra). Su construcción tiene tres fases, que son el diseño (elaboración de la muestra y creación de las preguntas), la captación de datos (lo que conocemos habitualmente como 'encuesta') y la llamada 'cocina', (el procedimiento matemático que transforma los datos de la muestra en datos válidos dentro de ciertos parámetros estadísticos para la población total).

La manipulación de las encuestas se suele hacer en los procesos que forman la ' cocina', ya que diferentes fórmulas pueden proporcionar distintos resultados a partir de los mismos datos de la muestra. Es sencillo 'masajear' las encuestas a este nivel para que los resultados se ajusten a la voluntad de quien la encarga; algo muy común en política. También puede trucarse la toma de datos redactando las preguntas y ordenándolas de modo torticero; a veces se puede obviar alguna posibilidad políticamente incorrecta, como denunciaba nuestro lector que podía haber hecho eldiario.es.

La forma más sutil de manipular una encuesta y la que invalida todas las versiones online consiste en seleccionar mal la muestra. Desde luego que una muestra demasiado pequeña dará datos de baja calidad; por eso en las encuestas electorales es vital saber a cuánta gente se ha preguntado. Pero también hace falta que se pregunte a las personas adecuadas; para que las respuestas se pueden extrapolar al conjunto de la población hace falta que la muestra esté cuidadosamente seleccionada según parámetros sociológicos concretos. Trabajar con  respuestas proporcionadas por un grupo sin control estadístico proporciona datos sin valor. Y una encuesta online tiene por definición una muestra sesgada, ya que únicamente la contestarán aquellas personas que a) tengan acceso a Internet (eliminando a un porcentaje de la población), b) naveguen en la página en cuestión (probablemente con afinidad o simpatía por el medio) y c) tengan tiempo y ganas de responder. Y esto sin tener en cuenta que una persona pueda votar varias veces, cosa que a pesar de las trabas tecnológicas ocurre a menudo.

Por tanto las encuestas online no tienen validez. No hay diseño ni selección muestral, las preguntas no están construidas con criterio y no hay 'cocina'. Ni siquiera se puede considerar una representación fiable de la opinión de los lectores del diario que la alberga. De hecho se usan más como adorno o como modo sencillo de generar apasionados diálogos en los comentarios. Es posible alterar los resultados de una encuesta online trampeando las respuestas. Pero es también inútil. Porque nunca deberían emplearse como argumento o como dato fiable. Como alivio cómico, o excusa para la tertulia, todo lo más.

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A nadie le gustan los de Asuntos Internos

En las series y películas policiacas es un tópico: la frase 'soy Johnson, de Asuntos Internos' basta para presentar a un personaje que como mínimo dificultará el trabajo de los protagonistas; a veces será incluso el Malo. Tampoco en las redacciones el Defensor de la Comunidad es el más popular. Y es que hay un aroma en esta línea de trabajo que va más allá de lo ingrata que pueda ser la tarea; una mácula de traición. Los de Asuntos Internos no son solo tocanarices; también han abandonado a los suyos y de alguna manera se han pasado al Enemigo.

Se puede entender que esto ocurra en grupos sociales tan cerrados como pueden ser los policías o los periodistas. Es también una idea muy equivocada, y hasta peligrosa, porque considera al Lector como el Enemigo. Pero hay al menos dos buenas razones por las cuales es necesaria esta función.

La primera es que policías y periodistas gozan de literales privilegios en su trabajo; hay leyes que les proporcionan protecciones que no están a disposición de otros ciudadanos. En las democracias los legisladores han decidido que estas funciones son tan importantes para la sociedad que quienes las encarnan deben tener especial protección. Los policías protegen la paz y detienen a quien intenta romperla. Los periodistas ponen a disposición de la sociedad la información que necesita, para que cada ciudadano pueda tomar sus propias decisiones. Ambos grupos profesionales tienen importantes tareas que cumplir, para lo cual se les dota de herramientas legales especiales. En justa correspondencia, su trabajo debe estar sujeto a especial control. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y alguien debe encargarse de ejercerla. Es mejor para todos que el primer nivel de control se haga desde dentro, por parte de quienes conocen de primera mano las dificultades de la tarea.

La segunda razón es casi más importante porque no afecta a la parte del oficio periodístico que es diferente a los demás, sino a la común con todas las profesiones: la obligación de cualquier trabajador de hacer lo mejor posible su trabajo. Se trata de un principio ético fundamental, la elemental idea de que no debemos querer para los demás lo que no querríamos para nosotros y viceversa; la regla de oro de la moral. Igual que un camionero debe aspirar a ser mejor caminonero y un pintor a ser mejor pintor, un periodista debe aspirar a hacer mejor su trabajo.

Esta voluntad de mejora es especialmente crítica en una situación como la actual, cuando la industria y las viejas certezas de la prensa están colapsando y nuevas empresas muy jóvenes, como eldiario.es, se afanan en reinventar la vieja profesión del periodismo en un nuevo entorno como Internet. La prensa como industria y los periodistas como profesionales tenemos que ir construyendo un nuevo futuro. Y la Red, con todas sus oportunidades y ventajas, no es el territorio más sencillo para hacerlo. La reflexión es imprescindible.

Tal y como yo la entiendo, la tarea del Defensor de la Comunidad ya no consiste sólo en corregir errores, sino que debe contribuir a mejorar la calidad del periodismo en tiempos de zozobra y en espacios de aplicación radicalmente distintos a los del pasado. Ya no basta con quitar lo que está enfermo o equivocado; es necesario ayudar a mejorar lo que no es incorrecto, pero podría ser mejor aún. Es importante la función de arreglar los yerros, pero también hay que aspirar a animar aciertos. Sólo un par de principios generales me acompañan al arrancar en este camino.

