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Vigila quién pinta: trabajadores de El Prado exponen por primera vez obras propias en el Museo

'Vista de la sala 73 con el Diadúmeno', una de las pinturas en la exposición de trabajadores de El Prado que se inspiran en las propias obras del museo.

Guillermo Hormigo

Madrid —

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Nadie pasa más horas que ellos rodeados de cuadros y de todo tipo de obras. Las observan durante horas día tras día, aunque siempre tengan el rabillo del ojo puesto en lo que ocurre en la sala. Ahora tienen su oportunidad de volcar todo ese arte del que se empapan, que les envuelve en su trabajo y les interpela en sus vidas.

Son los vigilantes del Museo Nacional del Prado, que por primera vez y hasta este domingo 14 de julio compaginarán su trabajo con la incorporación de sus propias obras a una de las pinacotecas más importantes del mundo. Precisamente, los trabajos de la exposición se inspiran en algunas de las grandes obras de la colección escultórica del Prado.

Con el nombre de Talento interior, está ubicada en la Galería Jónica Sur de la planta baja del edificio Villanueva. La iniciativa nace de la inquietud de un grupo de vigilantes de sala, que dan salida a su creatividad. El antecedente de la muestra se encuentra en septiembre de 2020, cuando en el mismo entorno de trabajo surgió la idea de presentar una exposición en la Willco Art Gallery de Madrid denominada Ell@s los cuidan, ell@s los pintan.

En aquella ocasión era el conjunto de la colección del Museo del Prado el que servía de fuente de inspiración. Ahora los referentes se han concentrado en las salas de la colección de escultura y sus trabajos podrán verse en el propio Museo.

Este proyecto ofrece a los visitantes la posibilidad de conocer la mirada de quienes más tiempo conviven con las obras. Y a estos, una vía de expresión de su perspectiva individual. Como explica a Hoy Se Sale el director de Comunicación del Museo del Prado, Carlos Chaguaceda, el propósito es “dar cauce a la creatividad de la gente”.

Imaginación y vocación

La Venus del delfín, el Diadúmeno o Isabel II velada son algunas de las obras que pasan por el filtro de diez miembros de la plantilla del museo, que las reinterpretan con su propia imaginación. Varias de estas pinturas se centran íntegramente en las esculturas, como la pieza El sueño de Isabel de Rocío Vázquez. Otras, como la de Julián Baena (a partir del Diadúmeno de la sala 73) toman una perspectiva que casi parece inspirada en la visión periférica de la sala que tienen los propios vigilantes en sus puestos.

Chaguaceda expone el germen y el valor de la muestra, marcada por la pasión genuina de quienes participan en ella: “Trabajar en el Prado no es algo ni burocrático, ni rutinario, ni aburrido. Los propios vigilantes, algunos fijos y otros de la bolsa de empleados, tenían esta vocación porque la mayor parte de ellos proceden de Bellas Artes, Historia y Humanidades en general. El Museo entendió que la idea ayuda a complementar la relación entre vigilantes y público. Están ahí para asistir a los visitantes, pero luego esos mismos visitantes pueden contemplar las creaciones de quienes les ayudan en la zona del recinto que sirve de remanso de paz”.

El responsable de comunicación de la pinacoteca resalta una curiosa coincidencia: la iniciativa se desarrolla en paralelo a la publicación de El vigilante de sala, libro del Premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee fruto de la primera residencia de escritores del Museo (Escribir el Prado). La obra está ya disponible en la tienda física y la digital del Prado. Porque los vigilantes se inspiran con el arte, pero el arte también se inspira en ellos.

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