De subir las cimas del mundo a vender castañas en Pamplona: “El Everest me ha dado autoestima; pero ser castañero, el prestigio”
Mikel Álvarez guarda como su mayor secreto la cantidad de castañas que vende al día. Su puesto portátil, el que desde hace 46 años monta junto a la iglesia de San Nicolás en Pamplona, donde se casó en 2017 (siendo agnóstico con una brasileña protestante), ofrece algo mejor, “sonrisas para todos”. Esto choca con la confesión de que “todavía” está “de luto” por lo que describe como “el mayor desastre que puede tener un ser humano”. Pero el secreto es que, en otra vida, y entre otros hitos, Álvarez fue el primer vizcaíno en coronar la cima del Everest.
“Lo más grande de mi vida han sido mis tres hijos; después el Everest”, relata. Álvarez cuenta que quiere cuidarse más, empezando con “la cerveza y los vinitos”, y “volver al monte”, del que se alejó a partir de la muerte de su hijo Urtzi hace once años. De eso se ha dado cuenta hace poco, “cuando ha podido hablar del tema”. “Perdí mucho. No quiere decir que no pudiera o pueda hacer, pero me falta”, señala. Durante ese tiempo no abandonó la actividad física, porque continuó trabajando y, además, reformó parte de su casa. “Estuve un tiempo que me peleaba hasta con las piedras y aproveché el dolor que tenía para hacer los muros de mi casa, que son todos de esa época”, expone.
El nombre de su hogar, colocado en la entrada, hace referencia justo a esas piedras ciclópeas, construcción realizada con grandes piedras sin argamasa. Una vivienda que se asemeja más a una galería de arte que a la casa de un alpinista o un castañero, pues su arquitectura tiene ciertas semejanzas a la de Lloyd Wright y expone cuadros de Juan José Aquerreta o una escultura de Carlos Ciriza, que luce más grande por reflejo de la piscina que tiene a sus pies. En el interior, la copia de 'Los Girasoles de Van Gogh' en el recibidor cuenta, sin ser él consciente, de la hospitalidad que ha vertebrado —y sigue vertebrando— la vida de su morador. Y, en la pared de al lado, como si fuera un recordatorio del trabajo de toda una vida, una foto de él frente a la chabola de madera que sus padres alquilaron y donde vivió sus primeros años.
Álvarez, a pesar de vivir en Pamplona desde que tenía 17 años, nació en Bilbao hace 65 años —y se sigue considerando bilbaíno—, en lo que hoy es el barrio de Otxakoaga. “Algunos nos consideraban 'maketos' y entonces los de ese barrio no estábamos bien vistos”, sostiene. El castañero fue uno de los últimos entre las hasta 25.000 personas que, en los años cincuenta, se asentaron en “chabolas” en los montes que circundan Bilbao, entonces uno de los epicentros de la industria estatal y de la inmigración obrera de toda España.
“Ahí nos juntaron gente de todo tipo, sobre todo chabolistas y algunas personas no gratas”, recuerda el castañero, que afirma que gracias a vivir en esas circunstancias “tiene un sexto sentido” y una “vista panorámica”. “Tenías que ver quién venía por la derecha, por la izquierda e incluso por atrás. Porque allí si te ponías tonto te daba una hostia cualquiera. Era la jungla ese barrio”. A pesar de todo, Álvarez lleva con orgullo el barrio donde dio sus primeros pasos y, de hecho, se lo llevó a la cima del mundo y exhibió un cartel con su nombre, gesto que Otxarkoaga le correspondió conservando en el Centro Cívico la pancarta y la instantánea del momento.
“[En Otxarkoaga] teníamos una reputación terrible, aunque luego tuvimos fama de jóvenes luchadores”, relata. Es la estela que él mismo siguió. Comenzó a trabajar con 14 años como repartidor de El Corte Inglés, que por entonces tenía sus almacenes en Galdakao. “Éramos siete hermanos y había que trabajar para sacar a la familia adelante, porque además mi padre era peculiar”, recuerda el castañero. Fue en esa época cuando tuvo sus primeras tomas de contacto con los sindicatos y la lucha obrera, que le hicieron “militar en el comunismo” poco después como expresión de “una lucha personal”.
