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Irak, atrapado entre EEUU e Irán: la guerra en Oriente Medio desbarata el equilibrio de Bagdad

Funeral de los milicianos chiíes muertos en los ataques de EEUU y Arabia Saudí contra suelo iraquí, en Nayaf (Irak), el 30 de julio de 2026. Los féretros están envueltos en banderas de Irak y de Irán.

Ghaith Abdul-Ahad

1 de agosto de 2026 23:12 h

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Una semana después de que Estados Unidos e Israel mataran al ayatolá Alí Jamenei y desencadenaran una guerra regional el pasado febrero, los drones comenzaron a sobrevolar Basora, gran ciudad portuaria del sur de Irak y corazón de la industria petrolera del país. El objetivo eran las infraestructuras energéticas de las que depende buena parte de la economía iraquí: fueron atacados un yacimiento petrolífero explotado por la multinacional británica BP, una terminal de carga del aeropuerto de Basora y un gran complejo que alberga a empresas extranjeras proveedoras de servicios para la industria petrolera.

Un nuevo ataque, el 6 de marzo, volvió a golpear ese complejo. Esta vez resultaron dañadas oficinas y almacenes utilizados por Halliburton y KBR –dos empresas estadounidenses de ingeniería y servicios petroleros presentes en Irak desde la invasión liderada por Estados Unidos en 2003–. El impacto provocó un incendio de grandes proporciones cuyas llamas iluminaron el cielo nocturno de Basora. En el contexto más amplio de la guerra, no fue una jornada especialmente significativa. En Irak, sin embargo, aquellos ataques dejaron al descubierto la vulnerabilidad del país y “la facilidad con la que podía violarse su soberanía”, en palabras de un alto cargo de las fuerzas de seguridad iraquíes.

Durante cuatro décadas, Estados Unidos, Irán e Israel habían mantenido un frágil equilibrio: ni paz ni guerra. Ahora que ese equilibrio se ha roto de forma repentina y dramática, Irak ha quedado atrapado entre Irán y Estados Unidos.

Los ataques contra la infraestructura energética iraquí no terminaron ahí. El 11 de marzo, una embarcación iraní no tripulada atacó e incendió dos petroleros frente al puerto de Basora, lo cual causó la muerte de al menos un miembro de la tripulación. En los días y semanas siguientes, más drones alcanzaron nuevos yacimientos petrolíferos explotados por empresas extranjeras. Cientos de trabajadores de compañías estadounidenses, europeas y chinas abandonaron Irak, muchos de ellos por carretera debido al cierre del espacio aéreo. Al mismo tiempo, miles de trabajadores iraquíes fueron evacuados de las instalaciones.

Los ataques contra la infraestructura petrolera de Irak dejaron al descubierto “la facilidad con la que podía violarse su soberanía”

Alto mando de las fuerzas de seguridad iraquíes

Nadie reivindicó la autoría de los ataques. La única excepción fue la ofensiva contra los petroleros, cuya responsabilidad asumió Irán. Mientras tanto, el Gobierno de Bagdad y las autoridades locales de Basora guardaron un llamativo silencio y se limitaron a emitir los comunicados de rigor en defensa de la soberanía nacional y prometiendo investigar lo sucedido. Sin embargo, la mayoría de los ataques no procedían directamente de Irán. Fueron ejecutados por iraquíes en territorio iraquí: miembros de algunas de las poderosas milicias chiíes del país, respaldadas por Teherán. “Es un acto de traición”, denunció un alto funcionario del Ministerio de Petróleo en Basora, todavía visiblemente conmocionado.

En conversaciones mantenidas bajo condición de anonimato, varios funcionarios aseguraron a The Guardian que los ataques contra la infraestructura petrolera habían sido obra de la Resistencia Islámica en Irak (IRI), una coalición de grupos armados chiíes que Irán creó, entrenó y armó originalmente para combatir a las fuerzas estadounidenses tras la invasión del país en 2003. Varias de esas facciones también integran las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), una agrupación de iraquíes, en su mayoría chiíes, respaldadas por Teherán y constituida en 2014 para combatir al terrorista Estado Islámico. Aunque, en teoría, las FMP están subordinadas al Gobierno iraquí desde hace años, en la práctica actúan con amplia autonomía. Además, sus inversiones en sectores como la construcción y la agricultura les proporcionan una importante base económica.

