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La actualidad de Mrs. América

"Mrs America", el feminismo contado por su mayor enemiga

Como para muchas personas durante este confinamiento, la oferta de las plataformas en línea se ha vuelto una actividad cotidiana (a la par que una especie de bálsamo para sobrellevar el encierro). Mientras navegaba un día, una vez que se agotaron las opciones favoritas (o recomendadas) de pronto di con Mrs. América. Esta serie estadounidense (creada por Dahvi Waller) que actualmente emite HBO, y que está protagonizada por Cate Blanchett, revisa la coyuntura política en la década de los setenta en Estados Unidos, para ratificar la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA son sus siglas en inglés).

Cada capítulo de la serie (que aún tiene episodios pendientes por estrenar) se enfoca en una de las protagonistas de aquel momento histórico. Para poner en contexto, la famosa ratificación de la enmienda, consiste en incluir en la Constitución de los Estados Unidos una disposición expresa contra la discriminación por sexo.  No me detendré a hacer ningún spoiler de la realidad y el avance jurídico de dicha enmienda.

En esta producción podemos contemplar toda la riqueza de los detalles de la esfera política pública tras bastidores en el tema de la enmienda. Por un lado los grupos feministas (sí, se observa la pluralidad de los feminismos) cuyo arduo trabajo en cada estado logró que la mayoría dentro de su legislación propia, ratificara el texto de la ERA; y por otro, los grupos conservadores  que defendían la maternidad abnegada y el espacio doméstico como espacio "casi natural" de la mujer (el estereotipo de las madresposas y los roles tradicionales).

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El cuarto oscuro del confinamiento

Los agentes de Benidorm se grabaron realizando una agresión verbal tránsfoba

Aparte de escritora poco ortodoxa, soy trabajadora social y he estado durante todo tiempo de alarma laborando en una casa donde ocho personas sin relación familiar han estado confinadas hasta que volviera la calma. Demasiado bien ha ido el experimento, no a todos los recursos sociales les pasó lo mismo y mucho menos las casas que decidieron seguir las normas del cuarenteneo.

Servicios Sociales ha sido un drama: albergues llenos, cobertura de atención reducida al mínimo, comedores abarrotados. Si a esto le sumamos el propio sistema de salud colapsado, cientos de personas se han quedado sin techo o sin recursos propios, varadas en todo este oleaje.

Afirmar que las cosas no han cambiado sería como declararse terraplanista. Aunque dudo mucho que hayan ido a mejor, lo que sí puedo decir es que no afecta a todas las personas por igual. Nos vino perfecto para observar de nuevo que las necesidades sociales que llevamos arrastrando, cuya respuesta comunitaria se ve mermada por el distanciamiento social, sigue distanciándonos cada vez más de nuestras otredades vecinas al ritmo que Andrómeda se separa de la Vía Lactea.

Comenzando desde los escalafones más altos se nos recuerda cuál es nuestro asiento una vez terminada esta orgía de capitalismo y consumo, en donde la primera en correrse de todo este asunto son las grandes marcas que se encontraban detrás de los Prides y los Circuits y, en general, cualquier otro evento que suponga un hombre cis homosexual con privilegios, un valor activo al que dejar seco a través de ofertas de consumo dedicadas a su satisfacción. Pues, mi ciela, ya no hay Circuit, mariconeo, petardeo, escándalo. Sorry.

Aunque si aquí se nota, te puedes hacer una idea de cómo afecta en otros estratos no tan cómodos y soleados, pero sí más vulnerables a cualquier tormenta venidera.

Antes de bajar de lleno, recordemos la interseccionalidad como hándicap de pertenencia a grupos hegemónicos y formada por existencias difíciles de mirar.

