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LOS LANZALLAMAS

La conquista del salvaje oeste marciano

Una persona se manifiesta por el lanzamiento a la bolsa de SpaceX frente a un muñeco inflable gigante con la cara de Elon Musk este jueves, en Times Square de Nueva York.
19 de junio de 2026 21:33 h

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La idea ya no es original pero ahora la cuenta desde su nueva –nada menos– condición de billonario, el primero del mundo. SpaceX ha salido a bolsa rompiendo con todas las previsiones, con lo cual, Elon Musk insiste: “Voy a colonizar Marte. Mi misión en la vida es convertir a la humanidad en una civilización multiplanetaria”.

Más allá de todo, la colonización marciana sigue siendo una afirmación esotérica, pero no por ello dejan de crecer, día a día, los ensayos de la nueva concepción de una idea que hasta hoy conocíamos como Estado-nación, el marco que rige la convivencia global.

¿Quiénes propician este cambio? En esta serie, Los Lanzallamas, hemos visto los perfiles de algunos: además del propio Musk, el otro actor más activo es Peter Thiel y, a través suyo se despliegan empresas como Praxis, que promociona ciudades libres o, mejor, libertarias, al margen de la dependencia de cualquier Estado. Las denominan charter cities o ciudades autónomas, y en un estadio superior, network states, una suerte de ecosistemas cerrados e independientes de cualquier soberanía. En la Tierra o el espacio (dominio, este último, que reclaman para sí Musk y Jeff Bezos).

Todo, absolutamente todo, es zona de conquista salvaje.

Si cotejamos las figuras de Musk y Thiel encontramos diferencias. La condición de intelectual de Thiel frente al carácter intuitivo de Musk es un contraste notable. La capacidad de generar negocios del fundador de SpaceX y su impronta natural para construir proyectos deja a Thiel en un segundo plano, pero no por ello es menos influyente. Digamos que Thiel es más terrenal y construye la base teórica de este proyecto y Musk, por su parte, es aéreo, vuela a través de su imaginación y traduce en hechos aquello que la intuición le deja entrever.

Si estuviésemos hablando de perfiles como el de Amancio Ortega o el de Richard Branson, por citar nombres de millonarios exitosos y conocidos, estaríamos señalando un mundo que para Musk y Thiel forma parte del pasado. Sin embargo, aún son nuestro presente. Al hablar de propiedad, la cartera inmobiliaria del fundador de Inditex, una de las mayores del mundo, es lo primero que nos viene a la cabeza. Branson, por su parte, es símbolo de una idea romántica del capitalismo: fue productor de Mike Oldfield y lanzó Tubular Bells en su sello independiente; posee una isla y tiene su propia compañía de aviación, Virgin Atlantic. Thiel y Musk miran esto como una épica del siglo pasado. Ellos ambicionan territorios emancipados y no islas de fantasía; naves espaciales, no simples aviones de línea. Les llamamos tecnofeudales pero, de algún modo, son neocolonizadores y con esta idea habitan un futuro que aún no somos capaces de percibir y por ello, este presente nuestro, comienza a ser, poco a poco, una ilusión.

Thiel estuvo interesado hace tiempo en el seasteading, un proyecto que consiste en la construcción de ciudades artificiales en aguas internacionales, una suerte de estados portátiles en medio del océano. Ha comprado grandes extensiones de tierra en Nueva Zelanda, al igual que parece estar haciendo ahora en Argentina, país en el que ha fijado residencia, y es uno de los que participan en el proyecto Prospera, una charter city situada en la isla de Roatán en Honduras. Prospera es técnicamente una ZEDE, es decir, una Zona de Empleo y de Desarrollo Económico administrativamente autónomas.

