Vecinos del Barrio del Pilar denuncian “excesos” policiales, detenciones arbitrarias y acoso a las casetas vecinales en las fiestas
Este jueves, 8 de octubre, comienzan las fiestas del Barrio del Pilar, en el distrito de Fuencarral-El Pardo. Son unas de las más grandes de la ciudad y acostumbran a estar muy concurridas: por llegar ya inaugurado el otoño y por poner punto final al calendario de fiestas patronales de barrios de Madrid.
Los festejos del Barrio de La Pili, como informalmente llaman al barrio algunos de sus vecinos, son también conocidas por su tradición vecinal desde tiempos de la Transición. Con altibajos, el tejido asociativo del barrio ha conseguido mantener su carácter popular a lo largo de los años.
Una vez más, y desde hace mucho, se celebrarán en el parque de La Vaguada, un espacio que fue ganado precisamente por la lucha vecinal del barrio al conocido centro comercial, que inicialmente iba a ser mucho más grande. Territorio que forma parte del origen del barrio como se entiende hoy, de su tradición asociativa y de las de las fiestas, que fueron organizadas por los vecinos antes de que existieran las juntas de distrito.
Desde hace dos décadas largas, muchas asociaciones colaboran dentro de la Plataforma por unas fiestas populares del Barrio del Pilar, que organiza un rincón popular con su propia programación libre de altisonancias.
Los colectivos de la plataforma, que incluyen asociaciones vecinales, de scouts, deportivas o grupos políticos, festejan cada año juntas en las casetas que las entidades han conseguido ese año a través del sorteo que hace la junta de distrito. Tratan de mantener la llama de la fiesta local frente al modelo festival, que se ha ido imponiendo a lo largo de los años en las fiestas de distrito.
Un recinto ferial perimetrado y un control dispositivo de seguridad ¿excesivo?
Uno de los problemas detectados por las entidades sociales del barrio, denuncian, es el del desproporcionado dispositivo policial en el recinto ferial del Parque de La Vaguada. El año pasado fue el punto álgido de celo policial en los controles de acceso y seguridad de las fiestas, según refieren numerosos testimonios a los que hemos tenido acceso.
La referencia para considerar el aforo del recinto ferial parece ser el área donde se programan las actuaciones estelares de las fiestas (este año Despitaos o DJ Nano). El resultado es que, aunque este espacio esté lleno, el resto permanece prácticamente vacío y miles de personas hacen cola a la puertas del recinto. “El escenario está vallado y tiene su propio control de acceso, además del que ya de por sí tiene el parque, por lo que no se entiende por qué no puede considerarse el aforo independientemente”, reclama una vecina.
El perimetrado acaba ocasionando colas interminables en los dos únicos accesos al parque de La Vaguada –a veces de más de una hora–, situaciones de nervios porque parte de los amigos han quedado fuera y cierres del acceso desde antes de la medianoche durante los días de mayor afluencia.
Y cacheos, constantes cacheos. Numerosos vecinos hablan de exceso de celo en los dispositivos de seguridad de acceso al parque de La Vaguada con los más jóvenes y lo achacan a la cultura securitaria que se ha impuesto en las fiestas desde que el actual mando policial desembarcó en el distrito.
Este medio ha tenido acceso a testimonios en primera persona y de familiares involucrados en algunos sucesos del año pasado que así lo atestiguan.
El primero de los casos tiene que ver con la detención de un chico de dieciocho años después de orinar en unos arbustos del pàrque. Asustado, salió corriendo y fue detenido por la Policía Municipal. Comenzó entonces la égira por comisarías de su familia –decenas de vecinos lo vieron todo, así que la noticia corrió rápido–. Durante la noche, un policía informó a sus padres de que uno de sus compañeros había sufrido una lesión en un dedo y, otro, desperfectos en su teléfono móvil personal.
No fue puesto en libertad hasta el mediodía del día siguiente. En el atestado policial se relata una actitud de resistencia que habría conllevado, supuestamente, que uno de los policías se hiciera daño y se tipificaba como Atentado a agente de la autoridad. Sin embargo, el juez de instrucción penal desestimó los hechos por no considerarlos constitutivos de delito ni quedar acreditados. No llegó a juzgarse, pero el caso supuso casi un año de incertidumebre para él y su familia, que ha decidido ausentarse este año de Madrid durante las fiestas de su barrio.
En otro lugar, pero también dentro del recinto ferial, se produjo otra detención, esta vez a un menor. Como se han detectado en pasado robos de teléfonos móviles, los policías de la puerta piden a los chicos jóvenes que salen del recinto que desbloqueen sus teléfonos para verificar que son suyos. El chico protagonita de los hecho llevaba la sudadera de una amiga, que hacía cola en los baños portátiles de las fiestas, y en ella estaba su teléfono que, obviamente, no pudo desbloquear. El menor fue llevado a las dependencias de la GRUME (Grupo de Menores de la Brigada Provincial de Policía Judicial) mientras que sus amigas trababan de explicar a los policías que quedaban en el dispositivo policial que eran ellas la que le habían confiado su teléfono.
La madre de la chica cuyo móvil había viajado hacia dependencias policiales recibió una llamada de los juzgados la mañana siguiente. Debían personarse allí para declarar como víctimas de la sustracción. El menor fue puesto en libertad a las once de la mañana del día siguiente, aunque “la víctima del robo” tuvo que volver tres meses después a declarar para que la causa fuera archivada.