La influencia de las milicias

Podría parecer que Irak, un país de mayoría chií, está gobernado por una única autoridad desde Bagdad, pero la realidad es mucho más compleja. Tras la invasión de EEUU en 2003, surgieron múltiples grupos armados que hoy ejercen distintos grados de poder e influencia sobre el Estado. A grandes rasgos, pueden distinguirse dos tipos de milicias: unas emplean las armas para proteger sus intereses económicos, los contratos públicos y los negocios que han consolidado durante años. Otras actúan impulsadas principalmente por motivos ideológicos y mantienen un firme compromiso con el proyecto iraní de derrotar a Israel y expulsar a EEUU de la región.

En 2026, ese frágil equilibrio ha dado paso a una escalada de violencia sin precedentes en esta década. Por un lado, la guerra emprendida por EEUU e Israel contra Irán ha llevado a las milicias iraquíes más estrechamente alineadas con Teherán a intervenir en apoyo de la República Islámica, atacando no solo la infraestructura petrolera iraquí, sino también bases militares estadounidenses y la Embajada en Bagdad. Por otro, el nuevo primer ministro iraquí, Ali al Zaidi, respaldado por Washington, ha elevado la presión sobre las milicias al fijar de plazo hasta el 30 de septiembre para que se desarmen e integren sus unidades de combate en las fuerzas oficiales del Estado. Con ello pretende responder a una vieja aspiración de Washington: reducir la influencia iraní en Irak.

Aunque Al Zaidi ha tenido cierto éxito, los grupos más radicales se han negado rotundamente a entregar sus armas. Mientras haya presencia estadounidense en Irak, con aviones israelíes sobrevolando la región, la República Islámica de Irán seguirá luchando.

El primer ministro iraquí, Ali al Zaidi, durante su encuentro con Donald Trump en la Casa Blanca, el 14 de julio de 2026.

Los funcionarios del Gobierno iraquí expresan ira y agotamiento ante los ataques contra su infraestructura petrolera. “Las instalaciones que fueron atacadas se encontraban en suelo iraquí, costeadas por Irak, al igual que todo el equipo destruido”, dijo uno de ellos. Explicó que las principales perjudicadas no son las empresas estadounidenses —ya que Irak tendrá que indemnizarlas por los daños sufridos—, sino la economía iraquí, su industria petrolera y la reputación del país como destino seguro para la inversión. También aseguró que los atacantes disponían de información de inteligencia extraordinariamente precisa, probablemente obtenida desde dentro, sobre los objetivos que debían alcanzar y las instalaciones concretas que debían destruir.

Ese y otros responsables del sector petrolero en Basora, explicaron que los ataques tienen como objetivo interrumpir la producción de crudo, elevar los precios mundiales y aumentar la presión sobre el Gobierno de Trump para que ponga fin a su guerra contra Irán. A las pocas semanas del inicio de la guerra, la producción de Basora se había reducido en dos tercios y las exportaciones se habían paralizado prácticamente por completo. “Quizá quieran expulsar a estas empresas occidentales para sustituirlas por empresas de países más afines a ellos”, señaló.

Lo que resulta evidente es que la guerra contra Irán ha tenido profundas repercusiones en Irak y ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de un Estado peligrosamente dividido entre Irán y Estados Unidos. Esta misma semana, EEUU y Arabia Saudí bombardearon a las FMP en suelo iraquí, matando a una veintena de combatientes y elevando la tensión en el país. Tras los ataques, Al Zaidi suspendió una visita oficial que tenía previsto hacer a Arabia Saudí.

No se puede pedir a las facciones que dejen de participar. Se trata de una lucha existencial y de un deber religioso

Asesor del Gobierno iraquí

En uno de los restaurantes más exclusivos de Bagdad, un asesor del Gobierno relató que, hasta hace poco, las autoridades iraquíes habían conseguido mantener bajo control a la mayoría de las facciones armadas del país. Durante el recrudecimiento de la guerra en Gaza e, incluso, a lo largo de los doce días de conflicto entre Israel e Irán en 2025, lograron contenerlas mediante el diálogo y la negociación. Sin embargo, añadió, la situación cambió tras el asesinato de Ali Jamenei. “No se puede pedir a las facciones que dejen de participar”, señaló: “Se trata de una lucha existencial y de un deber religioso”.