Como es lógico, el proyecto tiene resistencia por parte de las autoridades hondureñas pero sigue adelante. Es un área con autonomía fiscal, cuenta con tribunales propios bajo derecho anglosajón y se organiza con seguridad, educación y salud también propias. En el folleto que promociona el proyecto se dirige a los “pioneros del siglo XXI” que no solo buscan políticas de no intervención, sino también “buenos momentos y vibras caribeñas”. Prevén alcanzar los 38.000 habitantes para el año 2030, y una inversión extranjera directa para este año de 500 millones de dólares.

Para hacerse una idea, hay que pensar en urbanizaciones cerradas como La Finca en Pozuelo o La Mallola de San Cugat, pero con la dimensión no de un barrio sino de una ciudad.

El plan de Elon Musk no es distinto. Solo cambia la altura.

El folleto de salida a bolsa de SpaceX, un documento de cuatrocientas páginas, comienza con un manifiesto épico. En uno de sus párrafos afirma que “el paradigma actual, en el que la civilización humana está confinada a un solo planeta, expone a la humanidad a amenazas existenciales imprevisibles e incontrolables a escala planetaria. Al aventurarnos más allá del único hogar que hemos conocido, garantizamos la perdurabilidad de nuestra especie y velamos porque la luz de la conciencia no quede ligada a un único planeta sometido a los peligros inevitables de un universo vasto y hostil. No queremos que los seres humanos corran la misma suerte que los dinosaurios”.

Es verdad, convengamos, que no es plan acabar en una vitrina exhibiendo nuestros huesos como los saurisquios en algún museo de ciencias. Aunque tampoco estimula mucho convertirnos en seres que deambulan dentro de una burbuja por las áridas colinas de Marte. Tan estremecedor es el futuro que pinta Ray Bradbury en sus cuentos como la prosa de este folleto.

Pero no solo al paisaje se someten los seres humanos en este porvenir distópico, sino que al igual que en Prospera, el derecho de admisión es limitado y mucho más las condiciones contractuales. Peter Saffo, profesor en Stanford, donde imparte cursos sobre el futuro de la ingeniería y el impacto del cambio tecnológico en el futuro, sostiene que “la particularidad del Network State reside en una forma de exclusión sin precedentes, ya que se aplica (...) en este caso concreto, al planeta Marte a través de SpaceX. Se trata de establecer títulos de propiedad sobre zonas en las que no se ejerce soberanía alguna”.

Saffo se sorprende por el hecho de que consideren al espacio exterior como una zona que hay que atravesar para llegar a otro destino, ya que es más sencillo construir plataformas susceptibles de ser habitadas y como puntos intermedios, por ejemplo, entre la Tierra y Marte. Y aquí surge la cuestión de fondo: la obsesión de colonizar las tierras marcianas desvela el fin último del proyecto de Musk: tiene ambición política y territorial. Queda claro en el folleto de salida a bolsa “cuando insta a superar los límites impuestos por las ‘fronteras políticas’”.

En otro apartado del folleto de SpaceX se enfatiza en el hecho de que la empresa se enfrenta al reto de posibilitar “la vida en otros planetas, comprender la verdadera naturaleza del universo y llevar la luz de la conciencia hasta las estrellas”. Es loable y, a la vez curioso, el fin expuesto. Loable por la carga de humanismo que parece emanar el proyecto, pero, en cambio, despierta curiosidad por el nulo interés en mejorar las actuales condiciones de vida en un planeta más cercano: el nuestro.

La salvaje conquista del espacio se acopla con la constante pulsión por convertir la Tierra en una serie de cotos cerrados para una exigua minoría.

Cuando se comienza a imponer el criterio político de “prioridad nacional” para excluir al extranjero, los tecnofeudales aceleran el proyecto de una suerte de “prioridad calificada” que incluye solo a los pocos que puede acceder a las nuevas arcadias.

Tiempo atrás en las crónicas sobre la élite del Silicon Valley se ironizaba sobre las lecturas obsesivas de El señor de los anillos en el caso de Thiel o la Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams que Musk no deja de releer. La devolución perversa a esos comentarios, a la luz del avance de sus propósitos, bien podría ser una en la que nos convierte a todos en personajes de aquellas aventuras.

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