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Opinión - El Tribunal Constitucional y los ERE. Por Javier Pérez Royo

Nuestro futuro está en el mundo

Cais do Sodre (Lisboa)

António Sampaio Da Nóvoa

Excandidato a la presidencia de la República Portuguesa —

La historia puede comenzar antes o después. Para hablar de Portugal, hoy, una buena posibilidad es retroceder 50 años y trazar los caminos de la generación que nació para la libertad en las luchas estudiantiles de los años 60, y que está en el origen de tres grandes transformaciones de nuestro país.

Primero, una revolución en las costumbres, con un profundo cambio en el lugar que ocupa la mujer y en las relaciones sociales, también con la emergencia de nuevas formas de familia y la diversidad sexual y de género.

Segundo, una apertura al mundo, con el fin del aislacionismo salazarista y del colonialismo, la adhesión a la Unión Europea y al multilateralismo, la afirmación de una voluntad cosmopolita.

Tercero, la construcción de una democracia con derechos, desde la participación política hasta los derechos sociales. Como se cantaba en las calles en los tiempos de la revolución de Abril: “Solo hay libertad en serio cuando haya/La paz, el pan, vivienda, salud, educación”.

Estas tres transformaciones son la marca de una generación que, a partir de diferentes posiciones e ideologías, ha sabido mantener un rumbo para el país. Portugal es, hoy, infinitamente mejor de lo que era en 1969.

Dos líneas atraviesan estos 50 años: un esfuerzo continuado en las áreas de la educación y de la ciencia. En 1969, la escuela pública era mediocre, una de las peores de Europa. Hoy, nos enorgullecemos de la escuela que hemos sido capaces de construir gracias a un trabajo colectivo de todos. En 1969, las universidades eran incipientes y prácticamente no había ciencia. Hoy, nuestros jóvenes tienen buenas calificaciones académicas y nuestros científicos están en muchos lugares del mundo, y también en excelentes instituciones en Portugal.

Un país de grandes desigualdades

La educación y la ciencia son las dos grandes fronteras de la libertad. Pero Portugal ha conocido, también, avances constantes en salud (una de las menores tasas de mortalidad infantil del mundo), en medio ambiente, en el mar (con la ampliación de la plataforma continental: el 97% de Portugal será mar y solo un 3% tierra), en las ciudades, en seguridad y hasta en solidaridad, sobre todo intergeneracional. Pero han sido difíciles temas como la economía, el empleo (la precariedad es el gran riesgo para los jóvenes) y la justicia. Y Portugal continúa siendo un país con grandes desigualdades. Este es el mayor problema de nuestro presente.

La crisis financiera de 2011-2014 fue dramática, también para nuestra relación con Europa. Pero la capacidad de respuesta mostrada a partir de 2015 hizo que el país se hiciese más cohesionado, evitó los extremismos y volvió a proyectarnos en el mundo. Debemos evitar euforias y, más aún, una visión épica, como si tuviésemos una misión redentora en el mundo. Estas ilusiones siempre han terminado mal en nuestra historia. Pero eso no nos debe impedir reconocer la contribución que podemos, y debemos, hacer en el plano mundial, y en el multilateralismo, debido a las características propias de nuestra lengua y de nuestra cultura. “Para nacer, poca tierra; para morir, toda la tierra”. Así se refirió el Padre António Vieira a los portugueses en el siglo XVII. Y tenía razón. 

El retroceso

Me gustaría ver a Portugal todavía más implicado, en el plano internacional, en la agenda de la paz y de los derechos. Tenemos condiciones para hacer una importante aportación al mundo, como se demuestra en la actividad del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, y del director general de la Organización Internacional de las Migraciones, António Vitorino, pero también de los directores generales de la FAO y de la Organización Mundial del Comercio, todos de lengua portuguesa.