El asesor expuso una teoría sobre por qué Irán y las facciones que lo apoyan en Irak actúan de ese modo. El espacio aéreo iraquí y las bases estadounidenses situadas en el país se utilizan para lanzar ataques contra Irán. Además, funcionarios iraníes le habían contado que, durante las recientes protestas contra el régimen, se introdujeron de contrabando desde Irak 40.000 dispositivos Starlink, terminales que permiten conectarse a internet por satélite y eludir el bloqueo de las comunicaciones de la República Islámica. “Deberíamos estar agradecidos de que no hayan utilizado toda su fuerza y atacado Irak en represalia, porque fácilmente podrían haber arrasado la mitad del país”, dijo: “¿Y con qué contamos para defendernos de ellos?”.

En otra zona de Bagdad, un oficial de alto rango de los servicios de seguridad iraquíes –que durante años había trabajado estrechamente con los estadounidenses– no mostró demasiada simpatía por las preocupaciones de Irán, pero coincidió en un punto: la vulnerabilidad militar de Irak. “La guerra ha dejado al descubierto la debilidad de Irak. Y no me refiero solo al aspecto militar. Nuestro país fue violado por todos, nuestro espacio aéreo fue utilizado por ambos bandos”. El Estado ni siquiera pudo proteger “a sus propios soldados y oficiales cuando fuimos atacados por las milicias”, puntualizó. “Todos en la cúpula militar saben exactamente quiénes son [los atacantes]. Quizá no sepamos el nombre de la persona que pilota el dron, pero sabemos quién dio las órdenes, cuál es la cadena de mando y desde dónde se lanzaron”.

Asintió en dirección a un coche de Policía aparcado cerca, rodeado de agentes, y señaló las cámaras instaladas en las esquinas. “Algunos cohetes y drones se lanzaron desde el centro de Bagdad. ¿Quién puede desplazarse por la ciudad con lanzacohetes? ¿Cómo es posible atravesar todos los puestos de control o conducir hasta el campo y lanzarlos, como muestran los vídeos, sin ser detectado?”, se preguntó.

La guerra ha dejado al descubierto la debilidad de Irak. Nuestro país fue violado por todos, nuestro espacio aéreo fue utilizado por ambos bandos

Oficial de alto rango de los servicios de seguridad iraquíes

Para explicar esta situación, acabó hablando de la corrupción. Reconoció que en las fuerzas de seguridad iraquíes hay comandantes íntegros, pero que muchos de los puestos de mayor rango solo se conceden a oficiales que previamente han pagado a sus superiores. “Si han pagado cinco millones de dólares (unos 4,3 millones de euros) para asumir el mando de una fuerza, su prioridad es proteger esa inversión evitando cualquier enfrentamiento y eso es un desastre”, señaló.

La lógica es sencilla: un puesto de alta responsabilidad en las fuerzas de seguridad se convierte en una inversión porque ofrece múltiples oportunidades para obtener beneficios mediante el fraude, la malversación de fondos o el cobro de sobornos. “Cuando los oficiales ven que su comandante participa en sus propias tramas de corrupción para desviar dinero, eso termina contaminando a todas las fuerzas de seguridad”, subrayó.

Los intereses económicos explican, en parte, la división entre las milicias más veteranas, que en su mayoría han aceptado el decreto del primer ministro para integrarse en el Estado iraquí, y las facciones más recientes, alineadas con la Resistencia Islámica en Irak (IRI) y de orientación más radical.

A finales de mayo, el influyente clérigo chií Muqtada al Sadr pidió que su milicia pasara a depender del Estado y otras dos facciones siguieron su ejemplo. Sin embargo, los paramilitares más radicales respondieron con burlas y desprecio. Afirmaron que sus armas eran sagradas y que no las entregarían hasta el fin de los tiempos. En otras palabras, sostenían que combatían por una causa ideológica, mientras que las milicias más antiguas se preocupaban, ante todo, por proteger sus intereses económicos.

