El último botero de La Rioja rescata el oficio familiar a tiempo completo
El último botero de La Rioja ha decidido apostar por completo por el negocio familiar y evitar el final al que estaba avocado el oficio. Después de que hace tres años la jubilación por enfermedad de Félix Barbero obligara al cierre de la tienda Botas Rioja de Logroño, su hijo Iván, la sexta generación de boteros, ultima la apertura de su nueva tienda en plena Plaza del Mercado. “Me daba pena que se perdiera”, justifica este artesano que se ha criado entre pieles y botas.
Durante estos tres años, Iván Barbero no dejó de coser botas. Compatibilizaba su trabajo en cocina y en fábricas con sus ratos en el taller elaborando este recipiente para el vino. “Después de trabajar mis ocho horas, como quien va al yo me metía hacer botas, pero ya llega un momento en el que el cuerpo no puede”, explica. Siempre tuvo en la cabeza la inquietud de aportar por la tradición de la familia: “Donde yo disfrutaba y estaba más contento era en el taller haciendo botas”.
Y dicho y hecho: se va a dedicar al completo a confeccionar botas: Casi sin darse cuenta, ya tiene casi todo listo y espera abrir en los próximos días y estar ya a plena actividad para las fiestas de San Mateo. Sus primeros planes pasaron por solicitar dos locales del Mercado de San Blas, sin embargo, cuando se enteró por la prensa que ya estaban adjudicados, buscó otras alternativas y encontró un local emblemático en la Plaza del Mercado.
Donde en otro tiempo hubo mercaderes de ganado y se instalaron después zapaterías, tiendas de bolsos, cuchillería, tienda de vinos, ahora son pocos los comercios que resisten entre locales de ocio nocturno. Y Botas Rioja llega para mantener esa esencia comercial. Iván Barbero volverá a abrir la puerta donde se instaló el comercio El Barato durante 66 años, hasta 2023 y que acaba de dejar la tienda Bynds. Con una pared que emula un frontón a un lado y un gran vinilo de su padre y su abuelo al otro, la sexta generación de boteros observa con ilusión su nueva tienda. “Mantendré el taller en Varea, que ya lo tengo todo montado, y dedicaré este espacio a terminar las botas y venderlas”, apunta.
Solo quedan cinco boteros en España
Dedicarse a este oficio a tiempo completo es casi un acto de resistencia. Iván encarna el último referente de una tradición que se apaga: si en los años 80 aún sobrevivían una quincena de talleres en La Rioja, hoy él es el único, y en España apenas quedan cinco o seis boteros “legalmente registrados”, según señala. “Se va perdiendo porque no hay relevo generacional, tengo 49 años y seré de los más jóvenes”. Además, esta situación dificulta la búsqueda de materia prima, porque también quedan pocos curtidores de piel, por ejemplo.
Gracias a su apuesta decidida e ilusionada, el oficio se mantiene en La Rioja y de forma tan artesanal como lo hacían sus antecesores. Sí que antiguamente las botas eran íntegramente de piel con la pez en el interior, una resina que impermeabiliza la bota y que mantienen, pero ahora hay otras alternativas, como el interior de látex, que consigue botas más prácticas, cómodas y sin necesidad de mantenimiento. Por lo demás, el proceso es el mismo: “El zurcido y todo se hace a mano, utilizo una máquina de coser que tiene muchos años pero que hace su función y buenas materias primas, todo producto nacional”, explica. “Como sé que no puedo ir a la cantidad, voy a la calidad”.
Aunque Iván Barbero puede describir rápidamente todo el proceso que realiza para elaborar cada bota, aclara: “Se dice muy rápido, pero hay que hacerlo y es lo que cuesta”. El tiempo depende del material y hasta de la meteorología. Las de piel de ternera puede acabarlas en un par de días, pero las de piel de cabra necesitan mojarlas para poder coserlas y después tienen que secarse, oscilando entre los cinco días y las tres semanas para que esté terminada y dispuesta para la venta, que también realizan a través de internet. “Fue de las primeras tiendas online que hubo en Logroño y siempre la he llevado yo”, dice orgulloso.
A pocos días de abrir la puerta de Botas Rioja, a Iván Barbero se le notan los nervios y la ilusión a partes iguales. El niño que creció entre botas y petachos es hoy la sexta generación de una saga que se resiste a extinguirse. Aunque le quita hierro a la responsabilidad de ser el único en mantener vivo el oficio en la región, la verdadera razón de su empeño es puramente vocacional: “Es lo que he visto, lo he amado y me daba pena que se perdiese”, confiesa. Sin subvenciones ni ayudas de las administraciones, el último botero riojano lo tiene claro: “Esto lo hago más por lo sentimental que por lo económico; lo hago por mí, es amor propio”.
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