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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

8 de marzo de 2118

8M Huelga Feminista

Matilde Fontecha

En su dispositivo personal, Matiz tiene seleccionado como preferente el canal Cultura Universal. Esa mañana, salta un título del apartado Efemérides: “Centenario del 8 de marzo de 2018”. El cerebro de Matiz realiza una lectura comprensiva de 15.000 caracteres por minuto, pero esta unidad le resulta más difícil porque contiene muchas palabras que no conoce. Tampoco entiende algunos conceptos que son la base de la información. Se adentra en ella y establece los enlaces que explican el significado de: sufragio universal, masculino, femenino, androcentrismo, intersexualidad, violencia de género, violencia sexual, feminismo, coeducación, orden hetero patriarcal, abuso sexual perpetrado contra menores, derecho a la transexualidad, reasignación de género, techo de cristal, debate acerca de la poligamia…

Tras una larga indagación y sin salir de su asombro, comprende este aspecto del pasado.

Matiz construye para sí el siguiente resumen.

A lo largo de miles de años, la vida se había regido por el orden patriarcal. Aproximadamente, la mitad de las personas se denominaban mujeres y la otra mitad, hombres. Eran tiempos en que el embrión humano solo se desarrollaba en el útero de la hembra, habitualmente engendrado por el macho que tenía asignado y regulado por un contrato que llamaban matrimonio. El papel de las mujeres se limitaba a la función biológica de la reproducción y la crianza, por lo demás, no gozaban de valor social. De hecho, muchos machos creían que eran objetos de su propiedad. Incluso, muchas mujeres pobres se veían obligadas a vender su cuerpo por algo de comida o dinero.

En todo tiempo, había existido alguna mujer excepcional que destacaba en el campo de la música, la pintura, la literatura o la ciencia, pero se procuraba que no trascendiera su ejemplo, borraban sus huellas.

En los últimos 200 años, empezó a extenderse la idea de que las mujeres eran personas con los mismos derechos que los hombres, incluso demostraron que su inteligencia no era inferior. Los hombres, nuevamente, trataron de restarle importancia. Implantar la igualdad sería un desastre. Por un lado, el trabajo de las mujeres era el soporte de la economía, aunque nadie osara reconocerlo. Por otro, ellos disfrutaban de una vida más cómoda gracias a que ellas se ocupaban de las tareas imprescindibles para su bienestar.

A partir de 1960, hicieron oír su voz, reivindicaron el derecho a la independencia económica y a ser dueñas de su propio cuerpo. Empezaron a hacerse un hueco en las profesiones que les habían estado vetadas y avanzaron en asuntos tan trascendentales como la salud reproductiva y sexual.

Y comenzó la afluencia masiva de las mujeres a la formación universitaria.

En dos décadas, los cambios fueron tan significativos que hicieron saltar la alarma en el núcleo del patriarcado, que inició un proceso contundente de regresión y pérdida de los derechos adquiridos. Utilizó las estrategias más antiguas: la belleza y la maternidad.

Se orquestó de forma inteligente utilizando dos rémoras de gran eficacia: hacer creer a las mujeres que ellas elegían su destino y convencer a la población de que la igualdad de género era ya un hecho. Esta falsa percepción fue denominada por el feminismo como “El espejismo de la igualdad”.

En los primeros años del siglo XXI, al rebufo de una gran crisis existencial y económica, aumentaba sin cesar la discriminación de las mujeres. Daba igual que fueran parlamentarias, científicas, profesoras o deportistas, en su escasa presencia en los medios, eran objeto de comentarios inaceptables hacia su apariencia física o su vida privada.

Las mujeres habían sido inducidas a anteponer la estética a otros aspectos de su vida como el bienestar o el desarrollo intelectual. Una estética, cada vez más exigente, ligada al sufrimiento y con el claro propósito de dificultar sus movimientos y su existencia.

Obsesionadas con la delgadez y la apariencia joven, desperdiciaban la salud, el tiempo, la energía y el dinero en conseguir lo inalcanzable.

Más que en ningún otro momento histórico, las mujeres eran una doble bicoca para el orden patriarcal. A la vez que ejercía su control a través de sus cuerpos, su consumismo desmesurado enriquecía a las grandes empresas relacionadas con los fármacos, la moda, la cirugía plástica o la estética.

Era una paradoja. Muchas habían logrado la ansiada independencia económica o detentaban puestos de responsabilidad, pero seguían siendo objeto de acoso y abuso sexual en el trabajo y en la calle, de maltrato físico y psicológico por parte de los machos con los que convivían. Miles de ellas eran asesinadas por el solo hecho de ser mujeres.

