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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

El momento en que dejamos de vernos como seres humanos

Protesta contra la prohibición de las cenas ofrecidas por Kaleko Afari Solidarioak en Donostia

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Me hablan de injusticias cuando la justicia de la que hablan vulnera los derechos más básicos. Esos derechos que un día decidimos reconocer como inherentes a todo ser humano.

Los mismos derechos que quedaron recogidos en 1948 en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Porque antes de ser nacionales, migrantes, refugiadas, creyentes o cualquier otra categoría, somos seres humanos.

Y quizás el problema empieza precisamente ahí.

Se me hace un nudo en el estómago cuando dejamos de hablar de seres humanos y empezamos a hablar de categorías. Cuando dejamos de ver a una persona y empezamos a ver a la migrante, a la refugiada, a quien profesa una determinada religión, al enemigo o incluso a una amenaza.

Porque es mucho más fácil poner el foco sobre una categoría que sobre una persona.

Y ahí es cuando empieza a construirse un falso “ellos” frente a un “nosotros”. Un discurso que alimenta la distancia y el miedo y que, cuando termina normalizándose, puede abrir la puerta al odio y a la violencia.

Lo preocupante es que no siempre nos damos cuenta de cuándo empieza a ocurrir. Primero dejamos de mirar a la persona. Después dejamos de escuchar su historia. Y finalmente dejamos de verla como alguien con los mismos derechos que cualquier otra persona.

Porque cuando dejamos de reconocer la humanidad de otra persona, no solo estamos deshumanizándola, sino que también estamos perdiendo una parte de nuestra propia humanidad.

Y entonces me pregunto: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento empezamos a aceptar como normales determinados discursos? ¿En qué momento dejamos de cuestionarnos aquello que nos dicen sobre los demás?

Cuando dejamos de reconocer la humanidad de otra persona, no solo estamos deshumanizándola, sino que también estamos perdiendo una parte de nuestra propia humanidad

No hace falta irnos muy lejos para encontrar algunas respuestas. A veces basta con mirar nuestra propia ciudad.

Hace tiempo que Donostia parece haber perdido el foco de sí misma, empeñada en proyectarse como algo que no es y dejando en segundo plano algunos de los valores que durante tanto tiempo la han identificado.

Con la intención de posicionarse como destino vacacional, parece soltar la mano de las personas que realmente la habitamos. La gentrificación avanza, los pisos turísticos sustituyen a los hogares y muchas familias se encuentran sin alternativas, abocadas a una precariedad que no desaparece porque dejemos de mirarla.

¿Cuál es la respuesta de la administración municipal? ¿Mirar para otro lado? No, toma una postura aún más cínica, aloja las penurias allá donde no llegan las miradas. Lejos de abordar los problemas, los esconde. Como quien decide apagar la luz para no sentir la necesidad de limpiar.

La reciente prohibición de las cenas solidarias de KAS es un claro ejemplo de ello. Un símbolo, durante años, de solidaridad ciudadana. Vecinos ofreciendo apoyo a personas que han quedado relegadas al último lugar en la lista de prioridades de las instituciones públicas.

Una respuesta civil, nacida de la generosidad y la empatía, que termina siendo la diana de cierto sector de la opinión pública, azuzada por la intolerancia de los de siempre. Un odio que el ayuntamiento acabó por alimentar tomando unas medidas estériles que no sirven para nada más que para validar idearios xenófobos.

¿En qué momento repartir comida se convierte en un delito? ¿Desde cuándo hace falta pedir permiso para ayudar a quien lo necesita? Se distorsiona la realidad hasta un punto en la que cualidades tan intrínsecamente buenas como el altruismo, la solidaridad y la abnegación acaban en tela de juicio. ¿Esa es la ciudad que queremos construir?

La realidad es que nadie deja de tener hambre si le quitas la comida. Nadie deja de tener sueño aunque quemes su colchón. Y nadie deja de vivir en la exclusión porque tú decidas apartar la mirada. Y ahí aparece de nuevo el “ellos” frente al “nosotros”.

Desde la alcaldía se relacionan las cenas solidarias con la criminalidad y se filtra la nacionalidad de las personas detenidas. No es casual. Poniendo el foco en el origen se intenta desviar la conversación colectiva. La raíz del problema deja de ser que existan personas que no tengan dónde dormir ni cómo alimentarse y pasa a ser otro el centro del debate: si son responsabilidad nuestra. Esa es la manera que encuentran de deshumanizar la cuestión. Cuando conviertes una situación de necesidad en un asunto que solventar deja de abordarse desde un punto de vista cívico para convertirse en algo pragmático y, a partir de ese momento, cualquier resquicio de moralidad o ética abandonan la ecuación.

