Eva, aquí estás, aquí sigues
Conocí a Eva a raíz de la concentración que el Fórum de Política Feminista de Murcia convocó en la plaza del Cardenal Belluga con motivo de la sentencia de La Manada. La plaza estaba llena. Yo había leído el manifiesto y, cuando terminamos, algunas de las participantes nos acercamos a un bar cercano. Allí vi a un grupo de mujeres gitanas y me aproximé a ellas. El Fórum de Pilitica Feminista de Murcia estaba comenzando su andadura y yo quería que acogiera la mayor diversidad posible de mujeres, también a aquellas cuya realidad había sido desatendida incluso por el propio feminismo.
Entre aquellas mujeres estaban Carmen, Ana y Eva. Eva llevaba un moño impresionante: espectacular, altísimo, grandísimo. Estaba guapísima. Nunca más volví a verla con aquel moño, pero esa es la primera imagen que conservo de ella: una mujer que destacaba, que ocupaba el espacio y a la que era imposible no mirar.
Me contaron que trabajaban en el Secretariado Gitano, que eran feministas y que habían creado una asociación Gitanas feministas por la diversidad. A partir de entonces fuimos coincidiendo en concentraciones, manifestaciones y otros espacios de lucha. Así comenzó a hacerse más fuerte nuestra relación.
Una de las primeras cosas que Eva me dejó muy clara fue que era educadora social, no trabajadora social. Le molestaba mucho que confundieran ambas profesiones. Y tenía razón, porque Eva era, intrínsecamente, una educadora. Entendía la educación no solo como un posible ascensor social, sino como un verdadero instrumento de transformación colectiva. Concebía la formación de una manera amplia, libre, sin corsés ni ataduras. Y era también profundamente social porque, en realidad, todo en Eva lo era.
Su compromiso con el pueblo gitano fue siempre inmenso. Sin embargo, cuando le pregunté si ella era gitana, me respondió que no y añadió algo que para mí constituyó una lección fundamental: ella no podía representar a las mujeres gitanas ni hablar en su nombre, porque no pertenecía a su pueblo. Podía acompañarlas, formarlas, apoyarlas y defender con ellas sus causas, pero nunca suplantarlas ni apropiarse de su voz. Eva sabía que estar al lado de quienes luchan no significa ocupar su lugar.
Ese convencimiento la llevó a cuestionar las estructuras que dirigían los recursos y las actuaciones destinadas a la población gitana sin permitir que fueran las propias personas gitanas quienes decidieran sobre ellos. Su compromiso tuvo consecuencias y le ocasionó momentos laborales muy difíciles. Pero Eva nunca fue una mujer dispuesta a callar ante aquello que consideraba injusto.
Su propia trayectoria vital había sido extraordinaria. Había estudiado además de Educación social, teología en Granada y durante un tiempo había formado parte de una institución religiosa. Después siguió otros caminos, siempre guiada por una búsqueda profundamente personal de la verdad, la libertad y la coherencia. Su vida estuvo atravesada por una curiosidad insaciable y por una valentía que la empujaba a explorar territorios que otras personas preferían no pisar.
Eva estuvo siempre junto a quienes consideraba más vulnerables, menos escuchados y peor tratados. Y no lo hizo desde la improvisación ni desde una solidaridad superficial. Estudió, leyó, se formó, educó y trabajó mucho. Su compromiso nacía del conocimiento, pero también del contacto directo con las personas y sus vidas concretas.
Esto la llevó a defender causas complejas y controvertidas, entre ellas las de las prostitutas —para Eva, trabajadoras sexuales— y las personas trans. En ambos asuntos partíamos de posiciones distintas. Tuvimos conversaciones, discusiones y verdaderas confrontaciones. No sé cuánto pudo aprender ella de mí, pero sí sé cuánto aprendí yo de ella.
Eva me enseñó que ninguna mirada puede ser unilateral y que tampoco dentro del feminismo las respuestas son siempre absolutas. Me ayudó a comprender mejor la realidad de las niñas y los niños trans y la importancia de despatologizar sus procesos. Nunca llegamos a estar completamente de acuerdo en todo, pero precisamente ahí residía el valor de nuestro diálogo. Eva contribuyó a sacar al Fórum de Política Feminista de Murcia, lo que trasladamos al contexto nacional de nuestra organización, algunas de sus casillas más convencionales. Nos obligó a dejar preguntas abiertas, a desconfiar de las certezas demasiado cómodas y, sobre todo, a recordar que detrás de cada teoría y de cada política hay personas reales, con derecho a ser escuchadas y consideradas como tales.
Eva no comulgaba sin más con ninguna doctrina. Comulgaba con la justicia, con la lucha contra la vulnerabilidad y con la protección de las personas vulnerables. Comulgaba con el diálogo, con el debate y con la posibilidad de encontrar algo valioso incluso en las situaciones que se apartaban de lo establecido. Comulgaba con el bien público, con las políticas públicas y con el feminismo.
Pero Eva era también una mujer tremendamente divertida. Era rompedora, atrevida y parecía no tener miedo a nada. Empatizaba con todo el mundo, aunque no se dejaba engañar fácilmente. Juzgaba a las personas por el conjunto de sus actos y no por la etiqueta ideológica o aparente que llevaran. Era una feminista empedernida, una lesbiana empedernida y una amiga empedernida de sus amigas y de sus amigos.
Le gustaba viajar, descubrir lugares, comer y probar cosas nuevas. Le gustaba contemplar el mundo desde muchos sitios distintos. Le gustaba escudriñar para saber. Era una mujer curiosa, con un enorme sentido estético y artístico, y sin complejos aparentes. Vivió con intensidad y con una entrega absoluta a aquello y a quienes amaba.
Eva nos ha enseñado mucho. A mí, desde luego, me enseñó muchísimo. Me enseñó a escuchar de otro modo, a discutir sin cerrar las puertas, a revisar mis convicciones y a no olvidar nunca a las personas que existen detrás de las ideas.
Por todo ello le rindo hoy mi más profundo homenaje.
Eva, aquí estás. En todo lo que nos enseñaste, en las preguntas que dejaste abiertas, en las certezas que sacudiste, en las luchas que compartimos y en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocerte.
Aquí estás, Eva. Y aquí seguirás. Ahora tienes otro cometido: Vuela alto, cuídanos y protégenos.