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Diana Raznovich: “Borges aspiraba a que ninguna de sus palabras fuese reemplazable por otra”

Las clases y las sesiones de lectura en casa del genio argentino marcaron a la dramaturga y humorista gráfica

La escritora argentina afincada en España, Diana Raznovich

La escritora argentina afincada en España, Diana Raznovich

A mediados de los setenta, antes de convertirse en una reconocida dramaturga y humorista gráfica, Diana Raznovich (Buenos Aires, 1945), era todavía una joven estudiante de Letras en la universidad de Buenos Aires. Allí la asignatura de literatura anglosajona cruzó su camino con el de un inolvidable profesor: Jorge Luis Borges. “Él era un lector voraz, pero su ceguera le hacía depender de otros para que le leyesen, así que los alumnos nos apuntábamos para ir a su casa a leerle”. Los lectores se organizaban en turnos de una o dos horas. “Cuando tú te ibas, aparecía otro”, rememora. “Era una aventura increíble. Como un temblor primigenio. Porque yo admiraba muchísimo a Borges. Era jovencísima: tenía diecinueve o veinte años. Y toda esa ceremonia, atravesar el pasillo, entrar al despacho y que Borges tuviera preparados los libros que había consultado con su secretario… fue una experiencia maravillosa. Leías cosas que una nunca hubiera imaginado”. Diana Raznovich es hoy experta en la obra y el universo borgianos.

¿Era Borges, como se ha dicho a menudo, un hombre frío?

Yo nunca lo vi como un hombre frío, sino como alguien trabado por su ceguera, muy tomado por su imaginario y por las ficciones en que estaba sumergido. Quizá distante, porque estaba dentro de esa pecera, pero no frío: Todo su mundo tiene la calidez del que posee una pasión. Y era muy sencillo y humilde, aunque, eso sí, muy tímido. Y eso lo trababa mucho en su relación con nosotros, sus alumnos. Las mujeres que tuvo, sus amores, hablan también de su excesiva timidez.

¿Cómo era el Borges profesor?

Se sabía de memoria prácticamente todos los poemas y textos de literatura anglosajona de que nos hablaba, e incluso de literatura islandesa antigua. Si se entusiasmaba con Keats, nos recitaba sus versos, a veces en inglés. Había a quien eso no le gustaba. Decían que para leer a Keats ya teníamos el libro, pero a mí me fascinaba escucharlo. Yo era una devota. Y también sentía que esa memoria auditiva prodigiosa hacía que Borges tuviera la cabeza y el corazón llenos de poemas. Un alumno sólo podía entenderlo si, como él, amaba la literatura.

¿Era un profesor duro?

Al contrario: era superlaxo. Jamás te ponía una nota baja. En el examen te preguntaba qué era lo que más te había gustado de lo que te había dado para leer. Si tú decías T.S. Eliot, entonces te examinaba de Eliot. Lo que no le gustaba era el desamor a la literatura. Si él notaba un interés, una pasión tuya, por lo literario, te apoyaba y te convertías en su cómplice. Luego era un gran irónico, con sentido del humor. Cuentan que, una vez, en la facultad, vinieron a decirle que tenía que interrumpir su clase porque había huelga y los estudiantes iban a cortar la luz. Él replicó: “Yo he tomado la precaución de ser ciego, así que me quedo aquí hablando de Shelley”.

¿Borges sentía vocación por la enseñanza?

Su gran vocación era la literatura, y transmitir la literatura le apasionaba por el hecho de que podía encontrar adeptos. Era como el místico que cree que hablando con un discípulo lo va a transformar a su mística. Estaba convencido de que la literatura nos salvaba.

¿Cómo se convirtió usted en lectora de Borges?

Venía una secretaria a clase y nos preguntaba quién quería apuntarse a la lista de lectores. Y no te creas que tenía tantos candidatos. Había a quien le parecía una cosa muy poco interesante. Pero a otros nos apasionaba. Estamos hablando de una universidad, la de Buenos Aires a mediados de los setenta, donde el alumnado estaba muy politizado. Y a Borges lo consideraban un tanto estratosférico, fuera del relato político. Había estudiantes que preferían profesores con un compromiso político más marcado, y cuestionaban a Borges por estar fuera del foco de esa realidad. Lo apodaban 'Las ruinas circulares', como su relato. Yo pasaba de eso completamente, porque a mí la figura de Borges no me parece ni política ni apolítica. Él habla de otras cosas. De hecho, hoy Borges es muy amado en Argentina, cada vez más, porque los cuestionamientos ideológicos se han dejado de lado y se ha comprendido que era un hombre valiente, no por jugársela en política sino por su trasgresión intelectual.

