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Cuando hacer ejercicio se convierte en una adicción: “Es fácil ocultarlo porque estás tonificada y con un aspecto estupendo”

Algunos comportamientos compulsivos relacionados con el ejercicio parecen bastante inofensivos desde fuera.

Abi Millar

14 de abril de 2026 21:54 h

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En el apogeo de su carrera como aventurero, Luke Tyburski era un hombre de extremos. El exfutbolista profesional, que por entonces rondaba los treinta y pocos años, se había dedicado a retos de resistencia extremos, de esos que hacen que una maratón parezca una carrera recreativa. Comenzando por la Marathon de Sables (una famosa ultramaratón por etapas en el desierto del Sáhara), corrió la ultramaratón más alta del mundo en el campamento base del Everest, luchó contra la deshidratación durante una carrera de 100 km en una isla tropical y se enfrentó al triatlón de nombre tan evocador Double Brutal Extreme Triathlon en el norte de Gales. El colofón de todo esto fue un reto diseñado por él mismo, en el que nadó desde África hasta Europa, recorrió España en bicicleta y corrió hasta Mónaco: 2000 km en total, en solo 12 días.

Tyburski era un aventurero profesional que financiaba sus proyectos mediante artículos en revistas y charlas, e incluso llegó a rodar un documental sobre su aventura. Su razón de ser consistía en superar sus propios límites, demostrando de lo que es capaz una persona cuando su mentalidad es lo suficientemente fuerte. Sin embargo, en su vida privada, luchaba contra la depresión, relacionada con una pérdida de identidad tras el fin de su carrera futbolística, que le llevó por Australia, Estados Unidos y Bélgica antes de hacer pruebas para clubes en el Reino Unido. “Entrenar y competir supone un escape, y las subidas son muy altas”, dice Tyburski. “Pero cuando volvía a casa tras una aventura, las bajadas eran muy bajas, porque no había abordado aquello de lo que estaba huyendo”.

Empezó a dedicar aún más tiempo al entrenamiento. Si tenía previsto dar un paseo en bicicleta de cuatro horas el sábado por la mañana con amigos y correr dos horas el domingo por la mañana —algo bastante normal para un triatleta—, podía colar una sesión de entrenamiento secreta el sábado por la tarde. Desarrolló un insomnio incapacitante, que utilizaba como pretexto para correr lo que él llamaba “maratones de medianoche”, y comía compulsivamente entre sesiones de entrenamiento para prolongar la euforia.

Es posible afrontar grandes retos de resistencia sin perder el control. De hecho, rendir al máximo requiere un equilibrio entre el descanso y la alimentación. Pero en el caso de Tyburski, esto propició una tendencia autodestructiva. Todos los rasgos característicos de la adicción se fueron arraigando: el secretismo, la persistencia a pesar de las consecuencias negativas, la necesidad de más, la sensación de tener algo de lo que escapar. “Pero nadie sospechaba nada, porque mi peso no cambiaba, mi rendimiento no cambiaba, mi comportamiento no cambiaba. Era muy buen actor”, afirma.

Todos los rasgos característicos de la adicción se fueron arraigando: el secretismo, la persistencia a pesar de las consecuencias negativas, la necesidad de más, la sensación de tener algo de lo que escapar

La adicción al ejercicio no está reconocida oficialmente como un trastorno psiquiátrico. Al igual que la mayoría de las adicciones conductuales, no aparece en ninguno de los principales manuales psiquiátricos, ni en el DSM-5 ni en la CIE-10. Como resultado, no existen criterios estandarizados para diagnosticarla. A menudo se oye a gente describirse a sí misma como “adicta al ejercicio” —una afección equiparable a la de “chocohólico”— cuando se entusiasman hablando de lo mucho que les gusta el gimnasio.

Dicho esto, en el caso de un subgrupo de personas que practican ejercicio de forma habitual, es evidente que se está produciendo algo más perjudicial. Diversos estudios sugieren que entre el 0,3% y el 0,5% de la población general podría ser adicta al ejercicio, porcentaje que se eleva hasta el 3% - 9% entre quienes practican ejercicio de forma habitual y los atletas. Muchos investigadores consideran que el marco conceptual de la adicción es adecuado para analizar este fenómeno. Incluso hay un creciente conjunto de pruebas que sugieren que las adicciones conductuales funcionan neurológicamente como las adicciones a sustancias, a través de la desregulación de las vías motivacionales del cerebro. De hecho, el fenómeno de la adicción cruzada —cuando una persona sustituye una sustancia o comportamiento perjudicial por otro— está bien documentado en lo que respecta al ejercicio.

