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Tolerancia a la tortura

Javier Ortiz

Es muy poco verosímil la versión oficial sobre el modo en que se produjeron los hechos que llevaron al detenido Igor Portu al Hospital Donostia con importantes lesiones por todo el cuerpo.

Se me hace difícil creer que un grupo de policías bien entrenados tenga que dar tantos y tan contundentes golpes a un detenido desarmado para conseguir que no escape. Se le inmoviliza, se le esposa y ya está. Pero me cuesta todavía más creer que el detenido en cuestión siga durante horas sin quejarse de algo tan lacerante como que una costilla rota le ha perforado un pulmón, por citar sólo uno de los desastres que le fueron diagnosticados en el centro médico donostiarra.

¿Por qué hemos de creer que los golpes los recibió en el momento de la detención, y no más tarde, cuando empezó a ser interrogado? ¿Porque lo dicen quienes le pegaron? La Policía asegura que ya ha sacado provecho del interrogatorio y que ha encontrado un escondrijo en el que Portu y su compañero guardaban explosivos. ¿Será que han confesado por arrepentimiento espontáneo?

Afirmó el lunes Pérez Rubalcaba que todo se hizo “de acuerdo con la legislación antiterrorista”. Curioso lapsus, porque donde se establece cómo hay que tratar a los detenidos no es en la legislación antiterrorista, sino en la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

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