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Qué manía con lo del `Orgullo´

«El Orgullo puede ser tan bueno como montar en bici» / MalvaDisco.com

¿Por qué vamos a llamar Orgullo a este día si se pide igualdad? Por supuesto, cuando dices esto un gran número de cisheteros muestra respeto a esta reflexión (como hacían ante el hecho de que me empeñara en llamarlo el día por la igualdad LGBT). La inocencia, no solamente la ignorancia, es así de atrevida.

No se suelen dar cuenta, pero a las personas aún sometidas al filtro de lo cisheteronormativo lo anterior les resulta menos incómodo, los deja más tranquilos. Es un planteamiento que —sencillamente— no les cuestiona su normativa calma, pero a mí me da menos alas que el de «vamos a desmontar el género, que está todo muy podrido». Con el convencimiento de que mi misión era que los cisheteros me aprobaran, me contenté con la perspectiva de no valorar el nombre del Orgullo durante mucho tiempo. A muchas feministas les sonará.

Eso me pasaba en tiempos en los que también argumentaba que las luchas de la identidad (sexual y de género, la que tenemos las personas trans) eran distintas de las de la orientación (del deseo: les-gay-bi-asex, principalmente). Gracias a debatir en profundidad y leer sobre feminismo y transfeminismo, ahora veo cómo todas las disidencias de género tienen mucho en común. Al observar las dinámicas del cisheteropatriarcado, vemos que incluyen absurdas combinaciones de cómo tienes que sentirte, cómo debes actuar, cómo debes presentarte y cómo (a quién) puedes desear. Va todo juntito. Sin embargo, quienes salimos a la calle el día del Orgullo tenemos enemigo común: ese conjunto de ideas culturales centradas en un concepto de normalidad basado en una idea de lo neutro. Solo que ese falso neutro tiende al hombre cisgénero, heterosexual, blanco, nacional, de la cultura mayoritaria, formado, con liquidez, funcional típico, fértil, con un cuerpo canónico, joven… es decir, excluyente de mujeres, de personas trans, no heteros, de piel más oscura, de orígenes extranjeros, de culturas dominantes, sin formación, pobres, con capacidades distintas, infértiles, con cuerpos no canónicos o de mayor edad, por poner algunos ejemplos.

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Feminista, piensa a la deriva, que vamos a llegar a tocar la verdad con las manos

Virginia Woolf retratada por el pintor Roger Fry

Que digo que la señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. No sé con seguridad si les resuena esta frase, pero me da que sí. La señora Dalloway comienza así un día en el que va a dar una fiesta, como señora burguesa de su casa que es. La intriga es que decide salir ella a comprar las flores para embellecer la casa en lugar de enviar a algunas de sus sirvientas explotadas. Es el inicio de una bellísima novela de Virginia Woolf que todo el mundo conoce aunque tal vez no haya leído. No pretendo hacerle una crítica marxista, que es muy obvia. Lo que ocurre es que llevo todo el día mirando las flores que mi madre coloca en vasos, botes, jarras, por toda la casa. La mayoría son rosas, y muchas van muriendo flotando en un agua amarillenta durante días. Siento cierto recelo, no las tiro a la basura ni les cambio el agua. A mi madre se le olvidan. Y ahí quedan como metonimia material de sus paseos solitarios. De sus derivas con el perro de las que luego no recuerda nada. Al menos nada que consiga articular en palabras.

Me he pasado la mañana mirando sin querer las que hay sobre la mesa, pensando sobre qué escribiría hoy. Y en mi cabeza la voz inicial de Mrs Dalloway volvía una y otra vez. Pensaba en cómo las flores eran signo de una deriva, de esa señora burguesa que sale a la ciudad a perderse en el pensamiento de su vida y el mundo; y de mi madre, esa señora que pierde la memoria y, quién sabe, encuentra algo en esos pocos momentos que pasa sola: unas flores, un placer, una alegría. Sentimientos y seres efímeros que vemos apagarse sobre la mesa. Tan bellas son las flores frescas y vivas en la huerta, como las flores que van muriendo en ese vaso. Las personas hacemos cosas terribles como cortar las flores y robarles lo que son en sí, las convertimos en otra cosa, en un amuleto, en un signo que encierra todo un mundo. Las hacemos artificiales.