El vital sector petrolero de Irak

El 7 de abril, Washington y Teherán acordaron un alto el fuego provisional de dos semanas. Al día siguiente, las facciones de la IRI anunciaron que también suspenderían sus operaciones mientras durara el alto el fuego (los combates continuaron, aunque con menor intensidad). Ese mismo día, equipos técnicos de Irak y Arabia Saudí mantenían una reunión virtual para estudiar la reapertura del oleoducto iraquí-saudí, cerrado desde la invasión de Kuwait por Irak en 1990. Buscaban una nueva vía para que el petróleo iraquí eludiera el cierre del estrecho de Ormuz.

A medida que la industria petrolera quedaba prácticamente paralizada, empezaron a formarse largas colas en las gasolineras, evocando los peores días de caos que siguieron a la invasión de 2003. En un comunicado, el Ministerio de Petróleo atribuyó la escasez al cierre de varias refinerías tras la salida del país de los trabajadores extranjeros y a la imposibilidad de exportar fuel pesado sin refinar.

Para un país tan dependiente de las ventas de petróleo, que permiten pagar los salarios de cuatro millones de funcionarios públicos, la decisión de las milicias alineadas con Irán de atacar su propia economía podría parecer a simple vista un acto suicida. “No necesariamente”, señaló un activista de derechos civiles de la ciudad de Basora. “Mucha gente cree que las empresas petroleras están explotando al país y consideran que los ataques están justificados”.

Basora es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Sus habitantes respiran las toxinas que desprenden las antorchas de combustión de los pozos de petróleo y beben agua salobre. Al mismo tiempo, viven rodeados de los símbolos de la riqueza que genera el petróleo —concesionarios de coches, exclusivos restaurantes de sushi, caras promociones inmobiliarias—, un lujo reservado a unos pocos. No resulta extraño que muchos reaccionen con indiferencia cuando oyen hablar de ataques contra las instalaciones de las compañías petroleras.

Mucha gente cree que las empresas petroleras están explotando al país y consideran que los ataques están justificados

Activista por los derechos civiles iraquí

¿Cómo es que el Irak de la posguerra no supo aprovechar su inmensa riqueza petrolera para ofrecer una vida mejor a su población? En vísperas de la invasión estadounidense de 2003, la infraestructura petrolera del país estaba prácticamente en ruinas tras décadas de guerra y las sanciones sobre el régimen de Sadam Huseín. La maquinaria estaba obsoleta y la producción solo se mantenía gracias a ingenieros con mucha experiencia. Tras la invasión, los saqueos y el sabotaje estuvieron a punto de hundir por completo el sector.

Sin los recursos financieros ni la capacidad necesarios para reconstruir por sí solo el sector, Irak recurrió a empresas internacionales y firmó contratos con grandes petroleras como BP, ExxonMobil y Shell. Sin embargo, los contratos no respondían al modelo de reparto de beneficios que pretendían las compañías extranjeras —Irak sigue sintiéndose profundamente orgulloso de haber nacionalizado su industria petrolera en 1972—, sino que establecían una tarifa fija por cada barril producido, un sistema mucho menos lucrativo para las empresas.

Bagdad había manifestado su ambición de extraer unos 12 millones de barriles al día para 2017, un nivel que rivalizaría con el de Arabia Saudí. Ese objetivo estuvo muy lejos de alcanzarse. La producción llegó a un máximo de entre 4,5 y 5 millones de barriles diarios a finales de la década de 2010 y, desde entonces, se ha mantenido en torno a esa cifra.

Poco a poco, la euforia de la posguerra en torno al potencial del sector petrolero de Irak se fue enfriando y, en pocos años, las empresas comenzaron a abandonar sus proyectos. Los escasos márgenes habían convertido a Irak en uno de los lugares menos rentables para las compañías energéticas, pero la retirada se debió principalmente a la inestabilidad política, las disputas contractuales y los enormes retrasos en los pagos del Gobierno.

