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Principio Naturaleza

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Es la belleza que se fragua soplo a soplo, roce a roce, entre pequeñas existencias que habitan una inmanencia sin tiempo. Es la respiración del universo a través del lugar, el aliento vegetal sobre el sueño imposible de las piedras. El desbordamiento de todo lo que se esfuerza por ser y por perpetuarse; el derroche de vida que se despliega y ofrece sin condiciones, que es por sí, como la propia belleza, que no necesita justificaciones. Es el velo que envuelve el misterio, nuestra imposibilidad de saber cómo sienten las cosas, qué sucede cuando ya nadie está, cómo late el lugar desde el anochecer a la aurora, por ejemplo. El mundo olvidado de nosotros, cuyo vaho acaba cubriendo la tierra cada amanecer e impregna de vida y sentido el matorral, la retama, el lentisco o la playa humedecidos con su aliento, con el rocío que refleja el primer rayo de sol y se muestra aún más brillante sobre la baba de los caracoles y el envés de los palmitos y hace bailar a las cañas que se mecen con el primer canto de la mañana, tan pleno y necesario como aquel primer trago de cerveza.

 Es la cadencia aprendida por todo lo existente, excepto por los apresurados y por los comparadores; la paciencia austera de lo acostumbrado a morir y renacer una y otra vez, cuya memoria apenas alcanza unas pocas estaciones; el eco o residuo de la posibilidad primera que sigue latiendo entre las infinitas gradaciones de vida y acabamiento, de luz y de sombra.

 Son una multiplicidad de pequeñas singularidades ante la vorágine derrochadora de vidas gastadas entre rutinas y grises; ante los que hacen del tiempo un asunto ideológico y se miden comparándose entre sí, como los relojes que, en realidad, “solo pueden medir a otros relojes”. La belleza como la entiende quien sabe que “cada infinito tiene su momento”, que lo realmente vivido no es susceptible de ser medido o comparado, porque el tiempo, al final, no es más que una convención paralela al verdadero transcurso de la vida y el mundo interior, como sugirieron Bergson o Proust y tantos otros, es atemporal y no entra, por tanto, en las mediciones de los esclavos del entretenimiento continuo, ni en las hojas de cálculo de los actuales gestores de esa “normalidad” extrema que nos proponen como vida.

Es el principio Naturaleza que se abre paso entre los descuidos de esta vida tan ordenada, como el matojo entre las imperfecciones del asfalto o la vinagreta entre las grietas de los huertos rabiosamente hormigonados. “La vida como lucha por ser sí misma”, la tenacidad y perseverancia de tantas pequeñas y hermosas resistencias hoy más necesarias que nunca; la voluntad del contemplador o del paseante de renovar una y otra vez los lazos con la tierra y convocar y ritualizar esos desbordamientos de belleza y de significado desde una sensibilidad que parece seguir aquella “línea de sombra que es cada ser humano”, que va de Goethe a Hesse, de Whitman o Thoreau a Joaquín Araujo, de Emily Dickinson a Vandana Shiva, y evidencia la imposibilidad de separar lo sensible de lo razonado, la materia de lo espiritual, el acto de su potencia, y asume que hay cosas que no pueden explicarse ni demostrarse separadamente y menos aún reduciéndolas y manejándolas como datos.

Es a todo lo que renunciamos cuando fragmentamos, reducimos y desnaturalizamos estos lugares desde nuestra tendencia a la acumulación y al exceso, desde nuestra mentalidad puramente extractora, borrando del territorio nuestras referencias emocionales y aceptando recluirnos en espacios cada vez más reducidos y anodinos, domesticando progresivamente nuestras emociones, nuestra ansias de trascender, nuestro pensamiento.

Y en esa reclusión progresiva y en esa reducción a lo estrictamente ordenado, cada vez delegamos más nuestro conocimiento y trato con la naturaleza en medios digitales, diferidos, en lo que nos cuentan… y correlativamente aceptamos de buen grado esa otra naturaleza domesticada del pequeño jardín o del cuidado de macetas. Pero unas macetas o un pequeño jardín, aunque pueden ser suficientes para cargar de sentido la vida de mucha gente y educar en la sensibilidad, solo son a la Naturaleza “como una pecera o un acuario son al océano” como oí no hace mucho en una entrevista. Salvaje, silvestre, asilvestrado, agreste, son hoy palabras que suenan a desorden, a amenaza, a disidencia o contrapunto absurdo y rebelde de una sociedad que tiene miedo a la indefinición de las cosas y por tanto a los espacios abiertos sin clasificación ni uso determinado. Y en esa actitud de conformismo confortable y de pobreza de pensamiento, tendemos a culpabilizar a la propia naturaleza de lo que probablemente hemos podido generar nosotros.

Inducidos por una idea de progreso sin control y sin medida, hemos ido despojando progresivamente a la naturaleza de su valor sagrado. Hemos acabado aceptando un modelo al que interesa desacralizarlo todo, banalizarlo todo, bajarlo al suelo, porque si algo se admitiera como sagrado, no se podría vender, ni considerar tributable. Desacralizar la tierra, las cosas, la realidad, permite entrar sin miramientos en el mercado. Y se pasa así, de lo venerado personal o comunalmente, a mero objeto de transacción comercial.

Somos un ser medial –decía el paisajista Augustin Bercque– No sólo somos ese cuerpo animal frente a un mundo objeto; la mitad de nuestro ser es nuestro cuerpo medial, es decir, justamente ese mundo, que no es un simple entorno físico sino un medio humano”. Y en ese territorio, en ese medio humano, componente de nuestra realidad y realidad él mismo, nos han sucedido las cosas más importantes y siempre en contacto con otros; y así lo hemos vivido, así lo hemos narrado, lo hemos cantado y lo hemos bailado…haciendo, construyendo, con ello lugar.

Hay demasiados cuerpos solemnes, ruidosos, que imponen su realidad, su presencia desbordada y su tiempo, arrebatando aire y sentido a las vidas, y enturbiando el pensamiento. A su paso dejan siempre un rastro perfectamente reconocible por sus emanaciones y por sus desechos, y la huella de su presencia perdura largo tiempo. No es una cuestión de tamaño, de volumen o de masa corporal, es el peso de los egos, de la codicia, de las propiedades que desean y acumulan lo que hunde el territorio desnaturalizando todo lo que encuentran a su paso.

Pero sé también de otros cuerpos, de otras gentes, que se posan humildemente y se retiran sin apenas dejar rastro porque aprendieron a sumarse a lo existente; y la tierra, el viento, el lugar, les dejan hacer y se hacen paisaje con su presencia.

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Publicado el
5 de junio de 2021 - 08:56 h

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