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DESALAMBRE

Los primeros días en Barcelona de los rescatados por el Open Arms: “Vuelvo a ser yo”

Durante los tres primeros días en Barcelona de los rescatados por el Open Arms, la felicidad de descansar y encontrarse a salvo se entrelaza con su inquietud sobre si podrán quedarse en Europa más allá de su permiso temporal de un mes

Todavía no han podido reunirse con los abogados para responder a las muchas dudas sobre la opción de pedir asilo y sus posibilidades de regularizar su situación en España

Parte de la tripulación del Open Arms ha visitado la residencia deportiva donde se alojan los hombres que viajaban sin familia: “¡Hermanos! ¡Gracias!”, decían entre abrazos

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Adolescentes rescatados en el Open Arms se reencuentran con sus compañeros

Adolescentes rescatados en el Open Arms se reencuentran con sus compañeros Gabriela Sánchez

Acaban de cenar. Unas 40 personas rescatadas por el Open Arms se agrupan en la entrada de la residencia donde se alojan durante sus primeros días en Barcelona cuando una furgoneta de Cruz Roja aparca frente a ellos. De su interior aparecen tres caras conocidas. Son Ali, Hassan, Omar (nombres ficticios), tres de los cinco menores no acompañados que llegaron al puerto de Barcelona este miércoles. Todos aplauden y corren a abrazarse, se besan, preguntan con ternura si están aquí para quedarse. Los adolescentes se habían ido de su centro porque, dicen, ellos “no son niños”. Querían ver a sus amigos.

Los mismos amigos con los que compartieron siete horas de miedo e incertidumbre en una balsa neumática en plena noche. Aquellos con los que se escondieron e intentaron escapar de lo que creían que era una patrullera libia y acabó siendo un barco de rescate, su salvación. Los tres adolescentes dejaron atrás el centro de menores para reencontrarse con sus compañeros, en los que se apoyaron durante los cinco intensos días de viaje a España a bordo del Open Arms. Quieren estar juntos pero, de momento, no es posible.

El personal del centro les explica las razones por las que están obligados a trasladarlos de nuevo al centro especializado. La normativa española concede la competencia de la acogida de menores no acompañados a las comunidades autónomas por lo que la Generalitat es la encargada de su tutela y deben ser acogidas en recursos especializados para la infancia. Ali insiste, como lo hacía en el barco de rescate, con su característica rebeldía propia de sus 17 años de edad: “Yo soy un hombre, no soy un niño”.

Uno de los rescatados palestinos hace desde Barcelona una videollamada con su padre, que vive en Gaza

Uno de los rescatados en el Open Arms, ya en Barcelona

Los tres menores fueron trasladados de nuevo al centro que les corresponde. “Yo no voy a quedarme en ese centro sin mis amigos. Si me llevan, voy a regresar”, advertía el adolescente pocas horas antes de ser devuelto al alojamiento especializado en infancia. Sus compañeros mayores de edad trataron de convencer a los vigilantes del centro, pero pronto comprendieron sus explicaciones. Se despidieron de ellos.

Durante sus primeros tres días en Barcelona, los hombres mayores de edad que no viajaron junto a su familia han sido alojados de forma temporal en la residencia para deportistas Blume de Esplugues de Llobregat (Barcelona). Es el momento de recuperar fuerzas, asimilar la traumática experiencia vivida y asentar su llegada al Estado español. Su exaltación de la felicidad por sentirse a salvo, en un lugar tranquilo, junto a sus compañeros de viaje, se entremezcla con la ansiedad despertada ante el pasado y el futuro: las imágenes de las torturas sufridas en Libia, que permanecen ancladas en sus recuerdos, se suman a la incertidumbre del “ahora qué”. Tienen un mes, prorrogable a 45 días, para recibir asesoría jurídica, solicitar protección o decidir un nuevo camino.

Honoré desprende la misma felicidad que transmitía en el Open Arms. Ahora, nos cuenta, después de descansar dos días, hablar con su familia, ducharse y obtener ropa nueva, empieza a reconocerse tras los duros años de supervivencia en Libia. “Vuelvo a ser yo. Este soy yo”, dice el camerunés cerrando los ojos y suspirando frente a la puerta de su residencia, poco antes de pedir que le hagan una fotografía. “Quiero mandársela a mi madre. Cuando me vea así, va a llorar de alegría”, añade el hombre, con su nueva camiseta sin mangas. Hoy se siente como era antes de emprender su viaje Europa. Es uno de esos días en los que uno se siente más guapo, confiesa entre risas, y también más fuerte: “He vuelto”.

