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The Guardian en español

La vida dentro de una remota pensión que lleva más de 40 años cobijando a los familiares de mujeres presas en EEUU

Alderson Hospitality House en invierno.

Mesha Maren

West Virginia, Estados Unidos —

A las cinco de la tarde del sábado, la zona de aparcamiento situada detrás del Alderson Hospitality House, en el estado de Virginia Occidental, se empieza a llenar rápidamente. Desde el interior de mi vehículo observo como una niña pequeña con una chaqueta rosa sale de una furgoneta con matrícula de Nueva Jersey.

“Pero, ¿por qué mamá no puede venir y quedarse con nosotros una sola noche?”, pregunta. Una voz adulta balbucea una respuesta incoherente desde el interior de la camioneta.

Un niño salta de la furgoneta y se da la vuelta para observar el edificio. “Esto no parece un hotel”, grita. “¿Qué se supone que es esto? ¿La casa de la abuela de un chico blanco?”.

El bed and breakfast de estilo victoriano tiene tres plantas y, efectivamente, sí recuerda un poco al hogar de una abuelita. Aunque el paso del tiempo es evidente, los años la han tratado bien. Desde 1976, la casa ofrece una estadía asequible para los familiares de las presas de la cárcel federal de Alderson; una prisión hecha famosa por la presentadora de televisión Martha Stewart, que aquí cumplió una condena de cinco meses [por obstrucción a la justicia].

Donde no importan las diferencias

Dentro del establecimiento, Brian DeRouen está ocupado con la estufa de leña. Él y su esposa, Kathleen, se mudaron a la zona en 2007 para unirse a una comunidad intencional católica, pero cuando supieron de la existencia de Alderson Hospitality House, les interesó el proyecto y decidieron hacerse cargo de su gestión. De hecho, Brian también cumplió condena en Fort Benning, Georgia, en 2005, por un acto de desobediencia civil, por lo que la pareja apoya a ultranza todos los esfuerzos encaminados a reformar la justicia penal.

En los últimos quince años he sido voluntaria de forma intermitente y, desde hace poco, me paso por aquí la mayoría de los fines de semana para ayudar a preparar las comidas. Octavia, una mujer de pelo corto y canoso y que luce una sudadera de los Parques Nacionales de Estados Unidos, ordena los cubiertos.

“Hola”, dice mientras me acerco. “Me alegro de verte”. “¿Qué tal estás?” le pregunto. Ella sacude la cabeza. “Un poco triste”, explica. “Esta es la última vez que visito a mi Ángela hasta primavera. Con la nieve en las montañas, no puedo arriesgarme a quedarme atrapada aquí”.

Octavia hace un viaje en tren de doce horas para ver a su nuera Ángela. La visita siempre que consigue ahorrar el dinero del billete de tren. En estos momentos el hijo de Ángela no puede desplazarse para ver a su esposa, pero Octavia no parece querer explicar los pormenores de esta situación. En este establecimiento nadie presiona a nadie para que cuente algo que tal vez no le apetezca compartir. Parten de un entendimiento tácito: nadie esperaba verse en esta tesitura, pero aquí están.

Ciertamente, Octavia no se imaginaba este giro tras su jubilación. Tenía pensado comprar una autocaravana y viajar por el Gran Cañón y las Montañas Rocosas. En vez de eso, su dinero va a parar a la cuenta que su nuera tiene en la cárcel [los prisioneros pagan de su bolsillo determinados bienes básicos, teléfono y otros servicios, y tienen una cuenta con este fin]. Cada cuanto, Octavia hace el peregrinaje hasta esta localidad de Virginia Occidental de la que nunca había oído a hablar antes.

La puerta de la entrada se abre y una mujer con un pelo rubio brillante y vaqueros deslumbrantes se une al grupo. Es Barbara, una mujer que vive en el litoral de Virginia. Sonríe con facilidad pero sus ojos azules esconden un profundo dolor. Se desplaza hasta Alderson para ver a su hija, Brandy, siempre que consigue librar un fin de semana en su trabajo como enfermera y si el dolor de espalda le da una tregua que le permita conducir.