“Al cerebro no le importa necesariamente de dónde proviene ese pico de dopamina o serotonina”, afirma Kanny Sanchez, terapeuta especializado en adicciones que atiende a pacientes en el programa de tratamiento de adicciones Flourish de The Priory. “En todos los casos, existe la misma necesidad de que una fuente externa intervenga para regular el caos interno”.

Las adicciones al ejercicio, explica, suelen adoptar la forma de una obsesión. En lugar de ser simplemente otra parte de tu día, el ejercicio se convierte en el eje central, a menudo en detrimento de todo lo demás. Es posible que sigas entrenando a pesar de las lesiones e incluso experimentes una especie de síndrome de abstinencia cuando no puedes hacer ejercicio. “El ejercicio en sí mismo es una forma realmente buena de gestionar el estrés”, afirma Sanchez. “Pero si es la única herramienta que tienes en tu arsenal, es entonces cuando se convierte en una adicción”.

Micheál Costello, de 30 años, es gestor de cuentas de relaciones públicas, escritor y triatleta. Le diagnosticaron depresión y anorexia atípica en pleno apogeo de la pandemia. Antes de la COVID, hacía mucho ejercicio y practicaba el ayuno intermitente, una combinación que le servía de válvula de escape para sus ansiedades, pero que no le hacía sospechar de nada. Cuando el mundo entró en confinamiento y Costello volvió a vivir con sus padres, su comportamiento se descontroló. “Si la adicción al ejercicio pudiera diagnosticarse formalmente, me la habrían diagnosticado, eso es lo que me dijo mi psiquiatra en aquel momento”, afirma.

El ejercicio en sí mismo es una forma realmente buena de gestionar el estrés. Pero si es la única herramienta que tienes en tu arsenal, es entonces cuando se convierte en una adicción

Kanny Sanchez terapeuta especializado en adicciones

La anorexia atípica es una forma de este trastorno en la que los pacientes restringen su ingesta de alimentos, pero no se les clasifica médicamente como personas con bajo peso. Al igual que otros trastornos alimentarios, suele ir acompañada de ejercicio excesivo. Un estudio reveló que hasta el 48 % de las personas con trastornos alimentarios muestran síntomas de adicción al ejercicio. Esto puede deberse a la insatisfacción con el cuerpo o a comportamientos compensatorios relacionados con la comida, pero también puede haber un componente emocional. “Muchos de los pacientes con los que trabajo utilizan el ejercicio para deshacerse de sentimientos indeseados e incómodos”, afirma Stacey Fensome, psicóloga deportiva y del ejercicio que trabaja en la clínica de tratamiento de trastornos alimentarios Orri. “El ejercicio puede ser una herramienta para anular el sistema nervioso y generar una especie de entumecimiento, además de producir una liberación de endorfinas”.

En el caso de Costello, la falta de alimentación y el sobreentrenamiento iban de la mano. Se compró una bicicleta estática para casa y se pasaba casi todo el día en ella. “Me levantaba, salía a dar un paseo, tomaba algo ligero, me subía a la bicicleta durante dos horas, hacía media hora de ejercicios con el peso corporal y una hora y media de saltos constantes”, relata. “Así llegaba la noche. Salía a dar un paseo de 20 minutos con mi madre y luego volvía a subirme a la bicicleta hasta tres horas. Era una rutina agotadora, pero también me aterrorizaba salir de ella”.

No fue hasta que tuvo algunos pensamientos suicidas cuando admitió ante sí mismo que necesitaba ayuda. Aunque esa ayuda no fue fácil de conseguir —su médico de cabecera restó importancia a sus preocupaciones, calificándolas de propias de un “chaval joven, sano y en forma”—, finalmente recibió terapia conversacional y un tratamiento con antidepresivos. Más adelante, descubrió el triatlón, un deporte al que atribuye haber restablecido su relación con el ejercicio.