La idea principal es que en este efecto 2000 las periféricas vuelven al hoyo; las amigas LGTBI+ que también tienen otras catalogaciones se ven especialmente afectadas ya que, aparte de la tendencia homofóbica -especialmente transfóbica- del propio sistema cisheteropatriarcal, otras cuestiones como la xenófoba, aporófoba y putófoba siempre rondan alrededor e inciden en el derecho universal a tener una casa donde resguardarte. Aquí una serie de declaraciones de maricones, trans, ocupas y migras que están encantadísimas de hablar de sus cuarentenas existenciales:

“Ya me pasaba antes porque como tengo estas facciones tan de hombre se me nota y ahora esto es un coño. Voy por la calle y me paran los policías y me preguntan a dónde voy, si es que estoy trabajando o qué hago a esas horas. Verá, señor agente, voy a comprar aquí al súper. Pues vaya a otro, señorita, este está muy lejos de dónde supuestamente vive. Me tratan como la puta que soy, pero como no hay nadie en la calle, se encuentran con licencia de hacer lo que quieran y de replegarme en mi casa para que no me vean. Esas máscaras de mierda son de villano, no de héroes”.

“Aunque los desahucios han parado no significa que nos vaya mejor, al contrario, hay que trabajar el triple para afrontar situaciones que no habíamos barajado anteriormente con los decretos del Estado soplándonos la nuca. Nos vemos con la necesidad de crear redes casi clandestinas de alimentos ya que el aislamiento ha pegado fuerte. Si antes íbamos al contrario de todo, ahora vamos más que antes: reunirse es una movida ya que tenemos a los polis dando vueltas por el barrio todo el rato y cuando te vean las pintas de maricón y punki te aseguro que te van a parar con toda la intención de meterte una multa”.

“Yo me resigno a toda esta situación, pero es duro. Dejé mi país perseguido por ser gay teniendo un buen trabajo. Llego aquí y me encuentro con que hay que trabajar sin ningún tipo de seguridad social ya que llevo cinco meses sin poder resolver mi solicitud de asilo y con el miedo a que venga alguien a decirte que es del Ministerio del Trabajo, Sanidad o qué se yo. Lo que no teníamos nadie previsto es que no puedo tener ningún tipo de prestación ya que no soy parte del sistema. Ahora tengo más miedo a salir, no por el virus, sino porque me paren en la calle, aunque es verdad que tengo un montón de amigos que me han podido ayudar con techo y comida, aparte de que algunos de los servicios a los que iba, como Cruz Roja, me ayudan como pueden. Al final, me siento muy agradecido por estas cosas”.

En conclusión, #QuedateenCasa no es un mensaje global de cuidados individuales y colectivos. Es una declaración de privilegios, una implícita reafirmación de clases sociales para todas aquellas unidades domésticas que pueden declararse como tal y que apela directamente al derecho universal a tener una vivienda – digna-. Éste es un derecho al que cada vez menos personas pueden acceder y que en estos momentos nos sirve de barrera arquitectónica para protegernos de las lacras del Estado. No sé, a lo mejor, ante tantísimas necesidades surgidas, estamos enfocando mal el problema.

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La masa (poco) crítica

Apokálypsis (línea de ilustración) Medusita / andreatovar.org 2020

La idea central de la que parte nuestro ordenamiento jurídico es que necesitamos la represión y el dictado imperativo para funcionar de manera beneficiosa para el bien común. De lo contrario, castigo. Papá Kant fue quien acuñó la sanción como eje fundamental. Algunos discrepan, argumentando diatribas sobre el sentido común para anclarlo en calidad de piedra angular alternativa.

¿Qué ocurriría si no hiciera falta que nos gobernaran a base de hostias? Buena pregunta para hacerse en cualquier momento; con el café matutino, el té de merienda o el vino de la noche.

Tristemente, yo concluyo que papá Kant, con su vara de hierro para dar azotes, tenía razón.