Los tres movimientos que han marcado a la generación de 1969 están hoy en retroceso y definen las luchas que nos esperan. Es cierto que estas tendencias están más presentes en otros países que en Portugal. Pero sería ceguera ignorar su impacto en todo el mundo. 

En vez de la revolución de las costumbres, asistimos ahora a un retroceso en los temas de la diversidad, con el crecimiento de la industria de las creencias, fábricas de fundamentalismos contra la razón y la ciencia (la negación del cambio climático, el rechazo a las vacunas…). Necesitamos, más que nunca, una ciencia abierta, que fomente el acceso libre al conocimiento, la cultura científica y una mayor relación entre los ciudadanos y la ciencia. 

En vez de apertura al mundo, asistimos ahora al regreso de los nacionalismos, a las identidades excesivas, a veces incluso obsesivas, a la construcción de muros, a la valorización de “comunidades” donde nadie puede entrar y de las que nadie puede salir. Los problemas del mundo son globales, desde el cambio climático a las migraciones o los desafíos digitales. No los resolveremos con respuestas locales o nacionales. Necesitamos, más que nunca, un multilateralismo activo y diligente, centrado en los 17 objetivos de desarrollo sostenible.

Reforzar la participación democrática

En vez de democracia con derechos asistimos ahora a un retroceso de los derechos humanos en muchas regiones del mundo, con una inaceptable concentración de la riqueza, más desigualdades y la precarización del trabajo. Necesitamos, más que nunca, reforzar la participación democrática, la presencia en los lugares de decisión, de las ciudades a las instancias internacionales. Para ello, debemos valorar lo común, no en el sentido identitario o comunitario (aquello que somos), sino desde la perspectiva de una conversación y de una acción en común (aquello que hacemos unos con los otros). 

En estos tres desafíos están la educación y la ciencia. Debemos educar, siempre, para la mayor comunidad posible; es decir, para la Humanidad. Debemos siempre pensar en la ciencia como el mejor lenguaje, quizás incluso el único que nos queda, para construir la paz con los otros y con la tierra.

El día en que consigamos escribir la Declaración Universal de los Deberes Humanos, respondiendo a la invitación de José Saramago en 1998, tendremos que comenzar por la educación y la ciencia. Porque en la educación se definen las desigualdades individuales y en la ciencia las desigualdades entre países y regiones.

Navigare necesse est. Con esta vieja máxima latina, Navegar es necesario, Stefan Zweig abre su libro sobre Fernando de Magallanes: “Solo enriquece la humanidad, de manera duradera, aquel que amplía los conocimientos y refuerza la conciencia creadora”.

Vale la pena recordar el primer viaje de circunnavegación, que comenzó precisamente hace 500 años. En esa época, Portugal tuvo un papel importante en el primer proceso de globalización. Ahora, todo es muy diferente. Y, sin embargo, el mundo nos está llamando para nuevas responsabilidades: por nuestro lugar en el mundo, entre el norte y el sur, entre Europa, América y África; por nuestra lengua, la más hablada del hemisferio sur; incluso por nuestra dimensión, que nos sitúa en un lugar de mediación más que de poder.

No me interesa la equidistancia, sino el compromiso con los derechos humanos. Para ello necesitamos independencia y libertad. Y no lo conseguiremos en un mundo profundamente desigual, con la riqueza en manos de unos pocos y el poder de los datos (el famoso big data) en manos de aún menos. Quiero pensar en Portugal como un país que puede fomentar, en el mundo, los designios de la generación de 1969.

No podemos prever el futuro, pero podemos prepararnos para un futuro que todavía no conocemos. Preparar es educar, conocer, crear, es cultivar el gusto por la libertad, permitir que cada ser humano recorra su camino. Sin partida no hay viaje. Ahora es el turno de la generación de 2019, nacida en los primeros años del milenio. Les toca a ellos continuar. Nuestro futuro está en el mundo. Una vez más.

Traducción: Eduardo López-Jamar

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