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ANÁLISIS

Qué se juega la Unión Europea en Ucrania

Ursula von der Leyen y Volodímir Zelenski en Kiev el 8 de abril.

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Ninguno de los Veintisiete ha desplegado unidades en Ucrania para luchar directamente contra las tropas rusas que han invadido ese país. Sin embargo, es obvio que en todos los demás frentes (político, económico, diplomático o cibernético) estamos en guerra con Rusia. Y lo mismo cabe decir desde Moscú, dado que todos los miembros de la Unión Europea figuran en su lista de países hostiles, sea por aplicar sanciones contra Rusia o por suministrar armas a Kiev. Eso significa, atendiendo a las amenazas lanzadas por el propio Vladímir Putin, que pueden ser objeto de respuestas insoportables si no cejan en su empeño.

De esa inquietante imagen se deduce que la UE se juega mucho en un conflicto para el que no se adivina final a corto plazo. Por un lado, está en peligro su recuperación económica, cuando los Veintisiete todavía no se habían recuperado del impacto acumulado de una crisis económica (2008) y una pandemia (2020) que ya han provocado un claro deterioro en los niveles de bienestar de su población y un malestar social que está dando alas a opciones populistas de todo signo. Sin ser la guerra la única causa de ello, su efecto contaminante ya está provocando una reformulación de las prioridades presupuestarias, en la medida en la que la inflación golpea muy directamente tanto a las variables macro como microeconómicas, y, adicionalmente, alimenta una espiral armamentística que a buen seguro va a detraer recursos para la defensa en lugar de cubrir necesidades sociales básicas.

Por otro, queda por ver si la inicialmente positiva respuesta a las necesidades de los ya más de siete millones de personas que han huido de la violencia en Ucrania se sostiene en el tiempo, más allá de la asistencia y protección de emergencia que hasta ahora se les está prestando. Todavía está fresca en la memoria la penosa imagen de una UE insensible a las necesidades de personas desesperadas de otras procedencias e insolidaria internamente a la hora de repartirse la carga que supone esa creciente afluencia de refugiados.

Igualmente, la estructura energética de la Unión va a depender en buena medida de lo que ocurra en Ucrania. Cuando ya la transición ecológica suponía un reto formidable, ahora se plantea la necesidad de eliminar la dependencia energética de Rusia. Y las prisas por lograrlo pueden llevar a corto plazo a caer en el error de recurrir al carbón (Alemania) o incrementar la dependencia de Estados Unidos (España), dejando dicha transición para más adelante, como si la dependencia actual no fuera el resultado de malas decisiones pasadas (sirva Nord Stream 2 como ejemplo) o como si la respuesta a la amenaza del cambio climático pudiera esperar más tiempo. Con el cierre de las exportaciones de gas a Polonia y Bulgaria, por no pagar en rublos, queda claro tanto que Rusia no es un suministrador fiable como que muchos de los países de la Unión no tienen alternativas a corto plazo para salirse de una dependencia que ellos mismos provocaron.

Moscú alimenta la división

Adicionalmente, en términos políticos, también está en cuestión el grado de unidad que los Veintisiete pueden mantener ante el intento de Moscú de fragmentarlos hasta el punto de bloquear el proyecto de una unión política tan necesaria. Con gobiernos como el húngaro, en abierto desafío a Bruselas, y con grupos políticos de ultraderecha que pretenden cargarse la UE desde dentro, Moscú lleva tiempo alimentando la disensión intracomunitaria y la guerra en Ucrania puede ser el instrumento ideal para provocar la ruptura interna entre los que parecen apostar por el apaciguamiento de Moscú y los que demandan la confrontación directa.

De la misma manera, queda por ver cómo será la relación de la UE con Rusia, teniendo en cuenta que la seguridad europea necesariamente tiene que contar con Moscú por un simple imperativo geopolítico. Lo que se dirime en Ucrania es mucho más que la suerte de un país y su gente. Si Kiev resiste el envite ruso, pagando un altísimo precio y quedando probablemente fragmentado, habrá prestado un inmenso servicio a la UE, disuadiendo a Rusia de seguir adelante con sus delirios imperialistas en el resto del continente. Pero si no lo logra, además de desaparecer como Estado, hará creer a Putin que otras casillas del tablero europeo pueden caer igualmente en sus manos.

Eso plantea un enorme dilema, del que no hay salida buena: si se atienden las peticiones armamentísticas de Zelenski hay más posibilidades de lo primero, pero a costa de alargar la guerra y, por tanto, la desdicha humana; si se desatienden, Ucrania desaparece y Putin proseguirá adelante con su plan bélico en otros territorios. En definitiva, llegados a este punto, apenas hay posibilidad alguna de que Ucrania pueda salir bien de esta situación. Y, por lo que respecta a Putin, si saca algo en limpio de su violación del derecho internacional, malo; pero si no lo saca -con bazas aún por emplear, incluyendo armas de destrucción masiva-, peor.

*Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

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