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Coronavirus, hábitos y género

Cuestión de acostumbrarse / MalvaDisco

Acostumbrarnos a realidades con las que no hemos crecido me parece una experiencia primordial. Dice un proverbio persa que «esto también (se) pasará» (این نیز بگذرد‎). Yo lo traduciría por «no hay mal (ni bien) que cien años dure». Que se pase la tesitura actual, no quiere decir que se vuelva por completo al estado anterior. Quizás nos acostumbremos a muchas cosas. No quiero entrar en predicciones más terroríficas, a consecuencias de autoridades oportunistas y otros poderes, porque quiero creer que lucharemos, no nos acostumbraremos. Llamadme idealista.

Quizás nos tengamos que acostumbrar a tocarnos menos y llevar mascarilla, compatriotas incluidos, aunque sea de vez en cuando. Será para nuestra propia protección o para la ajena. Antes eso era «cosa de chinos». Aquí, la cara se la cubren malhechores, funambulistas y fuerzas «de seguridad». El resto, normalmente por identificación personal y por expresión individual, solemos mostrar nuestra cara al aire, como mucho con algo de maquillaje.

Quizás nos tengamos que acostumbrar a cuidar la higiene de manera más estricta. Hoy tengo las manos hechas unos zorros, después de lavármelas, trabajar, lavármelas, salir —por fin y con pulcro protocolo— a comprar, lavármelas, cocinar y comer, lavármelas (al fregar los platos), arreglar las plantas, lavármelas, barrer, lavármelas, limpiar el polvo, lavármelas… ya es normal que se dañen. Seguro que las empresas de parafarmacia se forrarán (más) vendiendo cremas de manos ¡y ahora aptas para señoros! Aunque también es posible que se integre el aprendizaje para la salud en la enseñanza. Soñemos.

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Betty Friedan y los grandes tochos del feminismo blanco

Mujeres negras manifestándose

Estaba revisando unas notas de cuando leí «Malditas, una estirpe transfeminista» de Itziar Ziga cuando me volví a encontrar con esto de «Yo no soy hija de Betty Friedan», y me picó la curiosidad: ¿qué decía Betty en una de las que es considerada (miles de comillas) una de las obras fundamentales del feminismo que pudiera cabrear tanto a Itziar hasta el punto de repudiarla como madre simbólica y despreciar su legado feminista? No tengo espacio en este artículo para desarrollar lo tremendamente mal que ha envejecido La mística de la feminidad (1963), para poder señalar y analizar como me gustaría la misoginia que sobrevuela estas páginas, la homofobia, la lesbofobia, la sexofobia, los sinsentidos, la eterna culpa que señala a las madres, mientras la ausencia o violenta presencia de los padres en los hogares no ocupan líneas ni responsabilidad alguna en el pensamiento de nuestra gran feminista Betty.

Lo que de interesante tiene el tocho de la Betty es cómo documenta pormenorizadamente aquello que se considera(ba) «esencialmente femenino», que la tan ansiada y prometida felicidad femenina que se suponía se alcanzaba con la casa perfecta, el maridito y les hijes, no eran sino cepos patriarcal y estratégicamente bien plantados. Ni el mismo Sigmund Fraude pudo dilucidar en treinta años de devanarse los sesos («Sigo sin comprender qué quieren las mujeres», ánimo con eso Sigmund), que el malestar que no tiene nombre esta(ba) en la estafa de asumir la mística del capitalismo (palabra que por cierto no aparece ni una sola vez en el análisis de Betty), el matrimonio de obligado régimen heterosexual y la maternidad concentracionaria. Cuando Betty concluye al final: «No podía definir la liberación para las mujeres en términos que negaran (…) nuestra necesidad de amar a un hombre, e incluso a veces de depender de él.(…) El poder político no significa que dejes de necesitar amar y ser amada por un hombre, o que te dejen de importar tus critaturas», tengo claro que no estamos ante un texto revolucionario sino algo meramente reformista.