Kant también pensaba con flores. Con flores secas, decía Derrida, se ponía a pensar en la belleza salvaje y libre. Derrida se reía de Kant con muy mala leche, y yo, sinceramente, no tengo ganas de seguirle la ironía a Derrida. Porque mirando las flores de mi madre, pensando en ese apropiacionismo humano de quedarse las flores para sí, de ir a buscar las flores para dejarlas morir, comprendo profundamente lo brutal y necesario de la belleza. Lo humanas que somos porque encerramos la belleza en algo que puede parecer brutal, y es al mismo tiempo tan delicado. Las rosas tienen espinas, y a pesar de las heridas que mi madre se hace en las manos al cortarlas, las trae a casa con cuidado y deleite. Y como una granuja también. Las hace morir junto a nosotras. Las extrae de su ciclo para llevárselas a la deriva de nuestras vidas.

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No son amigos, son amores: reflexiones en torno a un grupo de hombres

Dos amigos sentados en una calle del centro de Atenas / Elisa Reche

“Yo no tengo amigos, tengo amores”

Pedro Lemebel

Cuando me preguntan si el grupo de hombres es un grupo de amigos, les digo que no. Que un grupo de hombres solo se junta para esto: reunirse una vez al mes y hablar de las cosas que les pasan, pero que no se pueden contar en el ámbito cotidiano. Las cosas que se dicen en el grupo de hombres no son cosas que se puedan contar en el bar, en la casa, en la familia, en el trabajo… Porque se habla de temas que en esos ámbitos sonarían discordantes, hasta ofensivos. Hay una serie de expectativas que cumplir para ser hombre, y esos ámbitos son el nido de esos supuestos.

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Un cuento Disney para VOXtantes

El toro Ferdinando

«Prefiero quedarme aquí donde puedo estar tranquilo y oler las flores»

El toro Ferdinando, 1938

Cuando Santiago Abascal salió a dar su discurso televisado justo después de que hubieran cotejado los últimos resultados de las elecciones, con sus 24 escaños conseguidos, mencionó la defensa de los valores de España –como si estos fueran unívocos, y en cualquier caso, suyos-. Yo abrí mucho la oreja para enterarme bien de qué estaba hablando. En ese catálogo incluía «la tauromaquia, la Semana Santa y el retorno a esa vida rural», idílica, del ubi sunt. A mí, personalmente, para conformar sus principios supremos, se me antojaron algo pobres y bastante populistas. Imaginemos que me planto -yo misma- frente al micrófono y digo, muy seria, que quiero defender «Youtube, Disney y… los ramos de flores silvestres».

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Nosotras, las mejores de todes

'Juana Inés', la serie de Netflix sobre sor Juana Inés de la Cruz

Hace un par de semanas navegando en Netflix , di con Juana Inés, una serie mexicana que repasa la vida de la insigne monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. Mi emoción con este hallazgo se parecía bastante al de una niña con juguete nuevo en Navidad. De esos juguetes esperados por más de una Navidad.

De la mano de Sor Juana (o mejor dicho de sus versos) me enganché al feminismo. Aunque en estos tiempos laicos provoque un sacudón de sesos oír (o leer) monja  y feminismo como palabritas que se aman entre sí, y no como antónimos; el papel de esta monja en el derecho de las mujeres a acceder al conocimiento tiene una trascendencia increíble.

A veces me da la impresión de que es una figura que, al menos para las nuevas generaciones de feministas, puede llegar a pasar inadvertida, y a veces temo que lentamente caiga en el olvido (una razón más para ver la serie de Netflix). Tengo la sensación de que esa oscuridad y silencio obedecen a que es muy monja para ser reivindicada como feminista, y muy feminista para ser reivindicada como monja.  A ver, no pocos pecados tiene la Iglesia en contra de las mujeres, y eso puede hacer que desde el feminismo se la nombre cada vez menos. Y vamos, no escucharemos a ningún cura desde cualquier púlpito, sermón (o lo que se le parezca) mencionar siquiera que hace algunos siglos (colonia tardía) en un convento mexicano, una monja llegó a atesorar una de las bibliotecas más magníficas de la época, ni que ese espacio de clausura fue una espacio de lo que ahora llamaríamos "producción cultural" comandado nada más y nada menos por una monja que hablaba con soltura náhuatl (la lengua de los Aztecas) y el castellano, y que defendía de manera encendida el derecho de las mujeres a acceder al conocimiento, pero también a lo que hoy denominamos a la producción científica.

