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The Guardian

La democracia de Trump: gano porque lo digo yo

Donald Trump en un mitin de la campaña en un aeropuerto de Carolina del Norte.

Ed Pilkington

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En la madrugada del miércoles, Donald Trump dio el grandioso discurso de victoria que en 2016 diseñó cuidadosamente y nunca llegó a pronunciar. “Hail to the Chief” sonaba de fondo mientras el presidente subía al escenario, en torno a las 2 de la mañana. Detrás de él, un montón de banderas estadounidenses. Delante, una multitud de descendientes y simpatizantes sin mascarilla que gritaban: ‘¡Te queremos!’.

La inesperada victoria de 2016 sorprendió tanto al propio Trump, que él mismo parecía bastante atónito cuando dio su discurso de victoria. Lo escribieron tan deprisa que se podían incluso leer muchas alabanzas a Hillary Clinton, la mujer a la que se dirigía con “enciérrenla”, en sus mitines.

Tras el tropiezo de hace cuatro años, este miércoles Trump sí dio el discurso a su manera, en la majestuosidad del Salón Este de la Casa Blanca. “Sinceramente, sí hemos ganado esta elección”, dijo, y la sala estalló en un frenesí de aclamaciones.

El espectáculo del miércoles dice mucho sobre el hombre y la nación estadounidense, en este complicado momento donde el país atraviesa el peor momento vivido en sus 244 años historia: un presidente en funciones declarando la victoria sin haber ganado y afirmando que se está cometiendo un fraude contra el pueblo estadounidense en medio de las elecciones presidenciales con mayor participación en 120 años.

Así es la democracia a la Trump.

Mientras el presidente deducía su pequeña victoria imaginaria, los demócratas pasaban por su infierno particular. Si para Trump, la historia de la noche fue fingir haber ganado como le pedía el cuerpo que hiciera; para Joe Biden y sus colegas demócratas, fue seguir de manera obediente las reglas, pese a ser lo que menos deseaban en ese momento.

Sobre ellos también pesaban los fantasmas de 2016. Fue en torno a las 10:30 de la noche del martes cuando comenzaron los nervios, los primeros resultados de Florida produjeron una conocida sensación de escalofrío en el país. 

Allá vamos de nuevo. Abróchense el cinturón, que el viaje es duro.

En el condado de Miami-Dade, sur de Florida y hogar de los cubano-estadounidenses, los números de Biden eran notablemente bajos. Una demostración de que había calado el muro de desinformación construido por la campaña de Trump para desacreditar a Biden asegurando que el candidato demócrata llevaría Estados Unidos a la negra noche del socialismo.

A las 11.30 de la noche el sentimiento de derrota entre los demócratas se empezó a intensificar creyendo que 2020 era una nueva versión de 2016. Los diversos caminos con los que contaba Biden para llegar a la Casa Blanca parecían estar reduciéndose tras los primeros resultados, los cuales daban ventajas a Trump en estados como Georgia o Carolina del Norte, y la derrota en Florida.

Y entonces sucedió lo inevitable: igual que hace cuatro años, todos los ojos se volvieron hacia esa trilogía de esperanza, miedo y turbación que son Pensilvania, Michigan y Wisconsin. El llamado “cortafuegos azul”, por el color del Partido Demócrata, en el que Clinton confiaba y que Trump consiguió derribar.

“Llevamos mucho tiempo diciendo que podía pasar cualquier cosa, que esta es una competición muy reñida, y que podría decidirse en estos tres estados”, dijo Jake Tapper, de la CNN, sin poder esconder una risa nerviosa por el surrealismo de la situación, tan similar al de 2016. 

Entonces, los engranajes comenzaron a girar en el otro sentido. Todo comenzó con un ‘sí’ , ‘sí, Joe Biden todavía tiene abierto el camino hacia la presidencia’, con un ‘sí, eso tan solo fue un espejismo rojo’ (por el color del Partido Republicano).

Teniendo en cuenta el elevado número de votos por correo que hubo durante la pandemia, estaba claro que la noche electoral de Biden iba a empezar con tintes sombríos para luego irse iluminando a medida que se contaban los votos.