Intentando no caer en el revisionismo histórico, y sabiendo que yo leo esta obra hoy con los ojos mucho más llenos de conocimiento y sin la mugre psicoanalítica que trajo Sigmund Fraude con sus teorías farfulleras que ensuciaron el pensamiento feminista blanco, una no puede más que maravillarse ante las conclusiones a las que llega esta autora. El prólogo de Amelia Valcárcel, efectivamente, no hace presagiar nada bueno. Nos sirve, eso sí, como las ideas defendidas actualmente por la propia Amelia, para darnos cuenta de que hay cierto pensamiento feminista que ha quedado trasnochado; un feminismo cuyo marco teórico tiene, afortunadamente y a la luz de nuevas pensadoras y sus puentes neuronales para conectar lo transversal de las opresiones, obsolescencia programada. El feminismo, ese que se nombra a sí mismo en singular, se empeña (craso error) en hacer del género la única violencia, y es el responsable, desde mi punto de vista, de la errónea y terrible conclusión política de que el feminismo es cosa de mujeres. ¡Qué tremenda confusión sigue trayendo este planteamiento!

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Las nuevas masculinidades, en cuarentena

Cotton gardens, 2019; Weronika Dudka

Mi casero es un hombre mayor, de unos setenta y muchos, que siempre se empeña en hacerlo él todo. Si le pido, por caso, que me preste la taladradora para colocar unos estantes, él no soporta que le eche una mano. Ni que decirse tiene que jamás permitiría que yo subiera los peldaños de la escalera plegable. Tampoco deja que cargue con mis bolsas de la compra, si se cruza por mi camino cuando vuelvo del súper. Muchas veces he intentado convencerle de que la joven soy yo, y por tanto, la que más deber tiene de ser vigorosa y resistente a los golpes y a los pesos, pero eso se le antoja un insulto tremendo y deja de dirigirme la palabra durante unos días. Somos vecinos y vivo sola, así que lo acuso bastante y procuro hacer las paces pronto.

—No digo que seas machista —corrijo—, digo que eres un caballero de los de antes.

—Eso sí, señorita —al fin consigo que sonría.

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¿Qué es lo que te da más miedo en esta cuarentena?

Gordofobia y cuarentena

La gordofobia está tan asumida y reproducida en la sociedad que 'ponerse gorda' puede considerarse un mal fatal en esta cuarentena. Me explico.

Sin yo querer hacer apología de la obesidad -nótese la ironía- las redes sociales están llenándose de cantidad de información entre las que puedo destacar: memes de temática variada, bulos, comida y gente haciendo deporte. Los memes te hacen reír, los bulos los comparte el boomer-cuñado de turno, la comida te hace sentir gorda y el deporte te devuelve al estado correcto que es evitar estar gorda. Porque claro, digámoslo una vez más, una de las peores cosas que te puede pasar -sí, incluso estando en una crisis sanitaria como la que estamos viviendo- es ponerte y estar gorda.

Hablo todo el rato en femenino, primero porque soy feminista y uso el lenguaje inclusivo. Segundo porque la cuestión del género y la normatividad de los cuerpos tienen un especial machaque y carga para nosotras, como todo. Continúo.

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El 8M, el coronavirus y la Ideología de Género, de género subnormal

La ilustradora Quan Zhou frente al Ministerio de Exteriores

Sé que tengo un facha delante (el masculino –singular o plural- que emplearé es genérico a todos y todas las fachas) cuando escucho 'ideología de género' referido a las corrientes de pensamiento que se aúnan y vertebran los feminismos. Feminismos de los que el facha nada sabe, pero todo opina.

Da el macho titiritero conferencias sobre lo que la manada ha convenido llamar 'ideología de género' (en Murcia fue Joaquín Robles en la Facultad de Ciencias Políticas, evento por supuesto no exento de violencia y custodiado por la policía) al tiempo que se frota la barriga –real o metafórica- como si fuera una lámpara mágica de la que espera le salga el genio. Pensar (¡qué generoso se me antoja aquí ese verbo!) que la ideología de género la trajimos las feministas o, para precisar más los feminismos queer, equivaldría a afirmar que antes no existía tal cosa.