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La gala MET dedicada al `camp´ y tú tan tranquila

"Mis contradicciones me sacan de quicio"/ José Rubio (Murcia)

Vamos a ver si no me lío con todo lo que tengo en la cabeza, que hoy que voy a ejercer de reinona sabihonda, estamos en plena explosión de primaverano y se os ponen las hormonas tontas, la nariz os gotea, os falta el aire en los alvéolos pulmonares y ─claro─ de riego mejor ni hablamos, que no llega la sangre a la cabeza, con tanto lúpulo y cebada*. Os voy a hablar de qué tiene que ver una alfombra roj/sa de vestidos con la discriminación, el hambre, la explotación y la injusticia. Y ahora que tengo vuestra atención: $€XØ gratis. Ah, no, que eso era al revés. Más bien, dentro vídeo de estrellas internacionales con vestidos increíbles.

Cada año se celebra la conocida como Gala Met. Este baile de sociedad persigue notoriedad y fondos (varios millones de dólares al año) para el Instituto del Vestuario. Este ─ahora denominado─ Centro Anna Wintour nació a raíz de las aventuras de beneficencia y arte de un par de filántropas neoyorquinas a principios del s. XX y pasó a formar parte del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York allá por los años cuarenta. Es decir, es una institución en toda regla, nada contracultural. Cada año cuenta con un tema. A ver si no os acordáis de Sarah Jessica Parker hecha un sagrario, de Lana Del Rey con puñales en su sagrado corazón o de Rihanna con mitra, porque el tema del año pasado era «Cuerpos celestiales: moda e imagen católica». No os acordáis, porque aún no habéis interiorizado que la vestimenta es otra forma de expresión artística.

Pues el tema de este año es el camp. Aprendí qué era el camp gracias a un redactor neoyorquino que escribía unos artículos súper chulos al respecto (y a cuyo actual novio le comí la boca hace años, he de confesar**). Parece que tiene su origen en el travestismo y la prostitución, así como en la estética y sensibilidad artística de disidentes de género de clases trabajadoras de principios del s XX. El concepto lo retoma y lo intenta fijar Susan Sontag en Notes on Camp, así como lo desvincula en cierto modo de la disidencia de género (lo homosexual, lo transgénero). Desde luego, si vemos al diseñador de moda cordobés Palomo que coloca sus vestidos churriguerescos solamente a modelos chico, vestir a Beyoncé, a Rossy de Palma (otra camp), a Madonna o a Rosalía y exponer en el Met, en la muestra relacionada con la gala, nos planteamos un poco que mariconeo no falta. Como nos dice Estefanía Camacho en su artículo sobre esa obra, [lo camp] «fue una amenaza para la supremacía heterosexual. […] Mientras que lo Camp era resistencia». Elucubremos por qué ─no obstante─ hay que estar ojo avizor ante esta apropiación de lo hortera por círculos opulentos.

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El trabajo sexual y el trabajo doméstico, los dos grandes olvidados del primero de mayo

Cartel de la manifestación del Colectivo de Prostitutas de Sevilla, diseñado por María Pichel

El activismo feminista ha llegado donde jamás soñaron llegar los sindicatos con todos sus micrófonos y todas sus subvenciones. No he escuchado nada interesante o novedoso de ningún (ni ninguna) sindicalista en los últimos treinta años. Con más putas que putos y más amas de casa que amos, parece evidente que las mujeres seguimos teniendo mucho que reivindicar y visibilizar en este primero de mayo.

Aunque me parece que desde las mesas redondas donde se autopsian las cuestiones patriarcales no es lícito abordar -ni siquiera desde la teoría- las relaciones que se establecen entre sexo y poder obviando deliberada y perversamente las relaciones entre amor y poder, me gustaría hablar aquí desde el punto de vista exclusivamente laboral de las demandas que llevo ya un tiempo escuchando desde los colectivos de trabajadoras sexuales y de los debates que no se dan jamás en torno al trabajo doméstico. ¡Qué lejos queda ya la militancia de la Federici en la campaña Salario para el trabajo doméstico o las siempre futuristas vascas con sus Asambleas de Mujeres de Euskadi para la preparación del 8M en 1993 donde se acuñó el lema «No al servicio familiar obligatorio. Insumisión»!

Me dejo para otra ocasión, pues, cuestionar la heterosexualidad o el amor pasional/romántico como sistemas de opresión que subyugan a la mujer, así como el enaltecimiento de la familia o el matrimonio heterosexual como ejes castradores desde donde se poetizan, ordenan y eternizan toda suerte de desigualdades. Tampoco voy a entrar en los idearios argumentativos en torno a la libertad, la volición y las alternativas laborales unicornias de las mujeres en situación de prostitución ni en la harto jugosa dicotomía marido/proxeneta. El feminismo caníbal de las obsoletas radfem no me da la impresión de que esté construyendo nada.

