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Dicen que son criminales, pero son nuestros vecinos

24 de abril de 2026 21:40 h

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Dicen que la regularización extraordinaria está dirigida a delincuentes y yo veo a Sandy. La mujer colombiana, solicitante de asilo, espera desde hace dos años la resolución de su petición. Ha cuidado a una decena de ancianos españoles y, aunque le encanta su oficio de enfermera, está agotada. A punto estuvo de volver a su país por la explotación sufrida en varias viviendas donde trabajó como interna. Han abusado de ella tantas veces que se plantea cambiar de profesión o, al menos, sacarla del opaco espacio del trabajo doméstico. Presentó su solicitud el primer día en que entró en vigor la regularización. No quería esperar. Piensa que una tarjeta de residencia más estable le permitirá luchar más por sus derechos. 

Dicen que son delincuentes y yo veo a Jaqueline detrás de un carrito de bebé. Es salvadoreña y vive en España desde hace 16 años, pero no tiene papeles. Los tuvo, durante un año, pero no logró cotizar el mínimo para renovar su tarjeta. “Me quedé embarazada y por tres días no cumplí con lo que pedían”, me cuenta la mujer, madre de tres hijos, a las puertas de Correos, uno de los puntos principales para solicitar presencialmente la regularización. Mientras registraba su petición, Jaqueline pensaba en su madre.

La falta de permiso de residencia le ha impedido verla en 16 años porque no puede salir del país. Ninguno de sus tres hijos conoce a su abuela. Si en unas semanas recibe una respuesta positiva, ahorrará para intentar volver a El Salvador y volver a comer las pupusas de su madre.

Dicen que son criminales y conozco a Mohamed sentado a las 2 de la mañana sentado frente a una oficina de servicios sociales de Madrid. El marroquí ha recorrido ya varios puntos de la ciudad para conseguir el certificado de vulnerabilidad, un documento exigido a los migrantes sin papeles para pedir la regularización, el que está generando largas colas en distintos puntos de España. El joven, de Tánger, llegó a Madrid hace un año y ya habla perfecto español. Con papeles, trabajó a través de una empresa de empleo temporal, sin contrato pero dado de alta, en restaurantes lujosos, como el del Hotel Riu. Aunque no fuese estable, dice, le encantaba su empleo, los distintos lugares y personas que conocía. Desde que perdió su permiso de residencia no ha podido trabajar. Lo echa de menos. 

En algún lugar estarán diciendo que se regularizará a delincuentes, cuando Mara me pregunta si puede contarme algo personal. Está temblando y nos vamos a un lugar tranquilo. Se rompe al describir el susto que tuvo hace unos días. Creía ir a una entrevista de trabajo, pero algo raro le hizo sospechar y acabó escapándose a la carrera ante el miedo de que se tratase de una red de explotación. Vio varias señales que no le gustaron y corrió en busca de un lugar seguro. Ahora no se siente tranquila ni en su casa. La oferta de trabajo la encontró en una iglesia. Necesita sentirse más protegida en su ambiente laboral. Cree que puede lograrlo con la regularización. 

Dicen que son delincuentes y paso varias horas de la madrugada con un grupo de migrantes que hacen noche para conseguir el trámite que atasca el proceso de muchos. Entre ellos organizan lo que no organiza el ayuntamiento de turno, en este caso el de Madrid. También se ayudan. Uno ha llevado una garrafa llena de café que va repartiendo entre la fila de personas compuestas por distintas nacionalidades, la gran mayoría procedentes de Latinoamérica. Otra joven ha comprado dulces y los distribuye. Muchos se aconsejan unos a otros sobre los trámites que les quedan y comparan los precios de sus abogados. Después de no dormir en toda la noche, después de ser maltratados por un sistema que les obliga a esperar por un trámite en condiciones indignas hasta en un proceso que trata de otorgarles derechos, me envía una fotografía. Están ojerosos, pero sonríen. “Lo hemos conseguido”, dice Brayan. 

Las redes de apoyo, más fuertes

Dicen que este proceso promueve la criminalidad pero, desde la entrada en vigor de la regularización, en la calle se vive un impulso de la solidaridad que emociona. También están quienes abusan y se aprovechan para enriquecerse de la desesperación ajena, pero son más quienes suman. Esas redes de apoyo entre vecinos españoles y extranjeros, esos voluntarios que buscan la manera de ayudar, quienes prestan el certificado digital del que carecen las personas sin papeles para registrar sus solicitudes ;esa gente que reparte comida y café en las colas frente a los servicios sociales. 

Prefiero mirar a Hassan, un bangladesí que viene desde Valencia para ayudar a sus compatriotas con los trámites y, sentado en una terraza de un restaurante de kebab, empieza a acumular decenas de carpetas con expedientes a regularizar. O a Gabriela, una mujer peruana que después de conseguir zanjar un trámite con la ayuda de la ONG Sedoac, se queda toda la mañana rellenando papeles para ayudar a la organización que acaba de apoyarla. O a Mohammad quien, una vez sellado el certificado que buscaba desesperado desde hace días, en vez de irse a casa a descansar, se ofrece voluntario para aportar lo que puede: hacer de intérprete del bengalí al inglés y, así, echar una mano al resto de la comunidad de Bangladesh.

Está pasando en nuestros barrios. Si no lo veis, abrid los ojos; os lo estáis perdiendo. Si ni aún así encontráis estas escenas, podéis ser vosotros quienes extendeis la mano a vuestras vecinas o las organizaciones colaboradoras que, desbordadas, tratan de que nadie se quede fuera de la regularización que tantos años ha costado sacar adelante. Tienen hasta el 30 de junio para superar una yincana burocrática. Cualquier apoyo lo agradecerán.

Dicen que entre ellos se regularizará criminales y mienten: todos deben presentar un certificado que prueba que carecen de antecedentes penales en sus países y sortear dos filtros más sobre su situación jurídica y policial en España. Alberto Núñez Feijóo también dice que el proceso de regularización es “inhumano, injusto e insostenible”, pero somos más quienes pensamos que reconocer los derechos de quienes ya viven con nosotros supone todo lo contrario. 

El vídeo de la semana

Sus historias y particularidades chocan con la masa única en la que a veces intentan transformarlos. Estas son algunas de las más de 100.000 personas que ya han registrado su solicitud de regularización. Solo escuchándolas, los bulos de la derecha caen por su propio peso.

Muchas gracias por saber que esto es importante. Hasta el próximo boletín de Desalambre, dentro de 15 días.

Un abrazo,

Gabriela.