Los monstruos del sótano
Lo que más me asustaba de aquel viejo caso de Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten que abusó durante 24 años de su hija, encerrada en un zulo secreto bajo su jardín, era imaginar cuántos sótanos como aquel se esconden bajo la aparente normalidad de otra tranquila casa familiar. Es posible, de hecho es probable, que la perversión de Fritzl no sea única en el mundo, que haya otros infiernos bajo el césped bien cortado de otros chalets. Puede que esas pesadillas que desconocemos sean aún peores que aquella de Amstetten; que haya otros calabozos de los que nunca sepamos y que, después de servir de cárcel, cumplan también como tumba. Que haya otros monstruos con los que nos cruzamos cada día sin que siquiera podamos sospechar qué esconden bajo sus pies.
Lo que más me repugna del caso Gürtel, de la Operación Malaya, del Palau de la Música, del Palma Arena, de El Ejido o de Santa Coloma es imaginar cuántas tramas corruptas, cuántos cohechos y desfalcos, se esconden bajo la aparente normalidad de otros elegantes trajes. Cuántas cuentas corrientes se ocultan en Suiza o en Panamá bajo el testaferro de un nombre intachable. Cuánto truhán se lleva la mano al corazón, y le creemos. ¡Quién lo iba a imaginar!, dicen siempre los vecinos.
A Fritzl le perdió un rastro de humanidad: llevó a su hija al hospital y así lo detuvieron. Si hubiese sido un monstruo aún peor, ese infierno todavía estaría allí. No hay ningún crimen comparable al suyo; no lo quiero comparar salvo en ese miedo común que provoca la impunidad. Una de las cosas más inquietantes de la corrupción es esa sensación, tal vez injusta: que los monstruos más terribles, ocultos en algún sótano, todavía están por descubrir. Y algo aún peor: que puede que, aunque los encontremos, nunca los lleguemos a juzgar.
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