Más allá de las hormonas: ¿por qué hacer la compra a veces compensa más que follar?
Puede parecer una broma, pero muchas mujeres reconocen sin pudor que hay días en que organizar la despensa, hacer una caminata sin prisa o estar sola en casa resulta más gratificante que un encuentro erótico que, en teoría, debería ser mucho más apetecible y placentero.
La explicación reduccionista señala al laboratorio. La interesante mira la biografía.
Se ha difundido mucho la idea de que la vida erótica, en el climaterio (antes, durante y después de la menopausia), “depende” en gran medida de las hormonas. Estas pueden facilitar o dificultar la respuesta corporal, pero no deciden sobre el deseo ni la excitación.
Las hormonas pueden modular la energía, el metabolismo o el estado de ánimo (entre otras muchas cosas). Pero no fabrican sentido. Y cuando algo pierde sentido, por muy posible que sea fisiológicamente, deja de compensar.
En esta etapa, lo que cambia no es tanto la existencia del deseo, sino el marco en el que se expresa. Sin embargo, se sigue cometiendo el mismo error: tomar el nivel hormonal en sangre como explicación principal, cuando es solo el dato más fácil de medir. Que una hormona esté más baja o más alta no explica por sí sola qué le pasa a una persona con sus ganas.
En la menopausia, la clave no está tanto en cuánta hormona hay, sino en cómo responde el organismo y, sobre todo, en cómo se integra esa señal en la experiencia vital de la persona. Por eso, dos personas con analíticas similares pueden vivir su vida erótica de formas radicalmente distintas.
Ni el gusto ni la apetencia se eligen de manera voluntaria. No decidimos que algo nos atraiga; más bien lo vamos descubriendo o incluso puede sorprendernos sin que siquiera seamos conscientes. En la posmenopausia, no es que el deseo desaparezca necesariamente; a veces simplemente cuesta reconocer como propias ciertas formas de apetencia que antes podían surgir espontáneamente.
En un momento concreto puede haber varias preferencias: conversar, dormir, tocar, estar sola, abrazar… Elegir una no invalida las otras. En ese cruce entre energía disponible, contexto relacional y estado corporal, una puede tomar la delantera.
Ya sea por la edad o por la experiencia acumulada, cambia la manera en que se perciben las propias inclinaciones. No porque antes no hubiera criterio ni porque ahora todo sea más consciente, sino porque el contexto vital es distinto. Hay menos respuestas automáticas y más interferencias reales: energía disponible, falta de sueño, preocupaciones, carga mental, etc. Eso a veces se interpreta como pérdida, cuando en realidad es un ajuste. No porque haya menos capacidad, sino porque las circunstancias ya no son las mismas y el cuerpo no responde igual ante cualquier estímulo.
En determinados momentos del propio recorrido biográfico, cuando los cambios interfieren más en lo cotidiano, no solo cambia el cuerpo: cambia el umbral de disponibilidad. Aparece un cansancio que no es exactamente físico ni exactamente emocional, sino acumulativo. Años de trabajo, de cuidados, de sostener relaciones, de exigencias y de adaptación constante dejan huella. Ese desgaste no elimina el deseo, pero sí influye en cuándo y cómo se activa. Forma parte del mismo organismo que desea.
Ese ajuste también se refleja en la experiencia erótica. No todo convoca del mismo modo que antes, pero tampoco antes todo convocaba siempre. En ese movimiento intervienen múltiples factores, entre ellos la forma de habitar el propio cuerpo y la relación con quien está delante. No es una causa única ni una evolución lineal; es un entramado que se va reorganizando.
Muchas de las dificultades que percibimos como “falta de deseo” tienen más relación con la permanencia de un esquema relacional aprendido que no se ha ajustado a nuestra biografía. Queremos que la vida erótica funcione igual que a los treinta, con la misma disponibilidad, la misma centralidad de algunas prácticas o la misma idea de rendimiento.
Aquí entra de lleno la educación sexual que hemos —o no— recibido. El discurso institucional ha reducido la sexualidad a prevención y riesgo: primero evitar embarazos, luego evitar infecciones. Pero casi nunca aprender a relacionarnos a lo largo del tiempo, a ajustar las convivencias ni a renegociar con nuestra propia erótica cuando cambia el cuerpo, cuando cambia la prioridad vital.
Así, durante demasiado tiempo, el modelo erótico dominante ha distribuido cargas de manera desigual y rígida. No solo en términos de anticoncepción o cuidado, sino también en términos de expectativas corporales y desempeño. La sexualidad se ha organizado alrededor de un guion exigente: disponibilidad, rendimiento, centralidad del coito, confirmación constante de que todo funciona como debe.
Estos patrones no nos han afectado solamente a las mujeres. Responden a un sistema cultural que convierte el encuentro en una prueba más que en una experiencia. Cuando el valor se mide en términos de respuesta, duración o eficacia, el margen para la vulnerabilidad, la negociación o el cambio se estrecha. Y eso tiene consecuencias.
Ninguna de las posiciones que se construyen dentro de este modelo es neutra, porque ninguna surge de la nada. Están atravesadas por mandatos culturales que presionan, encorsetan y generan tensiones. No es solo desgaste individual; es una forma de desencuentro estructural. Cuando el encuentro está guiado por expectativas heredadas y poco ajustadas a lo que vamos siendo —tanto en lo personal como en la relación—, la experiencia deja de ser un espacio de cultivo y se convierte en un lugar donde algo tiene que demostrarse o sostenerse.
Cuando el valor se mide en términos de respuesta, duración o eficacia, el margen para la vulnerabilidad, la negociación o el cambio se estrecha. Y eso tiene consecuencias
Con el paso del tiempo —y especialmente en etapas como la menopausia, donde hay cambios numerosos y, a veces, abruptos— ese esquema muestra más claramente sus límites. Lo que antes podía sostenerse por inercia empieza a sentirse forzado. Y lo que se interpreta como déficit puede ser, en realidad, cansancio de una lógica relacional que ya no encaja.
Después de los 50, ese desgaste se hace más visible. Puede aparecer una economía interna más estricta: menos disponibilidad. No es rechazo al encuentro con el otro. Es rechazo a seguir representando un guion que exige más de lo que devuelve.
Mientras no revisemos ese modelo, seguiremos interpretando como “pérdida de deseo” lo que, a veces, es simplemente cansancio de sostener siempre lo mismo.
Quizá la pregunta no sea por qué hacer la compra compensa más que follar. Quizá la pregunta sea qué tendría que reorganizarse en nuestras relaciones para que el encuentro erótico vuelva a ser un espacio de disfrute.