Cine Madrid

Pa' chulapa, yo: el ciclo en el que cuatro jóvenes dan una vuelta castiza a joyas de la serie B

Fotograma de la película 'The Velvet Vampire', de Stephanie Rothman

El término “lit” tiene una etimología incierta. Se cree que procede del inglés antiguo “lihtte”, desde donde acabó derivando en el adjetivo actual, que en inglés significa “iluminado” o “encendido”. En los últimos años, las redes sociales han reconfigurado este significado. Ahora “lit” es también lo que está de moda, lo que conserva su llama, lo que se mantiene prendido. Lo vivo y joven. Y es, por último, el nombre de un nuevo proyecto emprendido por la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM) junto a La Casa Encendida (La Casa Lit, el círculo se cierra).

Porno y gore en 'X', una película de terror disfrutona y diferente

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La iniciativa otorga a estudiantes de cine una temprana oportunidad de desenvolverse no en el campo de la creación o la crítica, sino en el de la programación. Cuatro jóvenes de entre 18 y 22 años, alumnado del primer curso de la diplomatura de la ECAM, se encargan de todo tipo de tareas: confeccionar las sesiones, gestionar la adquisición y proyección de las películas ajustándose a un presupuesto, coordinar el subtitulado, redactar los textos del programa o promocionar el ciclo en redes. Han contado eso sí con la asistencia y la supervisión de la responsable de Talento ECAM, Laura Matías, así como la responsable de música y audiovisuales de La Casa Encendida, Rocío Mateo-Sagasta.

El resultado puede verse todos los jueves de mayo en cuatro sesiones dobles (corto+largo). Es LIT: Romería Sangrienta. Un ciclo que utiliza esa misma luz que está en su concepción para arrojarla sobre lo doblemente invisibilizado. El cine de serie B, arrinconado en la sombra del culto, pero en particular el trabajo y la visión que en él demostraron mujeres cineastas eclipsadas por el machismo y la misoginia. Todo ello aderezado con un último elemento sobre el que orbita el programa: las fiestas populares que por estas fechas empiezan a tomar ciudades como Madrid.

A sus 18 años, Claudia de la Iglesia y Óscar Castillo, los benjamines del equipo (lo completan Carmen Camila de Lucas y Daniel Domínguez), relatan con soltura cómo están viviendo a distintos niveles esta “emocionante experiencia”. También justifican qué pinta lo castizo en todo esto, más allá de que el sol suele mantenerse bien prendido sobre la Pradera de San Isidro cada 15 de mayo.

Compartir pantalla

Lo primero que Claudia destaca es la posibilidad de compartir algo que le interesa con más gente, y “hacerlo además en pantalla grande”. Sobre los primeros pasos, recuerda que “había que presentar un dossier con nuestra idea, que luego fuimos moldeando con La Casa Encendida [en un principio todas las películas eran de terror, pero finalmente se ha abierto al musical, la ciencia ficción o el romance]”.

Esta emoción, que se mantiene, se encontró no obstante con el lado más laborioso de la gestión cultural. “En un ciclo con tantos filtros [películas estadounidenses de serie B dirigidas por mujeres], era difícil primero encontrar pelis. Conseguir un plan B por si no nos contestaban, todavía más”, comenta Óscar. Claudia añade que “la mayoría de películas estaban como en un vacío, no se sabía quién tenía los derechos y ya de entrada era muy complicado saber con quién hablar”.

Pese a los inconvenientes, coinciden en el final feliz: “Ha merecido la pena”. Siguiendo con esta retórica hollywoodiense, tan ajena a las películas salvajes que programan, llegaron al proyecto sobre la bocina. “Estábamos todavía decidiendo si apuntarnos o no cuando nos mandaron un correo diciendo que se iba a cerrar ya el concurso”, reconoce entre risas Claudia, que hasta ese momento y tras haber cotejado ya algunas propuestas concluyó que “esto es mejor pensárselo”. Así lo hicieron, pero finalmente se lanzaron a la piscina. “Estuvimos toda la noche con el dossier, casi 24 horas”, recuerda Óscar.

Aunque apuraron plazos, llevaban un tiempo con la mosca detrás de la oreja. Otra integrante del equipo, Camila, fue parte de la pasada promoción de CineZeta. “Hasta que me habló de cuánto le había gustado esa experiencia yo nunca me había planteado la programación ni nada parecido, lo veía muy lejano. Entré aquí [la ECAM] pensando en dirección”, cuenta Claudia. CineZeta es una iniciativa similar, pero abierta a cualquier persona menor de 26 años, organizada anualmente por Cineteca Madrid (de hecho en LIT: Romería Sangrienta rescatan la película The Slumber Party Massacre, dirigida por Amy Holden Jones en 1982, que en CineZeta no pudieron proyectar el pasado marzo por motivos burocráticos).