Esa alegría despertada en Barcelona se entrelaza con momentos de inquietud. “Tenemos solo 30 días y no quiero perder la oportunidad. Yo quiero quedarme en España”, confiesa Honore, ansioso por saber cuándo podrá hablar con los abogados para conocer cuál es el siguiente paso a seguir para intentar permanecer en Barcelona más allá del permiso temporal de un mes concedido por el Gobienro español.

Después del primer contacto con los letrados que participaron en el dispositivo de recibimiento de las 60 personas rescatadas por el Open Arms, los recién llegados a Barcelona no han podido reunirse con los abogados que les asistirán durante el proceso de regularizarización de su situación en España. Según ha podido saber este medio, la visita del personal jurídico está programada para principios de la semana que viene.

Mientras, aunque Cruz Roja trata de recordarles que tendrán el tiempo suficiente para asesorarse y solicitar asilo si así lo requieren, algunas de las personas rescatadas no pueden evitar la ansiedad. Ahmed (nombre ficticio), un joven egipcio, muestra con un visible nerviosismo un reportaje de Al Jazeera sobre su llegada a Barcelona.

“Dice que los árabes tendremos menos oportunidades para quedarnos”, señala mientras otros de sus compañeros observan el vídeo en su móvil. “¿Nos van a encerrar en el calabozo y deportarnos a Egipto cuando pasen los 30 días?”, preguntaban nerviosos este jueves. A medida que pasan los días y se les explica que todos tendrán la opción durante este periodo de pedir asilo y preguntar sus dudas, los recién llegados se muestran un poco más calmados acerca de su futuro en España.

El ruido de su paso por Libia también resuena en su nueva vida en Barcelona. Durante estos primeros días, las personas alojadas en la residencia deportiva cuya situación médica era más delicada han recibido la primera atención sanitaria. Este viernes, uno de ellos (cuyo nombre no desvelaremos para mantener su intimidad) ha sido trasladado al hospital para recibir asistencia psicosocial. Para recomponer los destrozos de años de abusos y cautiverios en el país de tránsito al que la Unión Europea defiende devolver a quienes intenten llegar a Italia a través del Mediterráneo.

Nervioso, ya en la ambulancia, el hombre preguntaba al personal de Cruz Roja si alguno de sus amigos podría acompañarle. Esperaba atento a su fiel compañero de viaje, aquel con el que solía pasar las horas de espera en el Open Arms, junto al que tantas veces había llorado mientras relataba su historia. Quería ir con él y buscaba la aprobación de la organización. “Sí, puedes”, le avisan. El joven corre junto a su amigo y se introduce en la ambulancia. Ahora tiene un poco menos de miedo.

Se iba más contento y tranquilo. Minutos antes de despedirse, pudo abrazar y charlar a sus rescatadores. Una parte de la tripulación del Open Arms visitó este jueves la residencia donde se aloja la mayoría de las 60 personas que encontraron en una barca en peligro frente a la costa libia. Al verles, los rescatados aplaudieron, se levantaron, corrieron a abrazarles. “¡Hermanos! Gracias, gracias”, repetían una y otra vez. “¡Bangla-team!”, gritó un joven de Bangladesh antes de abalanzarse sobre Luis, uno de los voluntarios, con el que pasaba horas de bromas en alta mar.

David, quien localizó con sus prismáticos la barca en la que viajaban, trataba de tranquilizar a quienes preguntaban si podrían quedarse en España. Marco, el capitán, bromeaba con algunos de los rescatados. Miquelle, el oficial, escuchaba a Honoré, uno de los rescatados con los que más tiempo ha compartido durante los cinco días de trayecto hasta Barcelona. Ahora, más relajados, contentos, duchados y en tierra firme.

Para despedirse, no podían entonar otra canción. Volvía a sonar la música con la que rescatados y tripulación festejaban en alta mar su proximidad a Barcelona. La rebeldía de desobedecer a quienes insisten en obstaculizar el rescate de vidas en peligro se transformaba en esta melodía durante sus días de frustración e impotencia. La órdenes y el contexto apuntaban a que estas sesenta personas deberían haber sido devueltas al “infierno” de Libia o ahogadas en el Mediterráneo.

Hoy, ya en Barcelona, celebran la vida al ritmo de ‘Bella Ciao’.

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