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“Quizás nos hayamos olvidado de cómo construir ciudades”

Ha hecho y escrito veintiún paseos por Madrid como parte de la programación de Veranos de la Villa que ya se pueden leer completos

Los relatos de este paseante, llenos de detalles históricos, datos geográficos, información urbanística e impresiones personales, ayudan a entender mejor la ciudad

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Sergio C. Fanjul en uno de los paseos de su Exploración asfáltica

Sergio C. Fanjul en uno de los paseos de su Exploración asfáltica Liliana Peligro

Habitamos en ciudades pero no terminamos de entenderlas. No sabemos muy bien cómo funcionan. Puede que tengamos su geografía en la cabeza, pero quizás desde esa mirada cenital y despegada que contempla el mapa. Sabemos nombres de barrios y distritos, pero los tenemos mucho menos vistos que los lugares exóticos a los que nos vamos de vacaciones. Conocemos cosas que pasan o que dejan de pasar en las calles, pero no somos capaces de determinar las causas o las consecuencias. La ciudad se ha explicado regular muchas veces porque casi siempre hemos dejado su definición en manos de urbanistas, ingenieros, políticos de carrera y periodistas de política.

Sergio C. Fanjul es periodista, sobre todo cultural, y es poeta publicado y premiado. Sergio es un asturiano que llegó a Madrid hace más de tres lustros y que lleva un tiempo empeñado en pasearla, mirarla y contarla. Este verano se ha embarcado en la  Expedición asfáltica. Son veintiún crónicas de sus veintiún paseos por Madrid en busca de las actividades que han conformado la programación de Veranos de la Villa 2018. La expedición y su resultado escrito son parte de esa misma programación de un festival que no sólo pretende descentralizar la cultura de esta ciudad reconcentrada, sino que también apuesta por extenderse en formatos y contenidos como éste.

Los textos de Fanjul, que se pueden leer ya completos en la web de Veranos de la Villa, son relatos con una mirada literaria, a veces poética, a veces redsocialista, llenos de detalles históricos, datos geográficos, información urbanística e impresiones personales; relatos que pueden servir como libro de instrucciones de la ciudad y que, como me cuenta el autor, probablemente acaben en libro a secas. Qué bien. Da gusto leer a Sergio C. Fanjul y recorrer y entender mejor Madrid a través de sus palabras. Por poner una etiqueta, sus derivas son la versión madrileña de la psicogeografía londinense de Iain Sinclair. Una versión de andar por casa, dicho en el mejor sentido de la expresión.

¿Se puede uno acabar la ciudad caminando como se puede acabar un videojuego tipo GTA o es misión imposible?

Hace años, unos urbanistas discutían en una conferencia sobre si era posible salir de la ciudad a pie y la idea se me quedó. A día de hoy, todavía no tengo claro si se puede o no; es complicado, dado el numero de descampados, polígonos industriales y circunvalaciones. Por lo demás, cuanto más te alejas del centro el radio es más grande y la circunferencia de la ciudad también: descubrí algo que ya dice la geometría, que hay mucha más ciudad ahí fuera de lo que puede parecer. Cuanto más veo, más creo que desconozco. Sólo sé que no se nada.

Después de los veintiún paseos, ¿qué le pasa Madrid? ¿Cuál es tu diagnóstico?

Lo que más me ha llamado la atención tiene que ver con la invisibilización de todo lo que no está en el centro. Aparece poco en las noticias, en los productos culturales, en las conversaciones... También las desigualdades sociales, que se hacen patentes en cuanto uno camina un poco; la convivencia en la misma ciudad de barrios muy acomodados como El Viso, Costillares o Salamanca, con zonas pobres como las que se ven en distritos como Latina, Villaverde, Usera, etc. En el extremo están lugares como la colonia de Los Olivos, las Torres de Villaverde o la colonia de Caño Roto. Es la famosa desigualdad entre noroeste y sudeste. También la frialdad y el coste ecológico de las nuevas formas de construir la ciudad, como los PAU —los Programas de Actuación Urbanística definidos a finales del siglo XX—. Y, tirando de historia, cómo Madrid se hizo gigante en unos pocos años del pasado siglo, acogiendo a toda la inmigración de aluvión que llegó del éxodo rural.