El año 2017 fue un hito. En Hollywood, las actrices empezaron a denunciar a hombres con poder que les exigían favores sexuales si pretendían obtener un papel en una película. Al amparo del movimiento Me Too las mujeres hablaron y denunciaron su situación.

Las estadounidenses no solo fueron imitadas por mujeres de la cultura de todo el mundo, sino que dio alas a la demás. Algunas ya habían comenzado a denunciar el acoso en la oficina, la universidad, la iglesia o el ejército, pero eran una minoría porque, en general, los acosadores salían indemnes y muchas de las víctimas de abuso enfermaban y acababan dejando el trabajo.

Las mujeres empezaron a hablar del tema tabú, de lo más íntimo y vergonzoso, de la utilización de sus cuerpos. Se rompieron las compuertas que contenían el silencio. No se abrieron, se hicieron añicos y no volvieron a cerrarse.

A partir de ese momento, algunos medios empezaron a recoger testimonios y denuncias, a hacer pedagogía. Las mujeres, acompañadas por algunos hombres, tomaron la calle cada vez que ocurría una violación portando eslóganes como, “Si tocan a una, nos tocan a todas”.

Por primera vez, se habló de feminismo sin demonizar el término.

Y por primera vez, el patriarcado tuvo miedo de que se desmoronasen las viejas estructuras que sujetaban su orden. Fue un miedo nuevo. Hasta entonces, el sistema había neutralizado con gran pericia algunos movimientos disidentes y devuelto las aguas a su cauce. Pero aquel tsunami fue imparable.

Ahora se prestaba atención cuando alguien explicaba, por ejemplo, que el orden patriarcal se sustenta en la inferioridad de las mujeres, mano de obra barata -o gratis en la vida privada- que posibilita que funcionen como máquinas perfectas los hogares familiares, que son el fundamento del sistema. Pero para ello se requieren mujeres sumisas.

Y ahí estaba la clave, el miedo a la insumisión de las mujeres se extendía como la pólvora. Porque si las mujeres denunciaban a cineastas, entrenadores deportivos, escritores, curas, políticos, profesores, militares…, se cuestionaba el valor de los referentes sociales y de los ídolos.

Ese miedo hizo temblar a muchos hombres, quitó el sueño a los que habían utilizado el poder para abusar de algunas mujeres que podrían denunciarlos.

A Matiz le resultaba inconcebible lo que iba leyendo, sobre todo, dos asuntos: los feminicidios y el abuso sexual a menores que, perpetrado por una minoría de hombres, contaba con la connivencia de muchos otros.

Aquel 2018, era el momento de dar un paso adelante y las asociaciones feministas convocaron en 177 países una huelga general para el 8 de marzo, día internacional de las mujeres. Aquel 2018 no se limitarían a las manifestaciones pacíficas de protesta. Al grito de “Si nosotras paramos, se para el mundo”, millones de personas secundaron la huelga en algunos de sus aspectos: laboral, estudiantil, de cuidados y de consumo.

A partir de entonces, las mujeres impusieron su presencia en todos los ámbitos.

Gracias a su influencia, se lograron cambios inmediatos en educación: para que niñas y niños crecieran sin diferencias estructurales, para la solidaridad y para aprender a consumir de manera responsable. La asignatura de Género se cursó en todos los estudios universitarios y se instauró en la formación permanente de las y los profesionales en servicio: justicia, policía, medicina, periodismo, profesorado, etc.

Los medios de comunicación dejaron de manipular las mentes. Se equipararon los salarios y los derechos laborales. Hubo paridad en los altos cargos de las finanzas, la cultura y la política. Las mujeres no permitieron que la estética restringiera su vitalidad y aprendieron a disfrutar del cuerpo en movimiento. Las ciencias médicas incluyeron la perspectiva de sexo-género en sus investigaciones y prácticas, prestando una atención especial a la ginecología y obstetricia. La salud de las mujeres mejoró ostensiblemente. Se creó una red de escuelas infantiles -municipales o de empresa- atendidas por personas expertas en educación 0-3 años, así como un paquete de ayudas para quienes optaran por la maternidad. Se erradicó el acoso y abuso sexual.

El 8 de marzo de 2018 comenzó a construirse un mundo mejor, se inició el cambio más trascendental de la historia de la humanidad: la Igualdad.

 

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