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El confinamiento desde Singapur: a la tercera nos ha vencido

Lo que he estado viviendo con pena y preocupación en la distancia por mi familia y amigos en casa ahora ya ha llegado aquí

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El crecimiento de Singapur cae hasta el 0,7 % en 2019

Reflejo del horizonte del Distrito Central de Negocios de la ciudad-estado de Singapur en un estanque EFE

El martes 7 de abril empezamos el confinamiento en Singapur. Todo cerrado excepto los servicios considerados esenciales, entre ellos las peluquerías que tantas críticas despertaron en España. Hasta el anuncio del primer ministro el pasado jueves, nos considerábamos afortunados por seguir haciendo una vida relativamente normal desde que empezó todo a principios de año. 

El primer caso se detectó el 23 de enero y venía directamente de Wuhan, el origen de la COVID-19. El 25 de enero empezaba el año nuevo chino, el año de la rata y muchos singapurenses viajaron a China o tuvieron visitas de familiares de ese país. A principios de febrero tuvimos el primer caso local y rápidamente Singapur pasó a ser el segundo país con más casos de contagio en el mundo después de China. Fue la primera oleada de pánico en el país, pero sobre todo entre los locales. 

Los supermercados se vaciaron. No quedaba arroz, fideos instantáneos, pasta, huevos, pollo y el famoso papel higiénico que aquí fue objeto de muchas burlas porque un 80% de los baños tienen una ducha/bidet incorporada. También se agotaron las máscaras y el gel desinfectante. Vamos, como ha pasado en el mundo entero poco a poco. El jefe de la mayor cadena de supermercados hizo un llamamiento a la calma y dijo que no devolverían el dinero a la gente que se había hinchado a comprar y las cosas se calmaron un poco. 

Los extranjeros seguíamos tranquilos. El Gobierno repartió mascarillas quirúrgicas a todas y cada una de las casas en Singapur aunque seguían diciendo que no había que llevarlas a menos que estuvieras enfermo. Se establecieron controles para tomar la temperatura en casi todos los edificios y centro comerciales del país. Todo el mundo se paseaba con pegatinas en las solapas, símbolo de que “estabas ‘sano”.

A finales de febrero tuve visita de Barcelona y les encantó Singapur, aunque a la vuelta tuvieron que quedarse dos semanas en casa, o sea que se han chupado dos más que todo el mundo. Todo era normal en Singapur. Las calles y los comercios con menos gente, pero esa apariencia de ciudad fantasma en algunos lugares solo era perceptible para los que vivimos aquí como una calma tensa. Se cierran las fronteras para los visitantes de China (que ya estaba en marcha para los procedentes de Wuhan) y Corea del Sur.

El 11 de marzo fue mi cumpleaños y la OMS declaró que la COVID-19 era una pandemia, una fecha para recordar. Aun así pude hacer una celebración con amigos cuando en Europa ya estaba casi todo el mundo confinado. Privilegiados de nuevo. Se cierran las fronteras para los visitantes de Irán, Italia, España, Francia, Alemania y en pocos días, de todos los países del entorno también. Se cierran todos los puertos del país. 

El 18 de marzo se produce la segunda oleada de pánico. Malasia anuncia que cierra su frontera, la única terrestre que tiene Singapur y por donde pasan cada día casi medio millón de personas para trabajar en la metrópoli. Esta vez el pánico se instala entre los extranjeros, el país se blinda. Los supermercados se vuelven a vaciar durante un par de días. No se permiten visitantes y todos los que llegan a Singapur (locales, con permiso de trabajo, residentes, etc..) tienen que pasar 14 días en casa, encerrados y controlados con llamadas diarias y visitas sorpresa. Hay multas por incumplirlo para los locales y suspensión del permiso de trabajo y expulsión del país para los extranjeros. El Gobierno intenta imponer la distancia de seguridad. Más de 300.000 trabajadores de Malasia cruzan la frontera antes de las 12 de la noche para no perder sus trabajos y para que no se pare el país. Muchos  de ellos duermen la primera noche al raso. Se desata de nuevo la solidaridad y la gente y el Gobierno les dan alojamientos temporales y comida. 

El ritmo de contagio que solo tenía un dígito empieza a subir de forma estable, de uno o dos casos pasamos a una quincena y rápidamente a unos 50 al día. Todos los que vuelven hacen que suba el número de contagios. El primer muerto, que son dos, llega el 21 de marzo. Ya no puede volver a Singapur nadie que no sea considerado esencial o ciudadano del país. Considerando que este país es un hub de negocios en el sudeste asiático, un montón de extranjeros que trabajaban en Singapur se han quedado colgados en países del entorno, confinados en hoteles sin saber cuando van a poder volver a su casa y con miedo a perder el trabajo. Se cierran los bares, discotecas, cines…

El gobierno reparte medio litro de desinfectante líquido a todas y cada una de las casas de Singapur y establece un servicio de whatsapp donde actualiza la información una o dos veces al día y una aplicación móvil para hacer el seguimiento de los casos, la famosa trazabilidad. Me resistí un par de días a entrar en Gran Hermano, pero la evidencia de la necesidad de poder conseguir identificar el origen de los contagios me he hecho claudicar. 

Y la tercera ola llega el jueves pasado. Se anuncia una comparecencia del primer ministro a la nación y el pánico se vuelve a desatar en plan bestia. Ahora ya no se acaba el papel de váter ni el arroz sino el vino y todos los equipos de deporte. No queda una cinta elástica ni unas pesas en ninguna tienda. Las ferreterías y tiendas de bricolaje están a reventar, igual que las tiendas DIY con manualidades, telas, máquinas de coser, pinturas, lápices de colores…lo que sea para entretenerse y entretener a la prole los que tienen. El primer ministro anuncia el cierre total del país a partir del martes 7 de abril. Lo define como un “circuit breaker” o cortocircuito para frenar la expansión del virus, no se habla de confinamiento. Quedan abiertos los supermercados, hospitales, peluquerías y tiendas de animales y los restaurantes podrán enviar a domicilio. Se puede ir a comprar comida pero solo para llevar. 

Han cerrado la piscina de mi edificio, los niños dan vueltas a su alrededor con los patinetes. Ahora ya nada es normal. Hay 13.000 trabajadores extranjeros en cuarenta en lo que llaman los dormitorios que son campamentos provisionales para los trabajadores de la construcción. 

Lo que he estado viviendo con pena y preocupación en la distancia por mi familia y amigos en casa ahora ya ha llegado aquí. Locales y extranjeros encerrados pero sin miedo. En mi barrio no hay tiendas ni comercios y cuando he salido a dar una vuelta una mujer me ha sonreído desde su ventana. No hay nadie más en la calle pero todos estamos en esto. Sin culpas,  sin reproches que ya llegarán luego, sin miedo. 

A 8 de abril Singapur tenía 1.623 casos de contagio, de ellos 669 en hospitales (29 de ellos en la UCI), 542 aislados en hospitales y hoteles habilitados,  406 que ya habían sido dados de alta y 6 muertos.

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