¿Es Madrid una ciudad diversa, abierta y acogedora como se considera a sí misma?

De alguna manera sí que lo es: a pesar de las desigualdades que cito, y que pueden llegar a hacer que la diferencia en la esperanza de vida entre distritos llegue a ser de varios años, lo cierto es que esta ciudad acogió primero a la inmigración rural interna y luego a la inmigración extranjera. Al fin y al cabo, era necesaria para el buen discurrir de la economía. Las condiciones, eso sí, no fueron las mejores.

Estamos acostumbrados a vivir y ver la ciudad en un ir y venir rápido y con algún objetivo. ¿Qué aporta la deriva? ¿Cómo es de distinta la mirada del paseante?

A mí el paseo me sienta muy bien porque me apacigua del aluvión de estímulos contemporáneos germen del estrés y la ansiedad. Y es buen ejercicio físico. En otro orden de cosas, ayuda a formar un mapa mental. Pasé dieciséis años aquí antes de hacer esto y no sabía qué demonios había alrededor. Ahora sé donde está cada sitio, cómo se va, compongo un puzle en mi cabeza con todas las piezas, los lugares y sus historias. Porque el paseo también es un paseo por las diferentes historias urbanas.

¿Echas de menos esta mirada en la planificación o incluso en la administración de lo urbano? ¿Debería ser el paseo un ejercicio obligado para técnicos y políticos?

A veces me pregunto si los políticos conocen al detalle la ciudad. Probablemente los concejales de distrito sí, por lo que les toca, pero no sé si pasa lo mismo con el resto de políticos municipales. Tampoco los ciudadanos de un distrito como Latina creo que conozcan Hortaleza, diametralmente opuesto. En general, todo el mundo debería tener la curiosidad de conocer mejor el sitio donde vive para tener una visión global.

El acto de pasear es también el acto de observar.

El acto de pasear es también el acto de observar. Liliana Peligro

Con la subida de los precios, los desplazamientos de población y la gentrificación, ¿dónde queda ahora periferia? ¿Es un estado mental, geográfico o de (ausencia de) gobierno?

Cuando yo me fui a vivir a Arganzuela desde Ópera, a los pocos años de llegar a Madrid, pensaba que Delicias era periferia y bromeaba mucho con eso (o lo decía en serio, no sé). Supongo que la periferia siempre está más allá de donde tu estás. Todos somos la periferia de otros. Hasta que te caes por el borde, claro. Zonas probablemente consideradas periféricas por las gentes del centro, como Usera o Marqués de Vadillo, probablemente ahora lo sean menos, ya que tantos se han tenido que vivir allí expulsados por la burbuja del alquiler.

Hablas en los textos de cómo Madrid es una ciudad hecha de muchas ciudades ¿crees que hay un diálogo entre ellas, que se sienten parte de algo común?

Cuando llegué andando a Carabanchel Alto, un señor me preguntó si venía caminando desde Madrid, como si aquello no fuera Madrid. A lo largo del tiempo, sobre todo con el plan Bidagor, en los años 50, la capital ha ido absorbiendo otros municipios: Canillas, Vicálvaro, Vallecas, Carabanchel, eso era una constante que veía en mis paseos. Creo que muchas personas tienen más conciencia de su barrio que de la ciudad entera y que, en algunos casos, sienten desapego por Madrid como un todo. Más bien “bajan” o “suben” a Madrid.

En Ciudad Princesa, Marina Garcés reflexiona sobre si el concepto de barrio tiene ahora sentido con la evolución de nuestras formas de vida y de comunicación. ¿Crees que el barrio sigue siendo el lugar donde se establecen relaciones productivas, sociales y afectivas o la escala ha cambiado definitivamente?

