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Las aventuras del primer ordenador que fue a la guerra y vivió para contarlo

Un grupo de muyahidines rodea al Osborne 1. Abajo, a la derecha, el periodista David Kline

Cristina Sánchez

Frontera afgano-paquistaní, 1982. Un grupo de muyahidines, fusil en mano, posa para una fotografía mientras escolta a un peculiar camarada. Un Osborne 1, el primer portátil de éxito comercial de la historia, parece haberse aliado con los rebeldes afganos. Sin embargo, no todos los protagonistas de la instantánea son guerrilleros. Abajo a la derecha, vestido de blanco, el corresponsal David Kline mira con gesto serio a su solícita máquina.

Esta imagen no se convirtió en la portada de un medio generalista que estuviera publicando crónicas sobre los avatares de los guerrilleros que combatían contra los soviéticos tras la invasión de 1979, a los que Estados Unidos y otros países suministraron armas, sino que fue la primera plana de Microcomputing, una revista sobre ordenadores destinada a los 'geeks' de la época, y del primer número de The Portable Companion, una publicación de la propia compañía Osborne.

No era para menos. Kline fue el primer periodista que se marcó el reto de llevarse a un conflicto bélico un portátil de más de diez kilos y 60 kilobytes de memoria RAM para que sus artículos llegaran desde la localidad paquistaní de Peshawar hasta Michigan.

UN REPORTERO CON UN ORDENADOR REVOLUCIONARIO

“Yo estaba completamente acostado de espaldas, tratando de calcular las probabilidades de que el equipo de mortero sobre nosotros lanzara uno directamente a mi portátil. Se me ocurrió que no me pagaban lo suficiente por este encargo”. Así comenzaba el reportaje que este corresponsal 'freelance' para la CBS, Los Ángeles Times y el Chicago Sun Times publicó en Microcomputing.

Con el titular “Osborne: tras las líneas de guerrilla”, este periodista empotrado detallaba en el artículo las razones que le llevaron a transportar un peculiar maletín para plasmar sus vivencias en un conflicto bélico que pasó a la historia como el Vietnam soviético.

Estaba cansado de tener que llevar sus crónicas, escritas a mano o mecanografiadas, a las costosas y poco fiables oficinas de télex de Pakistán, desde las que un “burócrata operador a menudo aburrido y siempre inaguantable” decidía si podía mandar el mensaje o suponía una ofensa para su Gobierno. Tenía ya experiencia en este terreno: era la cuarta vez que Kline viajaba a Aganistán en tres años.

Tras reflexionar sobre los beneficios que los portátiles podían traer para los periodistas, un sector al que todavía no se habían dirigido los fabricantes, empeñados en vender sus máquinas exclusivamente a hombres de negocios por aquel entonces, decidió realizar un curioso experimento por su cuenta y riesgo.

Quería comprobar si sus archivos podían viajar a través de la línea telefónica a lo largo de 1.600 kilómetros desde el hotel Dean en el que se hospedaban los periodistas en Peshawar a Karachi gracias a las ondas microondas, casi 10.000 kilómetros por satélite a Londres y otros 8.000 a Nueva York por cable submarino para llegar posteriormente a Dearborn.

Para conseguir tal hazaña en los 80, contaría con la ayuda de un módem conectado a la línea telefónica que ni siquiera sabía si iba a funcionar en el país asiático. Nadie lo había intentado antes y podían surgirle problemas de todo tipo, pero si lo lograba, demostraría que los ordenadores eran un aliado del periodismo.

LA MÁQUINA DE ESCRIBIR DE HOLLYWOOD QUE SUPERÓ AL TÉLEX

Antes de partir, Kline consultó a decenas de expertos de la informática y las telecomunicaciones del momento a través de los sistemas BBS ('Bulletin Board Systems') que se usaban antes de la llegada de internet.

Una tienda de ordenadores modificó el Osborne y el módem para que pudiera utilizarlos en Pakistán, la empresa creadora del 'software' The Word, que incluía ya corrección automática y contabilización de palabras, adaptó el programa a sus necesidades, y una compañía de electrónica le proporcionó filtros y transformadores para que su ordenador no fuera “una víctima más de la guerra carbonizada y humeante”. Además, un experto en telecomunicaciones, Marty Cawthorn, se encargaría de ayudarle y recibir sus comunicaciones.

Después de esa laboriosa preparación, Kline se presentó en Pakistán en marzo de 1982, armado con todo tipo de dispositivos para lograr su propósito, además de un destornillador, y logró que los guardias del aeropuerto paquistaní se tragaran que llevaba una “máquina de escribir de Hollywood”.

Tras dos semanas acompañando a las guerrilleros, se marchó al hotel Dean, escribió todo lo que había visto para que su editor en el Chicago Sun Times le indicara qué artículos le interesaban y probó suerte, con las unidades de disco del Osborne sonando como “un pájaro carpintero flatulento” según su propio testimonio. La comunicación no funcionó ese día desde el Dean, pero sí al siguiente en casa de un amigo, así que Marty finalmente recibió los archivos en Michigan. La culpa no había sido estrictamente del módem, sino de una tormenta.

A los tres días, logró una proeza mayor: demostrar que su sistema era mucho mejor que el tradicional télex. Kline se enteró de que los rebeldes habían asesinado a Mikhail Evgeny Okrimyuk, un importante prisionero soviético. Llamó a un compañero de profesión que trabajaba en la agencia de noticias France Presse para que le ayudara a confirmar la ejecución.

Los dos volvieron al hotel a escribir su relato de lo ocurrido tras recabar toda la información. Cuando Kline ya había acabado y guardado en su disquete el artículo, su colega todavía iba por el segundo borrador. Además, gracias a su módem, su historia estaba impresa cinco horas antes que la del periodista francés.

“Puede decirse con certeza que la era de los ordenadores portátiles como herramienta del reportero ha llegado”, afirmaba tajantemente Kline en el artículo publicado en Microcomputing. La revista acabó echando el cierre en 1983, el mismo año que Osborne entró en bancarrota después de su éxito inicial.

Por su parte, Estados Unidos proporcionó misiles a los muyahidines en una famosa operación secreta de la CIA. Las tropas soviéticas se retiraron en 1989, en plena caída del imperio soviético. Eso sí, la jugada de regalar armas a los rebeldes por valor de 6.000 millones de dólares (5.600 millones de euros) tampoco le salió del todo bien a la potencia norteamericana. Tras el 11-S, los servicios de espionaje estadounidenses confirmaron que los talibanes tenían en su poder aquellos misiles Stinger que habían proporcionado a los rebeldes.

David Kline sí ganó su batalla personal, e incluso imaginó a principios de los años 80 un futuro en el que los corresponsales llevarían siempre consigo ligeros portátiles que les permitirían enviar sus artículos desde cualquier lugar del mundo “bajo cualquier condición concebible”.

“Como periodista, miro hacia el campo tecnológico de los ordenadores con gran esperanza y expectación”, escribió. “¡Quién sabe si un ordenador portátil sería capaz incluso de parar una bala soviética!

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La última imagen de este artículo es propiedad de Wikimedia Commons

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