ENTREVISTA

François Dubet, sociólogo: “La división de clases ha sido sustituida por ganadores y perdedores de la globalización”

François Dubet, sociólogo francés, en una imagen de archivo

Ayelén Oliva


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“Cuando el cambio está fuera de control, solo queda soñar con la grandeza del pasado”, dice François Dubet, sociólogo francés de 76 años y exdirector de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, sobre el modo de pensar que ha llevado a un grupo de electores a optar por Trump, Le Pen o Bolsonaro. Para el autor de La época de las pasiones tristes y Por qué preferimos la desigualdad, el populismo de extrema derecha responde al éxito del imaginario de una sociedad que ha desaparecido y que muchos miran con nostalgia. El éxito de una sociedad industrial que es percibida por estos sectores como “ordenada y protectora”.

¿La identidad de clase, surgida en el apogeo de la sociedad industrial, ha dejado de ser el modo en que se organiza la representación política?

La paradoja actual es que al tiempo que crecen las desigualdades, se borran las clases sociales. Este mecanismo se debe a la transformación en el trabajo, el retroceso de los “reductos obreros” y la expansión del consumo de masas. El capitalismo debilita las clases y multiplica las desigualdades. Mientras que antes todas las desigualdades convergían en el seno de las clases sociales, hoy las desigualdades se multiplican y los individuos se sienten desiguales en función de una multiplicidad de factores y dimensiones. Mientras antes la vida política en las sociedades industriales estaba dominada por el voto de clase y la oposición a la izquierda o derecha, es evidente que el electorado popular oscila ahora entre el populismo de derechas y la abstención.

Por otra parte, los partidos centristas, los socialdemócratas y ecologistas, cuentan con el apoyo de los votantes más educados, de los centros urbanos. Es como si la división de clases hubiera sido sustituida por la oposición entre ganadores y perdedores de la globalización.  

Usted dice que la desigualdad basada en la clase social era injusta, pero también estable y previsible ¿Cómo es percibida ahora la desigualdad?

Esencialmente, en la sociedad de clases, las desigualdades se reproducen en forma de destino: los hijos de obreros y burgueses se convierten en obreros y burgueses. Es un destino injusto, pero del que los individuos no son responsables. Hoy en día, la producción de desigualdades se ha transferido a los individuos en nombre de la igualdad de oportunidades. En la escuela en particular, todo el mundo tiene el derecho y el deber de ascender en la sociedad, hay más mujeres empleadas y la igualdad meritocrática de oportunidades se ha convertido en nuestro principio dominante de justicia.

En la sociedad de clases, la justicia social consistía en reducir las desigualdades en las condiciones de vida en favor de los explotados. Hoy en día, la justicia social consiste sobre todo en luchar contra la discriminación, porque en una sociedad justa todo el mundo debería ocupar una posición social en función únicamente de sus méritos. En este sentido, el ideal de justicia es el de una competición deportiva perfectamente justa.  

¿Por qué el otro pobre o el otro trabajador se convierten en enemigo?

Cuando las desigualdades son múltiples y singulares, cuando todos participan en una competición meritocrática, los vencedores de esta competición piensan que no deben nada a los vencidos. Estos acusan a los que tienen aún menos méritos que ellos para salvaguardar su dignidad y su “honor”. En este caso, el enemigo es el que está por encima de ellos, pero también el que está por debajo: los pobres, los parados, los extranjeros. Esto explica, en gran medida, el giro del voto popular hacia el populismo y el nacionalismo de derechas. Para los “blanquitos”, el enemigo no son tanto los capitalistas, sino los discriminados que obtienen derechos: inmigrantes, mujeres, minorías sexuales.

La producción de desigualdades se ha transferido a los individuos en nombre de la igualdad de oportunidades

¿Cómo se traducen las emociones negativas –o las pasiones tristes– en programas políticos?

Creo que las pasiones tristes crean un estilo, pero no un programa político. El estilo es bien conocido: odio del “pueblo” contra todo lo que “no es el pueblo”, es decir, los extranjeros, las élites, los ricos, los medios de comunicación “oficiales”. Estos “enemigos del pueblo” forman parte de un complot en lugar de verdaderos adversarios sociales porque siempre están ocultos. Las pasiones tristes también las encarna un líder, de derechas o de izquierdas, que encarna la “ira del pueblo”.

