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Visegrado después de Orbán: Hungría y Polonia reactivan el eje conservador del este para aumentar su poder en Bruselas

El primer ministro polaco, Donald Tusk, da la bienvenida a su homólogo húngaro, Péter Magyar, durante la visita de este último a Polonia.

Pablo Mortera Franco

12 de julio de 2026 22:07 h

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Visegrado es un minúsculo pueblo a las orillas del río Danubio, muy cerca de la línea que marca la frontera entre Hungría y Eslovaquia. Tan pequeño que ni siquiera llega a los 2.000 habitantes. Normalmente, un enclave así quedaría olvidado en la inmensidad del Viejo Continente. Solo los lugareños y algunos turistas, atraídos por la belleza del paisaje, conocerían, en condiciones normales, este lugar tan recóndito. Sin embargo, desde la década de los 90, el nombre de este pueblo húngaro ha inspirado terror a algunos de los líderes más poderosos de Europa. Una pesadilla que comenzó con la reunión de tres reyes que, en 1331, se encontraron en el Palacio de Visegrado para limar asperezas y aliarse contra la poderosa Austria de los Habsburgo.

En esa época medieval, en medio de las tensiones en Europa, los reyes Casimiro III de Polonia y Juan I de Bohemia, auspiciados por Carlos Roberto de Hungría, crearon el llamado Pacto de Visegrado. Una alianza económica y comercial que unía a esos países y que sirvió de precursor histórico al Grupo de Visegrado (V4), creado en 1991 tras la caída de la Unión Soviética como una suerte de pacto informal entre Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa para hacer valer sus intereses en Europa. Lo que comenzó como un intento de integrar a las maltrechas economías del este en la Unión Europea y en el mercado común, se convirtió una vez dentro en la piedra en el zapato de Bruselas.

Con Viktor Orbán a la cabeza, este grupo de países logró una fuerza importante para hacer valer su voz y sus posiciones en la UE, sobre todo en lo que se refiere a materia migratoria e integración. A finales de la década pasada, de hecho, coincidieron en el tiempo cuatro mandatarios que dieron una gran cohesión interna a Visegrado. A Orbán, en Hungría, se le unieron Robert Fico en Eslovaquia, Andrej Babiš en la República Checa y Mateusz Morawiecki en Polonia. Todos gobernantes más o menos euroescépticos y cercanos a la extrema derecha. “En ese momento, el V4 era un polo de cierto poder que trató de redefinir la forma en la que se relacionaban con la UE. No querían un europeísmo ciego, sino uno más pragmático que pusiera en el centro la soberanía nacional”, explica Héctor Sánchez Margalef, investigador principal de CIDOB, a elDiario.es.

Sin embargo, hubo un momento que hizo que todo eso se tambaleara. Cuando Vladímir Putin lanzó en febrero de 2021 su ofensiva contra Ucrania, Visegrado se dividió por su posición con respecto al presidente ruso. Orbán se erigió entonces como el más firme opositor a la causa de Kiev, usando repetidamente su poder de veto para retrasar o dificultar el envío de ayuda. Mientras, el cambio de Gobierno en Polonia, con la llegada del democristiano y más europeísta Donald Tusk, muy favorable a la defensa de Ucrania y firme opositor a Putin, dejó a Visegrado sin un rumbo claro, hasta ahora.

El exprimer ministro de Hungría Viktor Orbán, y el primer ministro de Polonia, Donald Tusk.

Un nuevo cambio de gobierno, en esta ocasión la salida de Orbán después de perder las elecciones contra Peter Magyar, abre la puerta a volver a poner a Visegrado en el mapa de la política europea. Y en una dirección muy distinta a la que tuvo durante la década pasada. El primer viaje oficial de Magyar después de su histórica victoria fue, precisamente, a Polonia. Allí ambos países exhibieron sintonía y coincidieron en que debían revitalizar el eje de Visegrado para debatir qué pueden hacer juntos.

Más intereses propios que europeísmo

¿Y qué pueden hacer juntos los cuatro países? Esta es quizás la gran cuestión que subyace al acercamiento entre Polonia y Hungría. Para muchos, la suma de dos líderes podría dar un impulso a la integración europea que venga desde el este una vez acabado el periodo Orbán, pero las cosas son algo más complejas. Carlos Gómez del Tronco, responsable del programa Just Europe en el think tank checo Europeum, señala a elDiario.es que el cambio no vendrá tanto en el sentido europeo, sino más bien por una cuestión de fuerza regional: “La mayor alineación en Visegrado podría traducirse en posiciones más coherentes en las negociaciones entre gobiernos en Bruselas. Esto daría a la región más capacidad para construir propuestas, pero no necesariamente ‘proeuropeas’”.