Y yo pregunto: ¿acaso no era ideología de género excluir a las mujeres de derechos civiles como el acceso al voto, a tener una cuenta corriente o a acceder a la universidad? ¿Acaso no es ideología de género pensar que el matrimonio o la familia son la receta sempiterna para la felicidad en las mujeres? ¿No es ideología de género lo que describen los postulados del amor romántico? ¿No era ideología de género patologizar la homosexualidad o no lo sigue siendo patologizar la transexualidad? La ideología de género es en realidad un invento patriarcal, de género subnormal sin ningún género de dudas, y no la trajimos las feministas; nosotras a lo que hemos venido, no se equivoquen, es a destruirla.

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Somos mujeres

Cuando la discriminación se amplifica por ser mujer lesbiana, trans o bi

El pasado 8M en Madrid una mujer trans subió al escenario para hablar. Pasadas las horas un grupo de personas la increpó en redes sociales con mensajes como “ser mujer no es un sentimiento”. Cuando vi estos hechos simplemente se me vino a la mente que la frase es cierta (aunque curiosamente sólo se la digan a las mujeres trans). Ser mujer no es un sentimiento, es una realidad material, y por eso mismo las mujeres trans somos mujeres. A la mujer trans que subió al escenario así como al resto la sociedad no va a dejar de verlas como mujeres y actuar en consecuencia, como por ejemplo cuando son acosadas por la calle por ser vistas como lo que son: mujeres. Cuando las mujeres trans lesbianas o bisexuales hemos tenido muestras de afecto público con otras mujeres los agresores no han visto en nosotras una pareja heterosexual, han visto a una pareja de mujeres, y hemos sido agredidas por ello. Repetir que las mujeres trans somos hombres no es más que un intento de terapia de conversión que no les ha funcionado durante décadas en los psiquiatras en los que encerraron a miles de compañeras. La realidad no va a cambiar por los sentimientos llenos de odio de unos pocos.

Como mujeres somos conscientes de la opresión que sufrimos día a día. Las mujeres trans no vamos a dejar de participar en el feminismo a pesar de que un pequeño número de personas intente echarnos mediante tácticas como acosarnos en redes subiendo fotos privadas para intentar humillarnos y, por ende, hacernos sentir avergonzadas de salir a la calle. La frustración de los sectores tránsfobos cada vez es mayor pues ven como día a día las mujeres trans vamos conquistando visibilidad y derechos. Por ello quieren imponer sus delirios que cada vez tienen menos sentido y están más llenos de odio. Es por eso que se inventan que somos hombres, que las mujeres trans vemos el género como un sentimiento o que decimos ser mujer porque nos sentimos así. Una mujer trans que sea agredida por ser mujer no va a salvarse por mentir diciendo que es un hombre.

A las mujeres trans simplemente nos queda seguir luchando contra la opresión que sufrimos independientemente de lo que sectores llenos de odio quieran pensar de nosotras porque mientras intentamos debatir con esta gente el patriarcado nos seguirá oprimiendo. No somos el primero ni seremos el último colectivo que cuando alcanza ciertos derechos recibe una campaña brutal de odio y mentiras.

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¿Qué sientes por mí? (Cuéntamelo con un emoji)

Guim Tió, Iceberg, Moon and Girl, 2018

Últimamente estoy asistiendo a una verdad terrorífica. Recabo testimonios sin parar con la esperanza de errar en mi percepción, pero no hago más que ahondar en la profundidad de este iceberg con el que me he topado. Es esta; la verdad es esta: nos estamos convirtiendo, los jóvenes de esta generación, en putos icebergs.

Fríos. Gélidos.

Pero no somos conscientes. Y cuanto más fuertes, más débiles. Cuanto mayor es la parte bajo la superficie, más crece la de arriba.

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