Dificultades para descansar y tomarse días libres; dar prioridad al ejercicio; ser incapaz de estar quieto; optar por ir andando a todas partes... entre los comportamientos compulsivos.

“Quería aprovechar toda la forma física que había desarrollado mientras padecía el trastorno alimentario y cambiar mi perspectiva”, recuerda. “Completé mi primer Ironman en 2023 y me enganché. Ahora me estoy preparando para mi cuarto Ironman y me he clasificado para el equipo irlandés de triatlón. No puedo maltratar mi cuerpo como solía hacerlo si quiero ser capaz de completar esas carreras”.

Cuando se habla de este tipo de extremos —las maratones nocturnas de Tyburski o las sesiones de Costello en la bicicleta estática—, es obvio que hay algo que no va bien. Pero para muchos deportistas de resistencia y asiduos al gimnasio, puede resultar difícil saber dónde la disciplina se convierte en compulsión, y la compulsión en una adicción en toda regla. Por ejemplo, la Escala de Dependencia del Ejercicio, una de las principales herramientas de cribado utilizadas por los médicos, pregunta a los participantes en qué medida están de acuerdo con la afirmación: “Aumento continuamente la intensidad de mi ejercicio para lograr los efectos o beneficios deseados”. Esto se parece mucho al principio de la sobrecarga progresiva, un pilar fundamental de cualquier programa de entrenamiento que se precie.

Del mismo modo, algunos comportamientos compulsivos relacionados con el ejercicio parecen bastante inofensivos desde fuera. Fensome afirma que pueden incluir dificultades para descansar y tomarse días libres; dar prioridad al ejercicio frente a otras actividades; ser incapaz de estar quieto; optar por ir andando a todas partes; o incluso utilizar un escritorio para trabajar de pie. En cuanto a señales de alarma, estas son bastante sutiles. “Querer cuidar nuestra salud es maravilloso, pero ¿cuál es la intención que hay detrás?”, se pregunta. “¿Es porque estar quieto provoca mucha angustia y miedo, o es porque realmente queremos estar físicamente activos?”

Muchos de los pacientes con los que trabajo utilizan el ejercicio para deshacerse de sentimientos indeseados e incómodos

Stacey Fensome psicóloga deportiva

Una complicación adicional es que el ejercicio goza de aceptación social, de una forma que, por ejemplo, la adicción al juego no tiene. Tu enfoque de “sin días de descanso” puede granjearte el aplauso de las redes sociales; tu tipo de cuerpo puede cumplir con un ideal social. Es muy poco probable que las personas de tu entorno, salvo las más cercanas, expresen su preocupación. “Trabajé con un cliente que hacía sesiones de entrenamiento extra y llegaba temprano, y por eso lo ponían en un pedestal”, dice Fensome. “Pero lo que realmente ocurría era que no podía parar, y si paraba, perdía el control sobre quién era”.

Margo Steines, una escritora afincada en Arizona, ha tenido que lidiar con una larga lista de adicciones y trastornos alimentarios a lo largo de su vida, pero, en cierto modo, la recuperación de la adicción al ejercicio le resultó la más difícil. En el punto álgido de su adicción, durante sus estudios de posgrado, pasaba entre siete y nueve horas al día en distintos gimnasios. “Tenía un entrenador secreto con el que me veía antes de ir a CrossFit, y luego iba a CrossFit, después corría, y luego a bikram yoga y a artes marciales”, cuenta. “Estaba descuidando todo lo demás y sufriendo una cascada de lesiones deportivas. Pero la gente me paraba en la tienda y me preguntaba qué hacía para entrenar. Es fácil ocultar la disfunción porque no estás visiblemente por debajo de tu peso: estás musculosa, tonificada y tienes un aspecto estupendo”.

Tal y como ella lo describe, su adicción tenía varias capas. La más obvia era la cultural, relacionada con el deseo de tener un tipo de cuerpo muy específico e idealizado. Había una capa personal, relacionada con las secuelas de una relación traumática. “El ejercicio me permitía no sentir lo mal que estaba por culpa de eso”, señala. Luego estaba el refuerzo positivo de quienes la rodeaban, incluidos médicos y terapeutas, que tendían a seguir la línea de que “el movimiento es bueno”.