Algo en lo que coincide Sánchez Margalef, que ve el paso de Magyar y Tusk más como una invitación a recuperar la fuerza que un día tuvieron para influir dentro de la UE, que como un cambio en la concepción que tienen de Bruselas. “Con la agresividad de Orbán, durante mucho tiempo el grupo se vio más como una alianza ideológica que como un pacto de cooperación entre países. Ahora, la llegada de Magyar, que dejará de lado muchas de las disputas interminables de su antecesor, da a Visegrado muchos incentivos para cooperar entre ellos, para defender sus intereses y conseguir favores de Bruselas”, comenta.

¿Y eso qué significa? “En seguridad y defensa, podría traducirse en una mayor presión para que la UE preste atención al flanco oriental e impulse sus capacidades industriales y militares. En economía, probablemente veamos una insistencia mayor en la competitividad, la energía asequible y la necesidad de reducir la carga regulatoria para la industria. Y, en cuanto al presupuesto, tendrán incentivos para defender una política de cohesión fuerte frente a nuevas prioridades de gasto”, explica Gómez del Tronco.

El punto económico es uno de los más importantes para los países de Visegrado, y en el que podrían hacer fuerza, ya que no existen grandes diferencias. “Una característica que une a estos cuatro países en lo ideológico es que en ninguno de ellos existe una izquierda fuerte y que el pensamiento predominante es el neoliberalismo. Tusk se ha erigido como el líder de la UE en materia de desregulación económica, algo que no beneficia ni a la integración europea ni a la cooperación supranacional”, señala Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política en la UCM, a elDiario.es.

Con la agresividad de Orbán, el grupo se vio durante mucho tiempo más como una alianza ideológica que como un pacto de cooperación entre países. Ahora, la llegada de Magyar da a Visegrado muchos incentivos para colaborar entre ellos

En el otro tema clave, la defensa, Polonia ya ha sido un actor muy importante a partir de la invasión de Ucrania, eso sí, no necesariamente desde un enfoque que refuerce a la UE. “Varsovia ha sido muchas veces más transatlantista que europeísta en este sentido. Al tener fuertes vínculos con EEUU, si Visegrado comienza a ganar importancia, no parece probable que hagan fuerza para reducir la dependencia de Washington”, insiste Ferrero. No solo eso, Tusk ya ha tenido varios enfrentamientos con los países del sur global por su discurso tan duro en materia de defensa. El primer ministro polaco llegó a decir que Europa estaba en un estado de preguerra, mientras insistía en subir el gasto militar, algo a lo que Pedro Sánchez se ha opuesto y ha matizado en varias ocasiones.

Equilibrismo en Bruselas

Pero no todo es del color de rosa en este “nuevo Visegrado”. Pese a que tras el giro de Hungría tanto este país como Polonia han acercado posturas, hay otros dos actores en este cuarteto que siguen teniendo gobiernos cercanos a la extrema derecha. El año pasado, Babiš volvió a ganar las elecciones en República Checa con un discurso populista y alejado de los postulados de Bruselas. Y en Eslovaquia, Fico y sus tendencias prorrusas siguen en el poder. “Aunque Polonia y Hungría puedan bastar para darle un nuevo impulso político a la cooperación, no pueden reconstruir el formato regional sin Chequia y Eslovaquia. Por sus discrepancias, es probable que ambos acoten el alcance de la cooperación del V4 o la empujen hacia temas donde existe mayor consenso, como la competitividad, la migración o las infraestructuras”, comenta Gómez del Tronco. Tanto Hungría como Polonia, por ejemplo, quieren empujar para rebajar las exigencias medioambientales. Juntos presionan para acabar o modificar el sistema de ETS, el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el primer ministro húngaro, Peter Magyar, tras una reunión en Bruselas.

También es complicado saber qué fuerza real podría tener esta coalición en Bruselas ya que, pese a que son países importantes, no alcanzan el mínimo para ejercer un bloqueo que fuerce al resto de los países. Visegrado representa en torno al 14% de la población de la UE, algo más del 15% de los eurodiputados y alrededor del 8% del PIB de la Unión, es decir, una fuerza destacada, pero que no puede compararse con la de los grandes Estados miembro como Francia, Alemania, Italia o España. 

Aunque en este capítulo también existen matices. “Actualmente, el clima de alianzas de potencias medias está a la orden del día. Pactos como el de Visegrado pueden llegar a hacer de contrapeso a países muy importantes, especialmente cuando sirven de base para atraer a más actores que juntos pueden hacer fuerza para influir en Bruselas”, precisa Ferrero.

De hecho, Sánchez Margalef sí cree que esta nueva etapa de Visegrado puede mover el polo de decisión de la UE hacia el este. Con la crisis que sufren los países del eje franco-alemán, el experto no descarta que el este pueda tomar el relevo y convertirse en un polo cada vez más importante. “Visegrado se siente con la fuerza y las posibilidades de construir una Europa más cercana a su visión. El tiempo les ha acabado dando la razón con Rusia y además ven que ese tiempo en el que Francia y Alemania dictaban todo se ha acabado. Y pueden perfectamente llenar ese espacio”, zanja Sánchez Margalef.

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