“Me he estado haciendo acupuntura y ha sido de gran ayuda”, explica: “Pero este tipo de tratamientos son caros y como pongo dinero en la cuenta de Brandy en la cárcel…a veces tengo que elegir entre una sesión de acupuntura y poner gasolina para llegar hasta aquí. ¿Sabías que no les dan ni champú ni crema para el cabello? Solo les dan una mierda de detergente en polvo, disculpa mi lenguaje. Si quieres champú, te lo tienes que comprar”.

Octavia asiente con la cabeza. “Fácilmente te puedes gastar unos 250 dólares al mes, solo en ayudarles para cubrir sus necesidades más básicas”.

“Sabía que tenía que venir este fin de semana”, indica Barbara. “Han pasado tres meses desde que vi a mi niña”. En un gesto inconsciente, se toca las esquinas de los ojos con la mano cuando habla de cuestiones que le afectan. “Me ha alegrado tanto poder alojarme en la Casa en esta ocasión”, cuenta Barabra. “Las primeras veces que vine hasta aquí para ver a Brandy me tuve que alojar en el motel River Rest y lo que hacía era encerrarme en la habitación y llorar toda la noche”.

“Además, si te alojas aquí, sabes que todo el mundo entiende tu situación”, afirma Octavia. “¡Somos una gran familia!”, exclama una voz. Giramos la cabeza y vemos a Chris, que entra en la estancia con un pastel decorado con glaseado rosa.

“Saben”, indica Kathleen, inclinando la cabeza hacia mí mientras lleva una olla humeante de espaguetis al fregadero: “Para Mesha, esto es su hogar. Ella no existiría sin este sitio”.

“¿Por qué?”, le pregunto.

“Porqué sus padres se conocieron aquí”, responde.

Y así es. Yo no existiría si en 1979 Sara Jane Moore no hubiera logrado escapar de la cárcel. Moore cumplía una pena de cadena perpetua por haber intentado asesinar al presidente Gerald Ford y el 5 de febrerologró saltar la valla del centro penitenciario y llegó hasta el Hospitality House. Le dijo a uno de los voluntarios del establecimiento que su coche había sufrido una avería en la nieve y que necesitaba desesperadamente que alguien la llevara hasta la estación de autobuses de la localidad vecina.

Después de dejar a Moore en la estación, David Shelton Ross se percató de quién era. Llamó a la policía inmediatamente, pero eso no fue suficiente para que los agentes dejaran de pensar que los trabajadores del establecimiento habían sido cómplices en la fuga. El verano siguiente, cuando Moore fue juzgada por su fuga, todos los trabajadores de la pensión tuvieron que personarse en el juicio. No quedaba nadie que pudiera gestionar el establecimiento. Los fundadores, Dick Dieter y Maggie Louden, hicieron correr la voz entre varias organizaciones que trabajan en favor de la justicia social y un hombre llamado Sam Maren respondió al llamamiento.

Mi padre tenía 23 años cuando aceptó el trabajo. Había estado viajando durante un tiempo; primero en Washington, protestando por el cierre de un refugio para personas sin hogar y más tarde en Florida, recogiendo naranjas, así que pensó que era una buena idea hacer una pausa y ayudar. Cuando no estaba ocupado cocinando para los huéspedes, tocaba el saxofón en el balcón y por casualidad llamó la atención de una mujer que vivía en un apartamento al otro lado de la calle. Nací cinco años después.

De vuelta en la cocina, Kathleen toca la campana que anuncia la cena y los comensales hacen una fila alrededor de la estancia.

“A veces esto me recuerda a nuestras chicas, haciendo cola para comer”, murmura un hombre: “Excepto que esta comida es muy buena.”