¿Cómo era el ritual de leerle a Borges?

Yo siempre tuve la sensación de estar leyendo para un niño, porque Borges se entusiasmaba y emocionaba mucho con lo que le leías. Y era un gran curioso. A menudo te pedía que le repitieras cosas. Las sesiones de lectura no tenían nada de distante ni de solemne. Era todo muy festivo, entrañable. Para Borges era su momento privado, y eso era una cosa muy rara: meterse en el momento privado de un gran escritor. Los escritores, en general, leen a solas. Subrayan, reflexionan y toman notas solitariamente. Y por supuesto escriben a solas. Esta presencia de otro, debida a su ceguera, era una cosa muy rara y muy bonita. Yo lo recuerdo como una fiesta: Llegabas al pequeño apartamento lleno de libros que tenía en la calle Maipú; había un gato blanco; una señora nos abría la puerta y nos hacía pasar, y Borges nos tenía los libros listos. A veces te pedía que apuntaras notas en el margen. Y uno se preguntaba quién iba a leerlas, porque él no podía. Pero te lo pedía, y conectaba el texto que le leías con otros que tenía en la memoria.

¿Cuáles eran sus lecturas?

Los temas eran muy variados, porque él tenía muchos intereses. Podía pedirte que le leyeras el 'Libro de las maravillas del mundo', de Marco Polo, o Shakespeare, Shelley, Chesterton, Stevenson, Poe… Leer era lo que más le gustaba en la vida. Decía que le debía a la ceguera el haber estudiado islandés. A mí me tocó leerle sobre los espejos. Tenía, o le traían de la biblioteca, un montón de grandes libros sobre espejos egipcios, mayas, sobre el origen mitológico de los espejos, sobre espejos de ébano… hasta libros filosóficos sobre espejos. Muchos de ellos llevaban preciosas ilustraciones y a mí me apenaba que él no pudiera verlas. Yo intentaba describírselas. Le decía: “Borges, acá hay unas imágenes”, y él me respondía: “Contame cómo son”. Y tú le contabas. Pero claro, no es lo mismo.

Precisamente los espejos son uno de los temas recurrentes en sus cuentos. ¿Por qué le obsesionaban?

Borges les tenía pánico a los espejos, porque el espejo implica la presencia de otro. Y ese otro, que él no sabe si es él mismo reflejado o no, lo inquieta mucho. Le parecían un poco fantasmáticos, los espejos. Yo creo que esto es a causa de su ceguera, y deja una impronta en su literatura: En sus relatos, la sospecha de que hay otro, o la existencia del doble, que nunca es exactamente igual al original, es siempre inquietante.

Borges es también inseparable de sus laberintos.

Él tenía la ambición de que un relato contuviese todo el universo, y creo que con los laberintos trabajó de la misma manera: Los laberintos, que son máquinas de perderse, son también para él máquinas de conocer el universo. Porque el universo no tiene norte ni sur, ni arriba ni abajo, ni adentro ni afuera. Es como en su relato 'Los dos reyes y los dos laberintos', donde la venganza del rey árabe consiste en hacer al rey persa perderse en un laberinto que no fue construido por los hombres, sino por Dios: el desierto. En cambio, en 'El jardín de los senderos que se bifurcan' el laberinto no es arquitectónico, ni siquiera existe en el espacio, sino que es un laberinto de tiempo, que contiene todos los mundos posibles. En ese sentido, Borges bebe del filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz (1646-1716), quien afirmaba que Dios, al inventar el mundo, había elaborado previamente todas las combinaciones y posibilidades y que éste es el mejor de los posibles, sin descartar que haya otros universos. Borges era un gran lector de Leibniz, aunque en realidad no le interesaba como pensador, sino que lo tomaba como una especie de escritor fantástico. A Borges no le interesaba la filosofía como tal, sino como una forma de la literatura.

