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Rostros de cartón piedra

El autor afirma que la voluntad de Rajoy es fácil de entender, hace lo contrario de lo que dice

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Un viejo militante del PP, refiriéndose a Rajoy, me decía ayer: “Hombre, Tomás, muy tonto, muy tonto no debe ser, cuando nos ha engañado tantas veces a tantos”. Y lleva razón, tal vez la tontuna esté entre los que creímos que debajo de su cara de tonto había algún principio, algo de lealtad, un atisbo de dignidad... Nada de nada, Rajoy, fiel a su relativismo tancredista, ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: poner cara de tonto y reírse del personal, demostrando, una vez más, que todo lo que dice o promete es “leche migá”, alimento para crédulos e ingenuos.

La montó parda, subiéndose a todos los caballos cuando la miembra Aído y ZP reformaron la ley de interrupción del embarazo hasta dejarla en un aborto a la carta, en el que incluso las menores de 16 años podían abortar sin conocimiento de sus padres. Encabezó manifestaciones, involucró al PP, logró movilizar a los sectores más conservadores, utilizó a las organizaciones Provida, hizo un seguidismo tan falso como interesado de los postulados de la Iglesia… Prometió y se comprometió a cambiar la regulación si llegaba a la presidencia del Gobierno y, para demostrar la firmeza de sus postulados, presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional.

¿Tiene Rajoy la culpa de ser como es? ¿Es culpable de decir una cosa y hacer la contraria, siempre, siempre, siempre? Si se mira con un poco de perspectiva su trayectoria, ha demostrado, en sus tres años de gobierno, que es una persona coherente y previsible, porque siempre hace lo mismo, que es lo contrario de lo que dice que va a hacer. Si afirma que a él no le gusta la paella, lo que realmente está diciendo es que todo los días la come, si enfatiza que él jamás de los jamases tocará las pensiones o el presupuesto de Sanidad y Educación, lo que está diciendo es que va a entrar a saco en esas tres parcelas.

Las personas que mienten siempre son tan coherentes y fiables como las que dicen la verdad. Rajoy, mintiendo dice la verdad, pero necesita traductores. El problema no está en su orilla, sino en la de los que lo escuchan literalmente. ¿Qué quería decir cuando afirmaba que iba a modificar inmediatamente la Ley de interrupción del Embarazo? Pues, eso, que no la modificaría. Ahora, todos los sectores a los que utilizó electoralmente se quejan de su incumplimiento, a pesar de que él dijo siempre lo que iba a hacer, que era lo que no pensaba hacer. No sé si se me entiende, porque traducir a Rajoy no es fácil.

Gallardón, tan listo como se cree, tiene ahora otro motivo para llorar, porque no supo entender que cuando Rajoy le encargó la modificación de la Ley del Embarazo, lo que realmente le estaba pidiendo es que no modificara nada, que dejara pasar el tiempo, que amagara pero sin dar y que dilatara la tramitación hasta el nunca jamás, distrayendo al personal para que no se detuviera en otras cuestiones más peliagudas, como la corrupción, el “cosa nostra” para seguir repartiendo cargos y prebendas entre la parentela. Con o sin acuerdo previo, el PSOE le hizo el juego. ¿Se acuerdan de la tabarra del caso Faisán, en el que unos policías habían alertado a la banda para que no acudieran a una cita? Pues nada más llegar al Gobierno cerró el caso bajo siete llaves, porque a Rajoy lo que le interesaba era la utilización electoral de aquella vergüenza, no la verdad ni el esclarecimiento del contubernio.

¿Qué los catalanes están dando la coña más allá de lo razonable? Él, a lo tonto y como el que no quiere la cosa, se pone de perfil mientras desempolva el cartapacio de Pujol y sus nenes, soltando más liebres de trapo para que se distraigan los galgos. Ahora tras la retirada definitiva de la modificación que había impulsado Gallardón, todas las miradas confluían en los miembros del Gobierno que pertenecen al Opus Dei, encabezados por el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz… ¿Cómo me las maravillaría yo? Más liebres, deteniendo en vivo y en directo al violador de Madrid, al que previamente habían hecho “enemigo público número uno” y al que, según la Policía, tenían controlado desde hacía casi dos semanas. El ministro ya se puso la medalla y, de momento, parece que se traga sus principios religiosos. Vamos, que eso del aborto puede esperar, porque al final Rajoy es como todos ellos y todos ellos son como Rajoy. ¡Rostros de cartón piedra!

Este y otros artículos de Tomás Martín Tamayo los puede leer también su su blog 'Cuentos del día a día'

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