Pienso en cómo esa frase — “nuestras chicas”

Precisamente, al reflexionar sobre esta cuestión, Brian DeRouen señala: “En la vida normal, no solemos sentarnos y hablar con gente con la que no estamos de acuerdo, pero en este establecimiento, sí. No sólo se relacionan sino que comparten las comidas. En otra situación, la mitad de ellos estarían en Arby's [una cadena de comida basura] y la otra mitad en algún restaurante elegante, pero aquí se mezclan. El hecho de tener a un ser querido en la cárcel los sitúa en una relación de igual a igual. No importa cuán grandes sean las diferencias, porque lo que tienen en común es mucho más importante”.

DeRouen recuerda el día en que el exrepresentante demócrata John Conyers estaba visitando a su esposa, Mónica, en la cárcel,cumpliendo una pena por haber conspirado para sobornar. Tras la cena, un grupo de invitados estaba sentado en la sala de estar viendo las noticias. En un momento dado, se emitió un reportaje sobre la Convención Nacional Demócrata y la mayoría de los invitados en la sala de estar empezaron a criticar al Partido Demócrata con un lenguaje muy vulgar. De repente, el mismo Conyers apareció en la pantalla. Todos se quedaron atónitos y cuando finalmente se percataron de lo que estaba pasando, miraron a Conyers, que estaba sentado en un extremo del sofá.

Había dicho que era de Detroit, pero no había más detalles de lo que hacía en esa ciudad. Los otros invitados se apresuraron a disculparse por sus palabras, pero él se rió y agitó la cabeza. “No se puede llegar muy lejos como político si no se tiene la piel gruesa”, dijo. El resultado fue una conversación política animada, pero muy respetuosa, que duró hasta las dos de la madrugada.

DeRouen señala que las tendencias políticas de las personas no cambian necesariamente después de una experiencia así. Sin embargo, hace evidente para todos que las supuestas grandes diferencias entre personas son, en realidad, una nimiedad en comparación con la profundidad de las experiencias en común como seres humanos.

Justicia: la calidad de ser justo y razonable

“... Esa tonta en la Casa Blanca”, dice alguien detrás de mí. “Lo siento, no quiero ofender a nadie, pero...”

“Sabes, realmente desearía no haber votado por él”, dice Barbara. “Parecía lo correcto en ese momento, pero cuanto más habla y tuitea, más convencida estoy de que no nos está contando la verdad”.

En la fila se oyen algunos quejidos, un silencio un poco incómodo.

“Eh, escuchadme”, dice Chris desde el final del mostrador: “Hay pastel para todos. ¡Es el cumpleaños de mi esposa! Esta noche, sus compañeras en la cárcel le están preparando un postre especial, algo así como una tarta de queso que saben hacer con Sprite y cremas no lácteas y gelatina de fresa. Como no puedo llevarle un pastel a la sala de visitas, le dije que lo celebraríamos aquí”.

“Bueno, ¡feliz cumpleaños! ¿Ya tenemos fecha?”, pregunta Kathleen. Por “fecha” se refiere a la fecha en la que la esposa de Chris saldrá de la cárcel, y con el “nosotros” se las arregla para incluirnos a todos.

“¡Sí!”, exclama Chris: “El 23 de febrero”.

Los gritos de júbilo se escuchan por toda la habitación.

El rostro de Chris se ilumina, pero tan solo unos instantes más tardes se le forman unas arrugas en el entrecejo porque está preocupado.

“Es una buena noticia que salga de la cárcel”, dice sin dirigirse a nadie en particular. “El centro penitenciario ha cambiado mucho y ahora están llegando todo tipo de personas que han cometido delitos relacionados con la droga. Antes solían ser delitos de guante blanco, pero la situación ha cambiado y ahora hay mujeres del MS-13”.

“¿Qué es MS-13?” pregunta Kathleen.

“Una banda, como la mafia mexicana”, dice Chris. (No le digo que la banda se originó en Los Ángeles).