He leído que esa conciencia barrial, que fue muy heroica en la etapa fuerte de las asociaciones de vecinos en los 60 y 70, va desapareciendo. Las nuevas generaciones ya tienen ganadas la urbanización de sus barrios, mejores condiciones de vida y una conexión más global con el resto del planeta. No tienen que luchar por el barrio. La contracultura y la epidemia de heroína, como señala el Observatorio Metropolitano, ayudaron a esa brecha generacional y a la pérdida de conciencia. Ya no son tribus de irreductibles galos. Es una cultura que parece que se pierde. En las asociaciones de vecinos de aquella época heroica suelen quedar los mismos de antes, que ya son abuelos.

¿Cómo nos define nuestro uso del espacio público y cómo define a cada barrio el diseño del mismo?

El diseño del espacio público se nota mucho en barrios de origen obrero, donde se hicieron Poblados de Absorción, Poblados Dirigidos, Unidades de Absorción Vecinal, y cosas así. Posteriormente, en los PAU. En su día, Arturo Soria quiso llevar a cabo la Ciudad Lineal, de armoniosa convivencia entre la ciudad y el campo: hoy es la calle Arturo Soria y poco tiene utópico. Una vez un urbanista me dijo que nos habíamos olvidado de cómo construir ciudades y quizás en muchos casos sea así. No abunda la ciudad compacta, con convivencia de clases sociales y todo tipo de servicios que propugnaba Jane Jacobs. Se da sobre todo en ciertos barrios céntricos, los más antiguos. Respecto al uso del espacio, me llamó mucho la atención que la inmigración de los barrios del sur, sobre todo latinoamericana, utiliza los parques de manera más intensiva, como si fueran parte de su casa: juegan, hacen fiestas, meriendas, ensayan bailes. Y que en esos barrios la gente, de todo tipo y condición, hace más vida en la calle, en las plazas, donde prefieren sacar las sillas antes que consumir en la terraza de un bar.

Leer tus exploraciones genera anhelo de tiempo, el necesario para pasear la ciudad, para mirarla, para entenderla... ¿Te has fijado si el tiempo, su ausencia, es otro de los problemas de lo urbano?

Irse a pasear durante tres horas y media, el tiempo que eché hasta el distrito de Barajas, o cinco, hasta el Ikea de Puente de Vallecas, no suele ser lo normal en la vida de un ciudadano urbano. Paseando así casi me sentía más un hombre de campo, que sale a caminar por las dehesas y los montes que rodean su pueblo. El paseador camina ajeno al ajetreo que le rodea: los demás van con prisa, cumpliendo los objetivos diarios, mientras que uno va pajareando por las calles, explorando, perdiéndose con calma, sin un fin definido. En este sentido, sí que se aprecia la vorágine de la vida contemporánea.

Tus paseos parten de un centro que percibes cada vez más uniforme, para salir a otras zonas que sueles describir con más brillo —“la ciudad es como una pizza y que las zonas pobres son como el pepperoni”—, ¿puede que te pase a ti lo que le pasa a los turistas en Lavapiés o Malasaña, que idealizas lo que miras sólo por el hecho de estar ahí para verlo?

Está claro que mi visión es la de una persona que vive en el centro de Madrid y que antes vivía en el centro de Oviedo. Soy consciente de que mis paseos se parecen a los de los viajeros románticos ingleses del XIX, que venían a España en busca de prodigios que tal vez no eran. Y que lo que yo veo interesante o asombroso de los barrios, a una persona que viva ahí le parecerá la cosa más normal del mundo. Yo voy a San Blas y flipó con las colonias que allí se construyeron y su paisanaje. La gente que las habita más bien debe estar harta de ellas. Pero esa, supongo, es la gracia de todo este asunto.

¿Qué otros paseadores recomiendas leer para entender la ciudad y la vida misma?

En general, hay muchos paseadores célebres: Rousseau, Thoreau, Baudelaire, Walter Benjamin, los dadaístas, los surrealistas, los situacionistas, hasta Fluxus… Algunos libros buenos sobre el asunto son Wanderlust (Capitán Swing), de Rebecca Solnit, o Walkscapes (Editorial Gustavo Gili), de Francesco Careri.

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