PERFIL

Francia Márquez, la activista contra las empresas mineras favorita para vicepresidenta de Colombia

Francia Márquez habla tras inscribir su candidatura en la Registraduría Nacional en Bogotá.

Camilo Sánchez

Bogotá —

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El punto de la geografía colombiana donde nació hace 40 años Francia Márquez es un cruce de caminos entre la exuberancia de la naturaleza y el rumor amargo de la violencia. El departamento recibe el nombre de Cauca y se explaya entre el Andén Pacífico y un nudo de cordilleras de los Andes. Un corredor extenso, donde se han librado batallas desde hace décadas entre el ejército y bandas criminales, guerrilleros y paramilitares que buscan hacerse con el control de las rutas de salida para el narcotráfico.

Francia Márquez y la revolución de los nadies

Francia Márquez y la revolución de los nadies

Su vereda natal se llama Yolombó, un municipio en una zona rural por donde fluye el río Ovejas. Territorios que bien podrían encajar dentro de lo que los sociólogos han denominado “fronteras agrarias” y cuya mayor fuente de subsistencia para las comunidades negras ha sido la extracción artesanal de oro. Por eso, la maquinaria pesada de las multinacionales mineras se ha convertido en una amenaza para la vida de las comunidades donde, precisamente, Francia Elena Márquez Mina se formó como lideresa social.

Allí aprendió de sus padres y sus abuelos el oficio de la “minería ancestral”, y desde los 16 años forma parte de cuanto consejo comunitario se haya formado en la zona para denunciar la destrucción ambiental, la contaminación con mercurio y cianuro del río y la violación de los derechos humanos a los que se han visto sometidos sus vecinos. Hace unos años recordaba en una entrevista con este reportero su participación en las acciones contra la desviación del río Ovejas por el desplazamiento de personas y pérdida de biodiversidad.

Entre su historial de luchas también está la victoria ante el hostigamiento de los habitantes nativos en 2010. La Corte Constitucional ordenó la suspensión de ciertos títulos mineros que atentaban contra la “integridad étnica, cultural, social y económica de la comunidad afrodescendiente”.

Una forma de vida que le ha costado amenazas de bandas criminales con nombres como las Águilas Negras o Los Rastrojos. Actores de una nueva generación de escuadrones sanguinarios que, entre otras fuentes de financiación, se suelen aliar con delincuentes a sueldo en busca de la explotación ilegal de madera u oro. 

Su entrada en la política

A los 16 años, sola y con dos hijos, tuvo que abandonar su lugar de origen. Estudió Derecho en la Universidad Santiago de Cali y en 2015 recibió el premio nacional como defensora del año de los Derechos Humanos. También siguió oponiéndose a gigantes energéticas como la canadiense AngloGold Ashanti o a la española Unión Fenosa, dos multinacionales interesadas en explotar los recursos hídricos de una región colonizada por poblaciones negras e indígenas desde 1636.

Para los que han seguido su carrera de cerca no resultó del todo sorprendente que se alzara con el Premio Goldman 2018, quizás el reconocimiento más prestigioso del mundo para aquellos activistas que se dedican a dar la batalla por el medio ambiente. Vinieron luego las portadas en los periódicos, la visibilidad en círculos activistas y finalmente su deseo manifiesto de lanzarse a la política.

Márquez solía ser una activista hermética y de frases cortas, pero ahora se ha despachado con fluidez en las tarimas frente a multitudinarios mítines de esta campaña. También sorprendieron los 800.000 votos que obtuvo en las primarias de la coalición progresista Pacto Histórico. Una votación que la ha proyectado como la gran sorpresa de las elecciones de marzo y que llevó al ganador de aquella consulta, el líder en intención de voto, Gustavo Petro, a respetar el acuerdo según el cual el segundo en la contienda debía acompañar al ganador como candidato a la vicepresidencia. 

Ataques racistas y machistas

El entusiasmo y acogida de Márquez ha atraído a su vez a colectivos étnicos y feministas que tenían serias diferencias con Petro. Puntos a favor para la primera candidatura de izquierdas con opciones de llegar al poder en la historia. Sin embargo, y en medio del entusiasmo, por el camino también se ha topado con un país que, a pesar de su diversidad y a la multiculturalidad que reconoce su Constitución, sigue funcionando con rasgos racistas y machistas. 

Memes que trazaban similitudes con King Kong o declaraciones como la de una locutora radiofónica que llegó a menospreciar su vestuario –“Cualquier mujer se vería muy maja, muy mona y muy estrato de seis al lado de Francia”, dijo– se hallan entre las ofensas contra la ambientalista de 40 años. Sus respuestas han llamado siempre a la reconciliación y hacen referencia constante a la sanación. 

Sus críticos apuntan contra su falta de experiencia en el terreno político o su poco conocimiento de temas económicos. Un hecho que quedó latente hace unos días cuando dijo, en medio de un discurso a favor de recuperar la seguridad alimentaria, que “ahora los huevos vienen de Alemania y a un costo bien elevado”. El tema se convirtió en tendencia y en un nuevo foco de burlas que la candidata trató de atenuar con una publicación en Twitter donde se leía: “#TienenHuevo quienes con sus políticas han llevado a que Colombia pierda su soberanía alimentaria. Ministros de Agricultura neoliberales que gestionan la importación de más del 30% de los alimentos que consumimos (…)”.

Gobierno “desde la periferia”

Hija de una partera y de un padre ausente durante su infancia, la irrupción de Márquez representa la visibilización de sectores de la sociedad colombiana tradicionalmente silenciados. Por eso ha repetido en tono reivindicativo que lo que a las élites colombianas les incomoda “es que una mujer que estuvo trabajando en una casa de familia hoy los vaya a gobernar”.

Una de las fotos más icónicas del cierre de campaña del pasado domingo, cuando por ley los candidatos tienen que detener sus giras, es la de Francia Márquez atrincherada detrás de unos escudos antibala que la protegían ante la amenaza silenciosa de un rayo láser verde, típico de los estadios de fútbol, que la perseguía desde un edificio en el centro de Bogotá. Ya casi sin voz, lo único que se escuchaba tras la formación de escudos al estilo de la legión romana era: “Ocho días para un Gobierno que se construye desde la periferia”. 

Y remató: “¡No pasarán!”

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