Borges decía que publicaba para no seguir reescribiendo; era muy cuidadoso con la escritura, muy obsesivo con la palabra

“He visto en la metafísica una rama de la literatura fantástica”, dijo en una ocasión. A veces se declaró ateo y a veces agnóstico. ¿Procedió con la religión igual que con la filosofía?

Sí, él toma la Biblia o los textos del budismo como literatura fantástica. Afirmaba que los primeros relatos de la humanidad eran ya fantásticos.

Se interesó también por la cábala judía. ¿Cómo se aproximó a ella?

Los cabalistas piensan que los relatos de Moisés y las aguas que se abren, o la palabra revelada en el monte Sinaí, o el Edén, Adan y Eva… los textos de la Torá, esconden cifras y números sagrados, combinatorias que hablarían de la creación del universo, así que ellos los estudian para descifrarlos. Ese misterio, ese amor por el análisis de las letras detrás de las cuales hay un valor numerológico, un aspecto sagrado oculto bajo la anécdota, a Borges lo fascinó, como juego.

El infinito es otra de las grandes obsesiones borgianas, a la que dedicó, desde el prisma del tiempo, el ensayo Historia de la eternidad (1936).

Yo creo que la fascinación por el infinito es algo común a la humanidad. Es un tema que nos apabulla, nos excede. Porque el universo es infinito y nosotros no, y no podemos ni siquiera concebir lo infinito desde nuestra finitud. Entonces, escribir, el relato, sería un entretenimiento, un juego, una quimera, para tapar ese desconcierto que es estar vivos en mitad de lo perdido. Eso es lo que yo creí comprender que quería transmitirnos Borges en sus clases: el esfuerzo del espíritu humano por contar relatos que cubrieran todo ese vacío de sentido.

Tanto la noción de infinitud como la pasión por el relato nos conducen a otro polo fundamental en Borges: 'Las mil y una noches'. Él lo veía como un libro que aspiraba a ser infinito.

'Las mil y una noches' lo leyó en inglés de niño, porque Borges fue alfabetizado al mismo tiempo en inglés y en castellano, con lo cual tenía un dominio muy profundo de este idioma. En la tradición árabe, el número mil representa el infinito, pero aquí se le añade uno más: Una noche más, es decir, un relato más. Y eso a Borges lo fascina, porque son relatos que contienen la promesa de otro relato ni bien termine este. Entonces, en efecto, es como un cuento interminable, infinito. Y luego hay que sumar la fascinación de ese mundo oriental: los persas, los árabes, emperadores que cabalgan leopardos y demás. En muchos de los cuentos de Borges hay resonancias de este tipo. Él leyó muchísimas traducciones de Las mil y una noches en todas sus versiones: español, francés, inglés. Lo tenía como un libro de consulta permanente. Siempre estaba navegando por sus páginas, con la fantasía de que eso era un prodigio de lo interminable y una narración que siempre daba para otra más.

¿Hasta que punto influyó 'Las mil y una noches' en su manera de contar historias?

Durante los últimos cuarenta años de su vida, Borges no pudo escribir, porque no veía. Entonces tenía que dictar, con lo que hablamos de un gusto por la literatura oral. Una literatura que no sale directamente de la pluma, sino de la voz. Ese es un juego que le interesaba mucho a Borges porque, contrariamente a lo que puede pensarse de que la oralidad hace perder precisión al relato y que la escritura facilita una utilización más rigurosa de la palabra, en Borges no es así: Borges tenía el dictado como un espacio de rigurosidad extrema. Utilizaba la palabra justa, y esto generaba una arquitectura de relatos especialmente cuidadosos en el encantamiento del otro. Y necesitaba a ese otro: alguien que escribiera lo que él decía. Cierto que podía haberse grabado, y de hecho lo hizo. Pero él prefería que alguien estuviese a su lado ejerciendo de amanuense, escuchando. Por eso se interesó mucho por la figura de Scherezade, la mujer que cuenta historias al sultán cada noche hasta el amanecer.

“Cualquier persona que viene a casa, en la calle Maipú 994, se aboca en peligro de que yo le dicte una página”, dijo en una ocasión.

