Jose y Ana
Durante el vuelo de Estambul a Atenas, yo estaba sentado en uno de los asientos del pasillo, en la parte de atrás del avión. El asiento del otro lado del pasillo no estaba ocupado y de pronto apareció una chica muy guapa –increíblemente guapa– que me preguntó si aquel asiento estaba libre. Le dije que sí, naturalmente, y empezamos a hablar. Empezamos a hablar en aquel avión y veintinueve años después seguimos haciéndolo. Nunca hemos parado de hablar y nunca, desde entonces, he vuelto a estar solo. Ana me acompaña siempre, siempre está conmigo, siempre ha estado donde la necesitaba. Aquella misma noche en Atenas, cuando fuimos a cenar a un restaurante con todo el grupo, Ana y yo nos sentamos juntos. Por la noche visitamos la Acrópolis. Era una noche de primavera, iluminada con luna llena. La Acrópolis de noche, el cielo de Atenas, la luna y aquella chica tan guapa, llena de vida, de emoción y de curiosidad por todo aquello que nos rodeaba… de pronto todo empezó a avanzar muy de prisa. (…) Después del nocturno ateniense pasamos juntos todo el día siguiente. Algunos compañeros se dieron cuenta ya entonces de que allí había prendido algo importante. Al llegar a Madrid nos despedimos y le dije a Ana que la llamaría pronto. A la media hora de llegar a casa, ya había cogido el teléfono. Cenamos juntos esa noche y desde aquel mismo instante supe que había conocido a la mujer de mi vida. A los dos días, cuatro después de conocernos, le propuse que se casara conmigo y me dijo que sí.
José María Aznar. Retratos y perfiles, página 30.