El patrón era visible en varios de los disputados estados clave, que podían darle la victoria. Ahí estaba Wisconsin, donde la victoria de Biden estaba casi asegurada el miércoles por la mañana. También Michigan, otro estado del ‘cinturón del óxido’ que en 2016 decidió la victoria de Trump, iba de derecha a izquierda a medida que avanzaba la noche. Georgia, donde al principio Biden parecía haber volcado, había vuelto a ser una posibilidad cuando llegó la mañana.

Así que sí. Al amanecer del miércoles, Biden todavía estaba en la pista y con posibilidades de encontrar la forma de relevar a Trump en la Oficina Oval.

Entonces al saco de Biden fue a parar Arizona, que con su creciente población latina mostraba nuevas perspectivas para un Estados Unidos cambiante y renovado. Hasta en Georgia, que no apoyaba a un candidato demócrata a la presidencia desde que en los cines ponían Wayne’s World, los demócratas tenían razones para alegrarse mirando el alcance de Biden.

Y entonces llegaron los ‘no’. No, no se suponía que fuera a ser así. Esta vez no.

¿Cómo podía estar tan reñida la competición para que Trump también se encontrara con opciones cuando habían pasado ya horas desde la noche electoral? Estamos hablando del presidente que estaba a cargo cuando más de 230.000 americanos murieron por un virus que otros países lograron contener; del hombre cuya Administración ordenó separar a los niños migrantes de sus padres sin preocuparse de su posterior reencuentro (han pasado tres años y casi 600 siguen separados), del hombre que no tuvo problemas en que disparasen gas lacrimógeno contra manifestantes pacíficos para poder hacerse su foto; del hombre que reinterpretó el principio fundador de la nación, “Nosotros el pueblo”, como “Nosotros los blancos”; y del hombre que cree que la crisis climática es un engaño.

No. Esto no estaba planeado.

A medianoche los nervios eran palpables entre las luminarias del Partido Demócrata que acudían a los canales de televisión para proclamar su confianza inquebrantable en Biden. 

James Carville, el principal estratega de Bill Clinton cuando ganó la Casa Blanca en 1992, le puso al mal tiempo buena cara durante una entrevista en MSNBC. “A todos los demócratas que me están oyendo, devuelvan las cuchillas de afeitar y somníferos al armario del baño, nos va a ir bien”, dijo. Luego levantó una botella de champán añejo ante la cámara y añadió: “No me importa dejarla en hielo hasta el viernes, llevo cuatro años esperando esto y puedo esperar cuatro días más”.

Lástima que unos días antes Carville había aparecido en el mismo canal presumiendo de que la elección “no iba a estar reñida” y de que abriría la botella a las 10:30 de la noche.

Es una maravilla lo que unas pocas horas de descanso nocturno pueden hacer para cambiar la perspectiva. A medianoche, la ex senadora demócrata por Missouri Claire McCaskill también mostraba un rostro sereno asegurando que la noche estaba transcurriendo tal y como siempre se había esperado. Volviendo a los tres estados del cortafuegos azul, que una vez eran decisivos, dijo: “Esos tres estados le darán la presidencia a Joe Biden, tal y como estaba previsto”.

Por la mañana, cuando salió por segunda vez en MSNBC, había adoptado un tono más reflexivo. Seguía creyendo que el tiempo estaba del lado de Biden y que la paciencia eventualmente triunfaría. Pero esta vez añadió una valoración más sombría. “Este es un momento de prueba”, dijo. “No podemos volver a asumir que Donald Trump es una aberración por quién es y por la forma en que se comporta. Él conecta con muchos estadounidenses en formas que a muchos de nosotros nos cuesta entender, pero tenemos que lograr entenderlo, porque si queremos seguir siendo una superpotencia tenemos que unir a esta nación”.

“En 2016 Trump llegó y destrozó el viejo orden de una manera bastante definitiva”, dijo Bob Woodward. El veterano periodista del caso Watergate, frente al que Trump admitió haber mentido al pueblo estadounidense sobre la letalidad del coronavirus, tuvo palabras duras para los demócratas. “Si quieren saber lo que pasó en 2020, Biden representa el viejo orden; el Partido Demócrata tiene que encontrar la manera de cambiarse a sí mismo”.

Esta elección no terminará hasta que se finalice. Joe Biden ganó tanto Wisconsin como Michigan y podría ser el próximo presidente de los Estados Unidos. La dolorosa autopsia sobre lo que pasó acaba de empezar.

Traducido por Francisco de Zárate.

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