Vive con su novia sevillana, habla español y juega en un equipo de fútbol local, pero Omar puede ser expulsado a días de la regularización
El auto que ha decidido su encierro en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) dice que Omar er-Rahalli carece de vínculos familiares en España, pero casi cada día su novia Andrea, española, recorre dos horas desde Sevilla a Algeciras para verle detrás de un cristal. Esa hoja sostiene también que no tiene “arraigo domiciliario” en el país, pero José Joaquín y Graciela, los padres de su pareja, llevaban dos años conviviendo con él en la casa donde le acogen como a uno más. El juzgado de instrucción número 14 de Sevilla concluyó, sin haber revisado documentación alguna, que el marroquí carece de conexiones sociales tras cinco años de vida en España, mientras sus amigos, compañeros de fútbol o su entrenador, le escriben cada día preocupados y ofrecen cualquier ayuda que pudiese evitar su repatriación a Marruecos.
Pese a la inminente aprobación de la regularización extraordinaria, que el Gobierno intentará aprobar este martes en el Consejo de Ministros, los CIE de España continúan encerrando a personas extranjeras con opciones fundadas para solicitarla debido a su arraigo en el país. Mientras Oussama sigue privado de libertad en el centro de detención de extranjeros de Valencia, tras lograr aplazar temporalmente su retorno, Omar er-Rahalli cumple su día 30 de un encierro justificado en una supuesta falta de arraigo en el país que no se corresponde con su día a día en Sevilla, la ciudad donde vive junto a su novia española y la familia de esta. Los casos, dicen las ONG con presencia en los CIE, no son anecdóticos y algunas organizaciones, como Algeciras Acoge, denuncia un aumento de los controles por perfil racial después del anuncio de la regularización. El Ministerio del Interior, por su parte, niega que se haya producido tal incremento y evita comentar los casos de ciudadanos encerrados en los CIE al tratarse de “una decisión judicial”, pese a que la propuesta inicial sí procede de la Policía.
Omar fue encerrado en el CIE de Algeciras después de ser parado por la policía en un control por perfil étnico cuando estaba en los alrededores de la estación de Santa Justa (Sevilla), donde iba a tomar un autobús a Jerez para solicitar su certificado de empadronamiento actualizado, un trámite que debía cumplir cada dos meses para probar su residencia en España, según su relato. Nunca llegó a su destino, pues la policía le llevó al calabozo y, posteriormente, al mismo centro de internamiento desde donde responde la llamada de elDiario.es.
Una vida que parece no existir
“La orden de expulsión y de internamiento dicen cosas que no entiendo. Dicen que no estoy integrado socialmente, cuando vivo en Sevilla con mi novia y su familia, me voy con ellos de vacaciones cada verano a Santander, juego en un equipo de fútbol desde hace años, he hecho cursos, hablo bien español…”, enumera incrédulo ante la afirmación aséptica emitida por en el auto del juzgado de instrucción que dictó su privación de libertad a propuesta de la policía, al que ha accedido elDiario.es.
En el Centro de Internamiento para Extranjeros, la vida que Omar había logrado construir en España, la misma que un juzgado niega, se encuentra paralizada. “Tengo muchos papeles que prueban todo lo que he hecho en este tiempo. Tengo papeles escritos por mi equipo, por los entrenadores, por mi novia, por su familia… ¿Por qué no les preguntan a ellos si estoy integrado o no?”, dice enrabiado pero ya resignado a volver a su país cuando más cerca estaba de regularizar su situación.
De fondo, a través del teléfono puede escucharse el eco de la megafonía del CIE. La policía llama a alguno de sus compañeros a través del frío número de interno mientras Omar describe su temor a regresar a su país y perder los vínculos creados en España. “Tengo miedo de perder cinco años de mi vida y no volver a ver a mucha gente que quiero y que me quiere”, añade desde el interior del centro, espacios no penitenciarios que privan de libertad a personas extranjeras por la falta administrativa de carecer de permiso de residencia, con el objetivo de proceder a su expulsión en un máximo de 60 días.