En primer lugar, las cuestiones relacionadas con artículos de opinión publicados por eldiario.es en general no serán atendidas. Como dice el viejo refrán las opiniones son libres pero los hechos son sagrados. Las opiniones no deben generar censura o castigo, y por la misma razón no deben ser protegidas de la refutación o las dudas. La discusión, en términos educados, es y será bienvenida. Pero no se deben eliminar opiniones por el mero hecho de ser impopulares, así como no se debe considerar la discrepancia como insulto. Las protestas que hagan cualquiera estas dos cosas serán obviadas. Trataré de centrarme en aquellos casos en los que la duda se refiera a hechos, que es donde los errores pueden hacer más daño.

En segundo lugar, hay un principio básico de la discusión en Internet que muchos participantes en foros parecen no tener claro: bloquear la participación de una persona en un foro particular no equivale a censurar su opinión. Cuando alguien se convierte en un obstáculo para la conversación y es eliminado de ella no se está acallando su voz, que puede todavía exponer a lo ancho y lo alto de Internet. Lo que se está haciendo es preservar los criterios de educación y civilidad del propietario de ese espacio de discusión, en este caso eldiario.es. Quien no quiera aceptar esos criterios es muy libre de irse a otro sitio; las quejas por presunta censura en los comentarios no serán recibidas con simpatía.

El resto del camino habré de descubrirlo sobre la marcha. Intentaré equivocarme poco, escuchar mucho y rectificar siempre que haya ocasión, para mantener el cargo a la altura a la que lo elevó su primera ocupante, Olga Rodríguez. Al contemplar lo conseguido por mi antecesora sólo puedo invocar la Oración del Pastor que musitara Alan Shepard al despegar por primera vez hacia el espacio: 'señor, no permitas que la cague'. Aunque a nadie le caigan especialmente bien, los de Asuntos Internos pueden hasta resultar útiles.

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Una pequeña despedida

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Todo enfoque es una toma de partido. Lo vemos a diario en relatos que, con el disfraz de la equidistancia y una aparente imparcialidad, mantienen un posicionamiento continuo, a favor de las posturas oficiales e institucionales y en contra, muchas veces, de los derechos humanos.

Hay una escuela de periodismo que se sitúa, consciente o inconscientemente, a favor del statu quo. Este tipo de periodismo considera que los informadores tenemos que ser tan absolutamente asépticos que debemos abandonar todo empeño de compromiso con la justicia y con los derechos humanos.

Quizá por eso, quizá, he visto cómo en medio de una guerra algún que otro colega de profesión ha prescindido de toda empatía con las víctimas, atareado como estaba en alcanzar ese éxtasis de frialdad, 'imparcialidad' e indiferencia tan alabado desde algunas cátedras. Y quizá por eso, también, es habitual encontrar relatos periodísticos en los que se presentan las versiones de los agresores y las víctimas situándolas al mismo nivel y ofreciendo a unas y otras la misma credibilidad.

‘El lector es listo, sabrá sacar conclusiones’, dicen los defensores de esa presunta neutralidad periodística. Sí, los lectores son listos -mucho más de lo que piensan algunos editores- pero si se les presenta una realidad edulcorada por las justificaciones y versiones oficiales de los agresores y no se detalla que éstas no se corresponden con lo sucedido, podrán llegar a pensar que las víctimas no son víctimas y los verdugos no son verdugos.

Siguiendo la regla del periodismo que se disfraza con el eufemismo de imparcial, no nos correspondería a los periodistas cuestionar un gobierno ilegítimo surgido por un golpe de Estado, y ni siquiera podríamos denominarlo como tal. Tendríamos que exponer la versión de unos y otros, y que el lector sacara sus conclusiones. Y así, a lo largo de la historia, el periodismo ha llegado a legitimar auténticas atrocidades, en nombre de la presunta neutralidad de este noble oficio.

La cultura de los derechos humanos siempre ha sido endeble, y más en un país como este, que vive de espaldas a su pasado más reciente. Por eso, quienes creemos en el periodismo como un servicio público y como uno de los pilares básicos de las sociedades libres y democráticas -porque una sociedad mal informada es fácilmente manipulable- entendemos que hay líneas rojas que no se pueden traspasar.

En este sentido, desde esta sección se ha procurado mantener un compromiso claro con la defensa de los derechos humanos, siguiendo la propia línea editorial de este medio, que se define así:

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Cuando la única fuente de información es la policía

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Esta semana el Juzgado de Instrucción número 2 de Móstoles ha archivado la causa contra Jorge, de 35 años, trabajador de la sanidad pública, detenido el pasado marzo durante una protesta por la sanidad pública en el Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles y acusado por la policía de haber agredido al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Fernández Lasquetty.

En el auto el juez afirma que no se ha justificado “debidamente” la “perpetración del delito que ha dado motivo a la formación de la causa”. Es más, el magistrado dice que, tras haber visto las imágenes requeridas a Televisión Española (presente en el lugar) “no resulta creíble la versión mantenida por los agentes denunciantes”, ya que en el vídeo se ve que varios manifestantes gritan consignas contra Lasquetty “sin que en ningún momento el imputado se acerque a él”.

Sin embargo, cuando Jorge fue detenido varios medios de comunicación dieron por buena la versión de la Jefatura Superior de la Policía de Madrid y, saltándose su derecho a la presunción de inocencia, aseguraron que había intentado agredir a Lasquetty, y que había golpeado a un agente. La agencia de noticias Europa Press publicó una noticia bajo el siguiente título:

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