“Nosotras también hacemos cine guarro”

Desde el principio tuvieron en la cabeza centrar el ciclo en la serie B. Sin embargo, los primeros impulsos les llevaron a unos referentes mucho más consagrados, según explica Claudia: “Lo primero que se nos vino a la cabeza fueron directores como Roger Corman o películas como El monstruo del pantano (1982). Pero fuimos viendo portadas e información sobre estas películas que queríamos incluir y nos dimos cuenta de que las mujeres solo aparecían como las protagonistas que son salvadas, desnudas y sexualizadas. Pensamos que era muy raro que ninguna mujer hubiese dirigido nada de esto. Nosotras también hacemos cine, como ya se está reivindicando, pero ¿qué pasa con el cine de este guarro, con bajo presupuesto?”.

Con esta pregunta en mente, Claudia comenzó a indagar en el catálogo de plataformas como Filmin. “En la categoría de serie B, donde tienen todos los clásicos del género, fuimos revisando uno a uno. Son películas hechas desde los cincuenta hasta la actualidad. De las 145 películas solo había cuatro dirigidas por mujeres. En otras plataformas, directamente ninguna”. Fue necesario investigar mucho más allá, con herramientas como la red social Letterboxd y la paciencia, para empezar a desenterrar reliquias de un cine ya de por sí poco reconocido.

De las 145 películas catalogadas como serie B en Filmin solo hay cuatro dirigidas por mujeres. En otras plataformas, directamente ninguna

Poco a poco, la programación se fue acotando a Estados Unidos. Para Claudia, es en la industria cinematográfica de este país donde mejor se aprecia que “las mujeres se iban de ella por el simple hecho de ser mujeres. Las pocas que conseguían hacer una película tenían casi imposible hacer otra, o directamente no lo intentaban por los abusos o el terrible tratamiento por parte de sus compañeros que soportaron en esa primera película”. Óscar y Claudia han vivido esta invisibilización de primera mano al buscar información sobre algunas obras del ciclo, especialmente los cortometrajes. “Ha sido un borrado impresionante”, sentencian.

Voces mutiladas

La última sesión del ciclo, fechada el 26 de mayo, se titula precisamente Sepultar tiene ocho letras. Es la única en la que hay películas no dirigidas por mujeres. Al menos, según las fuentes oficiales. En los créditos del corto animado Eggs (1970) solo apuntan como director a John Hubley, obviando el nombre de Faith Hubley a pesar de constar como directora de la obra en varios documentos. “Su marido saltó a la fama y acabó trabajando en Disney, mientras que ella permaneció siempre en un segundo plano. Salía acreditada solo como productora en cortos que en entrevistas posteriores reconocía haber dirigido o para los cuales había elaborado storyboards”, cuenta Claudia.

Igual de inquietante es el caso de Shriek of the Mutilated (1974). Michael Findlay es el único nombre que aparece como director en los créditos y en otras fuentes, pero varias teorías de los fanáticos de la serie B de los 70s reivindican el nombre de su mujer. Roberta Findlay es una directora, directora de fotografía, productora y actriz estadounidense. Es más conocida por su trabajo en el cine exploitation, que se amolda al estilo de este largometraje mucho mejor que el de su marido. Por ello, los fans del subgénero reivindican esa codirección aparentemente inexistente.

El caso de Robera Findlay es paradigmático. Fue una todoterreno que se involucró en distintas áreas del cine, y solo así consiguió un pequeño espacio (más tarde despreciado) en el que desarrollar su trayectoria. “Estas mujeres eran también guionistas, productoras, directoras de fotografía, habían sido actrices. Tenían una carrera impresionante, pero aun así no se sabe nada, no existen y nadie se acuerda de ellas. Da que pensar”, lamenta Claudia.

Sangre fresca para un chotis

Por si el desafío al que se enfrentaban estos jóvenes no era suficiente, a la hora de confeccionar el programa y los textos han conjugado otro elemento: el Madrid castizo de barquillos, verbena y chotis, que en mayo empiezan a dar color a la ciudad. Un Madrid festivo y popular tomado por las chulapas que aquí se torna, sin embargo, rojo y negro. Reconocen que encajaron este componente local “por fechas”, tratando de diferenciarse de otros ciclos similares: “¿Qué pasa en mayo? San Isidro, pues vamos a aprovechar esto”. Ya en su primera experiencia dentro de este ámbito se han percatado de la importancia del marketing.

“Luego es cierto que las pelis son muy cañeras. Reivindican todo el rato las ganas de pelear. La primera sesión [este jueves 5 de mayo] la componen películas así muy underground. El corto de Sarah Jacobson, I Was a Teenage Serial Killer (1993), es muy fiestero. Otra sesión está dedicada al género musical [el 19 de mayo]. Algunas directoras que programamos, como Amy Goldstein o Cecilia Condit [convertida ahora en una celebridad de TikTok], hacían música o videoclips además de cine. Así que propusimos guiar el ciclo a través de celebraciones tipo San Isidro y nos dijeron que sí”, expone Claudia. Procedente del País Vasco, donde chotis se escribe con tx, admite haber investigado a conciencia sobre este madrileñismo. Todo sea para ir de Madrid al infierno.

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