“Y no tienen ninguna valla, así que las chicas de la banda consiguen meter todo lo que quieren. Ahora las desnudan y las cachean con frecuencia porque no paran de encontrar todo tipo de cosas. Esto es lo que me horroriza de la situación de mi Nancy; se mete en algún tipo de lío burocrático y lo siguiente que sabes es que le han pedido que se desnude y la cachean para comprobar que no lleva drogas. Las prisioneras como Nancy deberían estar en otra cárcel y deberían tener otra palabra para describirlas; que quede constancia de que has vulnerado la ley, pero que tampoco has traficado con drogas”, mantiene.

Tras las palabras de Chris se hace un silencio incómodo en la fila. Cuando él coge su plato y se sienta en una mesa, Barbara se gira hacia mí. “Lo que ha dicho es una chorrada”, murmura. “Disculpa, perdona que te diga, pero si tienes que sentir lástima por alguien es por las prisioneras que están detenidas por delitos de drogas, como mi Brandy. Es una de las únicas que está en la cárcel por temas de drogas y todos la miran de forma rara”.

Octavia, Barbara y yo llenamos nuestros platos y nos sentamos en la misma mesa, pero Barbara mira fijamente la comida. “Se comportan como si hubiera matado al chico”, lamenta. “Mi Brandy”.

Barbara sacude la cabeza, “Ni siquiera entiendo cómo pasó. Quiero decir, estaba en la escuela técnica y sacaba buenas notas y también trabajaba como modelo, era una chica preciosa y de repente se enganchó a las drogas. Y poco después empezó a venderlas. Se las vendió al hijo de un doctor, así fue como la pillaron. Se encontró con él y le dio la heroína y nuevas jeringas y se quedó con sus jeringas usadas y cien dólares. Más tarde, el chico se fue a una fiesta y alguien le ayudó a inyectarse la droga, murió y le echaron toda la culpa a ella”.

Octavia asiente con la cabeza, “Es difícil, lo sé.”

Nos quedamos en silencio durante un rato. Chris ha terminado de comer y está ayudando a limpiar los platos de otras personas, sin darse cuenta de que ha ofendido a alguien. Esta es una de las pocas ocasiones en las que he visto a alguien molesto y, de repente, me percato de que es un milagro que este tipo de situaciones no se den más a menudo, especialmente en el clima político actual. ¿En qué otro sitio podrías encontrar en una misma habitación a cincuenta personas, de procedencias tan distintas, haciendo todo lo que está en sus manos para ayudarse mutuamente a soportar un dolor compartido?

“¿Pastel?”, pregunta Chris con los platos de postre en la mano.

“No, no quiero”, responde Barbara bruscamente: “Lo siento, estoy siendo grosera. Es que hablar del cumpleaños me ha hecho pensar en Jason, mi hijo. Mañana es su cumpleaños. Bueno, lo hubiera sido”.

Chris la mira con expresión de preocupación desde el extremo de la mesa: “¿Murió?”

“Hace tres años”, asiente Barbara: “De sobredosis”.

Su hijo vivía con ella y se suponía que había dejado de consumir drogas. Esa noche cenaron juntos y Bárbara se quedó mirando la televisión. Lo llamó para preguntarle si quería el último biscuit [en EEUU, un panecillo de mantequilla] antes de acostarse. A Jason le encantaban los biscuits y, de hecho, Barbara todavía ahora no puede mirar una lata de biscuits sin romper a llorar. Él subió a buscar un panecillo, lo envolvió con papel de cocina y se lo llevó a su habitación. Barbara se quedó dormida.

Cuando despertó, Jo Jo, el perro de Jason, estaba arañando la puerta de la habitación desde dentro, sacando sus patas por debajo de la puerta. Bárbara llamó a Jason para que abriera la puerta. Le dijo que Jo Jo necesita salir, pero él no le respondió. Barbara intentó abrir la puerta pero estaba cerrada con llave, y fue entonces cuando se asustó.

