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La razón en tiempos de algoritmos

Inteligencia Artificial Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Florencio Monje Gil, presidente de la Real Sociedad Económica Extremeña de Amigos del País

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El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial suele presentarse como un proceso inevitable, casi natural, ante el cual la política y la sociedad solo pueden adaptarse. Esta visión convierte las decisiones técnicas en algo aparentemente neutral y objetivo, ajeno al debate ideológico. Sin embargo, aceptar esta premisa implica un riesgo profundo: renunciar a la deliberación democrática y permitir que sistemas algorítmicos, a menudo opacos, influyan o decidan sobre nuestras vidas sin un control ciudadano efectivo. Por ello, el debate sobre la inteligencia artificial no puede reducirse a una cuestión técnica, sino que debe abordarse como un problema ético, político, cultural y moral. La técnica ha acompañado al ser humano desde sus orígenes y constituye una de las bases del humanismo. El homo faber, el ser humano que crea y transforma, amplió sus capacidades mediante herramientas, modificó su entorno y levantó civilizaciones. La historia del progreso humano es inseparable de la historia de la técnica. No obstante, este progreso nunca ha sido neutral ni lineal y, en la actualidad, presenta rasgos inéditos, especialmente por su velocidad. Cada etapa tecnológica ha sido más breve que la anterior: la Edad de Piedra duró milenios; la del Metal, algunos miles de años; la Revolución Industrial, apenas dos siglos; y las eras eléctrica y electrónica, solo unas décadas. La era de la información, aún en desarrollo, avanza a un ritmo que supera la capacidad humana de comprensión, adaptación y control.

Este desfase entre la aceleración tecnológica y la maduración política y moral constituye uno de los grandes desafíos contemporáneos. La Ilustración situó la razón crítica en el centro de la vida pública, no como fe ciega en el progreso, sino como exigencia de control racional, leyes públicas y diálogo democrático. El humanismo afirmó que el ser humano debía ser siempre un fin en sí mismo y nunca un simple medio. Hoy, estos principios están en riesgo no porque sean falsos, sino porque la innovación avanza más rápido que ellos. El avance tecnológico ha hecho que las decisiones sociales y políticas se basen solo en la eficiencia técnica, provocando que la política pierda su dimensión moral y se convierta en simple gestión.

En este contexto surge la tecnocracia, donde el poder pasa a expertos que, bajo una aparente neutralidad científica, desplazan el debate democrático. La inteligencia artificial y las redes sociales reflejan este modelo: mediante algoritmos orientados a la rentabilidad y la interacción, influyen en lo que vemos y pensamos, reemplazando poco a poco el juicio crítico de los ciudadanos.

Las redes sociales han vuelto el espacio público rápido y emocional, desplazando la reflexión por reacciones inmediatas. Esto favorece la desinformación y la polarización, y debilita el debate democrático informado. La opinión pública deja de formarse mediante el debate y pasa a ser gestionada a través de datos, métricas y estímulos diseñados. Diversos autores han advertido de este proceso. Yuval Noah Harari, por ejemplo, ha señalado que el poder contemporáneo se articula en torno al control de los flujos de información. En Homo Deus describe el auge del dataísmo, una visión que reduce al ser humano a un conjunto de datos procesables. En Nexus muestra cómo redes, algoritmos e inteligencia artificial se conectan para reforzar la relación entre información y poder, convirtiendo la experiencia humana en datos y los datos en herramientas de influencia.

El riesgo es evidente: cuando los algoritmos conocen nuestras preferencias, miedos y comportamientos mejor que nosotros mismos, el ser humano deja de ser sujeto para convertirse en objeto de análisis y gestión. La tecnología debilita la autonomía y la responsabilidad moral cuando las personas dejan de decidir por sí mismas en entornos que pueden acelerar y dirigir sus acciones.

A esta amenaza se suma el debilitamiento de la razón ilustrada en el debate público. Como ha señalado Darío Villanueva, el pensamiento crítico y la búsqueda de la verdad objetiva retroceden frente a la emoción, el relativismo y la identidad. Las redes sociales amplifican este fenómeno y la política evade su responsabilidad al presentar las decisiones como inevitables y técnicas. Así, los líderes se amparan en datos y algoritmos para evitar el juicio moral, mientras problemas como la desigualdad o la vigilancia se justifican en nombre de la eficiencia.

Frente a este panorama, recuperar el legado del humanismo y de la Ilustración no implica rechazar la tecnología ni idealizar el pasado. Significa reintroducir la razón, el tiempo y la política allí donde la aceleración algorítmica los ha expulsado. Regular la inteligencia artificial y las plataformas digitales no supone frenar el progreso, sino orientarlo. Exigir transparencia, responsabilidad humana, límites éticos y control democrático es una condición básica para preservar la libertad. La inteligencia artificial y las redes sociales pueden ser herramientas extraordinarias al servicio del conocimiento, la educación y la cohesión social, pero también pueden convertirse en instrumentos de manipulación y dominio si se emancipan del juicio humano. La diferencia no es técnica, sino política.

En un mundo gobernado por algoritmos y pantallas, defender la razón crítica, la deliberación democrática y la centralidad del ser humano no es un gesto nostálgico, sino una urgencia democrática. El verdadero peligro no es que las máquinas decidan por nosotros, sino que aceptemos dejar de decidir.

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