Solo su pareja, un entrenador de fuerza y acondicionamiento, reconoció sus problemas tal y como eran. “Tuve mucha suerte, porque él era mi entrenador en aquel momento”, dice. “Él veía las señales de alarma, pero también sabía cómo abordarme con delicadeza, como a un conejito en el bosque”.

La adicción al ejercicio puede ser tan perjudicial como cualquier otro tipo de adicción; si, al mismo tiempo, no te alimentas lo suficiente, puedes desarrollar el síndrome de sobreentrenamiento, una afección caracterizada por una serie de síntomas físicos y mentales desagradables. “Puedes sufrir lesiones crónicas. Probablemente te enfrentes a alteraciones hormonales, agotamiento, falta de energía y bajo estado de ánimo. Puede haber un componente de aislamiento social, como si la batería social ni siquiera existiera”, afirma Aaron McCulloch, copropietario y director de Your Personal Training.

Tenía un entrenador secreto con el que me veía antes de ir a CrossFit, y luego iba a CrossFit, después corría, y luego a bikram yoga y a artes marciales (...) Es fácil ocultar la disfunción porque no estás visiblemente por debajo de tu peso: estás musculosa, tonificada y tienes un aspecto estupendo

Margo Steines escritora

Sanchez afirma que también puede haber repercusiones psicológicas, sociales e incluso espirituales. “El desgaste mental que supone es como una prisión en tu cabeza”, dice. “La persona tendrá un sentido de identidad muy externo, lo que significa que su autoestima dependerán totalmente de cuánto ejercicio haga. Saltarse el entrenamiento provoca mucha culpa y vergüenza”.

Desde el nacimiento de su hija en 2020, Steines padece encefalomielitis miálgica, antes conocida como síndrome de fatiga crónica, una enfermedad que la obliga a guardar cama durante los brotes y que, naturalmente, modera su impulso de hacer ejercicio en exceso. Aunque no puede afirmar con certeza cuál fue la causa, sí cree que está relacionada con su adicción al ejercicio. “Alterno entre llevar una vida relativamente sedentaria y hacer ejercicio como una persona normal”, afirma. “Desde fuera, parece que me he recuperado. Aunque diría que me he recuperado en dos tercios a nivel mental, no hice el trabajo necesario para recuperarme. Es más bien como si me hubieran quitado la adicción al ejercicio”.

Tyburski, por su parte, se ha “retirado extraoficialmente” de la aventura tras la acumulación de lesiones y las consiguientes operaciones. “En 2026, estoy pagando por los comportamientos perjudiciales de 2013 y 2014”, afirma. “Me ha costado un tiempo aceptarlo, pero ahora siento gratitud por las pequeñas cosas de la vida, por poder simplemente estar activo y sano. ¿Me volveréis a ver nadando entre continentes? No, pero cuando mi cuerpo esté listo para ello, me encantaría meterme en el océano durante media hora”. En la actualidad, trabaja como conferenciante y coach de liderazgo, y dice que se encuentra en un buen momento.

La recuperación de la adicción al ejercicio puede ser compleja, sobre todo porque eliminar el ejercicio por completo —como se haría con las adicciones a las drogas y al alcohol— no suele ser un objetivo final deseable. Sin embargo, por muy tensa que sea la relación de una persona con el ejercicio físico, existen opciones disponibles: ingresar en un centro de rehabilitación, trabajar con un terapeuta comprensivo o incluso recurrir al apoyo de otras personas en la misma situación. Lo ideal sería que estas opciones facilitaran la detección de los signos antes de que el problema se haya descontrolado.

A Costello le gusta usar la analogía de una lesión física. “Si tuvieras una molestia en el tobillo y te preocupara que se convirtiera en algo más grave, lo comentaría”, dice. “Se lo comentarías a un amigo y, si empeorara, irías al fisioterapeuta. Creo que debemos hacer lo mismo con las molestias psicológicas, simplemente decir: ”¿Sientes que te pones demasiado ansioso si te saltas una sesión?“. Te sorprendería lo útil que puede ser el simple hecho de hablarlo en voz alta”.

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