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ANÁLISIS

No nos confiemos: la derrota de ISIS en Siria no significa el fin del yihadismo

El vídeo de Bagdadi y los atentados de Sri Lanka prueban que ISIS no ha desaparecido y todavía tiene capacidad de atentar

Hay cuatro veces más yihadistas en el mundo hoy que cuando Al Qaeda atentó contra las Torres Gemelas en 2001

La solución militar es necesaria, pero no será suficiente si no se lucha también contra la ideología y las causas estructurales

Abu Bakr al-Baghdadi reaparece después de cinco años oculto.

Abu Bakr al-Baghdadi reaparece después de cinco años oculto.

Poco ha durado la celebración por la derrota sobre ISIS y la recuperación total de su territorio en Irak y Siria, alcanzada por fin a finales de marzo con la toma de Baguz. Fiel a su estilo hiperbólico, Trump anunció entonces que Estados Unidos y sus aliados en el terreno habían terminado con ISIS, pero antes de que pasara un mes la realidad ha demostrado que el presidente se equivocaba. Una serie de ataques coordinados contra iglesias y hoteles de lujo en Sri Lanka durante el domingo de Pascua –que dejaron al menos 257 víctimas mortales en uno de los peores ataques terroristas desde el 11S– y la reciente aparición en vídeo del líder de ISIS, Abu Bakr al Bagdadi, demuestran que ISIS está aquí para quedarse.

Lo cierto es que desde aquel terrible 2014 cuando Bagdadi proclamó el llamado califato e ISIS se lanzó a conquistar territorio aprovechando la inestabilidad que vivían Irak y Siria, las cosas a nivel general han mejorado. Según el último Global Terrorism Index, 2017 ha sido el tercer año consecutivo en el que bajan las víctimas mortales por terrorismo en el mundo, un 44% menos desde 2014. Sin embargo, el mismo informe señala que se han producido víctimas mortales en al menos 67 países y hoy hay casi cuatro veces más yihadistas en el mundo que cuando Al Qaeda atacó las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.

El propio Gobierno estadounidense publicó el pasado octubre una nueva estrategia antiterrorista subtitulada "seguimos estando en guerra" en la que se admite que ISIS "aún conserva un gran alcance global, con ocho filiales y más de dos docenas de células llevando a cabo operaciones terroristas y de insurgencia en África, Asia, Europa y Oriente Próximo regularmente". Es decir, que aunque ISIS ya no conserve el territorio que alguna vez controló en Irak y Siria, sigue siendo una amenaza importante y va a seguir atentando. Los ataques en Sri Lanka y el vídeo de al Bagdadi no solo son una prueba palmaria de ello, sino que ayudan a entender cuál será la nueva estrategia del grupo terrorista.

Por una parte, el caso de Sri Lanka demuestra que ISIS no necesita tener a sus propios miembros presentes en un país para atentar, sino que le basta con aliarse con grupos locales para conseguir atentar en países tan diversos como Yemen, Afganistán, Nigeria, Filipinas y Rusia, todos en el último año. En el intercambio, ambas partes se ven beneficiadas: ISIS expande su red y los grupos locales reciben financiación, entrenamiento, exposición mediática, etc.

Esta estrategia es cada vez más común en en el sudeste asiático. El grupo que llevó a cabo el ataque en Sri Lanka, conocido como Jamaat al Tawhid al Watania (Organización Nacional del Monoteísmo), nunca había sido capaz de organizar nada más grave que actos vandálicos y no tenía a sus espaldas ninguna víctima mortal. Solo con ayuda exterior podría haber alcanzado el nivel de sofisticación necesario para llevar a cabo un ataque coordinado de tal magnitud. El ataque contra lugares de culto también es una seña de identidad de ISIS, extremo al que Al Qaeda se niega a llegar. En ese esquema, Sri Lanka solo es el caso más grave y reciente: atentados contra iglesias y con factura parecida se cometieron hace un año en Surabaya, Indonesia, y en enero de este año en Jolo, Filipinas. La filial local de ISIS en Filipinas llegó a controlar la ciudad filipina de Marawi durante cinco meses en 2017.