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Una mujer valiente, una mujer sonriente

Mujer Maravilla

Hace unos días conversé largo y tendido con una amiga a la que quiero y admiro a partes iguales. María -pongámosle este nombre- está casada, tiene dos hijos, un trabajo que le satisface y un piso precioso que en dos años terminarán, ella y su marido, de pagar. Va al gimnasio, al cine de vez en cuando y le gusta leer novela negra. Es una feminista convencida desde antes de cumplir la mayoría de edad y forma parte de un colectivo bastante activo. Tiene todo lo que se supone necesario para vivir bien, pero...

- Estoy harta de hacerme la valiente.

Escuché las palabras de María como si en lugar de ella las hubiera pronunciado una ventrílocua escondida en alguna parte. Creía que mi amiga estaba bien porque todo a su alrededor guardaba el equilibrio perfecto (el esperado), pero no. Me pasó por la cabeza recordarle las cosas bonitas que tiene en su vida. Era la alternativa más fácil (y por eso recurrida): decirle que sus hijos están sanos, que tiene una estupenda casa y un trabajo. Que puede viajar cuando guste porque se lo puede permitir. "Eso, María, lo que tienes que hacer es darte un capricho, irte unos días fuera y coger aire. Cuando vuelvas lo verás todo muy diferente". Pero vomitarle todo eso, aun con cariño, no sería justo con ella. ¿Quién coño soy yo para decirle a mi amiga agotada que no tiene derecho a dejar de ser valiente? 

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Algunos hombres perdidos

`Hacia rutas salvajes´, película dirigida por Sean Penn

A veces algunos hombres se pierden. No se sabe cómo, pero se pierden. Mira que es difícil –hay mecanismos, premios y castigos, para que eso nunca pase-. Algunos se salen de la vereda y cruzan a otra senda, otros se adentran en el bosque y ya nunca más se vuelve a saber de ellos, y otros a veces se desintegran, así, sin más: desaparecen. Otros están en la linde, indecisos. Pensar en todos ellos inquieta: es como que algo no se ha hecho bien. En todo caso se despiertan las sospechas y en la mayoría de las veces se les declara peligrosos, en busca y captura para reintegrarlos, y si no se puede, acallarlos, reprimirlos, censurarlos.

Es el caso de Salvatore Roncano, de la región de Calabria en Italia, que se trasladó a vivir a Milán con su hijo, la pareja de éste, y su nieto recién nacido. Salvatore era un hombre de los de antes, buen macho, rudo, que sabía cómo se hacían las cosas. Un hombre elemental. De principios. Ahora, ya mayor, y con cáncer, se las tiene que ver en un entorno que no era el suyo, conviviendo además con una pequeña criatura a la que han llamado Bruno, el mismo sobrenombre que tenía cuando era joven. Pues ahí tenemos a Salvatore levantándose clandestinamente por la noche para atender a su nieto cuando llora, deseando que le crezcan tetas, fíjate, para poder amamantar a ese bebé; y por supuesto avergonzándose, y además comenzando por primera vez en su vida a empatizar con una mujer como si fuera su igual: nunca pensó que eso le iba a pasar. Extraño. Muy raro. Un hombre perdido.

Otro caso notorio es el de Chris Mc Candless, un joven de familia millonaria que lo tenía todo. Un día decide dejar toda su fortuna a una Fundación y marcharse a la aventura. Tras un largo viaje, en el que trabaja mano a mano con desconocidos en lo que le sale, escuchando las historias de mucha gente, y hablando poco, acaba en un bosque, cerca de las montañas. Viviendo con lo puesto. Renunciando a poseer las cosas que a todo hombre harían feliz. ¿Un nuevo Thoreau? Porque Thoreau fue otro caso perdido. Pero Alexander Supertramp, ese fue el nombre que Chris adoptó, no daba señales de vida, no quiso tan siquiera que supieran de él. Despareció. Luego un periodista encontró su historia y su vieja Vanette, donde apareció cadáver, y un cuaderno de notas donde apuntaba sus sensaciones, sus emociones. Cosas como ésta: “Huye y camina solo por la tierra”, “Sin nada”, “Sin ir a ningún sitio”, “Libre”.

Uno más, chileno para más señas. Escandaloso. Un marica llamado Pedro Lemebel, profesor de Artes Plásticas, escritor y artista. De la izquierda radical. Expulsado de dos institutos por su tendencia homosexual. Después de eso se dedicó a sus talleres literarios y a polemizar en las calles y en los escenarios con sus performances sobre el sexo y el género. Un provocador. Estamos hablando del Chile dictatorial y represivo. Algo falló para que este hombre apareciera. Un hombre que hablaba de la ternura y los afectos, que hablaba de “homosexualizar la vida”, y no se refería a “meter y sacar”, como algunos pensaban, sino a “la ternura, compañeros”, a la ternura en las relaciones entre hombres, y tambiñen con mujeres; en general, vamos a la Vida con mayúsculas. Qué extraviado.