Con 17 años y siendo parte de la Unión de Juventudes Maoístas (UJM), que pertenecía a la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), decidió irse de Bilbao “para crecer”. Le dio a su madre lo que había ganado trabajando y “con una mochila, un saco de dormir y 20.000 pesetas” -120 euros al cambio de 2002- puso rumbo a un viaje que comenzaría por León, pasaría por Vigo y acabaría en Madrid. “Allá adonde iba, cogía el periódico y buscaba ofertas de trabajo. He hecho de todo, menos robar”, expone.
Una de las formas que encontró en la capital para tener unos ingresos extra fue “llevar a parejitas en barca por el lago”. Fue allí cuando se encontró “con un antiguo camarada” que quería ir a Pamplona y le invitó a unirse, aunque, en un primer momento, Álvarez tenía pensado ir a Barcelona haciendo 'autostop' —medio de transporte utilizado también para llegar a la capital navarra—. Poco después de llegar a Pamplona, comenzó a trabajar en una compañía de teatro en la que había quedado libre una vacante por unos hechos controvertidos, reflejo de la sociedad de la Transición. “Hubo un compañero [de las juventudes maoistas, Ramón Sagaseta] que había participado en una obra teatral crítica con Adolfo Suárez. Alguien del público le tiró un huevo y Ramón se limpió con una bandera de España que tenía al lado. Le detuvieron y le metieron dos años de cárcel por injurias a la bandera”, narra.
Fue en esa compañía de teatro, Lagunak, donde conoció a su primera mujer, con la que tuvo tres hijos. La mayor llegó cuando tan solo tenía 19 años, momento en el que deja la política, porque “los partidos te dejan partido”, y el trabajo de la construcción, por un incidente en un piquete que dirigió en Elizondo por el que acabó seis días en la cárcel. En esa semana tras las rejas, “conoció a todos los chorizos de Pamplona”, que luego le compraban castañas, y se reencontró con Ramón Sagaseta, que estaba a punto de terminar su condena.
Fue también con esa edad, hace 46 años, cuando conoció a Miguel Martínez, “castañero de toda la vida” y pensó “que podía hacer lo mismo”, aunque no tenía dinero. “La primera Navidad de mi hija, que no había cumplido ni el año, no tenía dinero para ni un regalito. Pero un día íbamos [mi exmujer, mi hija y yo] por la plaza del Castillo [de Pamplona] y había una bolsa de los almacenes Unzu en el suelo que la gente le pegaba patadas. Se me ocurrió cogerla y había un vestido con un muñequito, ese fue el regalo de mi hija esas navidades. Si no es por eso, no le habríamos regalado nada”. En ese año, 1980, se convirtió en castañero. “El primer año fui a por las castañas a Santander. Ahora viajo a Galicia y selecciono el mejor producto yo mismo”, explica de la profesión que le ha “dado todo”. Este trabajo lo complementaba con la venta de sidra, txakoli y productos artesanos, aunque admite que la castaña “le ha dado estabilidad” y “aprendizaje profesional”.
Mikel ya había cumplido sus objetivos vitales hasta que, con 38 años, se planteó “hacer algo que no fuera trabajar”. “En el puesto he conocido a muchas personas, algunas de ellas extraordinarias, como Telmo Aldaz, sobrino de De la Quadra-Salcedo”, relata el castañero. Antes de San Fermín, Aldaz le propuso ser parte de una expedición, junto con el Capitán Etayo, que iba a traer una réplica de la nao Santa María desde América hasta Lisboa para la Exposición Universal de 1998. Sin embargo, no eran buenas fechas para Álvarez, que trabajaba en sanfermines poniendo casetas de bocadillos, sidra y txakoli en la Plaza de los Fueros de Pamplona. “Me dejó el corazón abierto. Pensando: 'madre mía', yo podría haber hecho algo más que trabajar y dedicarme a mi familia”. Poco después, se enteró de que Mari Ábrego organizaba expediciones al Aconcagua, montaña más alta de América con casi 7.000 metros situada en los Andes argentinos. “Y entonces, dije, pues voy a atreverme”.
“[En el Aconcagua] sufrí porque es la primera montaña a la que me enfrenté y me dio mal de altura haciendo la aclimatación”, dice. A pesar de no llegar a la cima de Cerro El Plata, quedándose a tan solo 100 metros, consiguió recuperarse y coronar el Aconcagua. Fue entonces cuando decidió atreverse con el Himalaya, a donde se llevó una mochila “cargada de responsabilidad” por “haber dejado a la familia para hacer este tipo de cosas” y tener que “volver al negocio”.