Décadas intentando hacer barrio contra la deriva mercantilizada de las fiestas
El despliegue policial de las fiestas forma parte del camino de transformaciones de las mismas, durante el cual las asociaciones vecinales han sentido cómo estas eran un poco menos suyas.
La Flor es la asociación vecinal por excelencia del Barrio del Pilar, con casi medio siglo de trabajo sobre el terreno y bregados en luchas históricas como la mítica campaña La Vaguada es nuestra, que tuvo lugar a caballo de los años setenta y ochenta.
“Empezamos a participar en la plataforma junto con el resto de las entidades ante la deriva de mercantilización de las fiestas, con una empresa adjudicataria que las monta y poca participación vecinal”, explican. Cuentan que las fiestas han crecido mucho, “nos hemos encontrado gente que ha venido de Toledo o de Guadalajara”, refieren con sorpresa. Es un reto, creen, que no puede conllevar el vaciamiento vecinal de sus fiestas patronales. Un tono mercantilizado que, advierten, se lleva denunciando ya desde los años noventa.
La Piluka es un centro social autogestionado y alquilado que lleva más de veinticinco años haciendo barrio desde una de las placitas con nombre gallego de la barriada. Participan desde hace muchos años en la Plataforma y, según nos cuentan, “intentan generar un modelo alternativo de ocio” durante su actividad habitual y, también, en las fiestas.
A esta pulsión por hacer de las fiestas una ocasión para anudar el tejido vecinal se une la veterana Agrupación Deportiva y Cultural Lacoma, un equipo de fútbol clásico en el distrito fundado en 1989. Un grupo de jugadores cogió el club a principios de los 2000 y desde entonces participan en las fiestas del barrio y en la Plataforma. Sobre la participación vecinal a lo largo del último cuarto de siglo explican que “ha habido de todo” y recuerdan que hace años “era todo mucho más relajado”. Insisten en que lo que ellos querrían es que la junta contara más con los vecinos para organizar las fiestas en vez de delegarlo todo en una empresa concesionaria.
A esto colectivos se suman otros, algunos de tanta raigambre como el grupo Scout de Luján, fundado en 1965 al calor de la parroquia del mismo nombre. Unos y otros están porque las fiestas no se conviertan en un macrobotellón y son conscientes que es necesario que exista un dispositivo de seguridad. Sin embargo, piensan que el modelo de los últimos años excede lo que es la seguridad, convierte el recinto ferial en territorio hostil y no consigue el objetivo de evitar el botellón. Un paseo por la Avenida de la Ilustración o Monforte de Lemos, donde numerosos grupos de jóvenes hacen botellón antes de entrar al recinto ferial les da la razón. “Lo que hace es expandir el problema”, claman los colectivos.
Pero el problema de fondo es el modelo de fiesta, que les arrincona –literalmente– cada vez más. Todos citan los años de alcaldía de Ahora Madrid como el último punto álgido de participación. Entonces, se amplió el espacio dedicado a las entidades sociales, que se situó al fondo del parque en una gran carpa. “Además, era el espacio en el que en los últimos años había estado el Oktoberfest, una iniciativa privada que coincidía con las fiestas”, recuerdan desde La Piluka.
Durante esa etapa, se amplió el número de casetas vecinales, se dispuso un escenario propio cuya programación programaban ellas y hasta se intauró de un pequeño presupuesto.
Sin embargo, después del parón del Covid y de las fiestas de 2021, ya con el consistorio popular en Cibeles, comenzó una nueva etapa. Coincidiendo con la remodelación del parque de La Vaguada, las casetas vecinales volvieron al lateral del parque y dejaron de convocarse las comisiones de fiestas, instrumentos de las juntas de distrito que vehiculizan la participación.
Todas las asociaciones piden que vuelvan a convocarse dichas comisiones. El Grupo Municipal Más Madrid lo ha pedido en pleno sin éxito hasta en tres ocasiones ya, según declaran en conversaciones con este medio.
Aunque las entidades de la plataforma han acudido puntualmente a su cita con las fiestas del barrio, cada año se encuentran con más cortapisas. Además del sistema de aforo que deja vacía la parte del parque donde no está el escenario, tienen que enfrentarse a continuas visitas de la policía para tratar de impedir que se lleven a cabo las actividades programadas –tales como la paella popular o el torneo de mus– so pretexto de que en las casetas solamente pueden desarrollarse actividades hosteleras.
Lo último fue la prohibición el año pasado de poner música en las casetas mientras se producen las actuaciones en el escenario principal. “Es de locos, nuestra música no se escuchaba allí y los feriantes la tienen a tope, parece que estuviéramos cerrados”, explica uno de los encargados de caseta de las anteriores fiestas con visible enfado.
A pesar de todo, los vecinos y vecinas asociados del Barrio del Pilar volverán este año a sus fiestas, tratando de que no se les escapen. Harán bocatas de panceta, bailarán con sus vecinos, organizarán actividades infantiles, bailes de bachata, murales y, sobre todo, entretejerán lazos de vecindad. Siempre y cuando el control de seguridad no les haga imposible entrar al parque.
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