Omar es marroquí y llegó a España en 2021, tras atravesar el Atlántico en 2021 a bordo de una patera y alcanzar las Islas Canarias. Después de pasar por distintos puntos de España, en función de los trabajos temporales y precarios que encontraba —la mayoría en la agricultura—, se asentó en Sevilla, donde fue acogido por un hombre español que le con quien ya empezó a aprender castellano. Tiempo después, en 2023, conoció a su pareja Andrea, de nacionalidad española.
La joven responde a una llamada de elDiario.es en el coche de camino a Algeciras, a donde se desplaza casi todos los días para visitar a su novio en el CIE de la localidad gaditana. Salvo excepciones, podrá hablar durante alrededor de 30 minutos con él, sin poder abrazarlo y con la presencia constante de agentes policiales, pese a no estar ahí por haber cometido ningún delito, sino por una falta administrativa. “Las visitas en el CIE son, sinceramente, deshumanizantes. Son frías, rápidas y muy limitadas. Todo ocurre a través de un cristal, sin contacto, sin cercanía. Ver a tu pareja así, conociendo como es y lo que se esfuerza día a día, después de dos años y medio juntos, es devastador”, dice a la salida de su fugaz encuentro, mientras recorre otras tantas horas de vuelta para regresar a casa. Como cada día que se despide al otro lado del vidrio, teme que pueda ser la última vez.
Omar también les dice adiós con miedo a no poder verles más. “Nunca lloro delante de la gente, pero en la hora que vienen a visitarme me entran ganas de llorar. Vi a mis suegros llorando y es muy difícil. O (sic.) otros familiares que han venido a verme desde Santander... Conocer una familia casi tres años y pensar que a lo mejor no puedo volver a verles es muy duro. Y qué va a pasar con mi novia, con la que habíamos empezado a pensar en casarnos y tener una vida juntos”, reflexiona a través de un audio de Whatsapp.
Las deportaciones a Marruecos se producen cada semana, pero, aunque no le ha tocado su turno, sabe que puede recibir la notificación de su repatriación en cualquier momento. “Es una incertidumbre constante”, dice Andrea. “Mi hermano pequeño, que tiene 12 años, lo resumió de una forma muy clara: ”parece que les tratan como paquetes: si hay hueco te mando, si no, no“. Y duele escuchar eso, porque refleja exactamente cómo se siente todo desde fuera”.
A las puertas de la regularización
El joven cumple los requisitos -recogidos en el último borrador publicado- para acogerse a la regularización extraordinaria, pero lleva 30 días en un CIE para ser expulsado a Marruecos, a días o semanas de la aprobación de la medida, cuya entrada en vigor permitirá la suspensión de las órdenes de retorno en el momento en que se registre la solicitud. Más allá del proceso de regularización extraordinario, los vínculos sociales y familiares con los que cuenta deberían haber sido razón suficiente para evitar, primero su orden de retorno en firme y, luego, su privación de libertad, según varios abogados expertos en extranjería consultados por elDiario.es.
El marroquí tenía una orden de expulsión abierta desde 2024. Aunque Omar la recurrió, no se incluyó la documentación que probaba su arraigo en España. Cuando la policía le paró hace un mes, los agentes propusieron su internamiento ante el juzgado de instrucción número 14 de Sevilla tras comprobar que contaba con aquella orden firme de retorno, sin tampoco atender al arraigo del joven en el país. El último letrado de oficio que asistió al marroquí antes del internamiento tampoco presentó las pruebas que demostraban los vínculos sociales de su defendido. Tras pasar varias horas en el calabozo, el marroquí acabó firmando como “conforme” la decisión de ser repatriado a Marruecos: “Estaba en el calabozo, tenía mucha hambre, estaba agotado y muy enfadado. Pensé: si me tengo que ir, me voy, pero estoy harto de vivir así, de que la policía me pare tantas veces por la calle, de que lo pongan difícil”, dice.