Como primera prueba, subió el McKinley —renombrado Denali— de donde se fue “llorando”. “Fui sobradísimo a nivel físico. Para mí aquello fue extraordinario”. Cuando él y su equipo fueron a coger la avioneta para regresar, Álvarez se tuvo que quedar un día más a causa de una tormenta, pero se “hubiera quedado un mes más”.
El plan era subir el Everest con la misma soltura, de hecho, el castañero se entrenó para poder subirlo sin oxígeno con ejercicios aeróbicos. “Podía estar nueve o diez horas a 165 pulsaciones y subir y bajar el monte Ezkaba —monte situado al norte de Pamplona con una altura de 895 metros— seis veces seguidas”, afirma. Sin embargo, una semana antes cogió “una pulmonía terrible” que le obligó a necesitar la bombona durante el camino, aunque no le impidió desprenderse de la máscara de oxígeno para inmortalizar el momento.
Mikel llegó a la cima el mismo día que Edurne Pasaban, primera mujer del mundo en escalar los 14 ochomiles, el 23 de mayo de 2001 y Carlos Soria, el llamado 'Abuelo de las Montañas'. Ese día también llegó a la cima Juanito Oyarzabal, que había ascendido por la cara norte —Álvarez por la sur—, e inmortalizaron el “momento histórico” de los dos vascos abrazándose en la cima habiendo llegado por rutas distintas.
En los dos meses de expedición, perdió 13 kilos y define la bajada como mucho más dura que la subida. “Ahí arriba la cabeza no funciona igual. Mucha gente los últimos pasos los da como enloquecido, pero luego no puede bajar.” La bajada del Everest es la fase más peligrosa, concentrando la mayoría de las muertes por agotamiento extremo, falta de oxígeno embotellado, congelaciones y errores de juicio. A pesar del sacrificio, Mikel percibe el éxito en llegar “de una pieza”. “Cuando sobrepasas los 7.000 metros, te vienen los miedos. Aquí todo el mundo es un héroe cojonudo, pero retirarse es correcto. Eso es una victoria. Perder un dedo en el Himalaya, o en otro sitio, es una barbaridad. Si lo has perdido es porque te has equivocado”, relata.
Recuerda que la mayor alegría del descenso del Everest fueron unas latas de comida que intercambió con una expedición española. “No sabíamos lo que había y cuando lo abrimos nos encontramos unos calamares en su tinta. [Al equipo] se nos salían las lágrimas cuando nos los metíamos a la boca”, rememora. En el Himalaya, el vizcaíno comió sobre todo arroz, palomitas de maíz y tortilla que “preparaban en Katmandú” y que “tenían mucho aceite y muchas especias que no me gustaban”.
Mikel intentó continuar con dos ochomiles, aunque no consiguió llegar a la cima y, por el camino, “presenció los lados más oscuros de la montaña”. A pesar de ello, dos años después, en un total de 5 años y dos meses, se convirtió en el segundo vasco en conquistar el reto de Las Siete Cumbres, escalar las cimas de las montañas más altas de cada continente y de los dos Polos.
“San Nicolás lloviendo es como el campo base del Everest. Si estás en el campamento de altura y tienes mal tiempo, hay que estar en la tienda”, compara el exalpinista, que todos los días, sin excepción, acude al puesto. “La gente que viene sabe que voy a estar. Hay personas, algunas mayores, que solo salen de sus casas para comprar castañas en mi puesto, aunque haga mal tiempo. Venir aquí es como su Everest y no voy a fallarles”, dice. De hecho, los días en los que el tiempo es extremo, utiliza la ropa técnica de las expediciones porque insiste en que “las condiciones no son tan diferentes”.
Esta temporada, al igual que la pasada, el puesto seguirá montándose hasta abril porque “la demanda y el producto” lo permite. Es una noticia que alegra más al propio castañero que a cualquier otra persona. “No solamente es la venta. Es el contacto con el ser humano. Para mí, la felicidad no es cuestión de dinero, sino de hacer una actividad y disfrutar con ella, y yo esa sensación la tengo prácticamente todos los días”, describe.
Mikel Álvarez se considera un “castañero profesional”, un experto. Como amante de la fotografía, organizando él mismo exposiciones, ha fotografiado tanto el puesto como la evolución de la castaña. Con su constancia “día a día” no tiene ninguna duda de que hace “una aportación a la sociedad”. “¿Sabes cuándo sé que hago algo bueno?, cuando los abuelos y los papás me cuentan que sus hijos juegan a ser castañeros en casa. Eso me dice a mí que estoy haciendo algo importante”, zanja.