ISIS también está cosechando éxitos en otras regiones del mundo. A mediados de abril reivindicó por primera vez un atentado en la siempre inestable República Democrática del Congo. Su filial en Nigeria –escindida de Boko Haram– fue capaz de asesinar a un centenar de soldados nigerianos en noviembre y a finales de marzo, coincidiendo con la caída de Baguz en Siria, lanzaron un ataque en el vecino Chad que dejó a otra veintena de soldados chadianos muertos, demostrando que el desmoronamiento de ISIS no es real en todas partes. La prueba de que el yihadismo gana cada vez mayor presencia en el Sahel, la da Burkina Faso, un país que no había sufrido ningún gran atentado terrorista hasta 2015. En 2018, los ataques se han quintuplicado comparados con el año anterior, poniendo al país en una grave situación de inseguridad.

Desde Malí a Chad, pasando por Argelia, Burkina Faso o Níger, la zona occidental del Sahel se ha convertido en un ir y venir de grupos y ataques yihadistas, desestabilizando todavía más una región clave.

Desde Malí a Chad, pasando por Argelia, Burkina Faso o Níger, la zona occidental del Sahel se ha convertido en un ir y venir de grupos y ataques yihadistas, desestabilizando todavía más una región clave. El Orden Mundial

En cuanto al vídeo de Bagdadi, su relevancia estriba en primer lugar en que no se le había visto con vida desde el vídeo grabado en la Gran Mezquita de Mosul en 2014, cuando ISIS estaba creciendo rápidamente. Pero el vídeo no es solo una prueba de vida: también constituye un intento desesperado y probablemente efectivo de recordar a sus simpatizantes que el autoproclamado califa no ha abandonado la lucha. La estética es muy parecida a la de otros grandes líderes yihadistas como Bin Laden, Ayman al Zawahiri –actual líder de Al Qaeda– o Abu Musab al Zarqaui –creador del germen de ISIS y abatido por Estados Unidos en 2006–, y no es casualidad: Bagdadi desea presentarse ya no solo como el poderoso y próspero califa, sino como el líder de un grupo insurgente que pretende seguir atentando.

El mensaje del vídeo va en la misma línea. En él, al Bagdadi habla de la derrota de Baguz, pero lo hace remarcando que esa derrota no es definitiva y que todo territorio perdido puede recuperarse, pidiendo explícitamente a sus seguidores que no abandonen las armas y advirtiendo de que ISIS no debe considerarse extinto, a pesar de que ahora ya no controle el territorio que antes dominó y de que sus líderes, incluido Bagdadi, se vean obligados a refugiarse en los desiertos entre Irak y Siria, desde donde seguirán lanzando atentados en ambos países y el resto de la región.

Y aunque ISIS sea el grupo yihadista que más notoriedad haya merecido en los últimos años, de ninguna manera es el único. La estrategia antiterrorista estadounidense también advierte de que "la red global de Al Qaeda se mantiene y continúa suponiendo una amenaza persistente". Bastan tres ejemplos: Somalia sigue sufriendo los ataques constantes de Al Shabab, uno de los últimos logró asesinar a un viceministro somalí. La inestabilidad de Yemen también ha sido terreno abonado para Al Qaeda, que domina amplias zonas del país. Y en Siria, el último reducto del país que no está en manos de Asad o de las fuerzas kurdas está gobernado por Hayat Tahrir al Sham (o HTS), el antes llamado Frente al Nusra, brazo de Al Qaeda en el país. Por si fuera poco, además de ISIS, Al Qaeda y sus filiales, se estima que hay al menos otros 44 grupos yihadistas activos en el mundo.

Por tanto, dado que el yihadismo no ha sido derrotado, el primer error que podría cometerse es cantar victoria. Pero después hay que recordar que la ideología no se derrota solo con las armas: la solución militar es necesaria, pero a la larga no servirá de mucho sin combatir también la ideología y las causas estructurales que han abonado el terreno para la aparición del yihadismo, empezando por la inestabilidad en países como Libia, Irak o Yemen.

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