Los retrasos obedecen a los múltiples niveles de burocracia, creados en teoría para prevenir la corrupción, pero que en la práctica actúan como cuellos de botella donde se exigen sobornos para agilizar los trámites. Las multinacionales, sujetas a la legislación anticorrupción, suelen negarse a pagarlos, por lo que sus pagos quedan bloqueados.

Una instalación de una empresa china en el puerto de Khor a Zubair, en Basora (sur de Irak), en marzo de 2025.

Funcionarios del Ministerio de Petróleo y personas con conocimiento del sector en Basora describieron un sistema de contratación que —al igual que en el resto de Irak— está dominado por partidos políticos, clanes y, en ocasiones, grupos armados que se enriquecen a costa de los acuerdos con contratistas y subcontratistas.

A finales de mayo, el viceministro de Petróleo responsable de las refinerías del país, Adnan al Jumaili, fue detenido por cargos de corrupción en el marco de la campaña emprendida por el nuevo primer ministro. El acusado apareció en televisión, vestido con un mono amarillo, rodeado de decenas de ametralladoras y cajas de munición que, según las autoridades, fueron halladas en su domicilio. Los investigadores aseguraron haber recuperado también 10 millones de dólares en efectivo (unos 8,6 millones de euros), 3.000 millones de dinares iraquíes (alrededor de 2 millones de euros) y 1,5 kilos de oro.

A medida que avanzaba la investigación, las fuerzas de seguridad detuvieron a otras 47 personas, entre ellas 13 diputados y altos funcionarios, e incautaron cientos de millones de dólares en efectivo y grandes cantidades de oro. Entre los arrestados en la misma operación, figuraba un segundo viceministro de Petróleo, que ya había sido sancionado por EEUU por presuntamente desviar petróleo iraquí en beneficio de Irán. No es de extrañar que, para muchos iraquíes, la industria petrolera no sea un símbolo del orgullo del país sino de todo lo que va mal.

La amistad incómoda con Irán

Este mes de julio tuvo lugar en Irán el cortejo fúnebre del líder supremo iraní, Alí Jamenei, aunque la comitiva también cruzó la frontera con Irak y, según cifras oficiales, congregó a 3,8 millones de personas solo en las calles de la ciudad sagrada de Nayaf. A diferencia de las ceremonias cuidadosamente escenificadas en Irán, en Irak inmensas multitudes se empujaban para acercarse al féretro en el sofocante calor del verano. Los turbantes blancos de los mulás se deshacían mientras forcejeaban entre la multitud; con los brazos extendidos, la gente lloraba y quienes no lograban acercarse lo suficiente lanzaban sus chales y bufandas hacia el féretro para obtener así la bendición.

Lejos de la multitud, los ataúdes —entre ellos uno más pequeño para la nieta de Jamenei, fallecida junto a él— fueron recibidos en el interior del santuario del imán Ali, uno de los lugares más sagrados del islam chií. Los dirigentes iraquíes, entre ellos el nuevo primer ministro, permanecieron en solemne silencio junto al presidente de Irán.

Seis días después, ese mismo primer ministro se sentó junto a Donald Trump en el Despacho Oval, en una imagen que reflejaba a la perfección las contradicciones de la política iraquí. Sonriente, mientras escuchaba al presidente de EEUU asegurar que entre ambos existía una “química extraordinaria” y que Irak estaba “muy bien representado”, Al Zaidi volvió a comprometerse a desarmar a las milicias y a combatir la corrupción e invitó a las empresas estadounidenses a invertir en Irak.

Una fuente bien informada del Gobierno de Bagdad afirmó que, durante muchos años, los estadounidenses se reunieron con los primeros ministros iraquíes y repitieron las mismas exigencias sobre el desarme de las milicias alineadas con Irán y el fin de la corrupción. “Esto lleva sucediendo desde hace Dios sabe cuánto tiempo”, dijo. “Se reunieron con todos los primeros ministros. Y durante todos esos años, Irak recibió un gran apoyo estadounidense, pero no hizo absolutamente nada para cambiar su relación con Irán. Al contrario, la influencia iraní no hizo más que profundizarse y expandirse con el tiempo”.