Mark  O´Brien es el siguiente. Daría lástima pensar en alguien que deseaba tanto el sexo, pero que no podía follar como cualquier hombre. Tuvo que contratar a una terapeuta sexual para darse cuenta finalmente que no podría, que su sexo no era lo que valía, y que su pene no lo representaba. Estamos hablando de alguien que padeció una severa poliomielitis, por la cual quedó tetrapléjico y confinado toda su vida a un pulmón de acero. Y sin embargo, puso en marcha una editorial con la que quería demostrar que la sexualidad iba más allá de un cuerpo establecido y que el erotismo se decía de muchas maneras. Que tener pene es anecdótico cuando se trata de deseo y placer. Vaya ilusión. Alguien que dijo que disfrutó el sexo como nadie sin tener un cuerpo para poder hacerlo: “déjeme tocarte con mis palabras”, escribió en un poema, como si eso fuera posible.

Acabemos con Josef, el llorón, el escucha-mujeres, el anti-hombre por excelencia, al menos en lo emotivo. Porque, ¿qué hombre escucha a una mujer? Me refiero con todo: con sus orejas, con sus poros, con su corazón, dejando que sea el pulso de ella el que marque el compás de la conversación, para saber qué siente, qué ha pasado con ella. Qué clase de hombre es ése. Pues bien, ese hombre perdido es un ingeniero que ha sufrido un accidente en una base petrolífera en el Pacífico; intentaba salvar a un compañero en un asunto nada claro “entre hombres”, lo cual importa poco al caso. Aquí lo que nos apela es que estando convaleciente y enfermo, llora, se deja cuidar y se va abriendo a una mujer, la enfermera que lo atiende, Hanna. Pronto Josef será presa de la debilidad y dejará que la vulnerabilidad, la suya y la compartida, le atrapen. Un desastre. Un hombre que cuando se recupera dice estar dispuesto a “aprender a nadar” junto a ella en un mar de lágrimas. Hombre, lágrimas, hábitat emocional compartido; vaya asunto.

Se buscan con urgencia.

Si alguien tiene interés en encontrarlos, hay una recompensa importante por cada uno de ellos. Cuál sea esta recompensa depende del buscador. Aquí dejo algunas pistas:

Salvatore Roncano es el protagonista de la novela del fallecido José Luis Sampedro, `La sonrisa etrusca´ (1985).

Es posible encontrar más datos de Chris Mc Candless en la obra del periodista Jon Krakauer, `Hacia tierras salvajes´ (1995), y en la película homónima de Sean Penn (2007).

De Pedro Lemebel, hasta la fecha de su fallecimiento en 2015, hay rastros provenientes de diferentes fuentes. Quizá su `Manifiesto. Hablo por mi diferencia´ (1986) sirva para entenderlo.

Mark O ́Brien fue retratado con mucho humor y cariño por Ben Lewin en la película `Las Sesiones´ (2012). Pero es posible irse a su obra escrita para encontrar una imagen de su mundo.

Josef es el ingeniero quemado de la película de Isabel Coixet `La vida secreta de las palabras´ (2005). Ineludible para perderse y encontrarse.

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Guía rápida para no volvernos locas con el chemsex

Foto: Matthew Romack

Cuanto más creo que tengo todo claro sobre un tema, más confundida estoy. Me explico: desde mi posición, viviendo en un contexto donde la información sesgada pasa por delante de mí y asimilo como algo certero, creo saber mucho y sin embargo, nada conozco con seguridad. Hoy voy a hablar desde el rigor correspondiente sobre chemsex, qué es y por qué se practica.

La palabra chemsex viene del inglés. Es mezcla de palabras chemical y sex. También nos podemos referir a ello como chill, colocón, chems… etc. Es un fenómeno investigado recientemente, ya que la mayoría de los estudios de consumo de sustancias tienen menos de 5 años. Aun así, no es una eventualidad novedosa: la mezcla de drogas y el sexo han estado presentes a lo largo de la historia, solo que ahora se caracteriza por otro tipo de cosas.

Las sustancias destinadas a estas prácticas son: metanfetamina (tina, conocida así normalmente), mefredona y GHB/GBL. También existen otras sustancias como cocaína, popper y MDMA que pueden aparecer en este contexto, pero no son usadas a priori para esta finalidad.

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