Pero el estilo populista de las pasiones tristes no conduce necesariamente a un programa político, porque el propio pueblo está dividido y ninguna política puede satisfacer tantas exigencias, a menudo contradictorias. Por otra parte, el mundo no desaparece y, una vez en el poder, hay populismos de izquierda y de derecha, socialistas y procapitalistas, más o menos racistas. Polonia, Italia, Hungría, los EEUU de Trump, la Inglaterra pos-Brexit, el Brasil de Bolsonaro, la Venezuela de Maduro, todos ellos tienen estilos comunes, pero no políticas comunes.   

¿La indignación es un rasgo de esta época?

Me parece que la indignación proviene de que sentirse despreciado es la emoción política elemental de esta época. Cuanto más singulares somos, cuanto más invisibles nos sentimos, cuanto más discriminados y estigmatizados, más nos sentimos despreciados. En cierto modo, todos somos despreciados y podemos despreciar a todo el mundo. Esta emoción se entiende en la medida en que los individuos no se sienten representados por las iglesias, los partidos ni los sindicatos.

Pero la indignación también procede de una revolución en los repertorios de la acción colectiva. En la sociedad de clases, el paso a la palabra pública estaba mediado por partidos, asociaciones, periódicos, sindicatos, activistas. Estas mediaciones “enfriaban” la ira. Hoy en día, las tecnologías de la información y la comunicación e Internet permiten acceder al discurso público sin mediación y sin filtros. La combinación de un progreso democrático con una explosión de indignación puede crear movilizaciones cómo hemos visto con el Tea Party en Estados Unidos, los pentecostales en Brasil y los Chalecos Amarillos en Francia. 

¿Cómo analiza el crecimiento de la extrema derecha en Francia?

El populismo de extrema derecha aumenta en todas partes, incluso en los países que parecen más inmunes a él, como los escandinavos. Estos partidos, como el Rassemblement National en Francia, no tienen un verdadero programa, pero cargan con la ira del pueblo poniéndole nombre a los enemigos, sin preocuparse por la coherencia. Este éxito se basa en gran medida en el imaginario de una sociedad que ha desaparecido y de la que muchos sienten nostalgia. Una sociedad industrial soberana, una sociedad nacional homogénea, una sociedad en la que reinan la familia, la escuela tradicional, una sociedad percibida como ordenada y protectora. Obviamente, esta apelación al pasado es una poderosa nostalgia, una sociedad idealizada que nunca volverá. Cuando el cambio está fuera de control, sólo queda soñar con la grandeza del pasado. 

¿Cree que los partidos laboristas se ven obligados a redefinir su sujeto político?

Es evidente que todos los partidos de izquierda se encuentran en una profunda crisis y luchan por representar desigualdades múltiples y contradictorias, se ven obligados a combinar sus ideales de justicia con las limitaciones económicas y, en muchos casos, defienden sobre todo los valores democráticos frente a las tendencias autoritarias. Aunque celebro las victorias electorales en contra de Trump y Bolsonaro, no estoy seguro de que los partidos laboristas recuperen rápidamente una base popular y clasista.

La paradoja actual es que al tiempo que crecen las desigualdades, se borran las clases sociales. Este mecanismo se debe a la transformación en el trabajo, el retroceso de los "reductos obreros" y la expansión del consumo de masas

Si a esto añadimos que las cuestiones ecológicas impondrán sacrificios, creo que la recomposición de los partidos de izquierda y de los sindicatos llevará mucho tiempo: hemos cambiado de época histórica. 

El trabajador está más precarizado, más autónomo, menos organizado que hace unas décadas atrás ¿Cómo impactan los cambios en el mundo del trabajo en la representación política?

En Francia, el trabajo es el gran olvidado de las luchas sociales, solo nos preocupamos por el empleo y el paro. El conflicto francés sobre la reforma de las pensiones demuestra que no discutimos sobre las condiciones en las que trabajamos, sobre el cansancio, la administración y la precariedad. Además, los trabajadores se sienten abandonados porque sienten que las condiciones de trabajo se han deteriorado, que la autonomía en el trabajo es una artimaña de dominación, mientras que los individuos siguen queriendo un trabajo que los satisfaga. Así que creo que tenemos que volver al trabajo en el sentido de que una vida de éxito es también una vida laboral feliz. Desde este punto de vista, no debemos abandonar los ideales de la antigua sociedad de clases en la que los trabajadores oponían la dignidad del trabajo a la explotación capitalista.

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