Él trataba de que todo el mundo que le pareciera pertinente escribiera algo en lo que estaba trabajando. Y por el mismo sistema, leía. Eso lo remitía a la niñez. A ese momento en que no sabemos leer y nos leen los cuentos. Ese estado de candor de la primera infancia, cuando nuestra madre nos lee los primeros relatos y nosotros nos imaginamos un mundo de aventuras enorme, y que viene acompañado, además, por ese acto de amor de que nos lean. Yo creo que esa mediación del otro, tanto para escribir como para leer, marcaron mucho a Borges en la escritura y en la vida.

¿Cómo acometía la escritura de sus cuentos?

Borges decía que publicaba para no seguir reescribiendo. Era muy cuidadoso con la escritura, muy obsesivo con la palabra. Aspiraba a que ninguna de ellas fuera reemplazable por otra, y narraba con gran economía de recursos. Escribía, reescribía, pensaba, repensaba, tenía miles de notas, apuntes. Entonces, aunque él era un autor muy inspirado, el relato no era producto de una inspiración momentánea. De hecho, fue un escritor tardío porque, me da la sensación, invirtió mucho tiempo en prepararse para escribir. Para ser el Borges que todos conocemos, el de 'Ficciones' (1944) o el de 'El Aleph' (1949), sin excluir sus poemas.

“La gente piensa que escribí cuentos fantásticos; se equivocan, en realidad mi obra es autobiográfica”, aseguró en una entrevista. ¿En qué modo se introducía su biografía en su obra?

La biografía de Borges eran sus libros. No era un hombre de aventuras como otros escritores que él admiraba. No se daba a grandes experiencias eróticas, o con drogas, o viajes insólitos, o lo que sea. Borges era un hombre muy metódico. Fue director de la Biblioteca Nacional hasta que lo echaron por no compartir la más mínima cosa con el peronismo. Y luego tenía que dar conferencias y clases para vivir. Su aventura era la escritura y la lectura. Otros escritores de América Latina han tenido el vivir como primer requisito para escribir. Neruda mismo. Pero Borges en muchos sentidos se olvidó del vivir. En los últimos años sí viajó con María Kodama, visitó el laberinto de Creta y todo eso, y lo refleja en 'Atlas' (1984), libro que hizo con ella. Sin embargo, fueron viajes más bien de la mano de su esposa, y acotados por su ceguera y por su personalidad. No era un hombre expansivo, ni un autor de bitácora que viaja y después cuenta. No era un escritor que para hablar de la selva se sumergiese antes en ella.

“Yo creo que la originalidad es imposible”, afirmó una vez. ¿Fue Borges un innovador?

Yo más bien diría que fue un gran reescritor. Reescritor de temas que ya la literatura había visitado. Pero lo hace con una originalidad extraordinaria. Él mismo admite ser fruto de sus lecturas. Y decía, con modestia, ser lector antes que escritor. En todo caso, no me parece que Borges estuviera en la búsqueda de hacer una revolución en la historia de la literatura, sino de homenajear la literatura que él amaba. Sí es verdad que, en Argentina, la suya es una voz diferente, de gran influencia europea, anglosajona, de los grandes textos de la humanidad, tanto los relatos clásicos como los libros sagrados: el budismo, el judaísmo… Es, por tanto, un escritor que abarca más allá de sus fronteras, incorporable a cualquier tradición literaria. Y creo que eso es lo que le da la dimensión internacional: Aunque habla de su Buenos Aires, de sus gauchos, orilleros y cuchilleros, no es localista ni costumbrista. Sus ficciones son entendibles en todas partes del mundo.

Sus clases, las sesiones de lectura en su casa, el haber conocido a Borges… ¿la marcaron a usted?

Muchísimo. Fue un detonante para el resto de mi vida en la forma de una actitud ante la literatura y ante la propia vida: El desprecio de la moral como sistema de normas falsas y de control impuestas por una sociedad. En oposición a esto estaría la ética, que sí es verdadera. En segundo lugar, de Borges aprendí a pasar de lo real a lo imaginario, como en ese poema de Coleridge en que alguien visita en sueños el Paraíso y al despertar conserva en su mano una flor arrancada allí. A mí, el haber conocido a Borges me dejó con esa flor en la mano.

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