Acción por los ríos
Hay una gran paradoja en nuestra relación con los ríos: medimos al milímetro su capacidad y caudal, pero ignoramos la vida que habita en ellos, excepto para ir a pescar. Cada semana consultamos el porcentaje de llenado de los embalses como quien mira el tráfico rodante y, sin embargo, casi nadie sabría decir cuántas especies autóctonas han desaparecido de nuestros ríos en las ultimas décadas. Mucho menos, cuáles. El trato que dispensamos a los ríos aprueba en Matemáticas, pero suspende en Biología.
En España, más del 40% de los ecosistemas fluviales presentan un estado deplorable; y en los grandes ríos todavía es peor. Esta cifra no habla sólo de agua: habla de insectos, moluscos, peces, anfibios, aves, mamíferos o bosques de ribera. Habla de un patrimonio natural que vamos matando a sabiendas. Tres ejemplos. El uso que hacemos del río Tajo exhibe tramos con caudales deficientes que sólo engordan la intensiva Economía Agraria, y a cambio -trasvasado y troceado por las presas-, catea en Sociología, Geografía e Historia y Ciencias Naturales; nuestra actitud con el río Ebro -encorsetado por los diques, contaminado e infestado de especies exóticas invasoras, además de falto de sedimentos que alimenten su delta-, ya no aprueba los exámenes de Física, Química y Conocimiento del Medio Natural; y nuestra gestión del río Guadalquivir -asediado por los riegos ilegales que secan su freático en Doñana-, cualquier profesor de Geología o Biología se la cargaría en junio y septiembre.
La pérdida de biodiversidad en los ríos españoles (también del resto del mundo) tiene múltiples causas. La sobreexplotación de sus aguas reduce los caudales hasta convertir kilómetros y kilómetros de río vivo en hilos medio muertos. Los trasvases alteran equilibrios ecológicos milenarios, oponiéndose a cualquier ley natural. Las presas fragmentan los hábitats fluviales impidiendo los flujos migratorios de las especies autóctonas y favoreciendo la proliferación de las foráneas. A ello se suman otras causas invisibles para el ojo humano, como son la inmensa contaminación difusa procedente de los fertilizantes y pesticidas agrícolas; o la que vertemos directamente a través de las depuradoras convencionales, que tanto nos tranquilizan, pero que dejan escapar silenciosamente sustancias que envenenan lentamente a los peces e invertebrados, como son los metales pesados, nanoplásticos, cosméticos, antibióticos, ansiolíticos, anticonceptivos y antiinflamatorios.
El cambio climático agrava cada uno de estos factores. Sequías largas concentran contaminantes. Avenidas torrenciales arrasan la biodiversidad a destiempo y con mayor furia. La temperatura media del agua aumenta y desplaza a nuestros peces, mientras proliferan decenas de especies no nativas rompiendo el equilibrio y la cadena trófica natural. Los sotos y riberas desaparecen al ser urbanizados o convertidos en plantaciones. Y lo que se pierde no sólo es flora y fauna. Se pierde capacidad de depuración natural. Se pierde resiliencia frente a las inundaciones. Se pierde paisaje, memoria y cultura fluvial.
El río ha dejado de ser un ecosistema para convertirse en una infraestructura. Un canal forzado a ceder un elevado porcentaje de su agua para regar cultivos subvencionados, la industria contaminante, las eléctricas, la IA y la gran ciudad. Así, el río no es más que una tabla estadística: Matemáticas. La biodiversidad, en cambio, no cabe en un porcentaje de agua embalsada. No genera titulares diarios ni comparecencias urgentes. Desaparece sin estridencias y sin la defensa de influyentes despachos de abogados. Abundan los ciudadanos sólo pendientes del nivel de los pantanos. Políticos y organizaciones agrarias centrados en promover trasvases o nuevas obras hidráulicas en vez de planes de ahorro de agua. Confederaciones hidrográficas decimonónicas que siguen utilizando más del 85% de sus presupuestos anuales en desnaturalizar ríos en vez de restaurarlos. Ayuntamientos que, cabezona y temerariamente, no adaptan sus planes urbanísticos a las necesidades del río y luego solicitan declaraciones de “zona catastrófica”. Ingenieros que calculan con toda exactitud los metros cúbicos de una escollera o la altura de coronación de cualquier gran presa, pero nunca recibieron clases de Ecología Fluvial, y así es muy difícil que la respeten. Medios de comunicación que abren los informativos con el dato casi diario de las reservas embalsadas en vez del porcentaje de agua consumido innecesariamente por los ciudadanos.
Pocas veces se pregunta cuántas especies autóctonas quedan. Pocas veces se explica qué significa que un río está en “mal estado ecológico”. Pocas veces se recuerda que un río vivo vale tanto o más que un embalse lleno. El porcentaje de agua embalsada no informa sobre la biodiversidad. Es un dato hidrológico, no ecológico, por lo tanto, parcial e incompleto. No es toda la verdad; y sin embargo nos conformamos con su mitad. No aprendemos más allá de los números: de ciertos números. Contabilizamos matemáticamente cuánta agua almacenamos para nuestras necesidades y caprichos, pero olvidamos cuántas veces hemos suspendido en Biología…, salvo cuando tenemos previsto ir a pescar exóticas invasoras, porque lo de los peces autóctonos y bañarse en un gran río es tarea prácticamente imposible.
Hoy es 14 de marzo, Día Internacional de Acción por los Ríos.
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