La Navidad previa ya lo había encontrado inconsciente. Habían estado colgando luces en el árbol. Barbara le había dicho que habían quedado mal puestas y él las había quitado todas, bendito sea su corazón, y las volvió a poner y no dejó de cambiarlas de un sitio a otro hasta que ella estuvo contenta con el resultado. Luego Jason había desaparecido por el pasillo y en menos de diez minutos se había pinchado. Cuando Barbara lo encontró, tuvo que hacerle reanimación cardiopulmonar y llamar a la ambulancia.

Así que cuando volvió a encontrarse con la puerta cerrada, Bárbara se inquietó. Consiguió romper la puerta y entró a la habitación. Se encontró con una aguja, una cuchara y con su hijo inconsciente. Intentó la reanimación cardiopulmonar. “Si solo hubiera conseguido que volviera a respirar”, lamenta Bárbara mientras mira a los demás huéspedes. “Si solo hubiera conseguido que respirara”.

Se sintió absolutamente indefensa. Jo Jo estaba allí, no se apartaba de su lado, y entonces el otro perro entró y empezó a olisquear y a comer las migas de las galletas de la servilleta que Jason había dejado en la cama.

La hija de Jason estaba a punto de cumplir cinco años cuando él murió. Se parece a él, dice Barbara. Aunque tiene seis años, todavía utiliza pañales de aprendizaje Pull-Ups [unos pañales para aprender a ir al baño] y usa chupete. Barbara cree que la niña necesita terapia.

Octavia se levanta de la mesa, va hasta la mesa donde se encuentra el pastel y regresa con dos trozos. Pone uno frente a Bárbara, junto con una taza de café descafeinado.

“Detuvieron al tipo que le vendió esa mierda a Jason”, dice Barbara. “Fue él quien se la proporcionó, se la pasó por la ventana del dormitorio porque Jason sabía que yo lo seguiría si salía. Pensé que mi perro habría ladrado cuando ese hombre se acercaba a nuestra casa, pero no oí nada. Pero si lo hubiera visto, si lo hubiera atrapado haciendo eso, pasando esa mierda por la ventana a mi hijo para que se pinchara y muriera... si lo hubiera visto, no sé qué habría hecho. Lo detuvieron por otros delitos, pero ni siquiera está en la cárcel, ¡sólo en libertad condicional! Ni siquiera usaron el caso de Kevin porque dijeron que para acusarlo por esos cargos el camello tendría que haber estado allí cuando falleció. Sin embargo, eso no es cierto porque Brandy fue acusada de los mismos cargos y ella no estaba allí cuando ese hombre murió. Así que si esas son las reglas, entonces Brandy no debería estar en prisión”.

Barbara me mira y se está ahogando. Ella está justo ahí, en el fondo del dilema por el que la justicia punitiva nunca puede funcionar. Justicia: la calidad de ser justo y razonable. La retribución que ansías por el traficante de tu hijo muerto se aplica a tu propia hija, que era la traficante del hijo muerto de otra persona. ¿Cuál podría ser un castigo justo y razonable para todos?

Pienso en el “mi” que todos aquí usan delante del nombre de sus seres queridos: mi Nancy, mi Brandy, mi Angela. Y luego el “nuestro” y el “nosotros” que Kathleen y otros invocaron. Esta casa, este rincón del sistema de justicia penal, me parece uno de los pocos lugares donde he podido constatar qué pasa cuando las personas son justas y razonables.

Detrás de mí, en el pasillo, oigo a Chris ayudando a una nueva huésped con el papeleo para entrar en la cárcel sin problemas durante la mañana siguiente. En la sala de estar, alguien que prácticamente no los conoce traduce una conversación entre una madre neoyorquina y su yerno hispano.

En esta casa, es imposible ignorar que cada uno es “mi” de alguien y esto es quizás es lo que nos hace verdaderamente “nosotros”.

Traducido por Emma Reverter.

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