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Raquel Carrasco, librera: “Las librerías pequeñas de ciudades pequeñas arriesgan su dinero para dinamizar la cultura”

La librería Colette ofrece un cuidado catálogo al margen de éxitos comerciales para “sorprender al lector”

Raquel Carrasco, librera: “Las librerías pequeñas de ciudades pequeñas arriesgan su dinero para dinamizar la cultura”

Raquel Carrasco

Hace más de medio año que Raquel Carrasco se lanzó a la aventura de abrir una librería en el barrio de Santa Eulalia de Murcia. Lo hizo con su personal fórmula: Un catálogo altamente cuidado y alejado de lo comercial, con especial atención a libros escritos por mujeres y sobre feminismo. Como el propio nombre de la librería indica, el otro gran protagonista de “Colette, letras y tragos” (Cánovas del Castillo, 17) son los vinos, elegidos con tanto esmero como los libros que llenan los estantes. Colette quiere ser también un espacio de encuentro, que aloja exposiciones, presentaciones, lecturas de poesía y, por supuesto, catas de vino.

¿Cómo surgió la idea de mezclar vinos y libros?

Son dos cosas que me gustan: leer y beber vino, así que ¿por qué no juntarlas? El concepto existía en otros sitios, como en la librería “Tipos infames”, de Madrid, pero no en Murcia. La idea no era crear un bar con libros, sino una librería donde también te  puedes llevar una botella de vino, participar en catas o, por ejemplo, en navidad ofrecimos un lote para regalo consistente en un libro y un vino elegidos por el cliente que le preparábamos en una cestita.

¿Qué otras librerías te inspiraron?

Shakespeare & Co. Pero también muchas otras cuyos nombres no recuerdo y que me he encontrado en las calles de París, en Italia… Siempre he tenido un concepto romántico de las librerías. Odiaba esas con luces blancas y góndolas de supermercado, tipo industrial. Me gusta que sean acogedoras, sencillas. Que entres sin saber qué buscas ni qué vas a encontrar. Nosotros, por ejemplo, ponemos los libros frontalmente para que veas las carátulas antes que el lomo, hemos puesto una iluminación cálida…

Vienes de una profesión por completo diferente, ¿por qué hacerte librera?

Durante doce años estuve trabajando en una multinacional. Llegó un punto en que tuve que elegir entre seguir esa línea o cambiar por completo. Tras barajar varias opciones, comprendí que a mí lo que me gustaba de verdad era esto: los libros. No tenía relación alguna con el sector más allá de que me gustaba leer y pasar tiempo en las librerías. Pero vengo del mundo del comercio y al final un negocio es un negocio, así que entrar a tratar con editoriales, distribuidoras, etc. no me asustaba.

Raquel Carrasco, librera: “Las librerías pequeñas de ciudades pequeñas arriesgan su dinero para dinamizar la cultura”

Raquel Carrasco, librera: “Las librerías pequeñas de ciudades pequeñas arriesgan su dinero para dinamizar la cultura”

¿Qué diferencia a Colette de otras librerías?

Desde el principio tuve claro que no quería tener “best-sellers” al uso, ni el mismo surtido de novedades de las grandes cadenas. Por supuesto, si me pides un Javier Marías o un Pérez-Reverte te lo vamos a traer. Luego, estamos especializados en literatura de mujeres, porque hay muchas escritoras que no son tan conocidas como deberían y queremos que tengan aquí un rincón para su visibilidad. También nos centramos en feminismo, una línea que de cara al próximo año vamos a ampliar.

¿Cómo seleccionas los títulos?

Empecé con una seleccion muy pequeña, dejándome guiar por mi gusto. Enseguida vi que había editoriales cuyos catálogos siempre me atraían más, así que fui tirando del hilo y trayendo más cosas. Luego hemos ido creciendo, con la ayuda de Antonio Ubero, que ha realizado una selección de fondo muy cuidada. Ante todo, se trata de sorprender al lector. De descubrirle obras al margen de los grandes lanzamientos. También, por supuesto, clásicos, aunque en este apartado buscamos siempre ediciones muy cuidadas, como las de Alba Editorial, casi que de coleccionista.

¿Con qué otras editoriales trabajáis?

Por ejemplo con ContraEscritura, que en Murcia no la trae nadie y que publica traducciones de libros que en sus países llevan un montón de ediciones, pero que en España son desconocidos. También Impedimenta, Libros del Asteroide, Errata Naturae, Harpo Libros, que lanza a autores de poesía contemporánea… La red es infinita, también la riqueza de autores fuera del foco. A nuestros clientes les encanta investigar. Les gusta que les recomiendes libros y a menudo son ellos quienes nos descubren obras que luego traemos a la tienda.

¿Cómo puede el pequeño librero competir con Amazon o las grandes superficies?

Es que no compito. No me meto en guerras donde pierdo. Nuestro cliente es distinto: Alguien informado, comprometido con el pequeño comercio. Si vas a comprar “Patria”, te da igual ir a Amazon que a una cadena. Pero si lo que quieres es charlar un rato con el librero, que te recomiende cosas… De eso se trata: De renovar un oficio, el de librero, que se está perdiendo.

Tenéis también un espacio para libros de segunda mano.

Siempre que voy a Madrid me recorro todos los sitios de librerías de viejo. Me encanta escarbar. Me gusta ese olor a vainilla de los libros antiguos. Por eso he querido tener un espacio igual aquí. Exige cuidado porque hay que mantener una renovación continua para que la oferta sea atractiva. Pero también tenemos servicio de intercambio: Puedes dejar un libro y llevarte otro. En definitiva lo que nos gusta es darle una nueva vida a libros viejos.

Hacéis presentaciones, exposiciones, lecturas de poesía… ¿Una librería necesita crear comunidad a su alrededor?

Es fundamental. Hoy las librerías no pueden ser sólo sitios donde vendes libros, sino puntos de encuentro, de transmisión de conocimiento, de debate. Tienen que ser establecimientos vivos, con un contenido. Aquí la gente se conoce, descubre cosas… Las librerías pequeñas en las ciudades pequeñas arriesgamos nuestro dinero para dinamizar la cultura, ya que el sector público ya no lo hace. Y esa es una manera de defender la libertad de expresión.

Hace unos años que Murcia genera mucho movimiento.

La crisis arrasó con todo el tejido cultural subvencionado, al que los artistas iban como quien va al monte de piedad a empeñar su libertad. Pero la crisis arrasó y esto se quedó hecho un solar durante años. La gente necesita ahora puntos de encuentro. A quienes les gustaba la literatura o el cine se juntaban en los bares, como el Ítaca, o en la filmoteca. Ahora sí son posibles espacios como el nuestro donde, aparte de la propia venta, hay una voluntad de aportar algo a la cultura. La cultura puede ser rehén del mercado o un negocio bien ordenado, y nosotros queremos lo segundo.

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