Irak recibió un gran apoyo estadounidense, pero no hizo absolutamente nada para cambiar su relación con Irán. Al contrario, la influencia iraní no hizo más que profundizarse y expandirse con el tiempo

Fuente bien informada del Gobierno iraquí

¿A qué se debe el aparente cambio de este año, cuando Al Zaidi ha dicho a las milicias respaldadas por Irán que deben entregar sus armas? La presión estadounidense coincidió con la crisis económica. El cierre del estrecho de Ormuz y los ataques a sus instalaciones petroleras han llevado a Irak al borde de la quiebra. Washington también ha hecho uso de la enorme influencia que ejerce sobre la economía iraquí.

En virtud de un acuerdo firmado hace más de veinte años, los ingresos petroleros de Irak se depositan en el Banco de la Reserva Federal en Nueva York. Los envíos físicos de dólares se transportan en avión desde EEUU a Bagdad para que el Gobierno pueda pagar los salarios y administrar el país. En abril, el Gobierno de Trump tomó la medida extraordinaria de detener esos envíos de dólares. El Gobierno iraquí captó el mensaje: Al Zaidi ordenó a las milicias proiraníes que entregaran sus armas en junio. Los envíos de dólares se reanudaron un mes más tarde.

Una tarde de primavera en Basora, el paseo junto al río Shatt al Arab estaba abarrotado de gente que iba y venía, disfrutando de la brisa de última hora: familias con niños; jóvenes vestidos con túnicas tradicionales o con vaqueros; mujeres, algunas con abayas negras, otras con túnicas al estilo del golfo Pérsico y hiyab en la cabeza y unas pocas con pantalones y el pelo suelto hasta la cintura.

Al otro lado de la calle, un enorme retrato del gobernador de la ciudad, Asaad Al Eidani, colgaba de un edificio de cinco plantas. Desde que asumió el cargo en 2017, ha impulsado importantes obras públicas en Basora: la pavimentación de carreteras, la ampliación de la red de alcantarillado y el aumento de las horas de suministro eléctrico. Sus detractores le acusan de enriquecerse gracias a los contratos públicos y de adjudicar grandes proyectos a su círculo más cercano, acusaciones que él niega rotundamente.

Al Eidani también estrechó las relaciones con los Estados vecinos, facilitó el comercio y los viajes con Kuwait y Arabia Saudí y organizó un torneo de fútbol del golfo Pérsico que atrajo a miles de visitantes de toda la región. Con ello, acercó Basora a los vecinos árabes y a sus lucrativos mercados, sin renunciar a los vínculos culturales y políticos que la unen a Irán.

En ese paseo, se encuentra el cascarón vacío del consulado de Kuwait. El pasado abril, fue asaltado por vecinos de la ciudad, instigados por las milicias, en respuesta a un presunto ataque aéreo kuwaití que causó la muerte de varios iraquíes. Según las autoridades iraquíes, ese bombardeo fue, a su vez, una represalia por un ataque anterior lanzado por milicias desde su territorio. El edificio abandonado recuerda las esperanzas truncadas de que Irak pudiera mantener relaciones estrechas tanto con Irán como con las monarquías suníes del golfo.

Resulta inverosímil imaginar que los combatientes iraquíes proiraníes entreguen sus armas; que Irán, en un momento en el que necesita movilizar todos los recursos de los que dispone para luchar contra EEUU e Israel, abandone a sus aliados; y que los políticos y empresarios corruptos de Irak renunciaran, después de veinte años, a su riqueza a instancias de un nuevo primer ministro sin experiencia.

En el paseo junto al río, un anciano vestido con una dishdasha (la larga túnica blanca tradicional de los hombres de la región) y un gorro de punto dijo que Irán era la última pieza del tablero que protegía el islam y defendía el nacionalismo árabe (a pesar de no serlo). “Es nuestro deber, como iraquíes, apoyarlo”, afirmó. Preguntado por si le preocupaba que, sin los ingresos del petróleo, la economía iraquí pudiera derrumbarse, respondió con un escueto “la” (no, en árabe). Según el hombre, EEUU no abandonará su proyecto en Irak y se asegurará de que la economía del país no se hunda.

En pocas palabras, esa era la paradoja imposible de Irak: depender para su supervivencia de dos enemigos irreconciliables.

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