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ANÁLISIS

El nuevo primer ministro de Nueva Zelanda no repetirá la ‘Jacindamanía’, ¿y ahora qué?

La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, y el nuevo líder laborista, Chris Hipkins, en la sede del Parlamento en Wellington el domingo.

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La líder neozelandesa Jacinda Ardern tiene una naturalidad por la que muchos políticos darían un riñón. La mayor parte del tiempo habla como una persona normal, pero es capaz de cambiar a una conmovedora retórica cuando hace falta. Como cuando un terrorista cometió un asesinato multitudinario o cuando una pandemia global paralizó el mundo, o en los mítines electorales de toda la vida.

Gracias a eso, adquirió un perfil internacional increíblemente amplio, con menciones en los debates de las primarias presidenciales estadounidenses, una serie de libros no autorizados y atención mediática en las portadas de países diez veces más grandes que Nueva Zelanda. En su país, el entusiasmo que rodeó su campaña electoral de 2017 fue bautizado como “Jacindamanía”.

Nadie espera que su sustituto, Chris Hipkins, que ha jurado el cargo como primer ministro este miércoles, alcance estas cotas. Pero es posible que a los votantes neozelandeses no les importe.

“Cuando dimitió John Key, que fue un primer ministro excepcionalmente popular, el interés que despertó fue estrictamente nacional”, dice Ben Thomas, miembro de un grupo de presión y tertuliano habitual en los medios. “Cuando dimitió Ardern, recibí preguntas de todo el mundo. Con Hipkins –y para ser justos con él, y con cualquiera que suceda a Ardern– el perfil internacional del primer ministro neozelandés volverá a la normalidad”, apunta Thomas.

Estilo diferente

Es probable que muchos neozelandeses lo consideren reconfortante. Por mucho que les gustara la idea de tener a una primera ministra debidamente conocida, siempre había un trasfondo de que eso la distraía de los problemas internos. En general, esta concepción no hace honor a la verdad en un país como Nueva Zelanda, donde una economía eminentemente exportadora exige a los políticos que cortejen a otros países, pero la idea fue creciendo al mismo ritmo que la notoriedad internacional de Ardern.

El propio Hipkins quiso dejar clara su diferencia de estilo en su primera rueda de prensa en toda regla como primer ministro entrante. Cuando un periodista le preguntó si sería tan “transformador” como Ardern, respondió que presentaría un “gobierno sólido, centrado en las cuestiones básicas que importan a los neozelandeses”. También prometió recortes en las políticas no relevantes para las dificultades económicas que enfrentan los neozelandeses en estos momentos. 

Cuando le preguntaron si haría tanto como Ardern en el escenario internacional, Hipkins no mencionó su emblemática política de Christchurch Call [iniciada por la líder laborista como una alianza de naciones y empresas de tecnología para terminar con el uso de las redes sociales por extremistas y terroristas]. “No necesitamos un cambio de actitud, lo que necesitamos es ponerle el corazón a las cosas que más importan a los neozelandeses”, dijo el primer ministro entrante.

Un político pragmático

Este cambio de tono ha suscitado especulaciones importantes sobre la posibilidad de que Hipkins lleve al Gobierno a algo más que retórica, aparcando hasta después de las elecciones de octubre medidas polémicas como la creación de un nuevo gigante de los medios, al estilo de la BBC británica, o como la reforma del sistema de gestión de las infraestructuras hídricas.

Bajo condición de anonimato, un excolaborador de Hipkins lo describe como un político implacablemente pragmático y centrado en lograr que el país y el gobierno vayan de la mano. “Creo que la gente confunde el centro con preguntarse cómo afectan las cosas al neozelandés que se levanta todos los días para ir a trabajar, cómo se puede llevar a la gente por un camino que entienda”, explica. “Si no se aterriza la nave, la izquierda no puede hacer cambios relevantes”, opina.

Por otra parte, este cambio de retórica puede no significar mucho más que, bueno, un cambio de retórica. Solo faltan nueve meses para las elecciones y el trámite del presupuesto de mayo ya está en marcha, aunque Hipkins dijo que no era demasiado tarde para cambiar algunos elementos del mismo. La propia Ardern ya apuntó a finales del año pasado un nuevo interés por la política económica.

Carreras parecidas

Las biografías de los dos hacen pensar que el hipkinismo no distará demasiado del ardernismo. A principios de la década de los años 2000, los dos trabajaban como asesores para el Gobierno laborista de Helen Clark. Fueron elegidos diputados cuando Clark dejó el cargo en 2008. Ardern tenía entonces 28 años y Hipkins, 30. 

Ninguno de los dos apoyó al líder laborista David C. Crane y ninguno de los dos fue partidario del líder laborista David Cunliffe, que se autoproclamó salvador de la izquierda del partido que en 2014 lo llevó a una derrota estrepitosa. En un momento dado, se llegó a decir que algunos veteranos del partido los habían intentado emparejar.

Una biografía no dicta el destino. El ascenso de Hipkins ya está sanando la relación entre la oficina de la primera ministra y los medios, especialmente con los corresponsales parlamentarios (yo fui uno de ellos hasta 2022), cuyo vínculo se fue erosionando en los últimos años por la decisión de Ardern de hablar directamente con sus votantes usando las redes sociales, sin pasar por el filtro escéptico de los periodistas.

Menos inspirador

Hipkins y su equipo han mantenido una relación muy intensa con los corresponsales parlamentarios a raíz de su papel como ministro responsable de la COVID-19. Esta relación podría predisponerle bien con el grupo de personas que todavía deciden cómo percibe la política una gran parte del país.

Pero este cambio tendrá sus límites. Hipkins se enfrentará ahora a un escrutinio enorme. No solo por sus planes futuros; también por los problemas de su etapa como ministro de Educación y de COVID-19. En particular, por su decisión de centralizar la mayoría de las escuelas politécnicas de la nación, y por lo mucho que tardó en abrir las fronteras de Nueva Zelanda cuando el coronavirus ya se expandía por todo el país.

Cuando las cosas se ponían difíciles para Ardern, siempre le quedaba la baza de la retórica inspiradora con la que la primera ministra se saltaba hablaba directamente al país, más allá de los medios. No está claro que Hipkins vaya a tener ese poder. 

“Ardern no se vio obligada a irse. Seguía siendo la política laborista más popular y la que mejor hacía campaña, y en la campaña se esperaba que ejerciera mucha presión sobre [el líder de la oposición, Christopher] Luxon”, asegura Thomas. “No hay duda de que Hipkins puede hacer bien toda la parte transaccional de la política, pero no ha habido ningún indicio en su carrera de que sea alguien inspirador”, concluye.

Traducción de Francisco de Zárate.

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