Ese enfoque frío y totalmente desprovisto de sensibilidad puede contribuir a generar un clima de rechazo y violencia, como el que se manifestó hace unas semanas, en la que un vecino del barrio de Egia disparó con un arma de aire comprimido a una persona migrante.

Cuando la moralidad y la ética abandonan la ecuación, resulta mucho más fácil justificar que determinadas personas tengan que desaparecer de nuestro campo de visión. Pero las personas no desaparecen porque dejemos de mirarlas, da igual qué medida tomes para ocultar el trasfondo. El hambre sigue ahí. La falta de vivienda sigue ahí. La exclusión sigue ahí. Junto a ello, aumenta el deterioro de la salud mental derivado de estas situaciones. Y, también, permanece el efecto que tiene sobre una sociedad el discurso que construye determinadas vidas como una amenaza.

Lo que ha ocurrido en Hondarribia hace solo unos días nos obliga a reflexionar y a hablar también de un fracaso institucional cuando no se interviene desde la raíz ante situaciones de vulnerabilidad, donde además la salud mental se ve deteriorada. Son situaciones que claramente pueden evitarse. También debemos preguntarnos si los prejuicios o el racismo están influyendo, de alguna manera, en cómo respondemos ante determinadas personas y situaciones.

Los datos oficiales reflejan que el racismo y la xenofobia son la principal motivación de los incidentes de odio registrados en Euskadi. Según el Informe de Incidentes de Odio en Euskadi 2025, se registraron 108 incidentes relacionados con el racismo y la xenofobia. Pero esas cifras cuentan solo una parte de la realidad puesto que existe una importante infradenuncia ya que muchas víctimas temen denunciar. No solo eso, sino que muchas de las agresiones con motivación racista ni siquiera terminan registrándose como delitos de odio, sino como delitos de lesiones, amenazas o daños.

Hablamos de sociedades que se hacen llamar modernas. Sociedades que, después de conocer hasta dónde podía llegar la crueldad humana, decidieron no repetir la historia. Sociedades que fueron testigos de genocidios, esclavitud, discriminación y persecución por motivos étnicos o religiosos y que, precisamente por eso, decidieron construir mecanismos destinados a proteger la dignidad humana.

Y, sin embargo, seguimos escuchando discursos que construyen enemigos. Personas que terminan siendo precisamente quienes se encuentran en una situación más vulnerable, más expuestas a la exclusión y con menos capacidad para defenderse.

No es necesario que una sociedad declare que unas vidas valen menos que otras para empezar a comportarse como si así fuera.

Por eso hay una pregunta que me reconcome y es: ¿en qué momento hemos empezado a creer que unas personas son superiores a otras? Se me revuelven las tripas al pensar hasta dónde puede llegar una sociedad cuando empezamos a pensar que unas personas valen más que otras.

¿Qué hemos hecho para merecer haber nacido en un determinado lugar? ¿Qué hemos hecho para pertenecer a una determinada familia, tener una nacionalidad, una estabilidad económica o ciertas oportunidades?

Yo te lo cuento: nada.

No hemos hecho nada para merecer el lugar exacto en el que nacimos. Simplemente nos tocó.

Y precisamente por eso deberíamos ser más conscientes de la responsabilidad que tenemos con quienes no tuvieron las mismas oportunidades. Es nuestra responsabilidad, individual y colectiva.

En una sociedad democrática, en un Estado democrático de derecho, está en nuestras manos decidir qué queremos permitir que se haga en nuestro nombre. Los derechos humanos existen, entre otras cosas, para establecer unos límites y evitar que la historia vuelva a repetirse. Porque los derechos son inherentes a las personas y no deberían depender de quiénes somos, de dónde nacemos o de las circunstancias que nos ha tocado vivir.

El Ayuntamiento de Donostia, gobernado por el PNV, debería reconsiderar el modelo de ciudad que quiere construir. Las medidas que ha ido adoptando y los discursos que las acompañan no mejoran precisamente la convivencia, sino que contribuyen a reforzar una mirada que convierte la vulnerabilidad en un problema y a determinados colectivos en una amenaza.

Pero lo que ocurre en Donostia no es ajeno a un contexto político más amplio, en el que cada vez más van encontrando espacio discursos y medidas que ponen el foco en el origen, la nacionalidad o la precariedad de las personas.

Euskadi siempre ha sido un lugar de acogida, pero también hemos sido acogidos. Y nuestra propia historia debería hacernos recordar que ninguna sociedad está al margen de esa realidad. También nosotros hemos conocido la persecución, el exilio y la necesidad de ser acogidos.

Por eso, me resulta difícil de entender que sigamos escuchando discursos que señalan precisamente a quienes se encuentran más expuestas a la exclusión y con menos capacidad para defenderse.

Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no debería ser solamente qué estamos haciendo con ellos. La pregunta es qué estamos haciendo con nosotros mismos.

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