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Sobre este blog

'Leer el presente' es un espacio que dedicamos a libros desde eldiario.es/murcia. Del mundo a la página y viceversa. Coordina José Daniel Espejo.

Demasiado Jekill, demasiado Hyde: 'El Antropoide' de Fernando Parra Nogueras.

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Hay amor. Hay dolor. Hay crimen y hay castigo. Hay un poco de Dostoievski y un poco de Lorca y un poco de Cervantes y un poco de Stevenson y un poco de muchos otros. Hay un muerto, hay un coma, hay una boda, hay una orgía. Hay piscinas defecadas y un condón tirado en medio de la calle. Hay coribantes frigios y hay hostias. Hay lunas perversas que vomitan hombres sobre la playa y alunizajes desquiciados que no llegan a ser. Hay un hacerse literaria la vida y un hacerse vivísimo lo literario. Hay amistad y chantaje. Hay traición y sacrificio. Hay onanismo y sodomía. Hay un beso que es una concha marina y una mujer que se llama Guadalupe Hincapié. Hay palabras como cárabe, intonso, palangre, alquitara. Hay humanidad y ternura, violencia y resentimiento. Hay putas, cruising, culpa y redención. De todo hay en “El Antropoide” (Candaya, 2021), de Fernando Parra Nogueras, y de todo en su justa medida, que es la generosidad y el exceso de un gigante de las letras.

Desde la extensa cita de Francisco Umbral que nos explica qué es eso del antropoide hasta el poema de Eloy Sánchez Rosillo que nos brinda una brizna de consuelo al término de la apabullante lectura, transcurren los desafueros de Eduardo, protagonista de la novela, un joven culto pero crápula, ambicioso pero inadaptado, que es colocado por su familia en un periódico de provincias, donde desempeña diversos cargos muy por debajo de sus capacidades. Sumido en la desidia a la que le abocan tales circunstancias, le resulta difícil oponer resistencia a su “otro”, a su Hyde, a su antropoide, a esa alteridad animal que gusta únicamente de ser carne y mezclarse con la carne y degradarse en las salvajes pulsiones de la carne. Sólo sus aspiraciones de escritor, acuciándolo siempre desde algún fondo sombrío de su conciencia, el recuerdo de su madre hecho cenizas en un reloj de pulsera y los bellos sentimientos que le despierta Cloe, una compañera de trabajo, ejercen de insuficiente contrapeso a la vorágine insaciable que lo habita y que se alimenta de su decepción, de su hastío, de su cinismo y su descreimiento. Eduardo se precipita en el abyecto mundo de la noche llevado por el rencor hacia sí mismo y hacia su condición humana; se degrada, se humilla, se envilece como protesta desesperada ante el hecho de ser hombre, de estar hecho de cuerpo, fluidos, olores, apetitos y muerte. 

“Me siento culpable porque me veo degradado a mi condición de carne”, le explica el propio Eduardo a su hermana Virginia. La culpa es el tema central de la novela, pero se trata de la culpa abstracta y sobrenatural que se experimenta ante la imposibilidad de permanecer permanentemente en las áreas más elevadas de lo humano, allá donde uno se emociona con un libro o con un aria de ópera. Culpa de no ser siempre el crítico sensible, el hombre enamorado. Culpa de no ser, citando a Baudelaire, sublime sin interrupción. El retorno seguro a la carne, la necesaria caída otra vez en el lodazal de las células, desanima continuamente a Eduardo y lo incita a caer, puesto que hay que caer, lo más honda y asquerosamente posible.

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