El caso de Omar, como tantos otros, refleja una sucesión de varios abusos y errores del sistema en cadena, desde la dificultad para realizar ciertos trámites, como su detención policial, una asistencia jurídica deficitaria y el “automatismo” de muchos jueces de instrucción a la hora de decretar los internamientos en los CIE, según analiza Jesús Mancilla, abogado de Algeciras Acoge.
En 2024, un informe de Amnistía Internacional cuestionó el “automatismo por parte de los jueces” al decretar el internamiento en un CIE. Según concluyó la ONG, “el juez o jueza de instrucción, así como la fiscalía, tienden a seguir casi en exclusiva el criterio policial en vez de realizar una valoración propia a la luz de todas las circunstancias”. En la mayoría de los juzgados “se tira de modelo de auto de internamiento, sin analizar más allá los requisitos legales, el caso por caso”, concluyó la investigación. La organización también denunció “la falta de representación letrada adecuada y de calidad que permita a las personas privadas libertad una tutela judicial efectiva que visibilice aquellas circunstancias o situaciones de vulnerabilidad que pueden ser clave para oponerse a una medida de internamiento”. Esta amalgama de deficiencias explica que un chico como Omar, con fuerte vínculos sociales y familiares en España, se encuentre privado de libertad a la espera de su repatriación.
La orden de retorno en firme complica que Omar evite la expulsión, pero tiene una posibilidad: si lograse salir del centro de internamiento, apelando a que cuenta con una residencia habitual y con vínculos familiares en España, podría llegar a acogerse a la regularización extraordinaria en caso de aprobarse en las próximas semanas. Con ello, su proceso de repatriación sería suspendido.
Crear un informe de una vida en común
Andrea, en su intento de hacer todo lo posible para conseguir la permanencia de su pareja en España, decidió actuar. La joven, que está estudiando la carrera de Trabajo Social, ha elaborado ella misma un informe para justificar, a través de declaraciones responsables de los seres queridos de Omar en Sevilla y distintos certificados formativos, el arraigo de su pareja en la sociedad española. El dossier, al que ha accedido elDiario.es, describe la vida tranquila de Omar en Sevilla a través del relato de quienes le conocen. “Su forma de vida es sencilla y estable, centrada en el trabajo, el deporte, su entorno cercano y en poder tener un buen futuro”, sostiene Andrea en el documento, en el que declara que mantiene una relación sentimental con Omar “estable y pública” desde hace 2 años y 6 meses.
“Me ha demostrado ser una persona tranquila, amable y respetuosa, con una forma de ser admirable. En nuestra convivencia ha tenido siempre una actitud responsable y correcta hacia mí y hacia las personas de nuestro entorno”, dice la joven. En un intento desesperado por que alguien crea lo que ella y su lleva viendo durante este tiempo: “¿Cómo pueden decir que no está integrado si es uno más en nuestra familia?”
Además de su pareja, sus suegros, su entrenador o un compañero de su equipo de fútbol hablan del vínculo que les une al marroquí. Sus logros en el equipo local en el que juega, su amabilidad en casa, su pasión por el fútbol, aquellos cursos de español o la formación en peluquería. “Omar lleva en nuestra disciplina como jugador senior de nuestro club en las dos últimas temporadas, siendo su integración digna de elogiar. Es una persona digna de confiar en ella que además tiene en su vida una actitud inmejorable, cercana y muy sencilla”, indica Juan Carlos Domínguez, secretario del Club de Fútbol Burguillos, quien adjunta una fotocopia del carnet de la Real Federación Andaluza de Fútbol de Omar.
Las imágenes que incluye el informe describen parte de la “vida cotidiana” del marroquí antes de ser interrumpida por su encierro en el CIE. Una sucesión de fotografías en comidas familiares, viajes de vacaciones en Santander, una cita con Andrea, un partido del Betis en el Estadio Benito Villamarín o una escena familiar en el sofá de la casa de sus suegros junto a su perra, de la que no se pudo despedir. “Todo lo que ha construido aquí se queda atrás de un día para otro. Su vida, sus cosas, sus vínculos. Ni siquiera ha podido despedirse de nuestra perra, a la que ha criado desde que nació”, lamenta Andrea en conversación con este medio.
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