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El grupo de chicos que se rieron de unas piernas sin depilar

Hacía calor y Alejandra llevaba falda. No iba completamente depilada y un grupo de chicos que encontró en el autobús se rio de ella

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El pasado verano volvía de hacer un curso que organizaba una galería de arte cerca del museo Reina Sofía. Estábamos en plena ola de calor madrileña y yo llevaba, como suele ocurrir en los días de calor, una falda. Falda que, como también es lógico, dejaba ver mis piernas. Y ahí es donde empezó el problema.

Nunca he sido una persona a la que le guste demasiado depilarse, no solamente porque me duele, sino también porque me suele provocar muchos problemas en la piel, por lo que siempre intento apurar al máximo antes de hacerlo. Además, he crecido en una familia en la que a mi madre tampoco le hace mucha gracia el asunto y después de haber leído mucho sobre el tema siempre he considerado que depilarse es una decisión personal y que cada una tiene derecho a hacer lo que quiera. 

Yo esa tarde llevaba lo que podría describirse como 'una barbita de tres días'. Es decir, ni corto, ni largo. Lo suficiente para que si estás morena (que no era mi caso) no se note. Así que no, no iba perfectamente depilada. Y así, con mi falda y mis piernas ligeramente peludas me subí al metro. 

Cuando llevaba ya un par de paradas se subió al vagón un grupo de chicos que rondarían los 22 años, y se sentaron en unos asientos que estaban libres justo delante de mí. Inmediatamente miraron mis piernas, se miraron entre ellos y se empezaron a reír. Y yo decidí parar la música. Uno de ellos dió un codazo a otro y, por si acaso no se había dado cuenta (o yo no me había fijado) volvió a señalar mis piernas (más disimuladamente), soltó un comentario a su oído y ambos comenzaron a reírse.

No había oído nada realmente, así que quise creer que solamente eran imaginaciones mías y ya está, por lo que volví a mi música. No quise darle más vuelta al asunto y bajé la vista para cambiar de canción, aunque la pandilla de chicos del vagón seguían riéndose como si allí sucediera la cosa más graciosa del mundo. 

Cuando levanté los ojos de nuevo vi que otra vez estaban mirándome las piernas. Y esta vez, uno de ellos me miró, y como queriéndome recordar cómo tiene una que depilarse las piernas, extendió su mano y pasó un dedo de la otra por encima, como si se tratase de una cuchilla. Luego me volvió a mirar, comentó algo al oído de su compañero y todos se bajaron, no sin antes echar un vistazo a mis piernas que tan asombrosamente graciosas les parecieron. Ninguno de ellos iba depilado. Pero yo, nada más llegar a casa, lo primero que hice fue pasarme la cuchilla. Y mientras lo hacía se me ocurrieron mil cosas que les debería de haber dicho, si no me hubiese sentido tan humillada.

Alejandra

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