Vida silvestre

3 de marzo de 2026 10:27 h

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Contemplar el paisaje hace que nazcan en nosotros los mejores sentimientos y una gran sensación de tranquilidad. Hasta nos notamos plenos. Y es verdad: lo han demostrado los neurocientíficos. La observación de los paisajes verdes reduce el estrés, la ansiedad y la fatiga mental al disminuir la actividad de la amígdala y la corteza prefrontal de nuestro urbano y atareado cerebro, provocadas por las prisas de la actual “sociedad del cansancio”, como así la define Byung-Chul Han en uno de sus últimos libros. Y es que entre los espacios verdes y nosotros se establece una conexión ancestral que potencia la memoria, la atención, la creatividad y regula -para bien- el estado de ánimo. Vamos, que dejarse envolver un buen rato por la Naturaleza es todo un refugio terapéutico para el cerebro.

Desde hace casi una década viajo hasta las antípodas y paso cada año varios meses por allí. Para un viejo enamorado de la vieja Europa como yo, aquellos paisajes son diferentemente maravillosos. Sin duda que muy buenos también para los ojos y el cerebro. Parecen estar llenos de vida silvestre. Lo están, pero con la propia (a la baja) de aquellos lejanos países y la invasora (al alza) que los británicos han ido llevando hasta allí desde hace poco más de dos siglos. Peligrosa práctica -la de introducir especies exóticas- que se ha vuelto como un bumerang contra los propios humanos y la fauna y flora autóctonas de allí y de todo el Planeta.

Y a pesar de las apariencias, allí también ocurre como en el resto del mundo. Es lo que tiene simplificar los procesos naturales y modificarlos a nuestro antojo. Con la Naturaleza nos creemos dioses y no lo somos. La vida silvestre, los ecosistemas, son un entramado de numerosísimos elementos y conexiones que apenas hemos descifrado, como tampoco hemos sabido entender ese billón de sinapsis de nuestro cerebro de primate, por mucho que los científicos se afanen en nuevos adelantos.

Así pues, pienso que tanto el cerebro como la vida silvestre son muchísimo más complicados que la admiración que despiertan en nosotros; de tal manera que solo accedemos a ellos mediante razonamientos y conclusiones reduccionistas. Está demostrado que de la vida silvestre o biodiversidad, a la gente sólo le atrae lo grande y espectacular, lo que nos favorece o se come, lo que causa daño, o lo escaso y “bello”: por las setas, las secuoyas o las orquídeas, por el atún rojo, las ballenas o los gorilas de montaña, por el tigre de Bengala, el oso panda o el cóndor de los Andes y un grupo relativamente reducido de plantas y animales carismáticos.

Pero todos ellos (con toda su innegable importancia) no son más que una minúscula parte del auténtico soporte de la vida silvestre. Como dijo el sabio naturalista Edward O. Wilson: “son los pequeños seres vivos los que hacen funcionar el mundo”. En concreto los animales invertebrados y, entre ellos, los odiados insectos. No la hay (ni la habrá nunca) flota de drones o de máquina humana que pueda igualar la productividad (a coste cero para nosotros los humanos) de las abejas y demás polinizadores. Se estima que el valor económico de la polinización por insectos (abejas y abejorros, coleópteros, dípteros, mariposas, etc.) ronda los 600.000 millones de dólares anuales (¡todo eso nos “olvidamos” en el cálculo del PIB mundial!). Se estima que en una hectárea de selva tropical del Amazonas, del Congo o del Sudeste asiático, por cada pájaro que escuchas o miras en su rama, hay miles de pequeños gigantes “trabajando para él”, bajo sus pies. Se sabe que tres cuartas partes de las especies que cultivamos necesitan ser polinizadas por insectos…

En definitiva, para conservar los ecosistemas terrestres, la vida silvestre o la biodiversidad (como lo quieras llamar) no hay que olvidarse nunca de preservar a los insectos porque son el cemento que los une, la pieza fundamental del complicado engranaje de la cadena alimentaria. Representan, nada más y nada menos, que el 80% de toda la fauna conocida. Y todos los invertebrados el 99%. Sin embargo, los estamos haciendo desaparecer. Aunque todavía nos quedan décadas para catalogar la inmensa diversidad de insectos (cada uno con su función apropiada y necesaria aunque aún sea desconocida por los doctos), ya hay varios estudios que han estimado su ritmo de extinción. 

Y de la misma manera que se calcula que cada año en el mundo vertemos casi cuatro millones de toneladas de pesticidas agrícolas: que los mata bien muertos, o que en las últimas décadas está por encima del 5% la tasa anual promedio de la expansión urbana mundial: que les roba su hábitat, se ha estimado que la masa total de insectos está sufriendo una reducción media de alrededor del 3% por año en todo el Planeta. Si te dan a elegir, ¿qué prefieres, los pomposos paisajes mutilados o los que conservan la biodiversidad de los más pequeños? Si has elegido lo primero, piensa que, aunque te ahorres el repelente de mosquitos, estás poniéndoselo todavía más difícil a las especies carismáticas que tanto nos fascinan.

Hoy es 3 de marzo. Feliz Día Mundial de la Vida Silvestre. 

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